#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La iglesia que fue inaugurada con un ceremonial budista

El terremoto de abril de 2016 dañó toda su estructura. Aquella recordada catástrofe, que afectó principalmente varias zonas de la provincia ecuatoriana de Manabí y que dejó centenares de muertos, caló hondo en el corazón de todos.

Reconstruir y volver a levantarse se transformaron desde aquel momento en dos actitudes más que mencionadas, gestos que continúan hasta estos días.

Es aquí donde ingresa un suceso acontecido el pasado sábado 13 de julio, la inauguración de este centro de devoción en Manabí, la Iglesia San Andrés de Canoa, que volvió a llenar de esperanza a los locales.

Pero lo que hasta el momento tal vez pueda representar una derivación más de esa actitud de levantarse y salir adelante, en realidad guarda otra particularidad: los aportes de la Fundación budista taiwanesa Tzu Chi USA.

Efectivamente, gracias a esta fundación budista fue posible hacer el sueño realidad, algo que ha sido motivo de agradecimiento y es considerado verdadero símbolo de unidad debido a lo que representa esta situación que se dio en Ecuador entre cristianos y organizaciones budistas.

De la entrega de la nueva iglesia –que también la inauguración del complejo parroquial, participó monseñor Eduardo Castillo, administrador de la Arquidiócesis de Portovejo, consigan medios como El Universo.

Lo propio hizo la alcaldesa Rossana Cevallos, quien tuvo elogiosas palabras para con los miembros de esta fundación budista. Aspecto que reflejó también a través de sus redes sociales:

Una fiesta de unidad

Entre cánticos, ceremonial budista y otras intervenciones se llevó a cabo aquella jornada tan especial, tal cual dejan entrever los siguientes videos (en inglés):

Y como señaló una de las residentes de Canoa: “Algo hermoso, como que nos faltaba algo, como decir a una persona le faltaba el corazón, nos faltaba nuestra iglesia”.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Cómo escoger padrinos para la confirmación y testigos para el matrimonio

Algunos sacramentos de la Iglesia nos permiten escoger padrinos, pero no siempre consideramos el aspecto fundamental, según la Iglesia, para realizar esta elección. Además de eso, a veces no cumplimos bien nuestro papel de ahijados.

Para entender mejor la cuestión, hemos hablado con el sacerdote Camilo Junior, miembro de la Comisión Jovens de Maria. Mira lo que ha dicho:

Cómo escoger padrinos

En nuestra experiencia de fe, los padrinos son aquellos que deben ayudarnos a caminar con Cristo y a asimilar los valores de Jesús en nuestra vida. Son importantes porque reciben no solo un título, sino una misión que les ha dado Dios.

Por eso, hay que comprender los aspectos fundamentales de esta elección:

Confirmación: la elección no puede realizarse solo porque la persona es amiga, es simpática y nos encontramos bien con ella. Debe ser alguien que para nosotros es un punto de referencia en la fe, una persona que más allá de todo vive la fe en comunidad y nos ayudará, como confirmados, a dar testimonio y a perseverar en la consagración de nuestra vida, que un día, de niños, nuestros padres y padrinos de Bautismo nos dieron.

Matrimonio – los testigos no son personas que sirven para “embellecer” el altar, sino personas que  ayudan a la pareja a vivir la alianza del amor. Por eso, es importante que se elijan parejas que vivan esta experiencia ya desde hace tiempo. De esta manera, podrán enseñar a los recién casados cómo superar las crisis, cómo vencer las dificultades, cómo no dar importancia a aquello que a veces no significa nada y a comprender cuán importante es rogar el amor que, en Cisto, los ha unido para toda la vida.

El papel del ahijado o de los esposos

Así como los padrinos y los testigos deberían dedicarse a ser una presencia en la vida de los ahijados o los esposos, también estos últimos deben intentar estar presentes en la vida de los padrinos y los testigos.

Es importante que, incluso si no elegimos a los padrinos del bautismo, por ejemplo, entendamos que a través de ellos la gracia de Dios ha llegado a nuestras vidas y que a través de ellos esta gracia continúa llegando a nosotros. Para esto, debemos tener dos actitudes hacia ellos:

Pedir la bendición – Cada vez que pedimos la bendición a los padrinos, estamos renovando la gracia de Dios presente en nosotros por medio del sacramento que hemos recibido, del cual han sido testigos.

Pedir y escuchar sus consejos – Si escogemos a los padrinos para dar testimonio de un don de Dios en nuestra vida en los sacramentos, debemos ponernos con gran humildad en sus manos, porque tienen el poder y la misión sagrada de bendecirnos. De esta manera pueden guiarnos frente a una elección, frente a una renuncia en la vida que debemos hacer e incluso en un momento en que necesitamos una corrección.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Quién pudiera ver lo bueno e iluminar con la mirada…

Me gusta la belleza que veo a mi alrededor. La música que acaricia la hondura de mi alma. La luz que muestra el cielo. Me inquietan la fealdad, el odio, la rabia, el dolor que veo cuando miro, sin buscar nada, sólo observando.

Me detengo a contemplar con ojos de niño una puesta de sol, un paisaje, un amanecer, el ancho mar, un río. Sobrecogido ante la inmensidad que me parece inabarcable.

“Ayúdame a percibir tu cercanía y a asombrarme con todo lo hermoso y bello sobre todo del amor que Tú me tienes”.

Esa belleza que existe en todo lo creado me lleva a Dios. A lo eterno. Al Dios que me ama.

