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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Aperturan templo de San Juan de Dios

Apertura del templo de
San Juan de Dios. El señor Cardenal Alberto Suárez Inda, preside solemne concelebración de
reapertura de templo de San Juan de Dios, el cuarto templo más antiguo de la
ciudad de Celaya.
Celaya, Gto., a 26 de septiembre 2015.  Este sábado la diócesis de Celaya, celebra
con júbilo la reapertura del templo de San Juan de Dios, toda vez que se vio
sometido a un tratamiento arquitectónico por el cual se recuperaron y
reconstruyeron partes dañadas por el paso del tiempo.  La Misa fue celebrada por el Señor Cardenal
Alberto Suárez Inda, iniciando en punto de las 12 de mediodía, hora en que varios
sacerdotes diocesanos se dirigieron en solemne procesión para concelebrar la
Santa Misa que presidiría Dn Beto, como cariñosamente llaman amigos y conocidos
del señor Cardenal.
En un ambiente de fiesta, la comunidad de
fieles que se han siempre identificado con el templo de San Juan de Dios se han
dado cita para participar con éste júbilo de la reapertura del templo de San
Juan de Dios, uno de los más antiguos en construcción de ésta ciudad. Entre los
asistentes se destacó la presencia de autoridades municipales con quienes se
coordinaron los trabajos de restauración, así como la asistencia de arquitectos
y personal que concretizaron este proyecto.
En la homilía el señor Cardenal destacó como en
la historia del templo de San Juan Dios, se descubre la presencia del hasta hoy
siervo de Dios Vasco de Quiroga, pensaba en la fundación de hospitales, pero no
solamente como un lugar de atención a los enfermos, sino que los pensaba como
un centro de humanización y evangelización, desde donde se ofrecían talleres,
educación, catequesis, etc. También Mons. Suárez Inda, reflexiona sobre San
Juan de Dios y su gran trabajo en favor de los enfermos quien nace cerca de
Toledo, España, en 1495 (aunque muchos por error creen que nació en Portugal).
De familia pobre pero muy piadosa. Su madre muere cuando él era muy joven.
San Juan de Dios fue dirigido espiritualmente
por San Juan de Ávila. En su camino de conversión San Juan de Dios asume como
penitencia por sus pecados el papel de loco a fin de atraer hacia sí toda clase
de rechazos y desprecios de sus contemporáneos, mismos que ofrecía piadosamente
a Dios por la remisión de sus pecados. Enterado San Juan de Ávila le pide que en
vez de “hacerse el loco”,  se debería
dedicar a una verdadera “locura de amor”: gastar toda su vida y sus
energías ayudando a los enfermos más miserables por amor a Cristo Jesús, a
quien ellos representan.
Muchos milagros se han atribuido a su
intercesión a la intercesión de San Juan de Dios.  El Papa lo canonizó en 1690 y es patrono de los
que trabajan en hospitales y de los que propagan libros religiosos. La
fundación de los “Fatebenefratelli” como son conocidos en Italia suma al día de
hoy más de 1,500 hermanos y sirven a más de 300 casas en todo el mundo
atendiendo a enfermos mentales y a enfermos de toda clase dolencias. Muchos de
los discípulos de San Juan de Dios han llegado a los altares.
En su homilía el señor cardenal hizo referencia
a la ciudad amurallada, recordando que se amurallaban las ciudades para
defenderse, vivir seguros, por miedo. “Hoy también mucha gente se encierra,
fraccionamientos cerrados, la gente quiere vivir en lugares seguros, debido a
la inseguridad, pero la invitación es a vivir sin murallas y confiemos en la
seguridad que Dios nos ofrece”. Recordando también que debemos experimentar la
presencia de Dios no solo en el templo sino en toda la ciudad. La invitación es
a ver el futuro con esperanza, asumiendo la propia responsabilidad de construir
y reconstruir una nueva civilización, una ciudad nueva con civilización que
tenga a Dios como centro y fuente de su vida.

Al finalizar la misa el señor Cardenal agradece
la invitación hecha para presidir la Santa Misa, el Padre Alfredo Picón, cura
párroco de ésta comunidad parroquial de San Miguel Arcángel, en Celaya;
agradece a los sacerdotes presentes, agradece a los fieles y autoridades
civiles presentes, sin quienes la obra de la reconstrucción de éste histórico
templo de San Juan de Dios, no hubiese sido posible. Al finalizar la eucaristía
el señor cardenal, atendió a los medios de comunicación quienes le manifestaron
sus dudas y preguntas en tornos a diversos temas. 

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Encíclica “Laudato Si”, en espacio de diálogo y pluralidad

Pbro. Eduardo Corral Merino

por el Pbro. Eduardo Corral Merino
Srio. Ejecutivo de la Dimensión de Educación y Cultura
 
El pasado día 26 de agosto, en el Centro Universitario Cultural (CUC), ubicado en las inmediaciones de la UNAM, en la Ciudad de México, con un público de más de 1,100 personas que abarrotó el Auditorio Fray Angélico, el Ágora y la sala A22, se llevó a cabo la presentación y diálogo de la Encíclica Laudato Si’, evento organizado conjuntamente por el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, la Confederación de la Unión Social de Empresarios de México, el mismo CUC, así como las Dimensiones de Educación y Cultura del Episcopado Mexicano.

