#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Señor, sacia nuestra hambre

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

XVII domingo del tiempo ordinario

¡Cuánto le duele a Dios que muchas personas sigan muriendo de hambre! Por cada persona que pasa hambre, Dios nos pregunta: ¿dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho con él? ¡Y pensar que más de 795 millones de personas en el mundo no tienen lo suficiente para comer! El hambre mata más personas que el sida. 66 millones de niños van con hambre a la escuela. En México, 70% de los municipios que concentran el 30% de la población, padecen serios problemas de hambre. 

Muchos, evadiendo la responsabilidad humana, se preguntan ¿Si Dios existe y si es bueno, entonces por qué en el mundo existe tanta miseria? Jesús que multiplicó los panes, ¿no debería de multiplicarlos todos los días y darle de comer a todos los que no tienen? Sin duda, Jesús puede y debe multiplicar los panes. Más aún, sí lo hace.

El problema no está en Dios, sino en que el egoísmo humano no permite a muchos voltear a ver al hermano. Dice el Papa Francisco: “no se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil” (EG 52). Como señalaba san Juan Pablo II, a pesar de la pobreza extrema en el mundo, “se ven a menudo manifestaciones de egoísmo y ostentación desconcertantes y escandalosas” (Sollicitudo Rei Socialis, 14).

Debemos convencernos de verdad que el Evangelio es la buena nueva que puede revolucionar el mundo, pero mientras el ser humano siga enfermo del corazón y no se abra a la verdad de Dios, la miseria seguirá creciendo más y más. La solución a la miseria humana no son las cruzadas contra el hambre, ni algún otro sistema asistencialista, pues eso sólo crea más pobreza, por la cultura del paternalismo. Los programas asistencialistas valen para casos concretos, pero no pueden adoptase como solución social. La solución debe ser algo más profundo que transforme el interior del ser humano, como lo propone Dios, de lo contrario no surgirán las verdaderas estructuras sociales que generen un desarrollo integral.

El Evangelio nos presenta a Jesús enseñando a la multitud, enseñándoles las verdades que hacen vivir. Y es ahí que le pregunta a Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” Le respuesta de Felipe: “Ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan”. Efectivamente, los cálculos humanos, por sí solos, siempre serán insuficientes para dar respuesta a las necesidades humanas.

Pero viene la siguiente parte del acontecimiento: Andrés le dice a Jesús: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados”. Para Jesús hay algo importante, aquel joven no solo trae cinco panes y dos pescados, sino que, sobre todo, está dispuesto a compartirlos. Igual pasa con Eliseo, quien recibe las primicias, y él en vez de guardarlas para sí mismo, pide que las repartan a la gente (Cfr. 2 Re. 4, 42).  Esto marca la gran diferencia.

Si pensamos, por ejemplo, en un empresario, existen los ambiciosos que quieren acaparar y adueñarse de todo, crean sistemas y estructuras de explotación, para captar riqueza y más riqueza. Pero igual, hay quienes, con gran responsabilidad hacen de su empresa no solo un medio de empleo que da sustento a más y más familias, sino que además se preocupan por hacer de sus empresas un espacio de crecimiento también humano, en bien de sus trabajadores.

¡Cómo se le facilita a Dios ayudarnos en las diversas situaciones de la vida, cuando también nosotros estamos dispuestos a colaborar con lo poquito que somos y tenemos! Tanto el joven del Evangelio, como el profeta Eliseo podrían egoístamente asegurarse a sí mismos y olvidarse de los demás, pero no fue así. Este es uno de los puntos difíciles de vencer en el mundo. En realidad, ¿qué sería del mundo si nos atreviéramos a vencer tantos egoísmos, si venciéramos tantos intereses individualistas? Por eso, ante el desprendimiento de aquel joven, Jesús hace la indicación: “Díganle a la gente que se siente”. Comió toda la gente y todavía recogieron las sobras.

¿Señor, sin tu ayuda qué podrían valer las pequeñas cosas que a veces ciegan nuestro corazón? Tú eres nuestro alimento, pero ayúdanos a entender que desde lo poco, podemos colaborar para que la vida le sea mejor a muchos.

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