¿Quiénes no entrarán en el Reino de los Cielos?

XXXIII domingo del tiempo ordinario

Con preocupación, el Papa Benedicto XVI, en la encíclica “Salvados en la esperanza”, decía que en lo común el hombre de hoy piensa poco en la vida eterna, vive demasiado absorbido por las exigencias del tiempo como si su estancia terrenal fuera eterna. Pero no debe ser así, pues como decía el Padre Ignacio Larrañaga: De las cosas del mundo nos debemos ocupar, de las de Dios debemos preocuparnos. En ese sentido, nos dice San Pablo: “Hermanos: Por lo que se refiere al tiempo y a las circunstancias de la venida del Señor, no necesitan que les escribamos nada, puesto que ustedes saben perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando la gente esté diciendo: ¡Qué paz y qué seguridad tenemos! De repente vendrá sobre ellos la catástrofe… Pero a ustedes hermanos ese día no los tomará por sorpresa… porque ustedes no viven en tinieblas, sino que son hijos de la luz y del día” (1 Tes. 5, 1ss). Sin duda, el hombre podrá tener muchos logros temporales, pero vaya qué desgracia si no llega a la vida eterna.

¿Y cómo prepararnos para la venida del Señor o para el encuentro definitivo con Él? Sin duda hay muchos elementos de los cuales podemos servirnos, por ejemplo la oración, la frecuencia de los sacramentos, practicando las obras de misericordia; pero algo muy importante es aprovechar los dones, las cualidades o los talentos que Dios nos ha dado. Sí que Dios nos pedirá cuentas de lo que nos ha dado. De ahí que el Señor Jesús al exponer el tema del Reino de los Cielos, presenta a los apóstoles la parábola de aquel hombre que va salir de viaje, por lo cual encarga sus bienes a sus servidores de confianza: “A uno le dio cinco millones; a otro dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno y luego se fue” (Mt. 25, 14-15). A su regresó les pidió cuentas, y como dice el evangelio, el que recibió cinco produjo otros cinco y el que recibió dos produjo otros dos, por lo cual los invitó a tomar parte de la alegría de su Señor, les invitó a formar parte de su reino. Pero el que recibió uno, lo escondió y no produjo nada; por lo que el Señor lo llama “siervo malo y perezoso”, y da la indicación: “a este hombre inútil échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación” (Mt. 25, 30).

En conclusión, los mediocres, los flojos, los conformistas, no pueden entrar en el Reino de los Cielos. Los que tienen miedo usar los enormes talentos que Dios les dio, los que los guardan en vez de explotarlos para su bien y para bien de los demás, los que no trascienden con sus enormes capacidades, prefiriendo instalarse en un pequeño estatus de confort, esos no entrarán en el Reino de los Cielos. A veces, equivocadamente pensamos que una persona es buena porque no hace nada malo, porque no se mete con nadie, pero en realidad esa visión sólo expresa una lamentable falta de sentido de vida. A una persona así Dios le dirá: ¿Qué hiciste con los talentos que te di? Pero bien decía San José María Escrivá: “Cuando un cristiano mata su tiempo en la tierra, se coloca en peligro de matar su Cielo: Cuando por egoísmo se retrae, se esconde, se despreocupa” (Amigos de Dios, n. 46). A un enfermo la va bien que alguien lo visite, a un niño le sirve mucho que lo ayuden a hacer la tarea o a preparar su examen, para un anciano es fundamental que alguien lo acompañe, a una persona que está confundida le sirve ser orientada, etc., y pensar que a veces no sabemos cómo ocupar el tiempo.

Para ser hijos de la luz y del día, como dice San Pablo, no basta estar bautizado o rezar mucho, sino ser una luz para los demás, valorando y explotando los talentos que Dios le ha dado; ocupándolos en lo que nos ennoblece. Es increíble cómo a veces nos desgastamos de más en lo que ni al menos es o existe y no nos aplicamos en lo que sí es. Hay quienes no duermen y desgastan su cerebro, sus sentimientos y en general sus energías pensando en que si un día se enferman o los roban o se quedan sin casa, en vez de aplicarse en lo que sí están viviendo. Cuentan que Santa Teresa fue a cumplir una misión ardua en compañía de una hermana y después de un viaje fatigoso llegaron a dormir en unas condiciones deplorables; y estando ya acostadas, la hermana le dice: hermana, estoy pensando que si yo me muriera aquí ¿usted qué haría sola?, a lo que Santa Teresa contestó, hermana si se muere ya veré qué hago, pero por lo pronto déjeme dormir. Efectivamente, para qué gastar los talentos en lo que no es.

¡También en el modo de usar los talentos nos jugamos la vida eterna!

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

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