#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Iron Fist: El hombre del puño de hierro

Si Danny Rand no ha formado nunca parte de la plana mayor del Universo Marvel es por una razón muy sencilla: porque, desde que Roy Thomas y Gil Kane lo crearan a mediados de los 70 a raíz del éxito del cine de artes marciales hongkonés, siempre ha sido un personaje derivativo, falto de personalidad.

Sus orígenes, así como el alcance de sus poderes, han ido reescribiéndose a lo largo de los años por la necesidad de buscarle un nuevo giro, un ángulo interesante a un héroe que siempre, de forma casi inevitable, ha arrastrado su etiqueta de segundón, de compañero de aventuras de otras figuras más populares –de ahí su continua asociación con Luke Cage desde que, a finales de los 70, sus respectivas colecciones estuvieran al borde de la cancelación–.

No parecía, desde luego, que Puño de Hierro fuera la mejor opción para continuar la asociación de Marvel Television con Netflix, teniendo en cuenta que, tras el éxito cosechado por la primera temporada de Daredevil, sus siguientes propuestas han ido perdiendo progresivamente fuelle creativo –incluso la segunda entrega de las aventuras del Hombre Sin Miedo tenía menos punch– y, sobre todo, personalidad visual, intercambiada por un look visual estandarizado por el director de fotografía Manuel Billeter.

Da la sensación de que, para mantener el control creativo, se resisten a poner sus licencias en manos de showrunners de larga trayectoria y personalidad fuerte, y lo que están obteniendo son series que, a la hora de la verdad, funcionan a medio gas, sin sentido de la maravilla y un pie en la vulgaridad.

Así que el principal escollo al que se enfrentaba Scott Buck, el showrunner de Iron Fist, era el de lograr crear algo distinguible, capaz de captar la atención del público, dentro de un contexto tan grisáceo. Y lo cierto es que, en los primeros capítulos, no acaba de lograr el tono adecuado.

A la serie, e incluso al personaje (Finn Jones), le cuesta arrancar –sobre todo por el lastre que supone toda la subtrama empresarial, de notable vulgaridad–, pero a medida que van pasando los capítulos, y gana terreno el lado más pulp y más desenfadado del personaje, también va aumentando el interés. Cuanto menos se incide en el angst de Danny Rand, y más se le introduce en tramas de acción que le obligan a explotar sus recursos marciales, mejor funciona la serie.

Lo que nos lleva a otro conflicto: el que provocan las coreografías de Brett Chan, que pretenden alejarse de las de Philip J. Silvera para Daredevil introduciendo unos movimientos más fluidos y más estilizados, mirando más hacia Hong Kong que hacia Indonesia.

La realidad, sin embargo, es que les falta la agilidad y la estilización que logran los profesionales chinos –no hace falta mirar muy lejos: sólo hay que ver el trabajo de Stephen Fung y Ku Huen-chiu para Into the Badlands– para hacer creíble a Jones como artista marcial… Lo que, unido a que no es un intérprete especialmente carismático –claro que hay que reconocer que tampoco Puño de Hierro se caracteriza por su magnetismo–, no ayuda a que se gane los galones de héroe.

Por suerte, cuando interacciona con Colleen Wing, Iron Fist sube numerosos enteros, sobre todo porque su intérprete, Jessica Henwick, tiene la capacidad de llevarse un personaje supuestamente secundario a su terreno, humanizarlo y, sobre todo, hacerlo creíble como experta en artes marciales.

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