La presentación propia de la Encíclica inició con unas palabras del Señor Obispo Jorge Alberto Cavazos Arizpe, Responsable de la Dimensión de Pastoral Laboral, Medio Ambiente y Economía Solidaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano, Obispo Auxiliar de Monterrey, así como Administrador Apostólico de Nuevo Laredo, quien mostró su alegría por contar con un mensaje tan fresco, profundo y realista del Santo Padre Francisco que será sin duda un servicio de iluminación y de esperanza para toda la humanidad. Recordó que nuestro grande reto es saber habitar, cuidar y aprovechar de manera adecuada la creación que se nos ha dado como un gran don. Enfatizó que tenemos en este momento un reto, pues hemos recibido mucha información sobre el estado de nuestra casa común, pero es tiempo de pasar a una etapa de formación, para ofrecer soluciones concretas que permitan relaciones equilibradas entre el ser humano y las demás criaturas de la naturaleza.

Posteriormente, El Cardenal Rodríguez Maradiaga, en un mensaje en video enviado exprofeso para esta ocasión, y dada su imposibilidad de realizar el viaje por motivos de salud, inició enfatizando que el Papa Francisco con esta Encíclica pretende llegar a las raíces más hondas de la problemática ambiental. No es, afirmó, una encíclica contra la tecnología, como han dicho algunos, porque “nadie pretende volver a la época de las cavernas”, citando el numeral 114. Pero sí cuestiona el tremendo poder ligado al paradigma tecnológico-económico actual, que condiciona la vida de las personas y el funcionamiento de la sociedad. Además, el Papa exige reconsiderar nuestro modo de entender el progreso. Manifestó que cuando el mundo ha hablado de economía o de desarrollo sostenible, la Iglesia ha señalado que es incompleto, pues debemos optar por “un desarrollo humano sostenible”. Indicó que el texto es muy equilibrado, hasta el punto de que cualquier comentario corre el riesgo de desequilibrar la balanza. Por una parte, se declara que no pretende definir cuestiones científicas y respeta la libertad académica de quienes tienen que discutir asuntos, como por ejemplo, la modificación genética a semillas o las técnicas de extracción de petróleo.

También, el Arzobispo de Tegucigalpa y Coordinador del Grupo de Nueve Cardenales para la Reforma de la Curia, explicó, retomando el contenido de la Encíclica, con respecto a las cuestiones sociales, que tenemos un gran problema, pues en la discusión y análisis de estos asuntos complejos, citó, “a veces no se pone sobre la mesa la totalidad de la información, pues ésta se selecciona de acuerdo con los propios intereses, sean políticos, económicos o ideológicos”. Por otro lado, señaló que hay un fuerte desafío para incluir en el desarrollo a tantos pobres que reaparecen permanentemente. Pidió, el que fuera encargado de la Caritas Internacional, que debemos sustituir “la dádiva por la creación de puestos de trabajo”.

Por su parte, y después de la presentación del Señor Cardenal, el Dr. José Sarukhán Kermez, realizó, en su calidad de científico, un comentario general de la Encíclica. En primer término, mostró su admiración por un documento como Laudato Si’, tanto por su contenido como por la integración de una mirada tan amplia sobre el tema. Desarrolló algunos datos que nos muestran la gravedad de la situación ambiental, específicamente en lo que se refiere a cambio climático y pérdida de biodiversidad. Puntualizó algunos desafíos en el tratamiento de la crisis ambiental, entre otros la incapacidad de respuesta internacional, y el manejo poco neutro de la información por los medios de comunicación. Enfatizó el hecho de que estamos generando daños que afectarán irreversiblemente y durante muchos años a nuestro planeta. Afirmó que la agricultura, así como nuestros modos de producción y consumo, deben modificarse. Finalmente, llamó al auditorio a definir bases filosóficas de una ética, que pueda traducirse en un discurso convincente y aceptable para la mayoría de la gente. Advirtió que no contamos más que con unas pocas décadas para lograrlo sin una severa disrupción social, económica y ambiental. Finalmente, en un diálogo abierto con el mundo de la fe, mostró algunos interrogantes entre la Teoría de la Evolución y la interpretación teológica de la creación católica.

Después de dicha presentación y comentario general de la Encíclica, se abrió un panel de diálogo para recoger algunas líneas específicas sobre el tema. El primer experto en participar fue la Dra. María Luisa Aspe, Investigadora de la Universidad Ibeoramericana-Santa Fe, miembro del Consejo Directivo de IMDOSOC, quien abordó líneas sociales e históricas de Laudato Si´. Inició su intervención señalando que en la Encíclica hay un doble objetivo: convocar a propios y extraños a empeñarse en una tarea compartida sobre el cuidado de la casa común y detonar cambios de fondo en la manera en que los creyentes, hijos de la Iglesia, vivimos nuestra fe. Afirmó, que la cuestión ecológica es un asunto universal, que la Encíclica se inserta a manera de síntesis en la Doctrina Social de la Iglesia y en continuidad con encíclicas sociales anteriores. Sigue el método ver, juzgar y actuar y hace memoria de las enseñanzas de la Iglesia sobre el cuidado de la naturaleza desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI. Añadió que el documento hace referencia explícita al trabajo, a la opción preferencial por los pobres, al destino universal de los bienes, a la defensa de la vida y a la ecología integral.

