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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Los 11 pecados contra la virtud de religión

Redacción

El hombre religioso se sitúa, pues, en un ámbito nuevo de existencia. La presencia de Dios en su vida marca unos horizontes radicalmente novedosos. La vida del creyente no se cierra sobre sí misma, sino que se abre a un espectro inmenso de novedad de vida y de experiencias también nuevas. Sobre todo, quien cree en Dios y le da culto adquiere una seguridad que le libera de ese miedo a perder su seguridad personal y social, la cual busca sobremanera el hombre y la mujer de nuestro tiempo.

La práctica reiterada de las virtudes teologales hace al hombre profundamente religioso, pues, mediante el ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad, el creyente trata en intimidad y así se une confiadamente a Dios. De este modo, Dios mismo se convierte en el objeto de la vida teologal del cristiano. Y por ello el creyente le reconoce también como fin último de su vida. Aquí toma origen la virtud de la religión, pues el hombre, al vivir la vida teologal, reconoce la grandeza de Dios y, consecuentemente, le da culto y le rinde profunda adoración.

La virtud de la religión está, pues, en íntima relación con la práctica de las virtudes teologales: es su consecuencia. De hecho, la vida teologal se denomina “religión sobrenatural”, puesto que tiene a Dios como objeto; mientras que, reconocer a Dios como fin y por ello darle culto, es propio de la virtud de la religión, la cual se define como “religión natural”. En consecuencia, cabe aunar el ejercicio de las virtudes teologales y la práctica de la virtud de la religión, pues como enseña san Agustín: “El cristiano da culto a Dios con la fe, la esperanza y la caridad” [1].

En efecto, el hombre unido en intimidad con Dios, descubre que su entera existencia ha de estar orientada hacia Él, pues reconoce la dependencia absoluta que tiene respecto a ese ser supremo. El hombre y la mujer, a quienes Dios se les ha revelado, no sólo han de responder y asentir a su llamada, sino que además han de rendirle el culto que se le debe.

“A Él sólo darás culto”: la virtud de la religión

Virtud de la religión: “Es la virtud que postula y exige que se dé a Dios el culto debido” [2].

La razón para dar culto a Dios es doble: una deriva del mismo Dios y la otra corresponde al deber del hombre.
1. Por parte de Dios, se le debe dar culto a causa de la inmensa grandeza que encierra en su mismo ser. Tal grandeza se manifiesta externamente en la creación: el culto es, pues, el reconocimiento de la majestad creadora divina.
2. Por parte del hombre, el culto es la aceptación agradecida hacia esa inmensa grandeza, lo cual lleva consigo la constatación de que toda nuestra existencia es también un don gratuito de Dios al cual retornaremos gozosos al final de la vida terrena.

En resumen, la virtud de la religión brota de la fe, de la esperanza y de la caridad. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “la caridad nos lleva a dar a Dios lo que en toda justicia le debemos en cuanto criaturas. La virtud de la religión nos dispone a esta actitud” (CEC 2095). Por todo ello -y en resumen-, al rendir a Dios el culto que se merece, la virtud de la religión nos facilita practicar las tres virtudes teologales.

El ejercicio de la virtud de la religión descubre en el hombre su profunda raíz religiosa; o sea, constata y le facilita su apertura natural y espontánea hacia la trascendencia. De este modo, la persona vence la tentación de encerrarse sobre sí misma. Cuando el hombre descubre a Dios, al reconocerle y darle culto, su misma existencia recibe una orientación radicalmente nueva, pues rompe con el inmanentismo individualista, lo cual le permite comunicarse con Dios desde lo más profundo de su ser. Entonces, la persona humana es fiel a sí misma, pues recupera su condición de ser esencialmente religioso.

Según los autores, aún no está clara la etimología de la palabra “religión”. Para algunos, procede del verbo latino “religare” (ligar, atar), lo cual manifiesta que el hombre religioso está en su misma naturaleza unido estrechamente ?”religado”- a Dios. Esta etimología muestra la grandeza del ser humano, el cual, desde sus propias raíces, goza de una especial vinculación con lo divino. A este respecto, no pocos filósofos plantean la antropología desde el concepto de “religación”: el hombre es un ser que está ontológicamente religado a Dios [3].

Otros autores opinan que el término “religión” deriva del verbo “reeligere” (re-elegir), o sea, el hombre religioso es aquel que, entre las múltiples opciones que ofrece su existencia, siempre elige a Dios, al cual reconoce y ama “sobre todas las cosas”. También esta etimología logra expresar una dimensión esencial de la persona humana, dado que, como ser libre, tiene en sí misma la posibilidad de optar y elegir a Dios, que es el único que puede dar sentido pleno a su vida.

Finalmente, otros hacen derivar la palabra “religión” del verbo “relegere” (re-leer); o sea, que la condición racional del hombre le permite interpretar (“leer”) las incógnitas de la existencia mediante una clave nueva: desde Dios. Sólo el ser supremo puede despejar las aporías que se presentan a la persona al momento de interpretar la vida y descifrar el sentido de su existencia.

Cabe también aunar las tres significaciones, lo cual muestra mejor el sentido pleno de la palabra “religión”. En efecto, esa triple etimología permite ver hasta qué punto la religión -la aceptación de Dios- da sentido a la vida del hombre. Pues Dios se constituye en el fundamento de su vida (re-ligare); representa, a su vez, el bien más alto que cabe elegir (re-eligere); finalmente, Dios se ofrece como la clave para leer (re-legere) e interpretar esos enigmas que ?consciente o inconscientemente- todo hombre se formula: ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? ¿cuál es el sentido de mi vida? El Concilio Vaticano II formula estos profundos interrogantes en los siguientes términos: “Ante la evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de este vida temporal? (LG 10).

El Concilio enseña que a estas graves cuestiones sólo tiene respuesta el creyente, pues, a la luz de la revelación, encuentra la clave para leer e interpretar el sentido de la existencia, cuyo último enigma se descubre satisfactoriamente a través de la persona de Jesucristo.

Los actos de la virtud de la religión

El culto a Dios admite diversas formas. En concreto, se enumeran cuatro modos distintos, los cuales se denominan “actos de la virtud de la religión”. Son los siguientes: adoración, desagravio, acción de gracias y petición.

a) Adoración.- Dar culto a Dios es un mandato reiteradamente repetido en todas las religiones y para los cristianos viene exigido por el mismo Dios en el Antiguo Testamento. En efecto, después que Yavéh se revela como el Dios uno y único, condena cualquier práctica de culto a los dioses paganos y señala el modo concreto de darle culto: “Dijo el Señor a Moisés: Así hablarás a los hijos de Israel: Vosotros habéis visto que os he hablado desde el cielo. No os fabriquéis dioses de plata, ni os haréis dioses de oro. Me harás un altar de tierra y me sacrificarás sobre él tus holocaustos y tus sacrificios de comunión, tu ganado menor y tu ganado mayor; en todo lugar donde haga conmemorar mi nombre, vendré a ti y te bendeciré” (Ex 20,22-24).

Y, seguidamente, anuncia castigos en caso de que el pueblo descuide rendirle el culto debido: “Si no escucháis ni tomáis a pecho dar gloria a mi Nombre, dice Yahvé Sebaot, yo lanzaré sobre vosotros maldición” (Mal 2,2).

Mandatos y castigos similares -en caso de no cumplir este precepto- se encuentran en otros muchos textos. Tal obligación será de continuo recordada por los profetas, con el fin de que el pueblo israelita mantenga sus creencias de acuerdo con la revelación de Dios. Así Isaías sentencia: “Yo, Yahvé, ése es mi nombre, mi gloria a otro no cedo, ni mi prez a los ídolos”. Y, seguidamente, entona este cántico de alabanza: “Cantad a Yavéh un cántico nuevo, su loor desde los confines de la tierra. Que le canten el mar y cuanto contiene, las islas y sus habitantes. Alcen la voz el desierto y sus ciudades (…). Aclamen los habitantes de Petra, desde la cima de los montes vociferen. Den gloria a Yavéh, su loor en las islas publiquen” (Is 42, 8-12).

