#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Ángeles en el arte sacro: haciendo lo invisible visible

San Juan Pablo II, de pie en el umbral de la recién restaurada Capilla Sixtina, quedó tan emocionado por las imágenes ante él que expresó su admiración en poesía preguntando:

“¿Cómo hacer visible lo invisible, cómo penetrar más allá de los límites del bien y del mal?”.

Ante la gloria de estos frescos recién revelados, con suma claridad después de eliminar 500 años de pátina, Juan Pablo articuló su asombro surgido de una visión de lo divino. La mano de Miguel Ángel había pintado los frescos, pero su intelecto había entrado en el misterio de la creación —no visto por ojos humanos— e hizo visible lo invisible. El maestro hizo algo similar al evocar el Juicio Final en el muro del fondo de la capilla, un evento que aún no ha sucedido. Este hilo de visualizar lo invisible sería un tema central de la Contrarreforma, en el esfuerzo de la Iglesia por destacar la presencia invisible y efectiva de la gracia a nuestro alrededor.

Esta presencia es evidente, más que en ningún otro sitio, en la actividad de los ángeles, seres espirituales que no poseen cuerpos materiales, pero son integrales en el plan de Dios para la salvación del mundo.

Aunque la Reforma protestante nunca dudó de la existencia de los ángeles —Juan Calvino señaló debidamente que el Credo niceno afirma la creación de las cosas “visibles e invisibles”, mientras que Martín Lutero ofreció unas hermosas reflexiones sobre los ángeles—, aun así se desalentaba la especulación sobre la naturaleza angelical.

La fascinación de los escolásticos medievales con todo lo visible y lo invisible le parecía una pérdida de tiempo a muchos reformadores. Juan Calvino escribió que “siendo los ángeles ministros de Dios, ordenados para hacer lo que Él les mande, tampoco puede haber duda alguna de que son también sus criaturas. Suscitar cuestiones sobre el tiempo o el orden en que fueron creados, ¿no sería más bien obstinación que diligencia?”.

Esta postura desafiaba abiertamente a santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, que no solo había explicado el sacramento de la Eucaristía, sino que había definido los nueve órdenes de ángeles. Los autores protestantes criticaron el interés escolástico en lo que ellos consideraban cuestiones innecesarias, creando la famosa caricatura de la teología medieval como una escuela de frailes reflexionando sobre “cuántos ángeles podrían bailar sobre la cabeza de un alfiler”.

El arte encontró una función particular en el problema de hacer visibles a los ángeles invisibles. La capacidad del arte para personificar y dar forma visual a las ideas era una de sus grandes fortalezas en este periodo. Mientras el reformador protestante Henri Zwingli se acercaba al rechazo de todas las imágenes, la Contrarreforma de Roma abrazó el arte como una forma de permitir a los fieles ver y meditar sobre lo invisible, en particular los ángeles.

Los ángeles proliferan en los ábsides, las bóvedas, las pilas de agua bendita y los frescos de las iglesias romanas; la mayoría vienen de la era de la Contrarreforma.

Uno de los primeros grandes esquemas visuales de ángeles se dio en la iglesia de Santa María la Mayor, donde en 1587 el papa Sixto V hizo una versión en miniatura de la cúpula que Miguel Ángel acababa de completar en San Pedro. La capilla Sixtina en Santa María la Mayor debía ser su capilla funeraria y encargó a Cesare Nebbia que pintara la bóveda con frescos de los nueve coros de ángeles.

Los mensajeros espirituales de Nebbia rodean el tabernáculo de bronce de abajo, guiando al ojo hacia arriba desde los ángeles y arcángeles más cercanos al espectador hasta el querubín y serafín que forman un anillo en torno a la linterna y revelan a Dios Padre en el ápice. Tuvo tanto éxito que, diez años más tarde, la bóveda de San Pedro emplearía un diseño similar en mosaico.

En el caso de la capilla de Sixto, el papa, franciscano, enfatizaba el valor de la teología escolástica. La capilla se construyó también para dar cobijo a los restos del predecesor de Sixto, que pronto sería santo, el papa Pío V, quien había alzado a santo Tomás de Aquino a la dignidad de Doctor de la Iglesia. Esta extraordinaria capilla, construida sobre una cueva donde se colocaron uno de los primeros conjuntos de Nacimiento, por Arnolfo di Cambio, permitía a los fieles ver la Encarnación abajo, adorar la eucaristía que parecía flotar sobre los hombros de los ángeles y luego disfrutar de los coros celestiales arriba.