Desarrolló en claras pinceladas, las aportaciones de San Juan Pablo II, así como del Papa Emérito Benedicto XVI, a quien incluso le llamaron “el primer Papa verde”, en razón de su Encíclica Caritas in Veritate. Mencionó conceptos como: “cuestión ecológica”, “error antropológico”, “ecología de la naturaleza”, “ecología humana” y “ecología social”. Recordó que el Papa alemán nos “advirtió de la urgencia de una solidaridad renovada que conduzca a la redistribución planetaria de los recursos energéticos, de manera que también los países que no los tienen puedan acceder a ellos”. También, que él mismo nos advirtió que: “La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo”, citando a Caritas in Veritate, No. 51.

La Dra. Aspe, además, nos compartió cómo el Papa Francisco, desde el inicio de su pontificado ha insistido en el concepto de “custodia” de la tierra. Por otro lado advirtió sobre los aspectos revolucionarios de Laudato Si´: “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida” (No. 16).

Posteriormente, el Padre Eduardo Corral, Maestro en Administración Integral del Ambiente, extrajo algunas líneas pastorales, es decir referentes y parámetros de comprensión, orientación y acción propuestas en Laudato Si´. Inició puntualizando que el Papa Francisco hace mucho énfasis, más que en acciones concretas, en algunos modos y formas, sentido y motivación de lo que debe ser nuestro servicio en esta materia compleja. Pareciera, dijo, que el Sumo Pontífice “no sólo nos señala que necesitamos construir nuevos caminos, sino también una nueva forma de recorrerlos”. Por otro lado, al igual que la Doctora Aspe, mencionó que el mejor instrumento de interpretación y sustento de esta Encíclica, es la Exhortación Apostólica del mismo Papa Francisco, Evangelii Gaudium. Insistió en que fiel a su mismo pensamiento, el documento más que enredarse en el mundo de las ideas, proporciona una lectura clara sobre la realidad que vivimos. Puntualizó que efectivamente el Papa aborda principalmente un acercamiento religioso, pero también reflexiona ampliamente en la naturaleza como un signo de la trascendencia del ser humano y de la presencia del Creador del universo. Es por ello, que “el documento nos incorpora a todos, nos impacta a todos, nos llama a todos, exigiéndonos una actitud ética y un compromiso radical de respeto”. El Papa, dijo, ofrece una respuesta más a la pregunta de quién es el ser humano, qué es ser persona, abordando lo que hoy se ha llamado “una emergencia antropológica”.  Afirmó que resolver este tipo de preguntas es una primera urgencia, en tanto que el ser humano es quien tiene la responsabilidad de cuidar, custodiar, aprovechar correctamente la creación. Señaló, que la obra de la creación es para el hombre, sí;  mas éste también debe ser su custodio, su guardián y sabio interlocutor. Mencionó que la Encíclica debe ser leída bajo la aportación de claves éticas, morales, epistemológicas y sociales frente a los desafíos que nos señala el cuidado de nuestra casa común.

Con relación al título, “Alabado seas”, dijo que es ya una primera línea de acción o tarea para todos pues implica reconocer, hacerle espacio a Alguien para salir de “la conciencia aislada” (como diría textualmente en Evangelii Gaudium, No. 2), vivir en relación, en el encuentro con un todo; con el Otro, los otros seres humanos y lo otro, es decir las demás criaturas de la creación. Afirmó que es muy importante testimoniar la conciencia y la experiencia de ser seres humanos sensatos, limitados, necesitados, imperfectos. Sólo así, reconociéndonos en el Creador podremos afirmarnos “depositarios de la creación”, a ser corresponsables de ella. Por otro lado, “Sobre el cuidado de la casa común”, el subtítulo de la Encíclica, nos orienta ya al deber de custodiar el entorno natural, sí, pero el término “casa”, puntualizó, no sólo hace referencia a la estructura física, sino a quien la habita, al ser humano. Es por ello que el Papa manifiesta que ésta es, una Encíclica Social. Es la persona, individual y comunitariamente, quien está llamado a reconducir sus relaciones con la naturaleza con la que interactúa necesariamente.

El Papa Francisco, comentó, nos pide redireccionar nuestro estilo de vida. Lo anterior no es una tarea fácil que sólo requiera voluntad, cambio conductual, valores, recursos, normas, programas, gestiones. El más grande desafío que tenemos es clarificar cuál es nuestro fin y sentido. La crisis, puntualizó, en el significado positivo del término, es decir de búsqueda de identidad, nos señala precisamente esto. Todo requiere un más extenso y claro sentido: la economía, la democracia, la educación, la familia, la Iglesia, etc.  Pero, manifestó que la comprensión no sólo es una cuestión meramente racional. Es antes que nada un asunto existencial, experiencial, implica tomar postura, posicionarse como sujetos conscientes, partícipes de un todo. Esta toma de conciencia, este implicarse en la realidad histórica, nos permite alcanzar una mirada sistémica, holística, compleja, programática, generosa, corresponsable, realista de nuestra casa común y de todo lo que sucede en ella. Por otro lado, afirmó que la relación, el encuentro, según el Papa Francisco, se da a través del diálogo. Éste, es la herramienta para construir esperanza, futuro, sentido.