Por eso me inquietan la pérdida, el vacío, el rechazo, la condena que oprimen mi alma. ¿No seré yo el siguiente en caer, en morir, en enfermar? ¿No se acabará un día todo lo que amo y poseo? Es la eternidad ese cielo que deseo ver siempre.

Decía hace poco un sacerdote hablando de su infancia y de su madre recientemente fallecida: “Me elevé sobre el reclinatorio tratando de ver, a través de la puerta abierta del sagrario, el cielo mismo, como me decía mi madre”.

Anhelo lo eterno que es bello. Ese Dios que se abaja a mirarme a través de la puerta de un sagrario. Y ve la belleza que hay en mí, y sonríe.

Yo quiero que lo bello sea para siempre, porque llena mi alma de esperanza. Y quiero que lo feo pase, con su oscuridad, con su frío de muerte.

Temo, con ojos de adulto, que de repente una mirada baste para volver feo lo bello, caduco lo que florece, triste lo alegre, lánguido lo hermoso.

Una sola mirada. Una sola palabra. Un solo acto de desamor. Un único gesto de rechazo y odio. ¿Con eso basta para acabar con lo bello?

Tampoco quiero yo destruir lo bello. No quiero que nadie lo haga. Y deseo conservarlo muy dentro de mi alma. Que nadie me quite mi inocencia con palabras y actos.

A menudo vivo cuidando la imagen que muestro a los demás para parecer bello. No quiero el rechazo. Leía el otro día:

“Una vida disipada es aquella en la que consciente o inconscientemente, vivimos con preguntas como estas: ¿Qué piensas de mí?¡Mírame! ¡Mira lo que estoy haciendo! Mira lo que poseo. ¿No soy genial? ¿Piensas que estoy bien? ¿Me aceptas? ¿Me ves como algo bueno? ¿Te gusto? ¿Me quieres? Trabajamos sin descanso para mostrarnos ante los demás con una buena imagen. Con la falsa creencia de que nuestra identidad procede de lo que somos a sus ojos, de lo que hacemos o de lo que tenemos. Miramos a los demás para que nos digan que somos únicos, aceptables y buenos. Necesitamos saber de los que nos rodean si pasamos el examen de ser alguien único y digno de ser amado”.

Quiero ser bello. El más bello. Y que mi vida sea bella para el mundo. Cualquier sombra -de vejez, de pecado, de enfermedad, de dolor-, cualquier sombra basta para acabar con mi belleza, con mi alegría. O cualquier juicio es suficiente para que desaparezca la belleza de mi vida. O de otras vidas.

Es tan fácil afear al que parece bello… Basta con ver alguno de sus defectos, o debilidades. Y hacerlos grandes. Para que el mundo los vea. Y deje de ver la belleza para quedarse sólo en la fealdad. Para que caigan los ídolos, los admirados, los que triunfan.

Mi belleza permanece intacta oculta bajo la apariencia de mi piel. Está ahí, sea mirada o no por los que me observan. Sigo siendo bello estando oculto. ¿Por qué me preocupa tanto lo que los demás piensan, dicen, ven?

No quiero vivir mendigando que alguien se detenga ante mi vida para levantarme del borde del camino. Sé que valgo más de lo que creo. Y que es Dios el que me mantiene siempre joven y alegre con su mirada:

“Amor único que Dios tiene por cada uno, reviste de belleza al mirado. Dios ama al alma, la hace digna de su amor y le imprime la semejanza con Jesús, purifica porque tiene esperanza, rejuvenece”.

Esa forma de mirar de Dios es la que me eleva y enaltece. Me gustaría aprender a mirar así. Con esos ojos de Jesús que se detienen ante el herido salvando su vida.

Quiero aprender a mirar con un corazón puro y joven. Quiero ser capaz de hacer que se vuelva joven y bello todo lo que observo. ¿Es eso posible con mi mirada enferma?

Sé que hay personas que con su mirada oscurecen el día. Entristecen mi alegría. Sé que hay otras que, con la luz de sus ojos, vuelven bello lo feo y llenan de luz las sombras.

Devuelven la vida a lo que está muerto. Y sanan con sus manos lo que está enfermo. Pueden curar al herido y levantar al caído.

No lo sé. Yo quiero ese poder mágico que ellos tienen. Quiero esa capacidad de hacer el bien que tienen los que están llenos de Dios.

Deseo acabar con la oscuridad en la que viven los que han perdido la esperanza en medio de sus heridas.

Me gustaría tener un corazón así de grande, lleno de luz y alegría. Un corazón noble capaz de descubrir bellezas ocultas y hacerlas visibles.

Y vivir feliz con la belleza que llevo dentro. Dios me mira así, tal como soy, ve mi belleza y sonríe. Su mirada me sana.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Click To Pray, Orar con el Papa Francisco hoy julio 17 2019 – Tele VID

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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya QUÍTATE TUS SANDALIAS. Miércoles XV semana del Tiempo Ordinario, ciclo C (Ex 3,1-12)

Reflexión breve de Exodo 3,1-12: En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: “Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.” Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: “Moisés, Moisés.” Respondió él: “Aquí estoy.” Dijo Dios: “No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.” Y añadió: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.” Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios. El Señor le dijo: “El clamor de los israelitas ha llegado a mí, y he visto cómo los tiranizan los egipcios. Y ahora marcha, te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas.” Moisés replicó a Dios: “¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?” Respondió Dios: “Yo estoy contigo; y ésta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña.”

Evangelización y Formación Cristiana Católica

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