#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Autoestima… ¿Y si lo cambiamos por Cristo-estima?

Todos nacimos con esa necesidad del yo -ego-, que es lo mismo que autoestima y propia reputación. El ser humano debe y necesita amarse y aceptarse a sí mismo e igual de importante, saberse amado y aceptado por los que le rodean. En pocas palabras, la valoración personal -o autovaloración- es el arranque de motores para valorar a los demás. El gran problema de hoy en día es que muchos se quedan tan solo en ese calentar de motores, estancados en el yo. Es decir, primero yo, luego, por último, yo, y si me queda tiempo, los demás.

Siguiendo todavía en esta misma línea, la autoestima va a partir de la concepción que la persona tiene de sí misma. Y también de la idea que los demás tengan de ella. Es decir, lo que los demás opinen sobre su persona.

Aquí hago un paréntesis en la importancia de mandar mensajes de valoración positiva a nuestros hijos, sobre todo a edades tempranas. Si deseamos, por ejemplo, que ellos sean veraces, es decir, que tengan la virtud de la sinceridad, hay que dar por hecho en ellos esa virtud, que ya la poseen.

¿Por qué? Porque solo así ellos harán lo posible por identificarse con las expectativas que de ellos se tiene. Por lo menos, antes de decir una mentira se detendrán a reflexionar y pensarán: “Mis papás confían en mí y en mi palabra. Ellos esperan algo bueno, grande y valioso de mí. No les puedo fallar”.

Si como padres tenemos la certeza de que nos está mintiendo, podemos emplear alguna de estas poderosas frases, “yo espero en ti” o “yo creo en ti”. Estas son líneas que motivan a cualquiera de nosotros a acercarnos a lo que se espera de uno. Si, por el contrario, a los hijos se les mandan mensajes negativos como que eres un mentiroso, también se identificarán con ese pensamiento y actuarán conforme a él.

La sana autoestima comienza en casa. Como expreso Madame Marie Curie: “No podemos confiar en construir un mundo mejor sin mejorar a los individuos”. Es decir, yo me amo, hago todo por ser la mejor versión de mí mismo, pero para salir y darme, entregarme al mundo. Esta es la verdadera autorrealización, servir por amor.

Dejemos hasta aquí la ciencia humana y demos un brinco a la ciencia divina. A transformar nuestra autoestima en Cristo estima. Es decir, en desarrollar aprecio o afecto por uno mismo, pero enraizados en Dios. Es un ego en el que salimos de nosotros mismo a trascender. No conoce de límites ni egoísmos porque su fuente eterna es el verdadero amor, Dios. Así es, yo valgo, me aprecio y valoro porque soy creación perfecta de Él.

¿Quiere decir que si no creo en Dios no valgo nada? ¡No, no significa eso! Quiere decir que el reconocerme hijo de Dios me da la certeza de su protección, cuidados, etc. y todo eso me hace ir por la vida con una enorme seguridad. Una persona al sentirse “digno” y meritorio de ser hijo de Dios se puede comer al mundo a puños, porque andará su caminar con la certeza de su infinito amor.

Dios me ama y me acepta tal y como soy, con todas mis cualidades y defectos, con mis pecados, caídas, y tropiezos. Sin embargo, también me regaló inteligencia, voluntad y libertad para que en el “buen” uso de estos dones y de manera libre, por elección personal elija su amor y vivir solo en obediencia a ÈL.

Insisto, aceptarnos tal como somos es la base para crecer en una estima personal sana. Nuestra estima se va enfermando porque siempre estamos en búsqueda de tener algo más, de tener algo diferente y no gozamos de lo que somos en este momento. Piensa, eres de los que te ves en el espejo y comienza por encontrarse defectos en vez de dar gracias porque, para empezar, tienes dos ojos que te pueden permitir ver tu maravillosa perfección.