Asimismo, los Salmos abundan en invitaciones a que se adore al Señor y se le dé culto: “Te darán gracias, Yavéh, todas tus obras y tus amigos te bendecirán; dirán la gloria de su reino, de sus proezas hablarán” (Sal 145, 10-12). Y en ocasiones el salmista se entusiasma con la gloria y la grandeza de Yavéh: “¡Álzate, oh Dios, sobre los cielos, sobre toda la tierra tu gloria!” (Sal 57,6).

Actitudes similares se encuentran en el Nuevo Testamento. Jesús mismo recuerda el mandato del A. T. (Mt 4,10; 22,34-40) y añade que “los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca” (Jn 4,23-24). Él mismo ensalza y alaba a su Padre (Mt 11,25-27) e invita a los discípulos a que adoren al Padre que está en el cielo (Lc 4,8). A su vez, los Apóstoles hacen confesión de la gloria de Dios: “En todo sea Dios glorificado por Jesucristo, cuya es la gloria y el imperio por los siglos de los siglos” (1 Ped 4,11). Y el mismo Jesús es adorado por sus discípulos (Lc 5,8-9). El Apocalipsis rememora el culto a Dios y a Jesucristo en estos términos tan solemnes: “Y cantaban el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y estupendas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, Rey de las naciones. ¿Quién no te temerá, Señor, y no glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo y todas las naciones vendrán y se postrarán delante de ti” (Apoc 15,3-4).

Esta misma solemnidad en el culto se proclama y se rinde sólo a la Persona de Jesucristo: “Digno es el cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición. Y todas las criaturas que existen (…) y todo lo que hay en ellos oí que decían: Al que estás sentado en el trono y al Cordero, la bendición el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos (…). Y los ancianos cayeron en hinojos y adoraron” (Apoc 5,12-14).

b) Desagravio.- Al reconocer la grandeza de Dios y adorarle, el hombre descubre que su conducta no está a la altura de lo que debería ser. Así reconoce sus pecados y siente la necesidad de desagraviar por las faltas cometidas. De este modo, la virtud de la religión se desarrolla en actos de petición de perdón. El ejemplo más plástico es del “Padre Nuestro”, donde el creyente eleva la mente Dios y le pide: “perdona nuestros pecados”.

El desagravio y la satisfacción por los propios pecados es una práctica generalizada en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. El Levítico se inicia con la descripción de los ritos de expiación que ha de hacer el pueblo: se define como “Ritual de los sacrificios”, y dedica a ello los siete primeros capítulos (Lev 1-7). El tema se repite y trata ampliamente en los Números. En este libro se expone la doctrina acerca de la dimensión expiatoria que corresponde al sacrificio que ofrecen los sacerdotes (Num 17,27-28). A este respecto, conviene citar los Salmos, entre los que sobresale al salmo 50, que expresa el dolor por los pecados cometidos.

La predicación de Jesús se inicia con la llamada a la conversión y a la penitencia de todo el pueblo con el fin de que se preparen para aceptar la persona y la enseñanza del Mesías: “Comenzó Jesús a predicar y a decir: Arrepentíos porque se acerca el reino de Dios” (Mt 4,17; Mc 1,14-15). Y el mismo Jesús es presentado por Juan el Bautista como “el cordero de Dios que quita el pecado mundo” (Jn 1,29). A partir de estos datos, Jesús se presenta con la misión de buscar a los pecadores (Lc 15,1-30). Pero advierte acerca de la necesidad imperiosa de que todos deben hacer penitencia por sus pecados: “Yo os digo que, si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis” (Lc 13,3). Los testimonios podrían multiplicarse. Finalmente, Jesús encarga a los Apóstoles que “prediquen en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones” (Lc 24,47).

c) Acción de gracias.- Además del acto de adorar y desagraviar por los propios pecados, la virtud de la religión se expresa también en la “acción de gracias”. En efecto, cuando el hombre descubre la grandeza de Dios, se reafirma en que todas sus cosas son un don divino, por lo que, espontáneamente, entona un himno de acción de gracias. Este dato lo confirma nuestra propia existencia religiosa, pues, después de alabar a Dios y sentir el alivio del perdón, de inmediato irrumpimos en agradecimiento a esa grandeza divina que nos protege y defiende de continuo.

El deber de dar gracias a Dios es mencionado frecuentemente en la Biblia. A esta actitud de agradecimiento corresponde la pregunta del salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116,12). Y el pueblo de Israel explota en himnos de acción de gracias después de los acontecimientos en los que sintió la protección de su Dios. Tal es el origen de los cánticos de Moisés (Ex 15,1-20), el de Débora y Baraq (Jue 1-31), el Cántico de David (2 Sam 22,2-51), etc. A este sentimiento responde también en el Nuevo Testamento el Magnificat de la Virgen (Lc 1,46-55) y el cántico de Simeón (Lc 2,29-32).

Pero es el mismo Jesús quien da ejemplo del agradecimiento a Dios que se ha de tener en todo momento. En efecto, los Evangelios narran las diversas circunstancias en las que Jesús se detiene a dar gracias al Padre. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los evangelistas han conservado las dos oraciones más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de ellas comienza precisamente con la acción de gracias” (CEC 2603). La primera de ellas recoge la oración en la que Jesús agradece al Padre que “haya ocultado aquellas cosas a los sabios y prudentes y las haya revelado a los humildes” (Lc 10, 21). La segunda, la recoge San Juan con ocasión de la resurrección de Lázaro: “Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado” (Jn 11,41).

Otros muchos testimonios se encuentran en los escritos de los Apóstoles. San Pablo propone a los bautizados este programa de vida: “Todo cuanto hacéis… hacedlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él” (Col 3,17). A los cristianos de Tesalónica les escribe: “Dad en todo gracias a Dios” (1 Tes 5,18). Y el Apóstol propone a modo de consigna a los creyentes: “Vivir en acción de gracias” (Col 3,15).

Pero la acción de gracias por excelencia es la Eucaristía. El término “eucharistein” (Lc 22,19; 1 Cor 11,24), significa “dar gracias” y evoca el agradecimiento por el misterio que en la Misa se celebra: la muerte redentora de Jesús. O, como afirma el Catecismo: “eucharistein recuerda las bendiciones judías que proclamaban ?sobre todo durante la comida- las obras de Dios: la creación, la redención y la santificación” (CEC 1328). De este modo, la Iglesia se mantiene en continua acción de gracias por la celebración diaria de la Eucaristía, como “memorial de la pasión y de la resurrección del Señor”.

d) Oración de petición.- La impetración a Dios por parte del hombre es una constante en todas las religiones: el hombre siempre recurre a Dios en ayuda de sus necesidades. Santo Tomás justifica así la oración de petición como acto de la virtud de la religión: “El objeto propio de la virtud de la religión es rendir a Dios honor y reverencia. Por consiguiente, todo aquello con lo que rendimos reverencia a Dios entra dentro de la religión. Este es el caso de la oración, pues por ella el hombre se somete a Dios y confiesa la necesidad que tiene de Él, como autor de todos sus bienes” [4].

En el cristianismo la oración de petición es consecuencia inmediata de la propia vocación. En efecto, si el hombre ha sido llamado por Dios; es decir, si ha recibido una “vocación” de Dios (vocatio=vocación), debe responderle (in-vocare=invocación). Por ello, la “invocación” es la respuesta a la “vocación”. De este modo, el hombre se convierte en un dialogante asiduo de Dios, al cual hace presente todas sus necesidades.

