#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Carta abierta a un papá cansado

Leí tu comentario sobre mis consejos para recitar el Rosario diariamente y pude sentir tu dolor.

“En tu próximo artículo, ¿puedes decir algo dedicado al padre?”, preguntaste. “Él tiene fe en el poder y la belleza del Rosario, pero también cree que está demasiado ocupado o cansado para rezar el Rosario; o lo que es igual de malo, se olvida de ello entre todas las otras cosas que suceden durante la tarde. Ese padre soy yo”.

Por supuesto que puedo decir algo.

He mencionado con anterioridad que empecé a decir el Rosario diariamente gracias a Nuestra Señora de Fátima y gracias a san Juan Pablo II el Grande. Lo que no dije es que en realidad fueron tres padres los que me inspiraron.

El primero fue el Capitán Wojtyla.

Cuando Karol Wojtyla encontró a su padre muerto en su pequeño apartamento de Wadowice después de llegar a casa de trabajar en la cantera a los 19 años, dijo: “Nunca me había sentido tan solo”. Permaneció junto al cuerpo sin vida de su padre durante toda la noche, rezando y llorando.

Era la última de una serie de las demoledores pérdidas que sufrió a lo largo de su vida el futuro papa Juan Pablo II, ya que, uno tras otro, los miembros de su familia iban falleciendo.

Era el tipo de cosas que o bien lo llevaban de cabeza a la desesperación o bien creaban en él la capacidad para la grandeza. Su padre fue uno de los motivos por los que no cayó en la desolación. El capitán Wojtyla había demostrado una resignación, lograda no sin dificultad, repleta de fe ante las muertes de su esposa y de los dos hermanos de Karol, lo cual había supuesto una poderosa lección para Karol.

Juan Pablo recordaba a su padre como un “hombre de constante oración”, según escribe George Weigel en su biografía sobre Juan Pablo II, Testigo de esperanza. Karol solía encontrar a su padre arrodillado durante la noche y temprano por la mañana, rezando. “Padre e hijo leían juntos la Biblia y rezaban el Rosario con regularidad”, escribe Weigel.

El adulto Juan Pablo II tenía muchos padres espirituales: san Juan de la Cruz, santa Faustina y san Luis María de Montfort. Pero, en su lecho de muerte, una enfermera informó de repetía una oración al Espíritu Santo que había aprendido de su padre.

Creo que es un hecho que lo dice todo. Una de las grandes mentes espirituales de nuestro tiempo encontraba su ancla, al final, no en sus profundos estudios teológicos ni en su familiaridad con los grandes místicos, sino en la fe sencilla de su padre viudo.

El segundo fue el padre de la Madre Teresa.

Junto con san Juan Pablo II, la Madre Teresa es el otro gigante católico de nuestro tiempo. Su padre, Nikolle, falleció cuando ella era joven, pero su impacto sobre su vida fue enorme.

Nikolle Bojaxhiu era mercader y organizador político pero, sobre todo, era un hombre de Iglesia. La familia era devota del Rosario diario.

“Hija mía”, decía de su hija cuando niña, “comparte siempre hasta el más pequeño trozo de comida que tengas con los demás, en especial con los pobres. El egoísmo es una enfermedad del espíritu que nos convierte en siervos de nuestras riquezas”.

“Mi padre tenía un corazón lleno de amor”, dijo Teresa de Calcuta en una ocasión. “Nunca rechazaría a los pobres. Seguíamos íntimamente unidos después de su muerte”.

Es increíble pensar que el corazón de esta gran misionera santa se forjó gracias a un padre cansado que rezaba después de trabajar.

Pero no fueron solo los padres de los grandes quienes me inspiraron. Mi compromiso con el Rosario diario se volvió inquebrantable gracias a un padre que murió en una granja de Virginia.

Me conmovió —y cambió— profundamente el ejemplo de Thomas Vander Woude, que tenía 66 años cuando murió.

Cuando su hijo de 18 años, síndrome de Down, calló en una fosa séptica, Vander Woude se lanzó tras él. Consiguió sacar a su hijo sano y salvo pero, en el proceso, se desmayó y se ahogó.

Cubrimos la historia cuando estaba en el periódico National Catholic Register y, cuantos más detalles aprendíamos de la vida de este hombre, más impresionado quedaba yo. Pero lo que me tocó la fibra sensible fue una frase de su hijo, Dan:

“También hacía una Hora Santa entre las dos y las tres de la mañana y comulgaba a diario. Con el Rosario, solía decir una oración a san José”, decía Dan. “Esas eran las cosas que veíamos en nuestro padre delante de nosotros. En esta cultura en la que se venden tantas cosas, tenía un padre arrodillado que me demostraba cómo ser un hombre de Dios”.

Yo no soy el hombre que fue Thomas Vander Woude. No soy profesor, no soy hombre de naturaleza, no soy el buen vecino al que todos acuden. Sin embargo, gracias a él, me he comprometido a la Hora Santa de las primeras horas del día. Y gracias a él, no solo insisto en rezar el Rosario todos los días, sino que lo digo de rodillas.

La naturaleza humana, tal y como es, nos dice que nuestros hijos tienen tendencia a imitarnos. Para bien… o para mal.

Nuestros hijos observan lo que hacemos y escuchan lo que decimos. Si ponemos excusas para faltar a misa o para no rezar, esas excusas serán piedras angulares para la constitución de sus principios.

Pero si nos escuchan decir que la oración es importante y luego nos ven orando, lo asumirán muy dentro de su ser. Si nos ven de rodillas, también se sentirán cómodos arrodillándose.

Es probable que tú y yo no duremos mucho en el recuerdo. Pero si lo hacemos bien con nuestros hijos, quizás ellos cambien el mundo algún día.

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