#diocesisdecelaya @diocesis_celaya ¿Puede un científico ser católico?

“¡Verdaderamente es algo terrible caer en las manos del Dios viviente!” – Hebreos 10,31

Como soy el físico mimado de nuestra parroquia, hace unas semanas el diácono me enseñó un recorte de prensa sobre el evento de la Sociedad de Científicos Católicos que se celebró recientemente en Chicago. Al ser miembro de dicha sociedad, conocía la existencia del evento, pero lamentablemente no pude asistir.

Pero después de leer el artículo, hubo algo que me sorprendió. ¿Por qué una reunión de científicos que también son católicos romanos es tan llamativo como para hacer una noticia con tal cobertura? ¿Acaso hay un oxímoron oculto en la expresión “científico católico”?

La respuesta es no, pero antes de profundizar en ella, me gustaría explicar algunos datos biográficos sobre mí. A pesar de que mis bisabuelos eran rabinos, crecí como un judío secular. A mi manera, creía en un Creador. Mi pasión en la adolescencia era la astronomía, y al visitar el planetario de mi ciudad y construir un telescopio reflector de 15 centímetros, comprendí instintivamente las palabras del salmo 19: “El cielo proclama la gloria de Dios”.

Durante el verano que trabajé para el Servicio Forestal de los Estados Unidos en el parque nacional de Yosemite, en mi época de estudiante, solía descansar bajo los árboles inmensos y admiraba la obra del Creador.

No fue mi pasado como judío lo que impidió que buscara una fe más personal en Dios. Más bien, el principal obstáculo fue mi creencia en que la ciencia podía explicar todo lo que uno necesitaba para entender el mundo. Contemplaba el universo con admiración y asombro, como si fuese la creación de una deidad, pero esa deidad no podía ser un Dios viviente.

En aquella época no me interesaba la filosofía de la ciencia, por qué funcionaba o cuáles eran sus límites. Me dedicaba a mi trabajo de una forma casi egoísta, y estaba seguro de que si había elementos que la ciencia no podía explicar aún, como el amor y la moralidad, pronto lo haría.

Una vez en la edad adulta, ocurrieron algunos hechos que me impulsaron a buscar ayuda fuera de mi trabajo. Gracias a la actuación afortunada del Espíritu Santo, algo me impulsó a leer ¿Quién movió la piedra?, del autor Frank Morrison. Al leer el relato de los días previos y posteriores a la crucifixión de Cristo, me dio la impresión de que si sus argumentos se expusieran ante un jurado imparcial, este determinaría que los relatos bíblicos de la resurrección fueron verdad más allá de toda duda razonable.

Aún más me impresiona que en las escrituras del Nuevo Testamento, los testimonios de gente ignorante y analfabeta, como pescadores, cobradores de impuestos o mujeres, fueron capaces de debatir con filósofos griegos y académicos judíos y poder así difundir la fe cristiana por todo el Imperio romano, padeciendo apuros y dolores e incluso muriendo para conseguirlo. Sin lugar a dudas, debieron inspirarse en los encuentros con un Jesús resucitado y la voz interior del Espíritu Santo.

También me di cuenta de que, si el relato de la resurrección del Evangelio es digno de nuestra fe, también lo debe ser el resto, particularmente la narración donde Jesús da a Pedro las llaves del Reino de los cielos, fundando así la Iglesia Católica. Por consiguiente, la religión cristiana a la que me debía convertir era la católica romana.

Quiero recalcar que todo el proceso de comprensión y conversión fue una decisión tomada de forma racional, no hubo visiones ni voces, solo apliqué un enfoque descendente. Decidí convertirme en católico, a sabiendas de que mi esposa, católica de toda la vida, estaría encantada, y que mis amigos científicos se horrorizarían. Me imaginaba lo que la gente diría de mí: “¿Qué ha pasado con el Bob de siempre?”, “¿Se ha vuelto loco con la vejez?”, “Si ya no investiga, necesita practicar la religión para mantener la mente ocupada”.

Aún así, fui a ver al sacerdote de mi esposa y le dije que quería convertirme al catolicismo.

Existen distintas categorías en mi nuevo sistema de creencias, así que, volviendo a la pregunta sobre el oxímoron, me gustaría dividir la pregunta “¿en qué debe creer un científico católico?” en dos partes.

Como ya he explicado, incluso cuando era un adolescente agnóstico, me permití pensar que lo que quiera que crease el mundo, definitivamente hizo una obra maravillosa. Probablemente existan varios científicos que hayan sentido lo mismo. No todos piensan que las cantidades abstractas procedentes de ecuaciones, como la gravedad o las fluctuaciones cuánticas, fueron las responsables de la creación. Creo que es probable que muchos científicos, si alguna vez piensan en Dios, lo hagan de la misma forma que Einstein (“Der Alte”): un Dios creador pero impersonal.

Varios años antes de mi conversión, poco a poco fui creyendo que tenía que existir un Dios personal, uno que cuidara de todos nosotros. De lo contrario, el mundo carecería de sentido.

La conversión para mí no fue un proceso discontinuo y bien definido: antes de la conversión, agnóstico, y después, creyente de todos los dogmas y doctrinas de la Iglesia. ¿Cómo creció y se transformó mi fe?

Durante el ritual de iniciación cristiana de adultos, cuando recibía catequesis antes de bautizarme en la Vigilia Pascual, expresé mis dudas sobre algunos dogmas de la Iglesia, concretamente sobre el más importante, que es la Transubstanciación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Como físico, me fue difícil entender cómo las moléculas de la hostia sagrada y el vino se podían transformar en carne y sangre. En aquel entonces desconocía el significado de los conceptos aristotélicos de “sustancia” y “accidente”. El sabio sacerdote que me daba catequesis, el padre McA, me preguntó: “¿Crees en la resurrección de Jesucristo y su nacimiento virginal?”.

“Por supuesto. Por eso me estoy convirtiendo en católico”, le contesté.

“Entonces, si puedes creer en dos milagros, ¿por qué no creer en más?”

Esa respuesta me pareció perfectamente lógica, pero mi fe en la Eucaristía no llegó finalmente por un compromiso intelectual, sino a través de la música. Semanas después de que el sacerdote me hablara sobre los milagros, la parroquia celebró la devoción de las 40 horas, y se nos invitó a mí y a otros catecúmenos a participar en la Adoración al Santísimo Sacramento.

Y entonces ocurrió. Mientras se llevaba la custodia durante la procesión, se recitaba el Tantum Ergo, y leí su letra: “Præstet fides supplementum, Sensuum defectui”.

Todavía recordaba el latín que aprendí en el instituto, y lo entendí: “La fe suplirá la incapacidad de los sentidos”.

Ahí estaba. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras comprendía que la hostia ante mí era realmente el cuerpo de Cristo, un misterio más allá de la ciencia y la filosofía. Mi fe.

Santo Tomás de Aquino escribió grandes obras de teología y filosofía, pero quizás sus himnos han sido la evangelización más efectiva, al alcanzar y educar al mayor número de personas.

Conforme ha ido pasando el tiempo, he podido comparar mi fe católica con un árbol, plantado en lo más profundo de los cimientos de la fe. El suelo es la creencia en la Trinidad que alimenta mi fe, y es el dogma y las doctrinas de dicha fe lo que constituye las raíces de mi creencia religiosa.

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