A este respecto, el A.T. es rico en testimonios de oración de petición, tanto para remediar las necesidades individuales, como para beneficio de todo el pueblo. Así es modélica la petición de Abraham en favor de los habitantes de las ciudades corrompidas, Somorra y Gomorra, a las que Dios está dispuesto a castigar severamente (Gn 18,16-33). Asimismo, cabe destacar las oraciones de Moisés por el pueblo (Gn 14,15; 17,4; 17,10-14) y la oración de petición que expresan los Salmos (Sal 5,2-3), etc. Finalmente, los profetas aseguran a los israelitas que Dios está dispuesto a oír siempre la oración de su pueblo: “Antes que ellos me llamen, yo los responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé” (Is 65,24).

Pero es el N.T. donde se encuentran los más explícitos testimonios acerca de la oración de petición. Así, por ejemplo, no deja de sorprender que Jesús, en privado y en público, interceda por los hombres (Mt 11,25-27; 14,23; Lc 3,21; 6,12; 9,18, etc.). Jesús pide al Padre que envíe el Espíritu Santo a los Apóstoles (Jn 14,16), “que les guarde en su nombre” (Jn 17,6-9); “que sean uno como nosotros” (Jn 17,11), que “los guarde del mal” (Jn 17,15), etc.

Y no sólo el ejemplo de Jesús, sino que también es constante la insistencia en encomendar a sus seguidores con el fin de que sean asiduos en exponer todas sus necesidades al Padre. Los textos son muchos; baste citar sólo uno: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre. Pues ¿quién de vosotros es el que, si un hijo le pide pan, le da una piedra, o, si pide un pez, le da una serpiente? Si, pues, vosotros siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a quien se las pide!” (Mt 7,7-11).

Y estas enseñanzas, Jesús las ejemplifica con la parábola del amigo inoportuno (Lc 11,5-13).

Las enseñanzas de Jesús se continúan en otros escritos del N.T., los cuales son constantes en recomendar a los cristianos que acudan a la oración de petición, pues, como asegura el Apóstol Santiago, “mucho puede la oración fervorosa del justo (Sant 5,16-17).

El deber social de la religión y el derecho a la libertad religiosa

La llamada de Dios es individual: Dios llama a cada uno por su nombre (Is 43,1). Por lo que la respuesta ha de ser también personal: “Nadie puede creer por otro”. Ahora bien, en su práctica religiosa, cada hombre y mujer, además del culto privado, la expresan también con manifestaciones públicas. La razón es doble. Primera, por la propia condición de la persona, que no agota su existencia en su ser individual, sino que necesita expresarla en el contexto social de su vida: el hombre es un ser social por naturaleza. Segunda, por la índole propia de la religión que demanda que se manifieste en ritos, costumbres, instituciones, fiestas, etc., que atañen a la entera sociedad.

Esta dimensión social de la religión requiere que sea aceptada y protegida por el poder político. Ahora bien, se impone distinguir entre “estatal” y “público”: todo lo estatal es público, pero no todo lo público es estatal. A este respecto, los Estados deben proteger las manifestaciones públicas que no se opongan al bien común. Por ello, el Estado puede ser indiferente, pero no beligerante con la religión. Es cierto que cabe que la Constitución de una nación se declare “laica”, por cuanto no reconoce oficialmente ninguna religión concreta. Pero tales Estados no pueden ser ajenos a las demandas de los ciudadanos que se declaran practicantes de una determinada religión, máxime en el caso de que la mayoría profese una misma confesión religiosa. En este caso, el Estado no sólo debe respetar, sino reconocer, facilitar y proteger el ejercicio de ese derecho que la mayoría ciudadana demanda. En ningún caso cabe identificar “sociedad” con “Estado”: éste puede ser ajeno a la práctica religiosa. La sociedad, por el contrario, debe acoger, favorecer y ayudar a que los distintos individuos que la integran puedan desarrollar sus derechos, con el fin de que alcancen su propia perfección.

En consecuencia, cabe proclamar y defender la “libertad religiosa”, que reconoce el derecho de todo ciudadano a dar culto a Dios tanto en su vida privada, como en sus manifestaciones públicas. A este respecto, la Declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II enseña: “La libertad o inmunidad de coacción en materia religiosa que compete a las personas individualmente consideradas, deben serles reconocida también cuando actúan en común. Porque las comunidades religiosas son exigidas por la naturaleza social del hombre y de la misma religión. Por consiguiente, a estas comunidades, con tal de que no se violen las justas exigencias del orden público, debe reconocérseles el derecho de inmunidad para regirse por sus propias normas, para honrar a la Divinidad con culto público, para ayudar a sus miembros en el ejercicio de la vida religiosa y sostenerles mediante la doctrina, así como para promover instituciones en las que sus seguidores colaboren con el fin de ordenar la propia vida según sus principios religiosos”.

Seguidamente, la Declaración formula y reclama para los ciudadanos otros derechos. En concreto, los siguientes:

-“no ser impedidos por medios legales o por la acción administrativa de la autoridad civil en la selección, formación, nombramiento y traslado de sus propios ministros”;

-“tener relaciones con otras comunidades religiosas”;

-“erigir edificios religiosos, adquirir y disfrutar de los bienes convenientes”;

-tener sus propios “medios de educación”;

-“hacer profesión pública, de palabra y por escrito, de su fe”;

-“manifestar libremente el valor peculiar de su doctrina para la ordenación de la sociedad y para la vitalización de toda actividad humana”.

Y la Declaración concluye: “Finalmente, en la naturaleza social del hombre y en la misma índole de la religión se funda el derecho por el que los hombres, movidos por su sentido religioso propio, pueden reunirse libremente o establecer asociaciones educativas, culturales, caritativas, sociales” (DH 4).

Estos derechos fundamentales del hombre son reconocidos por la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” (art. 18).

Estos derechos también se recogen en la Constitución Española del año 1978: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley. Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencia. Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones religiosas” (art. 16).

En consecuencia, se ha distinguir entre Estado laico y laicismo. El Estado laico no profesa oficialmente ninguna religión, pero debe favorecer el culto privado y público de los ciudadanos, bien se manifieste individualmente o en grupo. El Estado laicista, por el contrario, suele adoptar posturas beligerantes e incluso hostiles contra los grupos religiosos, lo cual se opone a los derechos fundamentales de los ciudadanos reconocidos por la Carta Magna de las Naciones Unidas y la Constitución Española.

Pecados contra la virtud de la religión

La amplitud y grandeza de la virtud de la religión explica la diversidad de pecados que cabe cometer contra el honor y el culto que el hombre debe rendir a Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica estudia con cierto detalle cada uno de estos pecados y hace esta síntesis inicial: “El primer mandamiento prohibe honrar a dioses distintos del Único Señor que se ha revelado a su pueblo. Proscribe la superstición y la irreligión. La superstición representa en cierta manera una perversión, por exceso, de la religión. La irreligión es un vicio opuesto por defecto a la virtud de la religión” (CEC 2110).

En concreto, cabe pecar contra la virtud de la religión de dos modos: Por defecto; o sea, cuando no se cumplen los preceptos relativos al culto debido a Dios. Y por exceso; es decir, cuando se hace un uso indebido del culto divino. En esquema, estos son los pecados más habituales:

a) Por defecto: ateísmo, agnosticismo y apostasía, herejía, dudas voluntarias, indiferentismo y alistarse a la masonería.

b) Por exceso: idolatría, superstición, adivinación y magia.

Ateísmo: Es negar la existencia de Dios. Puede ser “teórico” y “práctico”, según se niega su existencia teóricamente o, de hecho, si se vive prescindiendo totalmente de Dios (cf. CEC 2123-2126).

Agnosticismo: Es la teoría que sostiene que la razón humana no puede ni demostrar la existencia de Dios, ni tampoco negarla. De hecho, el agnóstico prescinde de Dios y tarde o temprano acaba siendo ateo. Al menos vive como tal (CEC 2127-2128).

