#diocesisdecelaya @diocesis_celaya “Este es mi hijo muy amado”



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

El contexto social, político y religioso del pueblo de Israel, en el tiempo de Jesús, no era para nada favorable. Se vivía bajo el yugo del imperio romano, que además del control político, quitó a los sumos sacerdotes y puso a otros a su conveniencia, con el fin de tener también un control religioso. De ahí que cualquier movimiento religioso o político que no fuera con los intereses imperiales era imposible que prosperara. Con esto, el pueblo veía imposible ver cumplidas las promesas divinas hechas a Abraham y a los demás antepasados.

Por parte de los judíos, existían algunos grupos significativos, como los zelotes, provenientes del movimiento de Judas el Galileo, quienes consideraban que era necesaria la violencia para lograr un cambio. Estaban los fariseos, quienes tenían un apego escrupuloso a la ley; los saduceos que pertenecían a la clase aristocrática y sacerdotal y se consideraban gente ilustrada. Igualmente, existían los esenios. Cada grupo intentaba influir a su modo.

Todo al final, expresaba un clima de movimientos, esperanzas y visiones, muy contrastantes y nada favorables. El pueblo se sentía abandonado por Dios. Mas es, en ese clima, donde tiene cumplimiento la profecía de Isaías: “Una voz clama: Preparen el camino del Señor en el desierto. Construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios… Entonces se revelará la gloria de Dios”. Y en respuesta a ello aparece Juan el Bautista.

Juan el Bautista propone algo absolutamente nuevo: sus ritos no son uno más entre otros ritos judíos, ni buscan un fin en sí mismos. Su rito bautismal exige comprometer la existencia. Su bautismo exigía el arrepentimiento y el compromiso a un nuevo modo de vida. Y lo más importante, Juan vincula aquel rito con Alguien que ya viene y que es más grande que él. Por tanto, su misión es anunciar algo muy importante que está por suceder.

Venían al Jordán de Jerusalén y en general de Judea, confesaban sus pecados y eran bautizados; pero un día sucedió algo nuevo, llegó alguien de Galilea: Jesús. Como dice el evangelio: “Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado”. Para Juan era algo incomprensible e inadmisible. ¿Cómo que el esperado, el grande, estaba en la fila de los pecadores para ser bautizado?

Con este hecho, nos trasladamos del pesebre al Jordán. Cristo se formó en la fila de los pecadores para desde ahí, a los treinta años, que era la edad para poder participar de modo oficial en una actividad pública, cargar con los pecados de todos, iniciando así un proceso que culminaría en la Cruz y en la Resurrección. Jesús, carga con la culpa de la humanidad, entra con ella al Jordán e inicia la vida pública, poniéndose en el lugar de los pecadores (Cfr. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, p. 40).

Y sucedió que mientras oraba, del Cielo se oyó una voz que decía: “Esté es mi hijo muy amado”. Como dice el mismo Ratzinger, se trataba de un adelanto a la resurrección, y sólo a partir de ahí se puede entender el bautismo cristiano.

La fe judía, igual que los ritos de otras religiones, fueron perdiendo fuerza a partir de que se centraban en ritos vacíos que no comprometían la vida, ni hacían entrar en la dinámica de la vida de Dios. Pero desde el bautismo de Juan el Bautista y el inaugurado por Cristo, bautizarse es comprometerse a entrar en una dinámica nueva de vida. Es comprometer la existencia y permitir que Cristo cargue con lo que más nos pesa, nuestros pecados.

El proyecto de Dios, que parte del pesebre y se retoma ahora en el bautismo de Jesús, nos descubre el sentido de nuestro propio bautismo: que cada bautizado sea de verdad una persona nueva, arraigada en Dios y comprometida seriamente con el mundo; como de hecho lo hizo Jesús.

Las tremendas controversias y pobrezas humanas del mundo, como lo estamos viviendo en México, sólo tendrán solución en algo absolutamente nuevo: Jesús; que hace nuevo al ser humano.

¡Hagamos valer la grandeza de nuestro bautismo!

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