#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Para mi hijo, lo soy todo durante mucho tiempo (y sin duda en los primeros años)

¿Querida mamá, cuántas veces habrás oído que estabas haciendo algo mal? ¿O que deberías hacer algo de una forma diferente? Yo, desde que soy madre, desde hace no mucho tiempo, lo oigo regularmente. A los extraños les es muy fácil evaluar nuestras opciones o métodos educativos. Lanzan sus comentarios con tanta seguridad, como si conocieran a nuestros hijos desde hace mucho tiempo, o como si tuvieran varios años de práctica médica detrás.

Los comentaristas también suelen saber mejor lo que es bueno para ti y para tu hijo. Y, a menudo, esto es exactamente lo contrario a tus elecciones.

¿Le alimentas con leche modificada? ¡Eres una mala madre! ¿Le das aún el pecho? Dios mío, ¡¿por qué tanto tiempo?! ¡Le harás morir de hambre a tu hijo! ¿Has dejado el trabajo por más tiempo, porque un año de baja por maternidad es demasiado poco tiempo para ti? ¡Eres un ama de casa desprovista de ambición y perezosa! ¿Has vuelto al trabajo, tal vez a tiempo parcial, ya que el presupuesto no llegabas a fin de mes o te “agobiabas” en casa y necesitabas una pequeña distracción, o simplemente querías volver a trabajar? Eres ambiciosa, calculadora y fría.

Ejemplos similares se pueden multiplicar indefinidamente. Y, sin embargo, nadie desde fuera está capacitado para juzgar lo que es bueno para ti y tu bebé. Por otra parte, los extraños no deberían hacer comentarios sobre tu vida. ¿Por qué es tan fácil juzgar las decisiones de otras madres? ¿Por qué tan fácilmente juzgamos a una mujer como una mala madre sólo por el hecho de haber elegido una y no otra opción? ¿O hacemos previsiones de que su hijo va a desarrollarse peor por culpa de ello?

Tal vez porque es muy fácil hacerle sufrir a una mujer-madre. Es tan fácil sembrar en ella la semilla de la ansiedad y del temor de haber elegido mal. Una madre está indefensa. Le importa principalmente el bienestar de su hijo y ésta es la preocupación más importante, la que le quita el sueño. No las cuentas que pagar o un jefe desagradable y antipático. Sólo su hijo.

Es fácil hacer daño a una madre, porque no se defenderá. No se pondrá una armadura, no cogerá una espada y no contraatacará, porque no hay tiempo ni energía. Hay que cocinar la sopa de pollo, hacer la colada, hacer los deberes con el hijo pequeño, y cuando finalmente éste se duerme, hacer algunos proyectos que quedan pendientes para llevar al trabajo. ¿Cuál de nosotras querría perder la energía en defenderse a una misma?

Además, a veces “cobramos” de aquellos para quienes lo hacemos: de nuestros hijos. Los pequeños lo hacen de manera inconsciente, porque un niño de un año de edad no entiende que su ataque de histeria descontrolada durante la cual le da patadas en el estómago de su madre, le causa dolor. A veces, los más mayores lo hacen de forma deliberada, ya que su rebeldía adolescente le hace gritar “Te odio” por cualquier razón trivial.

Y nosotras lo aceptamos y nos lo tomamos “a pecho”, no porque seamos unas mártires con tendencias masoquistas. No porque no veamos el mundo más allá de nuestra maternidad, a la que convertimos en la misión de nuestra vida, y a la que nos hemos de-di-ca-do (no me gusta esta palabra, ni esta manera de exponer el caso).

Lo hacemos así, porque queremos a este pequeño hombre más que a nadie en el mundo. Pues, aunque el pequeño de año y medio de edad sabe “dar la lata” hasta que deseas huir lo más lejos posible y olvidar que eres madre, pasados unos minutos te proporciona tales emociones que no las cambiarías por nada en este mundo.

Porque a pesar de que amas a otras personas -a tu esposo, a tus padres, a tus amigos-, sólo a este pequeño hombrecillo lo has llevado dentro de ti durante 9 meses. Fue una parte de ti, lo que produjo entre tú y él una unión extraordinaria y única.

Esto también significa que para tu hijo lo eres todo durante mucho tiempo (y sin duda durante los primeros años de su vida). Eres todo su mundo. Y ser consciente de ello puede ayudarte a sobrevivir a los momentos más difíciles. Te da fuerza cuando te sientes bastante impotente, cuando estás cansada, cuando te arrepientes, porque tu vida se ve así y no de otra manera.

Entonces tu hijo, por lo general, es capaz con una sonrisa disipar todas las dudas y hacer que vuelvas a estar convencida de estar en el mejor lugar en el que te podrías encontrar.

¿Es difícil de creer? Yo misma, aunque soy madre desde hace relativamente poco tiempo, viví docenas, si no cientos, de veces de este tipo de momentos. Mi hijo pequeño sabe cómo hacerme pasar por un “momento difícil”, sacarme de mis casillas, etc. Y un momento después, una sonrisa, un gesto, un intento de decir “mamá” o de dar los primeros pasos, hace que se me encoja mi corazón materno, que en un momento me hace olvidar lo muy enfadada que estaba. Porque de repente me acuerdo de lo importante que soy para este pequeño y el grado de influencia que tengo en sus elecciones, su desarrollo, su vida.

Soy grande, porque soy su madre.

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