Apostasía: Es el abandono y la negación de Dios, en el cual antes se había creído. El apóstata abandona la fe (CEC 2089).

Herejía: Es mantener con pertinacia un error contra la fe. El hereje es aquel que, advertido de un error contrario a la fe católica, lo sigue manteniendo y defendiendo (CEC 465-469).

Dudas voluntarias: Peca contra la virtud de la religión quien, voluntariamente, mantiene dudas contra las verdades reveladas y no pone los medios para salir de la duda (CEC 2088).

Indiferentismo: Es la actitud de quien se muestra totalmente indiferente a sus relaciones con Dios (CEC 2094),

Alistarse a la Masonería: La Iglesia prohíbe que los católicos se asocien a esta institución. Tal prohibición ha sido de nuevo recordada por una Declaración de la Congregación de la Doctrina de la Fe en 1983.

Idolatría: Es adorar a dioses falsos o dar culto a las fuerzas de la naturaleza o a objetos que nada tienen que ver con la persona de Dios. Consiste en divinizar lo que no es Dios (CEC 2112-2114).

Superstición: Es atribuir un efecto extraordinario, casi mágico, a ciertas prácticas religiosas. El supersticioso padece un sentimiento religioso desviado de la verdadera piedad (CEC 2111).

Adivinación: Acción de predecir el futuro o descubrir las cosas ocultas, por medio de agüeros o sortilegios (CEC 2115-2116).

Magia: Es el arte o la ciencia oculta con que pretende producir, mediante ciertos actos o palabras, o con la intervención de espíritus, genios o demonios, fenómenos extraordinarios, contrarios a las leyes naturales (CEC 2117).

Pero toda esta abundante lista de pecados no oscurece el aspecto positivo de la virtud de la religión, pues este elenco se queda corto ante la suma de actos de culto, de veneración, de reverencia y de adoración -tanto en privado como públicamente- que practican los creyentes que viven con rigor la virtud de la religión.

El culto a las imágenes

Israel era un pueblo insignificante frente a los pueblos vecinos; a su vez, el pueblo judío no gozaba de la cultura que distinguía a Egipto, Asiria, Grecia, etc. Todas estas grandes culturas eran politeístas y adoraban profusamente con templos, monumentos e imágenes a sus dioses y diosas. Por eso, para evitar el riesgo del politeísmo, Yavéh prohibió que se le representase con cualquier tipo de imagen (Dt 4,15-16). Ahora bien, desde que Dios se encarna y se hace hombre, con la persona de Jesús y sus enseñanzas, tal peligro desaparece, y por ello, desde muy pronto, se le representó bajo el símbolo de un pastor, y sobre todo se veneró la cruz, como sígno de su muerte redentora. Por eso, la Iglesia admite y fomenta que los misterios cristianos se representen en imágenes, pinturas y esculturas. Más aún, propone que los fieles veneren e invoquen las imágenes de la Trinidad, de Jesucristo, de la Virgen y de los Santos. Pues, como escribió san Basilio: “el honor de la imagen se dirige al original” [5].

En el siglo VIII se suscitó un movimiento herético ?los iconoclastas- que rechazaba el culto de veneración a las imágenes. Esta herejía fue condenada por la Iglesia en el II Concilio de Nicea (a. 787). El Concilio propone esta doctrina: “Definimos con toda exactitud y cuidado que de modo semejante a la imagen de la preciosa y vivificante cruz han de exponerse las sagradas y santas imágenes, tanto las pintadas como las de mosaico y de otra materia conveniente, en las santas iglesias de Dios, en los sagrados vasos y ornamentos, en las paredes y cuadros, en las casas y en los caminos, las de nuestro Señor y Dios y Salvador Jesucristo, de la Inmaculada Señora nuestra la santa madre de Dios, de los ángeles y de todos los varones santos y santas” (DS 302).

Y el Concilio enseña que las imágenes “mueven a los que las miran al deseo y recuerdo de los originales”, por lo que “el que adora una imagen, adora a la persona en ella representada”. En consecuencia, a las imágenes se les debe “tributar saludo y veneración”, pero no culto de latría. Esta misma enseñanza se recoge en el Catecismo de la Iglesia Católica: “Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado. Por eso se puede `pintar´ la faz humana de Jesús. En el séptimo Concilio Ecuménico la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas” (CEC 476) [6].

Actitud del hombre ante Dios: la virtud de la humildad y de la obediencia

Como se dice más arriba, el culto cristiano toma origen en el reconocimiento por parte de la persona humana de la grandeza insondable de Dios: ante la majestad divina, el hombre y la mujer se postran y se arrodillan en actitud de profunda y total adoración. Ahora bien, sólo adora el que admira, de forma que, en la medida en que aumenta la admiración ante lo divino, en justa correspondencia surge la veneración rendida a la grandeza del Dios Trino y Uno. De ahí que una generación o una cultura que pierda la capacidad de admirar la grandeza insondable de Dios, a su vez, pervierte la capacidad de reconocerle tal cual es y no siente la necesidad de adorarle [7].

No son pocos quienes denuncian que nuestra generación, debido a muchas y diversas causas -a lo que parece que no es ajeno el avance de la técnica- ha perdido capacidad de admirar. Si tal fuese la condición de nuestra cultura, ello explicaría la ausencia de la adoración en nuestro tiempo. Ello convierte en tarea urgente recuperar el sentido del misterio.

Ahora bien, tanto la admiración como el misterio sólo son capaces de descubrirlo las personas humildes ?pobres o ricos-, que se interrogan y buscan repuesta a las preguntas últimas de la existencia humana. Por lo que, únicamente, los humildes concluyen que sólo en Dios se encuentra la respuesta adecuada.

Y a la humildad debe acompañar la obediencia, pues no basta ver y descubrir el camino, sino que, después de encontrarlo, es preciso recorrerlo. De aquí que, junto a la humildad, se necesite también la obediencia para dejar conducirse por la senda que lleva a Dios Y, una vez que se barrunte la grandeza del misterio de Dios, se busque con pasión y se encuentre, luego se sentirá la necesidad imperiosa de adorarle.

Notas

[1] San Agustín, Enchiridium sobre la fe, la esperanza y la caridad III. PL 40, 232.
[2] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica II-II, q. 81, a.5.
[3] Tal es la filosofía de X. Zubiri, Naturaleza. Historia. Dios. Editora Nacional. Madrid 1951, 327-363.
[4] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica II-II, q. 83, a. 3.
[5] San Basilio, De Spirito Sancto 18, 45. PG 32, 149.
[6] Una doctrina más extensa y completa se encuentra en CEC, nn. 1159-1162; 2129-2132 y 2141.
[7] El uso del término “pervertir” tiene aquí su pleno sentido, pues, mientras grandes sectores de la actual sociedad han perdido la admiración por Dios y por las cosas sagradas, aumenta cada día la admiración por ciertas cosas y por personas de la vida cultural o deportiva, muchas de ellas de imagen bastante deteriorada.

BIBLIOGRAFÍA:
Aurelio Fernández
Cfr. Moral Especiallp, Madrid 2002, cap. III

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Hacer comunidad



Padre Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

En la multiplicación de los panes, Jesús lleva a sus discípulos a la experiencia de la comunión entre ellos y con Dios. Se hace comunidad si se piensa en los demás, en sus necesidades del cuerpo y del alma. Y si se mira el horizonte de liberación y de trascendencia que propone Jesús.

No es una casualidad que este episodio de la multiplicación dé inicio al gran discurso sobre el pan de vida. Ni que el evangelista nos informe que estaba cerca la Pascua judía. Que la multiplicación de los panes se desarrolle a la orilla del mar de Galilea, lugar que recuerda a quienes escuchan el Evangelio, el paso del mar rojo. O que Jesús suba al monte, como Moisés.

