#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Alcanzar la condición divina





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

En nuestro camino de desierto Cuaresmal, igual que Pedro, Santiago y Juan, nos sentimos “tomados aparte” por Jesús. Después de encontrar nuestra “fuerza interior”, parece necesario superar nuestra resistencia a aceptar la muerte. 

Esta invitación a subir al monte donde Dios aparece y contemplar Su gloria, puede sostenernos en nuestra adhesión a Jesús y a Su proyecto.

Lo que ven los discípulos es un pedacito de cielo, el estado final del hombre que con su entrega ha superado la muerte. Así están Elías y Moisés.

Pedro está “a gusto” porque en aquella manifestación de Jesús, Dios glorioso, tiene todo. Pero no se da cuenta de la distancia que lo separa del misterio; para quedarse en la gloria de Dios, es preciso pasar por la muerte y la resurrección.

Para alcanzar la condición divina, ya sea en el asomo temporal, al modo de Pedro, Santiago y Juan; o de manera definitiva como Elías y Moisés, nos ayuda trabajar espiritualmente en estos tres pasos:

1- Escuchar la voz de Dios que configura

 Es la voz que me pide “lo que tanto amo”, al igual que a Abraham, a quien Dios pide le sacrifique a su hijo único a quien tanto ama. Es una voz de obediencia y de donación que me pide confiar en Dios, en su proyecto.

La enseñanza de un obispo misionero nos sirve ahora para entender cómo se escucha la voz de Dios: “Aquello que tanto amas y no es Dios, pronto te hará sufrir”. Parece incoherente o inhumano; pues así es para Abraham. Sin embargo, es la manera en que la voz de Dios nos da figura, nos da talla espiritual para alcanzar su condición.

Nos dejamos configurar, cuando somos capaces de ofrendar lo que tanto amamos o a quien tanto amamos, por el amor absoluto que es Dios. En este momento de tu vida, ¿qué amas tanto y no es Dios? Es más fácil ofrecer algo, como un vicio o un apego, pero, ¿a quién amas tanto y no es Dios? Cuesta más. Sin embargo, si no me configuro, no me transfiguro con Cristo.
Además, esa voz que configura, me deja conocer la Identidad de Jesús y mi propia y nueva identidad en el seguimiento de Él.

2- Confiar en la elección

 Hacer la vida de manera diferente cuando uno se sabe elegido, puede generar la contra, incluso la persecución. Pero Dios no escatima para quienes aceptan a Su Hijo.
 Dejarse tomar para subir la montaña, supone una elección que, al igual que la de Abraham, parece llevarnos a la prueba. El apóstol nos recuerda que: “Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra?”. O sea: si Dios, que es el ofendido, no nos acusa y ya nos perdonó, ¿qué más habrá que temer? Incluso si pasamos por una prueba,  hay que confortarse sabiendo que Dios no escatima con los que confiamos en su elección. Él sabe cómo saldremos adelante, para incluirnos en su misterio de salvación; y tanto no escatima, que el sacrificio que le pidió a Abraham y que luego suspendió, Dios mismo sí lo consumó, permitiendo el sacrificio de su propio Hijo. ¿Cuáles son nuestras pruebas? ¿Cómo entiendo mi elección? No siempre han de ser tan extremas como lo es el caso de Abraham; por eso, con mayor razón, hay que dejarse configurar.

3- Pagar el precio de la transfiguración

 No se llega a la condición divina, a nuestro estado final, si no es entregando la vida. Elías y Moisés no aparecen transfigurados con Jesús por haber pasado la vida como de vacaciones, sino por haber luchado por entender el proyecto de Dios sobre sus propios planes.
El precio de la Transfiguración se paga con la vida, una vida de entrega que le da sentido a nuestra existencia, y una vida de continua configuración con Jesús. El Evangelio siempre es alegría, incluso aquí, en nuestra configuración y transfiguración, por eso “alcanzar la condición divina”, desde nuestra entrega, por dolorosa que pudiera ser, es un camino de felicidad, o no es auténtica. Se entrega la vida porque comprobamos con toda certeza que es el valor superior que queremos alcanzar.

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