Posteriormente, afirmó que el Papa nos llama a romper y levantar con ciertos paradigmas, entre los primeros, se refirió al tecnocrático, que vincula perversos presupuestos económicos y de control sobre la realidad que promueven una cultura del descarte, del derroche y del consumo. La cultura ecológica implica, según el Papa: “una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático” (No. 111), lo anterior para darle paso a un nuevo ser humano, que en lugar de dominar, consumir la creación, sea su “administrador responsable” (No. 116).

Finalmente, el Padre Eduardo Corral señaló diez tareas que todos podemos hacer de manera personal, para modificar nuestro comportamiento, según la propia Encíclica: Alimentar la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido (Cfr. No. 202); mirarnos con honestidad, sacar a la luz el propio hastío e iniciar caminos nuevos hacia la verdadera libertad, superando miedos, egoísmos, autorreferencialidad, consumismo, dominio arrogante y voracidad (Cfr. No. 204); considerar el impacto ambiental y social que provoca cada acción y cada decisión personal (No 208), “recuperando los distintos niveles de equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios” (No. 210); reconocer nuestra alta dignidad de ser seres humanos, conscientes y desde ahí modificar los estilos de vida para implantar nuevos hábitos, reconociendo que “la familia es el lugar de la formación integral, donde se desenvuelven los distintos aspectos, íntimamente relacionados entre sí, de la maduración personal” (No. 213); trabajar la sobriedad, la sencillez, la capacidad de recuperar la serena armonía, la contemplación, y así reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar lo creado y al Creador, “cuya presencia no debe ser fabricada sino descubierta, develada” (No. 225, cita de Evangelii Gaudium, No. 71); superar la ansiedad enfermiza que nos vuelve superficiales, agresivos, que nos impide ver el rostro del otro y de lo otro sin esperar nada, sin pensar en lo que viene después, para así estar plenamente presentes en un ánimo de gratitud y de verdadero diálogo (Cfr. No. 226); practicar “el amor social”, clave de un auténtico desarrollo, como norma constante y suprema de la acción, tanto en pequeños gestos como en grandes estrategias sociales, políticas y/o económicas que detengan eficazmente la degradación del ambiente y alienten una cultura del cuidado, de la cohesión social, alejando toda indiferencia (Cfr. No. 231 y 232); descubrir y trabajar la dimensión receptiva y gratuita de la vida, pues sólo así se es capaz de salir de un activismo vacío y de entrar en una dimensión comunitaria, reconociendo que todo está conectado (Cfr. 240), despertando al mismo tiempo nuestra generosidad, nuestra vitalidad y nuestro ser conscientes de la corresponsabilidad de la vida; salir del relativismo práctico, que construye una cultura del descarte y del derroche, del abuso y la corrupción, en la cual el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, dejando todo lo demás como relativo, irrelevante en tanto no sirve a los propios intereses inmediatos. Finalmente, como última tarea, señaló que es muy importante recuperar el sentido del trabajo. Nuestra mayor riqueza es el capital social, el capital humano. Ni la tecnología, ni el capital, ni las fuerzas ciegas del mercado, pueden ser criterios suficientes para desplazar el continuo esfuerzo del ser humano por entender cómo participa de este proyecto común. El trabajo es la oportunidad y la ocasión, para que el hombre responda, participe del camino de la humanidad.

Por su parte, el Dr. Raúl Hernández Garciadiego, realizó una lectura de la Encíclica, desde su especialidad, el desarrollo sostenible regional. Mencionó que la aportación del Papa Francisco contiene un conjunto de líneas y orientaciones de acción que son una propuesta de diálogo con toda la humanidad, para salir de una espiral de autodestrucción. Explicó que el Papa hace un llamado en el Documento para promover el diálogo como la herramienta principal para encontrar soluciones internacionales, nacionales y locales; entre la economía y la política, entre las religiones y las ciencias, así como en todos sus caminos decisionales. Comentó algunos sucesos que han marcado nuestra manera de autopercepción, como viajeros de una misma casa común; por otro lado, señaló cómo el Papa, al analizar nuestra problemática, nos invita a reconocer que nuestra inteligencia para el desarrollo tecnológico, está siendo insuficiente para gestionar las dificultades ambientales y sociales de la humanidad. También hizo un recorrido breve para entender el Desarrollo Sostenible, afirmando que la Comisión Brundtland, en 1987, en el Reporte Nuestro Futuro Común, integró por primera vez factores económicos, sociales, culturales y ecológicos, “para promover un nuevo sendero de progreso, que permita satisfacer las necesidades y aspiraciones del presente sin comprometer las de  generaciones futuras”.