Para hacer comunidad, hay que mirar hacia el Éxodo, hacia la superación de los condicionamientos temporales, y encontrar a Dios que hace de nuestra vida ordinaria algo extraordinario.

Cuando todos ven en Jesús a un liberador, incluso después de la multiplicación quieren proclamarlo rey. Jesús quiere que vayan más lejos, junto con Él. Que entren en la comunidad de su Padre. Y una manera de hacérselos entender es la multiplicación de los panes.

¡Qué importante hacer comunidad hoy, cuando vivimos en un mundo que nos propone la ideología del dinero y del bienestar, nos propone una sociedad ciega, individualista y pragmática!
Experimentamos que con todos sus esfuerzos, este tipo de sociedad no logra saciar nuestras hambres del cuerpo y del alma. Tú, ¿con cuánto te sacias? Parece que nos hace falta liberarnos para hacer comunidad.

¿Cómo hacemos comunidad? Intentemos estas tres actitudes:

1- Hay que saber de primicias
 Solo si entendemos que todo don viene de Dios, sabremos compartir con los demás. Nos liberaremos de la esclavitud en la que nos mete el sentido de posesión.  Saber de primicias implica entender que cuando Dios da, da para todos y que lo primero que se recibe de la cosecha, tiene un destino: el don de Dios a alguien más. Es la manera en que Dios multiplica su acción salvadora. Eliseo sabía esto, como escuchamos en la primera lectura: comerán todos y sobrará.

2-Hay que llevar una vida digna
Para San Pablo, no hay vida si se vive en el aislamiento. La persona se dignifica cuando responde al llamamiento que ha recibido de Dios. El llamamiento es a vivir en comunidad entre nosotros y con Dios. Esto implica: la humildad, la amabilidad, la comprensión, la tolerancia, la unidad y la paz.La vida digna busca destruir los defectos que nos aíslan y trabaja por mantener la unidad. El solo Dios que está sobre todos, actúa a través de todos y vive en todos.  Es quien hace posible vivir como una gran comunidad, en clave de éxodo.

3- Hay que vivir las categorías de Jesús
La comunidad no se hace desde los asistencialismos. La solución para el hambre no se encuentra en las categorías de la economía del dinero, sino en la economía del compartir. Muchos de nosotros hoy somos puestos a prueba, igual que Felipe. Muchos otros, ya actuamos con más cercanía a Jesús. Igual que Andrés, ya entendemos la categoría del compartir, que es la categoría de la solidaridad y del amor.

La nueva comunidad que Jesús quiere es la comunidad de personas libres. Así vemos que manda que se recuesten para comer. Porque la nueva Pascua es la de los hombres libres. Jesús hace que la comunidad pase de ser un grupo gris al que hay que asistir; a personas individuales y dignas que van a compartir no solo el alimento, sino la vida.

 En grupos de cincuenta, que significa la comunidad del espíritu. Cuando Jesús hace la acción de gracias, nos lleva a la comprensión de que el origen de los panes está en Dios. Ha separado esos panes de su antiguo poseedor. Lo libera de esa posesión que pudo ser egoísta, para que se convierta en don de Dios para todos. Entendemos también, que hacer comunidad es compartir, para que se prolongue el amor de Dios hacia todos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Señor, sacia nuestra hambre

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

XVII domingo del tiempo ordinario

¡Cuánto le duele a Dios que muchas personas sigan muriendo de hambre! Por cada persona que pasa hambre, Dios nos pregunta: ¿dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho con él? ¡Y pensar que más de 795 millones de personas en el mundo no tienen lo suficiente para comer! El hambre mata más personas que el sida. 66 millones de niños van con hambre a la escuela. En México, 70% de los municipios que concentran el 30% de la población, padecen serios problemas de hambre. 

Muchos, evadiendo la responsabilidad humana, se preguntan ¿Si Dios existe y si es bueno, entonces por qué en el mundo existe tanta miseria? Jesús que multiplicó los panes, ¿no debería de multiplicarlos todos los días y darle de comer a todos los que no tienen? Sin duda, Jesús puede y debe multiplicar los panes. Más aún, sí lo hace.

El problema no está en Dios, sino en que el egoísmo humano no permite a muchos voltear a ver al hermano. Dice el Papa Francisco: “no se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil” (EG 52). Como señalaba san Juan Pablo II, a pesar de la pobreza extrema en el mundo, “se ven a menudo manifestaciones de egoísmo y ostentación desconcertantes y escandalosas” (Sollicitudo Rei Socialis, 14).

Debemos convencernos de verdad que el Evangelio es la buena nueva que puede revolucionar el mundo, pero mientras el ser humano siga enfermo del corazón y no se abra a la verdad de Dios, la miseria seguirá creciendo más y más. La solución a la miseria humana no son las cruzadas contra el hambre, ni algún otro sistema asistencialista, pues eso sólo crea más pobreza, por la cultura del paternalismo. Los programas asistencialistas valen para casos concretos, pero no pueden adoptase como solución social. La solución debe ser algo más profundo que transforme el interior del ser humano, como lo propone Dios, de lo contrario no surgirán las verdaderas estructuras sociales que generen un desarrollo integral.

El Evangelio nos presenta a Jesús enseñando a la multitud, enseñándoles las verdades que hacen vivir. Y es ahí que le pregunta a Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” Le respuesta de Felipe: “Ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan”. Efectivamente, los cálculos humanos, por sí solos, siempre serán insuficientes para dar respuesta a las necesidades humanas.

Pero viene la siguiente parte del acontecimiento: Andrés le dice a Jesús: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados”. Para Jesús hay algo importante, aquel joven no solo trae cinco panes y dos pescados, sino que, sobre todo, está dispuesto a compartirlos. Igual pasa con Eliseo, quien recibe las primicias, y él en vez de guardarlas para sí mismo, pide que las repartan a la gente (Cfr. 2 Re. 4, 42).  Esto marca la gran diferencia.

Si pensamos, por ejemplo, en un empresario, existen los ambiciosos que quieren acaparar y adueñarse de todo, crean sistemas y estructuras de explotación, para captar riqueza y más riqueza. Pero igual, hay quienes, con gran responsabilidad hacen de su empresa no solo un medio de empleo que da sustento a más y más familias, sino que además se preocupan por hacer de sus empresas un espacio de crecimiento también humano, en bien de sus trabajadores.

¡Cómo se le facilita a Dios ayudarnos en las diversas situaciones de la vida, cuando también nosotros estamos dispuestos a colaborar con lo poquito que somos y tenemos! Tanto el joven del Evangelio, como el profeta Eliseo podrían egoístamente asegurarse a sí mismos y olvidarse de los demás, pero no fue así. Este es uno de los puntos difíciles de vencer en el mundo. En realidad, ¿qué sería del mundo si nos atreviéramos a vencer tantos egoísmos, si venciéramos tantos intereses individualistas? Por eso, ante el desprendimiento de aquel joven, Jesús hace la indicación: “Díganle a la gente que se siente”. Comió toda la gente y todavía recogieron las sobras.

¿Señor, sin tu ayuda qué podrían valer las pequeñas cosas que a veces ciegan nuestro corazón? Tú eres nuestro alimento, pero ayúdanos a entender que desde lo poco, podemos colaborar para que la vida le sea mejor a muchos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La Iglesia católica no tiene partido: Enseñanza de la Iglesia



Eugenio Amézquita Velasco

La Iglesia Católica no tiene partido. Como institución, la Iglesia acoge a todos los bautizados y no apoya a ningún partido político: más aún, acepta que una misma le puede inspirar opciones políticas diversas.

Los fieles católicos pueden afiliarse y vitar libremente por el partido político y por el candidato que, sin contradecir sus convicciones morales y religiosas, mejor responda al bien común de los ciudadanos.

La jerarquía de la Iglesia, es decir, diáconos, presbíteros y obispos, no pueden afiliarse a ningún partido político, ni apoyar públicamente a un candidato en particular. Es su derecho y deber proponer los principios morales que deben regir el orden social y, en privado, votar por quien quieran.

