#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Aprehender la paz

Natividad De Nuestro Señor Jesucristo Ciclo C
Is 9, 1-3. 5-6; Sal 95; Tit 2, 11-14; Lc 2, 1-14

Aprehender la paz

 Cuando Lucas describe que Jesús nace en la circunstancia de un desplazamiento, debido al censo que ordenaba Cesar Augusto, entendemos que el Hijo de Dios se inserta en el proceso histórico de un determinado orden social.  En este sentido, Dios no violenta el desarrollo de la comunidad. Antes bien, la provee de un horizonte más significativo y profundo, naciendo en la precariedad de la condición humana.
 Si seguimos la propuesta de Lucas, veremos su intención de mostrarnos que ningún poder temporal puede generar la paz por medio de un edicto; ni siquiera por medio de una política. La paz hay que hacerla propia, tomarla de la realidad humana y divina que nos interpela. Es la razón del hombre y de Dios en su estado natural, la que tiene capacidad de brindarnos la verdadera paz.
 Al asomarnos al pesebre y contemplar el signo que el Ángel anunció a los pastores: “el Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”, nos prendamos, como cada año, del misterio de la paz en el amor de la familia humana; esta visión hace relativa la guerra, el dominio y cualquier violencia, porque la comunicación de vida y de amor que gravita en los padres con su hijo recién nacido, per-forma la mirada del hombre y lo hace pleno al ofrecerle esta solución para sus guerras y divisiones internas. Ni siquiera una bestia rehúsa asirse de esta experiencia vital y trascendente.
 Hemos escogido para esta Navidad, Aprehender la paz, como itinerario espiritual por estos días. Resulta un reto único y bello, intentar cuando menos en el universo de nuestras relaciones de familia, desterrar las tinieblas, la inconformidad, el rechazo y la opresión que se cierne sobre el mundo, para generar nuestra paz. Proponemos Aprehender la paz desde nuestra razón familiar más natural, libre de condicionamientos y prejuicios, en un auténtico ejercicio de humanidad.

Pero, ¿cómo aprehender la paz?
Intentemos estas tres actitudes:

1-Hay que gozar de nuestra propiedad

 El Ángel que anunció a los pastores les da en propiedad al Niño que ha nacido: “hoy les ha nacido…un salvador”. Nosotros, nuevos pastores, podemos detenernos en esta reflexión. Dios no nace ambiguamente para el mundo. Nace para cada uno de nosotros que aceptamos su presencia y le hacemos un lugar. Dios se nos ha dado y solo nos queda aprehenderlo con toda su riqueza de salvación.
 Podemos gozar en su presencia, entendiéndolo como lo propone Isaías en la primera lectura: como “Consejero admirable”, “Dios poderoso”, “Padre sempiterno” y “Príncipe de la paz”. ¿Qué genera en mí, entender que Jesús me es propio y yo a Él? Los dones que Jesús nos trae, especialmente el de la paz, pueden ser de nuestra propiedad.

2 -Hay que vivir el favor de Dios

 Las gracias que Cristo nos alcanza, nos apremian a vivir de manera sobria, justa y fiel, como dice el apóstol a Tito. Aprehender la paz lleva esta extensión de la vida moral, que hace visible el dominio de nuestra persona y la cotidianidad con la que ejercemos la paz.
 Si volvemos a mirar el nacimiento y tomamos en cuenta que en la simplicidad del Niño recién nacido nos muestra Dios el registro más universal de vida, estaremos aprehendiendo la paz.

3 -Hay que empezar desde abajo

La posesión y el ejercicio de la paz auténtica, nacen en el momento en que me adhiero al misterio de la pobreza humana y su necesidad de ser redimida. En el mismo momento en que renuncio a rendir vasallaje al injusto y al opresor, y experimento la paz como efecto de la salvación.
 Los pastores de esta escena del Evangelio fueron salvados, desde el mismo momento en que se les anuncio el nacimiento del Niño Dios.
 Si queremos aprehender la paz, podemos empezar por quitar nuestras categorías de exclusión. Intentemos ver que la salvación inicia por los oprimidos. Si contemplamos juntos la imagen del nacimiento del Señor: ricos y pobres, justos e injustos, libres y oprimidos, etc., nos convenceremos de que la paz es posible, basta llegar al corazón de la familia humana y de la vida; y trabajar para aprehenderla.

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