#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Juguemos a dormir con nuestros hijos

Sin duda, poner a los hijos a dormir cuando son pequeños es uno de los grandes retos para la mayoría de los padres. Se llega la hora y pareciera que los niños tomaran un segundo aire. Comienzan con una energía como si fuera de mañana. Y es que a la gran mayoría no les gusta dormir porque obvio, no lo disfrutan tanto como el jugar.

Recuerdo cuando mis hijos eran pequeños lo que sufríamos mi esposo y yo para mandar a nuestros hijos a dormir. A partir de cierta hora la casa se volvía como un campo de batalla y a mí -la mamá- me salía la bruja que llevaba dentro porque no me obedecían para irse a la cama. Primero les hablaba tiernamente. Al poco rato de que no me hacían caso salían mis gritos de histérica. Para mí, en esa hora terminaba más cansada que ni en toda la rutina del día completo.

Entonces, por un tiempo y para evitar la fatiga de pasar malos ratos de enojos y gritos, opté, con mi esposo no tan de acuerdo, por dejar que se durmieran a la hora que quisieran o hasta que el descanso los vencía. Grave error. Pronto se vieron las consecuencias de mi permisividad y falta de carácter.

Como nuestros hijos pequeños no tenían un horario fijo para irse a la cama, no alcanzaban a tener un sueño reparador. A diario amanecían de mal humor. Muy pronto hubo quejas de la maestra del colegio. Los niños andaban somnolientos y poco participativos; otras veces tristes, agresivos e hiperactivos o con dolor de cabeza. También su rendimiento escolar bajó.

Después de leer un libro que un amigo español nos recomendó “Duérmete niño”, aprendimos que los niños, tanto como los adultos necesitan de rutinas hasta para la hora de dormir. Comprendimos que el sueño en los niños es tan, sino es que más importante que el comer y el jugar y que la falta de este podría acarrearles consecuencias muy negativas, tanto a nivel psicológico como físico. También entendimos que a ellos no les gustaba irse a dormir porque lo veían como un desperdicio de su tiempo; si dormían ¡ya no jugaban!

Fue entonces que hicimos de la rutina para dormir parte de un juego divertido. Teníamos muy claro lo que deseábamos lograr con este cambio de hábitos, no solo para los chicos, sino en el ambiente familiar. Primero, que la hora de dormir fuera un espacio de paz y el “pretexto” para educar en virtudes y que nosotros -los papás- creciéramos en paciencia. Segundo, que los niños tuvieran un sueño reparador y así reducir su nivel de estrés, ansiedad, agresión e hiperactividad e incrementar su enfoque y rendimientos escolar.

Comenzamos con toda una rutina sistemática a la que llamamos “juguemos a dormir”. La palabra juego fue clave para que los niños se convencieran de participar y de tomarlo como algo divertido. Todo esto con el fin de inculcar en ellos -y hasta cierto punto en nosotros- el hábito de dormir a buen tiempo. Ya no los “mandábamos” a dormir, sino que los “poníamos” a dormir. Es decir, mi esposo y yo éramos parte activa de esa rutina que al final nos trajo enormes beneficios a todos.

Esto fue lo que implementamos como parte del juego. Comenzamos por hacer reajustes a todas nuestras actividades de la tarde. A un nivel en que nuestros hijos entendieron, platicamos con ellos compartiéndoles los cambios maravillosos que habríamos de hacer para apoyarles a que descansaran mejor y que así disfrutaran aún más al día siguiente del cole con sus amiguitos. Asimismo, hicimos saber en el colegio sobre nuestros cambios y pedimos que nos mantuvieran informados sobre el desarrollo y comportamiento de nuestros hijos y hacer ajustes de ser necesario.

A partir de las 6.30 la tarde, yo como mamá está totalmente dedicada a formar una rutina para mis hijos en base a horarios estrictos, mismos que debía cumplir de manera consecutiva y cabal. Esto quiere decir que, por un tiempo, me olvidé de reuniones con amigas, y de asuntos personales porque tuve muy claro que mi prioridad era la salud y el bienestar de mis hijos y, por ende, el de mi familia completa.

Como para mi esposo era muy importante encontrar a nuestros hijos despiertos cuando regresara del trabajo, él también hizo cambios personales. De hecho, uno de los acuerdos fue que, si no llegaba a tiempo, no les podría despertar. Y en ese caso tenía que llamar por teléfono a los niños para rezar y desearles buenas noches.

A las 6.30 en punto silbaba un pajarito y esa será la señal de que quedaban 15 minutos para que terminara su hora de juego o lo que estuvieran haciendo.

Al principio les recordábamos, “ya silbó el pajarito”. De hecho, varas veces les escuché como entre ellos se decían: “Ándale, córrele porque ya silbó el pájaro”. O sea, sabían que la cosa iba en serio y había que obedecer para seguir participando del juego.

Luego, a las 6.45 PM escuchaban la campanita, lo que quería decir que había terminado la hora del juego, que tenían que guardar los juguetes o terminar lo que estaban haciendo y correr a bañarse. Aunque tuviéramos asistente en el hogar, el baño siempre fue asunto de mamá o papá exclusivamente. El tiempo de baño nos servía para convivir y a ellos para relajarse en el agua caliente.

Después, a las 7.15 salían del baño y se ponían ropa de dormir para luego bajar a cenar. Alrededor de las 7.40 terminaba la cena. Podría ser que papá llegara a cenar en familia. Si no, él había hecho el compromiso de estar a más tardar a las 8 de la noche para que, junto conmigo, les leyéramos un cuento, hiciéramos un pequeño examen de conciencia y las oraciones de la noche. Se estaban durmiendo a más tardar a las 8.30.

Al principio y cuando nos los pedían, alguno de los dos nos quedábamos con ellos en sus cuartos, en el piso, solo por un momento hasta hacerle sentir que todo estaba bien. Con voz serena y en paz les pedíamos que estuvieran tranquilos porque al siguiente día papá y mamá estarían con ellos. Que no tenían de qué preocuparse porque solo dormirían y en pocas horas nos volveríamos a ver.

Mi esposo y yo decidimos que el horario y espacio en el que pondríamos en marcha esta rutina sería a diario, de 6.30 a 8.30 PM y de manera indefinida hasta que el dormir a tiempo fuera parte de nuestros hábitos cotidianos. Las 4 primeras semanas hicimos el horario sin descanso hasta que toda familia nos adaptamos al nuevo ritmo. Es decir, incluimos los fines de semana y días de vacaciones. Después unas semanas y de adquirimos el hábito un día por semana nos podíamos dormir un poco más tarde del horario de rutina.

Como en todo juego teníamos que tener diversión y premios. Esa rutina de horarios y actividades la plasmamos en un calendario, mismo que revisábamos todos los días por la mañana durante el desayuno. Junto a cada actividad lograda a tiempo: guardar juguetes, baño, cena, etc. ponían una calcomanía de carita feliz. Quien cumpliera con la rutina completa semanal o bien, tuviera más calcomanías elegiría uno de entre varios premios: dónde comer el domingo, qué película ver, qué cereal comprar, qué cuento leer por la noche, etc. En caso de empate cada uno elegía un premio.

Con un poco de entrega, generosidad, esfuerzo y sacrificio por parte de nosotros -los padres- y de buena disposición y obediencia por parte de los hijos los resultados fueron sorprendentes. Fue un gana-gana porque a la corta porque nos quedaba mejor tiempo de calidad como pareja y nuestros hijos lograron tener un sueño muy reparador y un día más placentero. (Y a la mamá nunca más le volvió a salir lo bruja gritona).

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