Los fieles católicos están obigados a ser coherentes con su fe en público y en privado; no pueden, por tanto, sin traicionarse a sí mismos, adherirse por un partido o por un candidato contrario a sus convicciones religiosas y a sus exigencias morales.

Esta es parte de las acciones para ir construyendo una ciudadanía para el bien común.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La Iglesia católica no tiene partido: Enseñanza de la Iglesia



Eugenio Amézquita Velasco

La Iglesia Católica no tiene partido. Como institución, la Iglesia acoge a todos los bautizados y no apoya a ningún partido político: más aún, acepta que una misma le puede inspirar opciones políticas diversas.

Los fieles católicos pueden afiliarse y vitar libremente por el partido político y por el candidato que, sin contradecir sus convicciones morales y religiosas, mejor responda al bien común de los ciudadanos.

La jerarquía de la Iglesia, es decir, diáconos, presbíteros y obispos, no pueden afiliarse a ningún partido político, ni apoyar públicamente a un candidato en particular. Es su derecho y deber proponer los principios morales que deben regir el orden social y, en privado, votar por quien quieran.

Los fieles católicos están obigados a ser coherentes con su fe en público y en privado; no pueden, por tanto, sin traicionarse a sí mismos, adherirse por un partido o por un candidato contrario a sus convicciones religiosas y a sus exigencias morales.

Esta es parte de las acciones para ir construyendo una ciudadanía para el bien común.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Padre Juan Díaz y los 500 años de la primera Santa Misa en México, este 6 de mayo de 2018

Sitio donde se celebró la primera Santa Misa en México, en Cozumel.

Eugenio Amézquita Velasco

Este 6 de mayo de 2018, México vivirá un hecho que pareciera estar pasando desapercibido para muchos: los 500 años de la celebración de la Primera Santa Misa en suelo mexicano. Es decir, la primera presencia viva, en cuerpo, alma y divinidad, de Jesucristo en el suelo mexicano, de manos de un sacerdote que la historia consigna con el nombre de Juan Díaz.

¿Por qué comenzar así nuestro artículo?¿Por qué primero mencionamos al sacerdote y luego el hecho trascendente? Por un simple y sencillo detalle: no hay misa sin sacerdote. Es el único instrumento capaz, por decisión de Cristo, de lograr el milagro de transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

Sacerdote español nacido en Sevilla en 1480 y fallecido en Puebla en el año de 1549, fue clérigo y capellán de la armada en la segunda expedición de la isla de Cuba a la península de Yucatán, que estuvo capitaneada por Juan de Grijalva.

Se cree que fue el cronista original del “Itinerario de la armada” en la travesía. Posteriormente, también fue capellán de Hernán Cortés.A la llegada en Tlaxcala fue el primer sacerdote de la comunidad de Atlihuetzian donde aun se conserva una pintura al óleo y sotanas que indican su estancia en ese pueblo.

Expedición de Grijalva

Hijo de Alonso Díaz y Martina Núñez, el padre Juan Díaz cruzó al continente americano en 1514 y se unió a la expedición de Juan de Grijalva en el año 1518. Durante la expedición de Grijalva, ofició la primera misa en la isla de Cozumel, por lo cual también se considera la primera misa celebrada en lo que actualmente es el territorio mexicano.



Itinerario de la armada

El nombre completo de las crónicas se conocen como “Itinerario de la armada del rey católico a la isla de Yucatán, en la India, en el año de 1518, en la que fue por comandante y capitán general Juan de Grijalva”. El documento fue “retocado” por Benito Martín, y utilizado por Diego Velázquez de Cuéllar como prueba en la disputa contra Hernán Cortés para obtener el título de “Adelantado” de las tierras recién descubiertas por los españoles. El documento posteriormente fue publicado en varios idiomas, como testimonio de los descubrimientos.

Expedición de Cortés y conquista de Tenochtitlan

El padre Juan Díaz se unió a la expedición de Cortés, y nuevamente celebró eucaristía en la isla de Cozumel. En Tabasco, el Domingo de Ramos después de terminada la batalla de Centla ofició nuevamente misa en Santa María de la Victoria.

La primera Santa Misa en México-Tenochtitlán

Después de que Hernán Cortés envió su primera carta de relación a Carlos I, hubo una ligera sublevación entre los partidarios de Diego Velázquez de Cuéllar, entre ellos se encontraba el capellán Juan Díaz, quién al ver el ahorcamiento de Juan Escudero y Diego Cermeño, la forma en que cortaron los pies al piloto Gonzalo de Umbría y los azotes al marinero Alonso Peñate, prefirió jurar lealtad a Cortés. Fue después de esta sublevación cuando Cortés decidió hundir las naves.

Junto con los conquistadores españoles marchó hacia Tenochtitlan, Díaz del Castillo describió que el capellán Juan Díaz confesó a muchos de los soldados un día antes de la batalla del 5 de septiembre de 1519 realizada en Tlaxcala contra Xicohténcatl. Unos pocos días después Cortés venció a los tlaxcaltecas con quienes pactó la paz.

Juan Díaz ofició una misa con los nuevos aliados. En Tenochtitlan, Cortés removió los ídolos aztecas y colocó una cruz y la imagen de la virgen, con el consentimiento de Moctezuma, Juan Díaz junto con el padre de la Merced, realizaron una misa cantada en el Templo Mayor.

En 1521 en fechas cercanas al sitio de Tenochtitlan, Antonio de Villafaña -fiel de Diego Velázquez de Cuéllar- fue descubierto cuando intentaba asesinar a Hernán Cortés y sus capitanes. Villafaña fue sentenciado a la horca, Juan Díaz fue su confesor.

Campañas subsecuentes

El 25 de noviembre de 1521 viajó con Francisco de Orozco y Tovar conquistador español que concentró sus fuerzas en Huaxyácac (Oaxaca), ese día Juan Díaz ofició una misa. La fecha fue conmemorada como el día de la fundación de la ciudad de Oaxaca durante muchos años. Poco más tarde llegó Pedro de Alvarado a la zona, y Juan Díaz se integró a sus campañas militares.

De acuerdo a los cronistas de su época, existen dos teorías al respecto de su muerte en 1549, la primera indica que “murió de su muerte”, lo cual nos hace entender que murió de causa natural, y la segunda dice que fue martirizado por los inidos de Quecholac. Sus restos se encuentran en la capilla antigua de la catedral de Puebla.

Centla: Primera Misa en territorio continental mexicano. Mural de la Catedral de Tabasco


La primera Santa Misa en territorio continental

Existe un mural donde se atestigua la celebración de la que fue la primera misa cristiana en territorio continental de México, llevada a cabo en la población maya de Potonchán, hoy municipio de Centla, Tabasco el 17 de abril de 1519 durante el viaje de Hernán Cortés. Oficiada por Fray Bartolomé de Olmedo y el clérigo Juan Díaz., y en donde se bautizaron 20 indígenas entre ellas la célebre Malintzin a la que se la puso por nombre Marina. Dicho mural se encuentra en la Catedral de Tabasco.

Más datos interesantes

Ahora bien, si en un auditorio repleto le preguntamos a los asistentes si conocen cuándo se ofició en México la primera Misa, es casi seguro de que serán muy pocos quienes alcen la mano.

Es el Padre Mariano Cuevas, S.J., autor de una monumental Historia de la Iglesia en México, quien nos dice que tan importante acontecimiento tuvo lugar el 6 de mayo de 1518 en la isla de Cozumel.
Preciso será hacer un poco de historia.

Antes de que Hernán Cortés conquistara Tenochtitlán, hubo dos expediciones que lo precedieron: La de Francisco Hernández de Córdoba, en 1517, y la de Juan de Grijalva, en 1518.

