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V Domingo De Pascua Ciclo B
Hch 9,26-31; Sal 21; 1 Jn 3,18-24; Jn 15,1-8

Comunicar vida
Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

  La semana pasada descubríamos a Jesús que se define como “El Buen pastor”. Hoy, de igual manera, nos encontramos con un texto pre-Pascual en el que Jesús se define y nos define: “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos”. Este episodio sucede en la última cena; cuando Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Define al verdadero discípulo, como alguien que vive por él, adherido a él, destinado a dar fruto, a ser un comunicador de vida.

Parece que Jesús se inquieta, de si sus discípulos estarán en grado de expandir la vida que han recibido y qué recibirán de Él con su muerte y resurrección.
Nosotros hoy, podemos leer este texto a partir de nuestro encuentro con Jesús resucitado. Los que hemos gozado la Pascua del Señor, estamos llenos de la savia, de la vida del Resucitado que corre por nuestro ser, al igual que la savia de la vid corre por los sarmientos. Por eso nos descubrimos comunicadores de vida.

Esta es la idea que puede ayudarnos durante la semana. Avanzar en el ejercicio de la purificación de nuestra cristiandad. Podemos preguntarnos: ¿cuánta vida estoy comunicando a los demás? ¿Cuánta vida que viene de Cristo, estoy comunicando a los demás? Es un buen momento para recordar si las personas que vienen a mi encuentro en las diferentes facetas de mi vida cotidiana: desde mi profesión, mi trabajo, mis amistades, la familia, etc., se van con una comunicación vital o con una comunicación de muerte. ¿Cuánta vida estamos comunicando? Esta es una pregunta importante, porque nacimos como cristianos en esta dinámica de comunicar la vida y el amor del Resucitado.

Para ser comunicadores de vida, podemos intentar estas tres propuestas:

1- Atreverse a volver de la muerte
  Cómo San Pablo ––según escuchábamos en la primera lectura––, de ser un comunicador de muerte en la persecución a la Iglesia, se atreve a volver de esa muerte, vive su conversión con toda verdad, y se atreve ser un comunicador de vida. Semejante también al sarmiento de la vid, que hace un invierno de muerte, y cuando parece que nada podrá emerger de esa rama seca con apariencia de muerte… brota la vida.

San Pablo pasa de una vida de perseguidor solitario, a la vida comunitaria de la primitiva Iglesia de Jerusalén. Es protegido por los discípulos y despachado por cuenta de la Iglesia naciente a Tarso, porque su vida de convertido y comunicador de vida, corría peligro.

Muchos hoy puedan descubrir sus propias muertes: quienes se sienten indignos de la vida plena de Dios, quienes ya son avanzados de edad y no pocas veces están deprimidos, creyendo que es poco lo que pueden hacer… Cada uno puede descubrir hoy, en dónde están sus propias muertes o su invierno espiritual, y atreverse a volver de la muerte.

2- Amar de obra
Es decir, hay que hacer la caridad. Es casi seguro que todos hemos amado de obra. Pensemos las veces que hemos rescatado a alguien regalándole el don de nuestra persona, nuestra ayuda incluso material. ¿Puedes recordar la vez que has hecho un bien a otra persona? ¿Qué se experimenta cuando hemos servido para que alguien se rescate? ¿Recuerdas los signos de su gratitud? Cuando ha sucedido esto, lo primero que entendemos es que no ha sido mérito nuestro. Podemos contemplar a todo color el fruto del amor de Cristo que ha pasado a través de nosotros.
Hay que atreverse muchas veces a amar de obra, porque así estamos siendo comunicadores de la vida de Jesús. Nuestra conciencia estará atendida y creceremos en humildad.

3- Acostumbrarse a ser sarmiento
Porque si no lo hacemos, la soberbia nos llevará a ocupar el lugar de Dios, a creer que somos la vid. Y como hemos escuchado, Jesús es la vid y nosotros los sarmientos.
Ser sarmiento no es fácil pero es todo un proyecto espiritual. Implica constatar de cuando en cuando que la vida que estemos comunicando no sea la nuestra, sino la de Jesús. Constatar que permanecemos en Él y Él en nosotros; aquí se puede medir la pureza de nuestro ser de cristianos.
Ser sarmiento implica experimentar la vida de Jesús que pasa a través de nuestra vena espiritual y que es capaz de cambiar vidas y de producir mucho fruto.
Ser sarmiento implica “aceptar la poda” para dar más fruto. ¿Has sido podado últimamente? La poda espiritual nos duele, porque parece que algo de nosotros muere; pero es buena, porque lo que muere de nosotros, no lo necesitamos para salvarnos.

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