También señaló cómo el Papa Francisco “está de acuerdo con un nuevo régimen de gobernanza para toda la gama de los bienes comunes globales”. Hizo mención del gran recorrido del movimiento ecológico mundial, enriquecido por la sociedad civil, en donde por supuesto también se encuentra la Iglesia con su Pensamiento Social. Refirió, igual que la Dra. Aspe, así como el Cardenal Rodríguez Maradiaga, la opinión del Papa sobre la ineficiencia de las cumbres internacionales para aportar soluciones a un nuevo desarrollo, exceptuando la Cumbre de la Tierra de 1992, que fue “profética”, y que en su primer principio reconoce que los seres humanos constituyen el centro de las preocupaciones relacionadas con el desarrollo sostenible”. A partir de este concepto, se establece el Convenio sobre Diversidad Biológica, la necesidad de estabilizar los gases de efecto invernadero, se exige la evaluación del impacto ambiental y la obligación de reparar los daños al ecosistema, entre otros, sin embargo no dejó de apuntar que lo anterior no ha sido acompañado con instrumentos que permitan su instrumentación, aplicación y exigencia, por culpa de aquellos “que privilegian intereses nacionales sobre el bien común global”, según el mismo Papa. Apuntó que la dimensión económica/financiera del paradigma tecno-económico,  predomina sobre la política ambiental, y esta misma lógica también impide el objetivo de erradicar el hambre. El Papa, pues, señala y centra su mirada no sólo en las problemáticas del ecosistema, sino también las sociales, aclarando que hay responsabilidades diferenciadas, distinguiendo los distintos niveles de actuación.

Muy importante es el hecho de reconocer, dijo el Dr. Hernández Garciadiego, que según el Papa son las instancias locales y regionales, las que están cercanas a la gente, las que pueden hacer una gran diferencia gracias al sentido de corresponsabilidad, a la posibilidad de despertar la creatividad en la comunidad, al entrañable amor a la tierra y al pueblo, a la organización concreta de los pequeños productores estableciendo otros modos de producir, comercializar y consumir, preservando los ecosistemas locales, asegurando el agua potable, que es un derecho fundamental que condiciona el ejercicio de otros. Finalmente recordó que esta Encíclica lo llevó a revivir los tiempos del Papa Pablo VI, con su importante encíclica Populorum Progressio. Haciendo un símil con los adelantos que pueden palparse a la fecha, sobre esta última Encíclica, señaló que puede afirmarse que Laudato Si’ nos llevará también a seguir esta conversión ecológica-cultural.

El Dr. Mauricio Limón Aguirre, especialista en Derecho Ambiental y miembro del Consejo Directivo de IMDOSOC, participó como moderador de este Panel. Por su parte, el Lic. Román Uribe Michel, Presidente del Consejo de IMDOSOC estuvo a cargo del discurso de bienvenida, y el Ing. Lázaro Tamez Guerra, Presidente del Consejo de USEM, concluyó con un mensaje. Después de tres horas y media, se dio por terminado el evento, mismo que fue seguido por transmisión en vivo, a través de internet en distintos espacios académicos, sociales, empresariales y culturales.

Finalmente cabe destacar que entre el público se encontraban algunos legisladores, funcionarios públicos, exfuncionarios, empresarios, estudiantes, maestros, obispos, sacerdotes, religiosos, y laicos en general.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Van 48 atentados contra miembros de la Iglesia Católica en 25 años; asesinatos,46

Eugenio Amézquita

En los últimos 25 años, incluyendo el asesinato del párroco Francisco Javier Gutiérrez Díaz, han sido perpetrados 48 atentados contra miembros de la Iglesia Católica, de los cuales 45 son crímenes arteros; 2 corresponde a Sacerdotes que siguen en calidad de desaparecidos.

Gustavo Antonio Rangel, analista católico e investigador especializado en Neopersecución de Sacerdotes en México, de 2006 a la fecha, precisó en una investigación, la realidad que viven sacerdotes y religiosos católicos.
La lista de los Agentes Pastorales que han perdido la  vida de modo violento de 1990 a 2015, la encabeza 1 cardenal, 34 sacerdotes, 1 Diacono, 3 religiosos, 5 laicos Sacristán, y 1 periodista católica. Esto sin incluir, en el 2014, el homicidio de un pastor bautista de esta zona de Celaya.

La historia

En su investigación, Rangel recordó que en 1990, el Padre Guillermo Madrigal Arias, de 46 años de edad, fue victimado la madrugada del 10 de diciembre de 1990, junto con el matrimonio formado por Rigoberto Betancourt Bejarano y Lilia Sánchez de Betancourt, de 26 y 25 años de edad, en la región fronteriza de Ciudad Juárez, informó la Policía Judicial del Estado. El parte policial no refiere más datos del lugar del múltiple homicidio.

En 1993, el caso más sonado, el Cardenal mexicano Juan Jesús Posadas Ocampo, asesinado en el aeropuerto de Guadalajara, el 24 de mayo de 1993. La tesis oficial, en ese entonces fue que al Cardenal «lo confundieron» con un alto Jefe del crimen organizado; sin embargo, algunas fuentes señalan que las últimas investigaciones coinciden con el Cardenal Sandoval Iñiguez, de que se trató de un “homicidio de Estado” y es un caso aun sin resolver.
Ese mismo año es asesinado el Padre Abelardo Espinoza Aguilera, de la Diócesis de Apatzingán, Estado de Michoacán.