Según datos fidedignos, el primer punto del territorio mexicano que tocaron los expedicionarios españoles fue Cabo Catoche (Yucatán), y eso ocurrió el 1 de mayo de 1517, razón por la cual se considera que tal fecha fue la del descubrimiento oficial de México. Aquella era la expedición de Hernández de Córdoba.

Un año después, saliendo también de Cuba, vino Juan de Grijalva, quien traía como encomienda recorrer la que se suponía era isla de Yucatán.

Antes de rodear la península yucateca, Grijalva llegó a Cozumel el 3 de mayo de 1518, que, por haberla descubierto el día de la Santa Cruz, bautizó la isla con un nombre muy significativo: “Isla de la Santa Cruz”.

Acto seguido, Grijalva tomó posesión de dicha isla con el ceremonial acostumbrado en aquellos casos.

Un ceremonial que consistía bien fuese en cortar la rama de un árbol dándole de estocadas, o bien en arrancar un manojo de hierbas arrojándolo en distintas direcciones.

Dicha práctica tenía su antecedente en un antiguo ceremonial godo y bastaba para establecer la autoridad del rey de España sobre los territorios recién descubiertos.

La isla se descubrió el 3 de mayo y, tres días después, Grijalva le encomienda a Juan Díaz, capellán de la expedición, que allí oficie una Misa.

Así pues, fue el día 6 de mayo de 1518 cuando se ofició por vez primera la Santa Misa en territorio mexicano.

Todo esto se supo gracias al propio Juan Díaz, protagonista principal de dicho acontecimiento, quien, años después, se encargó de relatar los pormenores de dicha expedición.

Su obra se tituló “Itinerario de Juan de Grijalva”. Lamentablemente se perdió el original en castellano, y si llegó a nosotros, fue gracias a que el historiador Joaquín García Icazbalceta logró traducirla de una versión italiana.

Poco tiempo después, volvemos a encontrarnos con Juan Díaz en plena Conquista de México, ya que, según nos cuenta Bernal Díaz del Castillo, fue dicho clérigo quien ofició una Misa en Tacuba cuando Cortés estaba a punto de iniciar el asedio a la Gran Tenochtitlán.

Ante todo lo anterior, tenemos una nueva efeméride digna de inscribirse en los anales de la historia de México: El día exacto en que, por vez primera, Cristo se hizo presencia real en nuestra tierra.

Trece años después, el 12 de diciembre de 1531, haría lo mismo la Virgen de Guadalupe, al regalarnos la única imagen de la Madre de Dios que no fue hecha por ningún artista humano.

6 de Mayo de 1518, fecha digna de recordarse con todos los honores y, de manera especial, tomando  en cuenta que, dentro de tres años, se cumplirá medio milenio de tan feliz acontecimiento.

La crónica de de Nemesio Rodríguez Lois

Hace ya bastantes años que conmemoramos una efeméride que -a pesar de las controversias suscitadas- nos dejó un agradable sabor de boca: los quinientos años del Descubrimiento de América, acontecimiento sin parangón en la Historia Universal que, aparte de propiciar el encuentro de dos mundos, fue el inicio de la evangelización de todo un continente.

Primera misa en México

Ha pasado más de un cuarto de siglo desde entonces y he aquí como en este 2018 se cumple el medio milenio de otro acontecimiento también de singular importancia.

Fue el jueves 6 de mayo de 1518 cuando el Padre Juan Díaz, quien venía como capellán en la expedición dirigida por Juan de Grijalva, celebró en Cozumel la primera Misa en territorio mexicano.

Este dato se lo debemos al insigne historiador Mariano Cuevas, S.J. quien nos lo proporciona tanto en su “Historia de la iglesia en México” como en su “Historia de la nación mexicana”.

Logró encontrar dato tan importante después de consultar el Diario de Juan de Grijalva que se encuentra en la Biblioteca Colombina.

Vendrían después la conquista, la evangelización, las apariciones del Tepeyac, el nacimiento de un pueblo mestizo y una serie de acontecimientos trágicos y gloriosos.

Nuestro México entró en la Iglesia Católica y fue a partir de entonces como, dentro del catolicismo, dio frutos admirables de santidad que van, desde los Niños de Tlaxcala hasta San José Sánchez del Río; pasando por los mártires de la Cristiada (incluidos Anacleto y el Padre Pro) para culminar con sacerdotes y religiosas elevados a los altares.

Ni duda cabe que tan admirables frutos de santidad tuvieron su origen en aquella primera Misa oficiada en Cozumel hace ya quinientos años.

Pues bien, a partir de tan sagrado acontecimiento, serían miles, miles y más miles las Misas oficiadas tanto a partir de la conquista, como durante el período de la Nueva España virreinal y del México independiente; para culminar con las oficiadas por los tres Papas que han visitado nuestro país.

El caso es que la Santa Misa estuvo siempre presente tanto en las más fastuosas ceremonias como en las más sencillas celebraciones.

Se puede decir que, a partir de aquel jueves 6 de mayo de 1518, Cristo tomó posesión del que habría de ser su reino.

Un hecho de incalculables consecuencias dentro de la historia de la Iglesia a nivel universal.

Lamentablemente -por diversas razones- a dicho acontecimiento no se le ha prestado la merecida atención.

Quizás ello se deba a que la gran mayoría ignora que -dentro de pocas semanas- se cumplirán quinientos años de la Primera Misa oficiada en territorio mexicano.

Consideramos que aún estamos a tiempo de que se pueda hacer algo.

Así como hace poco más de dos décadas celebramos en IV Centenario del martirio de San Felipe de Jesús, nuestro primer santo, pudiera también ahora aprovecharse la ocasión para difundir aquel gran acontecimiento que tuvo lugar hace medio milenio.

Y es que, como bien dijo el Padre Mariano Cuevas, S.J.: “Desde entonces…Cristo Sacramentado será, para siempre, el Rey de nuestro suelo”

Revisando el calendario litúrgico de este año, vemos como el 6 de mayo es el 6º. Domingo de Pascua.

Y revisando también las Lecturas, vemos como la Primera (tomada de los Hechos de los Apóstoles) habla del bautismo del oficial Cornelio o sea que se hace hincapié en la primera vez que la Iglesia acogía a un pagano en su seno.

No deja de ser una circunstancia providencial que, justo en el día en que se conmemora la Primera Misa oficiada en territorio mexicano, en la Primera Lectura se recuerden aquellas palabras de San Pedro: “Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere”

Pues bien, cuando, hace ya quinientos años el Padre Juan Díaz oficiaba aquella Primera Misa, estaba abriéndole las puertas de la Iglesia a millones de personas que, una vez bautizadas, darían origen a un gran pueblo del cual brotarían infinidad de héroes marcados todos ellos con la señal de la Cruz.

Razón más que suficiente para echar las campanas a vuelo…

Damos gracias a Dios por haber creado al padre Juan Díaz y habernos el mayor regalo que pudo recibir y que ha recibido México desde hace 500 años: La Santa Misa.

Ubicación exacta del sitio donde se celebró 
la Primera Santa Misa en México 

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Ante las elecciones, voto razonado: Mensaje de los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Morelia



Eugenio Amézquita Velasco

Los obispos de la Provincia Eclesiástica de Morelia, que comprende las diócesis de Apatzingán, Lázaro Cárdenas, Morelia, Tacámbaro y Zamora emitieron el siguiente mensaje a los fieles de su jurisdicción eclesiástica y que reproducimos íntegro:

Que el voto sea una parte de nuestra permanente y activa participación

1. Los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Morelia (Diócesis de Apatzingán, Ciudad Lázaro Cárdenas, Morelia, Tacámbaro y Zamora) saludamos con afecto de pastores a todos los católicos de nuestras diócesis, así como a todos los hombres y mujeres que buscan la paz y viven en estas tierras michoacanas. Nuestro saludo en esta Pascua es el mismo de Cristo resucitado y glorioso: “La paz esté con todos ustedes”.