¿Quieres crecer en estima? Entonces date cuenta de todo lo que posees en vez de lamentarte por lo que no tienes. Valora todo lo que Dios ha hecho de ti, no solo lo que te ha dado. Crecerás en estima cuando reconozcas lo lleno de bendiciones que estás. Acéptate de una manera sana, sin egos ni altanerías, sino con humildad, pensando que en qué hiciste para merecer todo lo que eres y que Dios te ha dado, te ha confiado por un corto periodo de tiempo.

¿Sabes? Dios te planeo así, tal y como eres y cuando tú no te aceptas es como si voltearas al cielo y le dijeras, te equivocaste. Si te sirve compárate con una flor. Porque eso eres, una flor en el jardín de Dios, única e irrepetible. Date cuenta de los miles de variedades de flores que hay, unas más blancas, unas más largas, otras pachoncitas. Es más, hay hasta las que huelen feo, pero ninguna fea. Quizá no nos gustaran todas. Sin embargo, cada una tiene características únicas que la diferencian de las demás. Eso eres tú, una maravillosa flor llamada hija de Dios.

Tampoco tu estima personal puede radicar en tu apariencia física o en si eres hija de fulano o si tienes tanto dinero. Es una realidad que las arrugas y la edad llegan y que el dinero viene y va. Hasta las flores se marchitan. Por eso, basa tu estima en valores trascendentes, esos que nunca mueren porque si la pones en las cosas del mundo, por ejemplo, en tener dinero o en que no tengo arrugas o soy delgada, ¿qué sucederá el día que no tengas nada de eso? ¿Querrá decir que ya no vales nada? Tu estima necesita radicar en esa DIGNIDAD que posees como creación única y perfecta de Dios.

No esperes a que alguien más reconozca tu valor, reconócelo tú. Dios ya te lo reconoce. No esperes a que alguien más te acepte para aceptarte tú. Dios ya te acepta. No esperes a que alguien más te ame para tú amarte. Dios ya te ama. No esperes a que alguien más te brinde seguridad porque tu mayor seguridad nace desde dentro de ti, de tu alma, de la certeza de que tu vida está en manos de Dios.

Comienza a hacer cambios positivos en ti para que crezca esa estima y la puedas portar con seguridad. Para lograrlo solo se requiere de tu voluntad, de querer hacerlo, de buscar ayuda si es necesario, la más importante, la de Dios. Fuiste creada hecha a imagen y semejanza de Él. ¿Entiendes el peso de estas palabras? Dios te creó un ser único, con cualidades y talentos inalienables, únicos. Te creó “en serio”, no “en serie”, para que libre y seriamente elijas hacer morada con Él.

Saca esa fuerza interior que llevas dentro y reconócete amado por Dios, no lo des por sentado. Si tú te sientes y te reconoces bello por dentro y por fuera, ese sentimiento se empoderará de ti y vas a sentir mucha seguridad, misma que vas a irradiar e irás por la vida con “el buen olor de Cristo” y por lo tanto tu estima crecerá.

Crecer en estima enraizados en Cristo, es decir, ¡qué maravilla! ¡cuánto he de valer que el mismo Jesús nunca dudó en dar la última gota de su sangre por amor a mí!

Si, es verdad que Dios me ama tal como soy, pecador. Pero no se vale déjame llevar por esta “presunción”, la cual también es ofensiva y abusiva. Está en mi elegir soltar cualquier cosa que me separe de vivir a plenitud su amor. Está en mi elegir el amor a Dios o escuchar al mundo, al demonio, y dejarme llevar por la carne las cuales me pueden ofrecer crecer en mi estima por medio de artimañas -mentiras- que muy pronto me harán pagar la factura.

¿Sabes que Dios te ama y te acepta tal y como eres? Así que recuerda y recuérdalo bien: tal como eres, eres perfecto. Así que ha crecer ese corazón perfeccionándote en su amor. Eres grande, eres hijo de Dios.

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