#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La guerra del planeta de los simios: El largo camino a casa

La anterior El amanecer del planeta de los simios terminaba con una nota de esperanza respecto a la posible relación futura entre humanos y monos –por otro lado, reminiscente de su antecesora, quizás porque Rick Jaffa y Amanda Silver participaron en la escritura de ambos guiones–.

En cambio, esta tercera entrega del reboot de la franquicia, La guerra del planeta de los simios, echa por tierra ese (fugaz) rayo de fe para dibujar un retrato nada halagüeño de la raza humana… Según Matt Reeves y su coguionista, Mark Bomback, tan violenta, irracional y cobarde como el personaje que ejerce de principal representante de la misma, el Coronel McCullough (Woody Harrelson).

Salvo el arranque y el clímax del largometraje, que acumulan las set pieces más espectaculares de la función –y que encajan entre ellas por oposición, precisamente porque sirven para definir la naturaleza belicosa del ser humano–, en realidad Reeves ha optado por construir un relato inesperadamente íntimo, acotado, y que confiesa inspirado, en cuanto a estructura y trayecto de los personajes, en El fuera de la ley de Clint Eastwood.

De ahí parte el aire de western itinerante del relato –aprovechando así, con mucha inteligencia, que los simios se desplacen a caballo–, pero también el giro dramático que tuerce el destino de César (Andy Serkis) y, sin que se dé cuenta, lo va aproximando cada vez más a la figura del conflictivo Koba (Toby Kebbell)… Que, no en vano, se le aparece continuamente, en forma de alucinación, como proyección de su propio sentimiento de culpabilidad.

Y es que La guerra del planeta de los simios es, por encima de todo, una exploración del heroísmo, del liderazgo y del sacrificio a través de su protagonista principal. Lo importante de la historia no es, por lo tanto, su obsesiva persecución de McCullough, sino cómo lo que provoca sobre los demás le obliga a replantearse su importancia como figura revolucionaria, como elemento de cohesión de su pueblo –impresiona la potencia dramática que tienen los momentos en que el personaje de Serkis, a veces con un gesto o una frase, es capaz de reconfortar o de darle fuerzas a los que le rodean–.

No es casual, en ese sentido, que los humanos le torturen y le coloquen en una especie de cruz: en el camino de redención que es el último tercio del metraje, César acaba convirtiéndose en una figura mesiánica que no solamente salva a los suyos, sino que, como Moisés, los guía hacia su tierra prometida, su futuro hogar…

La conjunción que, en esta tercera parte, se produce entre la interpretación de los actores de motion capture y el nivel técnico de los efectos especiales, alcanza una perfección realmente esplendorosa.

No solamente por el impresionante acabado de los simios digitales que protagonizan La guerra del planeta de los simios, sino sobre todo por esa expresividad, esa capacidad para transmitir más allá de los diálogos –algo imprescindible, teniendo en cuenta que los personajes conversan, sobre todo, a través del lenguaje de signos–, que nos acaba convenciendo de que, sí, merecen asumir el control de nuestro mundo… Y abrir camino a esa civilización puramente simiesca con la que se topaba el astronauta George Taylor (Charlton Heston) en la primera El planeta de los simios.

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