En 1994, Fray Abdias Díaz, de la Orden de los Misioneros de Guadalupe, atacado con lujo de violencia el día 2 de diciembre de 1994, en el sur de la Ciudad de México; No se conocen datos del móvil de homicidio.

En 1995, es asesinado el Padre Miguel Marzán Arriola, de la Diócesis de Apatzingán, Estado de Michoacán.

En el año de 1998, el Padre Mauro Andrés Ortíz Carreño, brutalmente asesinado la noche del miércoles 6 de Mayo de 1998, en la comunidad del templo de Nuestra Señora de la Nieves, en Antequera, estado de Oaxaca.

Dos años después, en el 2000, el Padre José Ignacio Flores Gaytán, asesinado el 17 de enero del año 2000, en la ciudad de Torreón, estado de Coahuila; reporte de autoridades locales señalan que el móvil fue robo.

En el 2004, el P. Ramón Navarrete Islas, de 56 años, asesinado con arma blanca el 7 de julio en la diócesis de Ciudad Juárez, Chihuahua.  Reportes de autoridades locales señalaron el robo como móvil. Luego, el P. Macrino Nájera Cisneros, de 42 años, fue asesinado el 25 de octubre en Jilotlán, Jalisco.  El padre defendió a una niña durante una fiesta de 15 años.  El asesino lo mató junto a otras dos personas.

En el año 2005, el P. Manuel Delgado, de 42 años, asesinado el 6 de febrero, era vicario del templo de Cristo de Burgos, Cd. Jiménez, Chihuahua.  Su cuerpo fue encontrado con indicios de tortura.

También en ese mismo año,el P. Luis Velázquez Romero, de 51 años, fue asesinado el 25 de octubre; su cuerpo fue encontrado en la cajuela de un automóvil, tenía las manos atadas.  El sacerdote era Juez del Tribunal eclesiástico diocesano de Tijuana, Baja California.

En el 2006, el Diácono Juan Francisco Castrejón, de 34 años, del D.F., fue asesinado el 27 de febrero cuando iba circulando a bordo de su automóvil. El delincuente le dio dos balazos. Se desconoce el móvil del asesinato.

En el 2007, el Misionero Ricardo Junious Sanders, de 76 años, asesinado el 28 de julio dentro de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en la Colonia San Rafael, Ciudad de México.  El sacerdote trabajaba con drogadictos y alcohólicos. Fuentes cercanas a los Caballeros de Colón aseguran que el padre denunció varios giros negros de su demarcación.

Ese mismo año, el P. Fernando Sánchez Durán, de 68 años, fue secuestrado y asesinado en el mes de julio en Santiago Tlatepoxco, Tepeji del Rio, Querétaro. También el P. Humberto Macías Rosales, de 52 años, fue asesinado en 1 de mayo en el interior de su automóvil.  Era párroco del templo Nuestra Señora de la Luz en Aguascalientes.

En el año 2008, el P. Julio César Mendoza Acuña, de 33 años, fue atacado por dos sujetos y asesinado el 2 de mayo.  Era párroco de la iglesia Nuestra Señora de Fátima, Venustiano Carranza, DF. Meses después, el P. Gerardo Manuel Miranda Ávalos asesinado el 2 se septiembre  presuntamente a manos de sicarios de La Familia Michoacana.  Era director del instituto Fray Juan de San Miguel, Los Reyes, Michoacán.

En el año 2009 el P. Eduardo Oidor Hernández, de 42 años, asesinado el 6 de febrero de 2009, con arma blanca en la zona limítrofe entre Puebla y Tlaxcala. Atentado en la carretera Atlixco. Meses después, el P.Habacuc Hernández Benítez asesinado el 13 de junio, acribillado con los seminaristas Eduardo Oregón y Silvestre González, mientras viajaban en una carretera.  El asesinato fue en Arcelia, Guerrero. Se desconoce el móvil del asesinato.

En el 2010, el P. José Luis Parra Puerto, de 50 años, asesinado el 27 de abril por dos individuos que los interceptaron al salir de una reunión. Su cadáver fue encontrado al interior de una camioneta en el municipio de Nezahualcóyotl, Estado de México.  Era el vicario del templo de Asunción Sagrario Metropolitano, de la Ciudad de México.

Ese mismo día, el P. Florentino Carmona Méndez, de 67 años, asesinado el 27 de abril por contusiones múltiples.  El móvil según autoridades locales, fue robo a la parroquia del Espíritu Santo de Xalapa, Veracruz.

El P. Carlos Slavaro Wotto, El padre tenía 83 años.  Lo torturaron y lo asfixiaron.  Los asesinos saquearon la casa parroquial.  El sacerdote era párroco del templo de Nuestra Señora de las Nieves, en Antequera, Oaxaca.