2. En la próxima jornada electoral del 1º de julio los michoacanos participaremos para elegir Presidente de la República, así como senadores y diputados que conformarán el Congreso federal; también emitiremos nuestro voto para elegir diputados para el Congreso Local y Ayuntamientos de los municipios de nuestro Estado.

Proceso electoral en un clima violento

3. Han comenzado ya las campañas de los distintos candidatos a los puestos de elección. En los preámbulos de estas campañas, con dolor y preocupación nos he-mos dado cuenta de que algunos aspirantes han sufrido amenazas o han sido asesinados. De tal situación somos responsables todos los ciudadanos, sectores e institu­- ciones de esta nación mexicana, pero sin duda la mayor responsabilidad recae sobre las estructuras de gobierno. Se ha degradado el sistema y ha aumentado la desconfianza del pueblo en la clase política.

4. Muchos ciudadanos se preguntan hasta qué punto podrá influir el crimen organizado en el proceso electoral, ya que se percibe su influencia, impune, en muchos espacios de la vida nacional. Anhelamos que las instituciones de Gobierno y las autoridades electorales hagan su mejor esfuerzo para que todo se desarrolle dentro de un marco de legalidad y un ambiente de paz. Como hemos dicho recientemente, “nos preocupa que en las intervenciones que han tenido los candidatos en las campañas han prevalecido las descalificaciones, se esperarían en cambio propuestas concretas de acuerdo al cargo al que aspiran en orden a aportar soluciones.”

5. En un clima enrarecido por la violencia y otras situaciones que atemorizan, desconciertan y desorientan al electorado, se desarrollan las campañas y se realizarán las elecciones. Sin embargo, no debemos optar por la apatía y el abstencionismo. Nuestra participación responsable puede aportar un “granito de arena” hacia la solución, y más avanzaremos en este sentido si nuestra participación ciudadana no se reduce al momento electoral sino se asume como un compromiso activo y permanente.

En la confusión se impone el discernimiento…

6. Habrá muchos que quieran participar con responsabilidad en la vida política y en la próxima jornada electoral, pero no les satisface completamente el menú de opciones para decidirse por una. Hemos de considerar que votar a favor de un candidato no significa aceptar todo lo que éste proponga, como si le firmáramos un cheque en blanco. No cabe la resignación de los ciudadanos cuando quien quedó constituido como autoridad por el voto mayoritario, ya en el ejercicio del poder no refleja el sentir de la mayoría del pueblo.

Es válido considerar lo que el Papa Francisco advertía en la homilía de la Misa que celebró en Morelia hace dos años a propósito de realidades que parecen “haberse convertido en un sistema inamovible”. Nos aconsejaba no caer en la tentación de “una resignación que nos paraliza, una resignación que nos impide no sólo caminar, sino también hacer camino […] una resignación que no sólo nos impide proyectar, sino que nos frena para arriesgar y transformar”.

… y la participación ciudadana

7. Qué benéfico sería para el avance de nuestra democracia y para dar continuidad a nuestro proceso de crecimiento integral la conformación en cada municipio de consejos ciudadanos que no se identifiquen con ningún partido, sino que en forma voluntaria y representativa asocien ciudadanos que, sin goce de sueldo ni aspiración al poder político, se interesen por sus comunidades impulsados sólo por el bien común y por la búsqueda de una verdadera equidad entre todos los habitantes del municipio.

Las coaliciones ¿alianzas por el poder o por la unidad de nuestro pueblo?
8. Las coaliciones entre partidos para juntos proponer un solo candidato han creado confusión; los partidos expresan claramente que, aliados, pretenden conseguir el poder. Ante esta situación se impone un serio discernimiento para emitir un voto razonado, porque lo que podría funcionar en el nivel federal podría no tener el mismo resultado en nivel local. Los partidos que en coalición obtengan el poder ¿cómo se lo repartirán?, ¿cómo lo ejercerán unidos desde diversas ideologías o plataformas? Invitamos a todos a plantearse estas interrogantes antes de emitir su voto.

Voto razonado

9. El voto será razonado si nos esforzamos por conocer a los candidatos, a sus colaboradores, sus alianzas y sus programas. El conocimiento de cada candidato no brotará del elogio que cada uno haga de sí mismo, ni de lo que opinen los candidatos contrarios a él, ni de lo que viertan las redes sociales; éstas, se han posicionado como generadoras de opinión, han democratizado la información, por lo que tienen relevancia en el proceso electoral; son un instrumento que será útil en la medida en que su uso se haga atendiendo los valores básicos del respeto y la verdad.

Se espera de quienes las usan para la promoción de sus propuestas un manejo honesto y de la ciudadanía un uso crítico y responsable.

10. Sin duda, más que las palabras son las obras de cada candidato lo que nos proporcionará un conocimiento más objetivo de su persona; por eso antes de tachar la boleta es bueno preguntarnos: ¿Qué ha hecho bien? ¿Qué ha dejado de hacer? ¿Qué ha hecho mal? ¿Qué ha dejado hacer a los demás o qué les ha impedido hacer? Y estas preguntas que nos hacemos sobre cada candidato, habrá qué formularlas en relación a cada uno de los partidos que en coalición postulan a determinado candidato.

Temas obligados

11. Si, como hemos dicho, la participación política no debe reducirse sólo al momento de elecciones, consideramos que, a quien nos represente como servidor público legítimamente electo, hemos de sugerirle con insistencia lo que creemos deba hacerse en temas como la pobreza, ya que la solidaridad hacia los que menos tienen “debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde”; la familia, que se funda a partir de la unión estable entre un hombre y una mujer que procrean hijos y tienen el deber y el derecho de educarlos; la vida, como un don sagrado, que a nadie le es lícito manipular; la libertad religiosa, que es preciso comprender “adecuadamente como un derecho más amplio y rico que la mera libertad de culto”; la educación con una visión humanista, que ponga al centro a la persona humana y que se considere un derecho universal de todos; la promoción de una impartición de justicia sin favoritismos ni demoras.

12. Recordamos nuevamente lo que con todos los Obispos mexicanos expresamos en nuestro mensaje “Participar para transformar”, con ocasión del proceso electoral 2018: “El México que queremos es posible y requiere fundamentalmente de un Gobierno honesto y eficaz, pero también de ciudadanos participativos que den seguimiento a los procesos de justicia, fraternidad y paz. El voto de los mexicanos debe producir gobernantes y autoridades responsables; y generar una opinión cívica crítica. Pues en el ejercicio ordinario de los funcionarios, nuestro voto exige el sano control sobre nuestros políticos: en su remuneración y gratificaciones, en los gastos de partidos y publicidad, en los proyectos y obras públicas, en el control de la corrupción, la ilegalidad y la eliminación de arbitrariedades”.

13. Ponemos este momento de campañas y elecciones, tan decisivo para definir el rumbo de nuestro país y nuestro Estado, en las manos del Señor que dirige la historia y bajo la mirada maternal de Santa María de Guadalupe, que siempre ha tratado con compasión y ternura a este pueblo mexicano del que formamos parte.
Morelia, Mich., 25 de abril de 2018

† Carlos Garfias Merlos,
Arzobispo de Morelia
† Javier Navarro Rodríguez,
Obispo de Zamora
† Gerardo Díaz Vázquez,
Obispo de Tacámbaro
† Cristóbal Ascencio García,
Obispo de Apatzingán
† Armando A. Ortiz Aguirre,
Obispo de Cd. Lázaro Cárdenas

† Carlos Suárez Cázares,
Obispo Auxiliar de Morelia
† Víctor A. Aguilar Ledesma,
Obispo Auxiliar de Morelia
† Herculano Medina Garfias,
Obispo Auxiliar de Morelia
† Jaime Calderón Calderón,
Obispo Auxiliar de Zamora.