San Pío V (1566 – 1572), cuyo nombre de pila era Antonio Michele, también mostró interés por los ángeles durante su pontificado. Sus apartamentos en el Vaticano son parte ahora de los museos y contienen los mosaicos y el enorme óleo de Jan Matejko del Tratado de Viena, aunque también encargó una pequeña capilla, ahora usada como vestíbulo para la Capilla Sixtina, donde la mayoría de visitantes nunca alzan la vista a la cúpula para ver el fresco de Giorgio Vasari y Federico Zuccari, La caída de los ángeles rebeldes.

En esta obra, siete ángeles exquisitos con armadura pastel posan graciosamente mientras ensartan a demonios contrahechos. Las alas de las criaturas deformes sugieren que una vez fueron ángeles, aunque ahora son un batiburrillo de cabeza, cola y garras de animal injertados en lo que una vez fueron cuerpos hermosos. La base de la cúpula revela un paisaje urbano abrasado, con edificios que arden y se derrumban. Sin embargo, los ángeles vienen del anillo de luz en el centro de la cúpula desde donde rostros de putti observan el combate.

Este fresco fue algo más que una defensa de la teología escolástica: Pío V excomulgó a la reina Isabel I de Inglaterra por herejía, se opuso a los hugonotes franceses, reunió una flota contra los turcos otomanos y resistió las presiones internas de los católicos que querían ver a la Iglesia ablandando la doctrina para poder acomodarse a las nuevas circunstancias del mundo pos-Reforma. Pío respondió a estos desafíos con la vigorosa imagen de los ángeles reprimiendo la rebelión, seguro de servir a la verdadera luz.

No fueron únicamente los escolásticos de la vieja escuela los que saltaron en defensa de los ángeles, sino también las nuevas órdenes de la Contrarreforma. La iglesia madre de los jesuitas, el Gesú, construida entre 1568 y 1575, también afirmó la importancia de los ángeles, en especial como mediadores. Los protestantes nunca negaron la realidad de los ángeles, pero rechazaron que fueran mediadores entre Dios y el hombre. Martín Lutero, aludiendo en líneas generales a la carta de San Pablo a los gálatas, escribió: “Con tanta tenacidad deberíamos aferrarnos a la palabra revelada por el Evangelio que, si viera bajar a todos los Ángeles del Cielo para decirme algo diferente, no solo no me vería tentado a dudar de una sola sílaba, sino que cerraría mis ojos y mis oídos, ya que no merecerían ser vistos ni escuchados”.

San Ignacio, fundador de la orden jesuita, escribió sobre los ángeles y su papel activo en el consuelo y la tentación en sus Ejercicios espirituales. Según su pensamiento, visibles o no, los ángeles afectan perceptiblemente al alma humana. “El buen ángel toca a la tal ánima dulce, leve y suavemente, como gota de agua que entra en una esponja; y el malo toca agudamente y con sonido e inquietud, como cuando la gota de agua cae sobre la piedra”.

Para aumentar la concienciación sobre el papel de los ángeles, los jesuitas les dedicaron una capilla entera en el Gesú. Los frescos de Ventura Salimbeni comienzan en la bóveda con un relato bíblico de ángeles: Tobías, Habbakuk, Jacob, pero se extiende por los muros laterales envolviendo al espectador con imágenes de intercesión angelical con Los ángeles liberando a las almas del Purgatorio y Los ángeles llevando las oraciones de los fieles al Cielo.

El retablo, pintado por el famoso artista Federico Zuccari, muestra a Los ángeles venerando a la Trinidad. Toda la capilla celebra una jerarquía de intercesión, donde los ángeles desempeñan un papel fundamental en la mediación. Un espacio de sonido envolvente con actividad angelical, pasada y presente, en la historia de la salvación.

Los ángeles abundan en le Ciudad Eterna, ya sea con los regordetes putti retozando en estuco o con elegante criaturas de mármol acompañando a los peregrinos a través del puente de Castel Sant’Angelo hacia la basílica de San Pedro. Su proliferación durante la Contrarreforma invitaba a los fieles a participar de lo invisible con la mente, con los sentidos y, especialmente, con el espíritu.

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