A principios de ese año, el Hno. Francisco Escamilla Sánchez director del colegio Instituto Marista México, de 42 años, asesinado el 2 de febrero. Fuentes cercanas a la víctima aseguran que se enfrentó a una mafia que obligó a las escuelas particulares del DF a contratar el servicio de camión obligatorio. El móvil de asesinato es confuso pero algunos elementos apuntan a una denuncia de fraude por 10 millones de pesos.

En el 2011, el P. Santos Sánchez Hernández, de 43 años, asesinado el 22 de febrero al interior de la casa parroquial de Mecapala, Puebla.  Autoridades locales señalas al robo como móvil.

Varios meses después. el P. Marco Antonio Durán, de 48 años, murió por “una bala perdida” durante un enfrentamiento entre policías y un grupo criminal el 2 de julio. El presbítero se desempeñaba como párroco de la Iglesia de San Roberto Belmarino, Matamoros, Tamaulipas.

El P. Salvador Ruíz Enciso, 55 años, asesinado el 22 de mayo. Fuentes cercanas manifestaron que el padre  realizó varías denuncias contra delincuentes que operaban cerca de parroquia “Divino Rostro de Jesús”, en la comunidad La Mesa, BC.
El P. José Francisco Sánchez Durán, 60 años, asesinado el 26 de abril. Según autoridades locales el móvil fue robo con arma blanca. El sacerdote se encargaba de la iglesia “Patrocinio de San José”, de la Colonia Educación, Coyoacán, DF.

La periodista católica María Elizabeth Macías Castro, de 39 años, del movimiento Scalabriniano de Nuevo Laredo, Tamaulipas. Fue secuestrada y luego brutalmente asesinada y mutilada. La comunicadora prestaba un servicio social a través de las Redes Sociales a favor de la comunidad de Nuevo Laredo, motivo por el cual un grupo delincuentes del crimen organizado truncó su vida.

El Sacristán, Luis Miguel Islas de 54 años, se desempeñaba en al Iglesia del pueblo de “la Conchita”, de Zapotitlán, Delegación Tlahuac, Distrito Federal. Fue asesinado por 5 impactos de bala en la cabeza, por un sujeto que intento robarle la camioneta en que  trasportaba artículos religiosos. La policía ministerial confirmó, en primera instancia, que el ataque directo y certero apunta que fue en un intento de despojo de vehículo.

En el 2012, el P. Teodoro Mariscal Rivas asesinado de 45 años, originario de Tala, Jalisco, fue asesinado entre el 18 0 19 de septiembre. Se encontraron en su cuerpo indicios de tortura y asfixia. Se desconoce el móvil. Estaba a cargo de la iglesia de Santa Cecilia en Mochicahui, Sinaloa.

El P. Gerardo Ávila, de 64 años, asesinado el 28 de enero. Párroco de la iglesia de la Inmaculada Concepción, en Villas de la Hacienda en Atizapán, se encontraron en su cuerpo indicios de tortura. Autoridades locales señalan al robo como móvil.

El P. Victor Manuel Diosdado Ríos, Diócesis de Apatzingán, su trabajo pastoral incomodó a varios criminales, lo que costó la vida.

El Sacristán Laico, Miguel Ángel López, de 45 años, fue asesinado  con arma punzo cortante, al interior de la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes el 23 de enero de 2012. El evento trágico fue perpetrado en la iglesia ubicada en el barrio de Tierra Blanca, de la Arquidiócesis de Durango. Según las investigaciones, el sacristán fue tomado por sorpresa, su agresor lo atacó por la espalda. Las investigaciones continúan para confirmar la causa del homicidio.

En  el 2013, el P. José Flores Preciado fue asesinado el 5 de febrero dentro del templo de Cristo Rey en Colima, murió en el hospital. Los delincuentes arribaron el templo Cristo Rey cerca de las 11 de la noche del martes para asaltar el templo, pero se percataron que aún se encontraba el sacerdote en el lugar, quien se encontraba dormido, por lo que fue sometido y golpeado.

Flores Preciado quedó herido y con traumatismo craneoencefálico hasta que varios seminaristas llegaron al lugar, después de más de una hora, y pidieron auxilio a las autoridades, más tarde vendría su fallecimiento en el Hospital Regional Universitario, a donde había sido trasladado para recibir atención médica.

El P. Ignacio Cortez Álvarez fue asesinado el 22 de julio. La Procuraduría General de Justicia de Baja California, informó que el móvil fue robo con violencia. El padre era responsable de la parroquia María Auxiliadora en el municipio de Ensenada.

El P. Hipólito Villalobos Lima, de 45 años, y el vicario P.Nicolás De la Cruz Martínez, de 31 años,  fueron encontrados muertos en la Parroquia de San Cristóbal, en el municipio de Ixhuatlán de Madero, en el estado de Veracruz el 29 de noviembre.  La diócesis de Tuxpan dice que la zona es controlada por cártel de Jalisco Nueva Generación y Los Zetas.
P. Joel Román Salazar, de la Diócesis de Ciudad Altamirano, Guerrero, muerte repentina porque fue despeñado en su vehÍculo con premeditación , alevosía y ventaja. Falleció el 10 de diciembre de 2013.

En el 2014, el Misionero P. John Ssenyando de origen Ugandés, trabajaba en la Diócesis de Chilpancingo- Chilapa, Guerrero. Fue levantado y secuestrado en el poblado de Nejada, Guerrero, el 30 de abril de 2014. Fue encontrado en fosa común, el 28 de Octubre de 2014 en la comunidad de Cocula, Guerrero.

El P. José Ascención Acuña Osorio, de 37 años de edad, levantado y secuestrado el 21 de Septiembre de 2014, fue encontrado en el río Balsas, el 23 de Septiembre, muy cerca del pueblo de Santa Cruz de Las Tinajas, en el municipio de San Miguel Totolapan (región de Tierra Caliente de Guerrero).

El P. Rolando Martínez Lara, párroco del templo de Santa María de Guadalupe, Canalejas, Jilotepec estado de México; fue objeto de un robo a parroquia perpetrado el crimen contra el sacerdote, durante la madrugada del miércoles 19 de febrero de 2014.

Nicolás Carrillo Vargas, laico quien acompañaba en calidad chofer al Sacerdote José Damián Hernández Veloz, párroco de Villa Nicolás, Diócesis de Ciudad Altamirano, Guerrero. El Padre José Damián Hernández Veloz, logró sobrevivir a tiroteo, luego de intento fallido de secuestro, cuando fueron sorprendidos el 20 de febrero de 2014, al circular cerca de San Antonio de los Libres, municipio de Ajuchitlán del Progreso, Guerrero.

Finalmente, este 6 de abril de 2015, es asesinado entre Salvatierra y Tarimoro, irónicamente de donde era nativo el Cardenal Posadas, el padre Francisco Javier Gutiérrez.

Señala Rangel que “la Iglesia Católica en México confronta serias dificultades para ejercer la propagación del Evangelio en distintas zonas geográficas del país, además se siente profundamente golpeada e indignada ante la violencia contra sus hijos cuya vida ha sido truncada”.
En alguno casoss, “los ataques contra religiosos tienen un fuerte olor a intolerancia. Son definitivamente rechazables todas esas agresiones, sobre todo, las que se llevan a cabo directamente en las parroquias, así como en la calle; lo que en algunos casos terminan en homicidios”.
 En palabras del vocero de la diócesis de Matamoros, Pbro. Alan Camargo, “cuando asesinan a un sacerdote se lastima a la comunidad, se lastima a la Iglesia y se lastima a la sociedad, porque es un líder que está al servicio de la gente”.

“En suma, los casos de homicidios contra sacerdotes y laicos ocurridos en México durante 1990 y 2014, ponen el dedo en la llaga, al señalar que poco se ha hecho por esclarecer los magnicidios de sacerdotes, religiosos y laicos caídos en cumplimiento de su ministerio sacerdotal. Aún estamos a tiempo de corregir el fenómeno; por ello, urgen reformas para proteger a los religiosos de México, cualesquiera sea su denominación o credo”,finalizó.

¿que es un Consistorio?

El Consistorio.

Un consistorio papal es la asamblea de los cardenales en torno al Papa y recuerda el “consistorium principis” del Imperio Romano. Hay consistorios públicos (publica) o extraordinarios y secretos (secreta) u ordinarios. Los consistorios semipúblicos son una combinación de consistorio público y secreto.

A los consistorios públicos asisten no solamente los cardenales sino también obispos, prelados, príncipes y embajadores ante la corte papal presentes en Roma. Esos consistorios son convocados para imponer el capelo cardenalicio a los nuevos cardenales, o para concluir solemnemente las canonizaciones, o para dar audiencia pública a los soberanos y sus embajadores. Los consistorios secretos son mucho más importantes. Como se dijo más arriba, durante la Edad Media en ellos se decidían los numerosos asuntos judiciales que llegaban ante la Sede Apostólica. Inocencio III sostenía tales consistorios tres veces por semana.

Al ser transferidos sus funciones judiciales a las grandes oficinas curiales, especialmente a la Rota y a las congregaciones romanas, los consistorios se hicieron cada vez menos frecuentes. Bajo Inocencio XI (+ 1689) se celebraban mensualmente.

Hoy día los consistorios secretos son convocados raramente, con intervalos de varios meses y tratan muy pocos asuntos. En ellos se tratan los siguientes asuntos, que requieren del consejo de los cardenales: la creación, o sea el nombramiento propiamente dicho, de los nuevos cardenales; la publicación de los nombres reservados in petto; el otorgamiento de las insignias cardenalicias, exceptuado el capelo; la apertura y el cierre de la boca; el establecimiento de patriarcas, metropolitanos y obispos, y el nombramiento de obispos titulares que no pertenecen a territorios de misión; la transferencia de obispos; el otorgamiento del palio a los arzobispos; la creación, división y unión de diócesis; la institución de abades cuyas abadías están bajo la Santa Sede; el nombramiento del camarlengo y del vice canciller de la Iglesia Romana; la elección y envío de cardenales como “legati a latere”; la conclusión de concordatos, consultas sobre diferencias y conflictos entre la Iglesia y el Estado. La norma general, sin embargo, es que el consistorio únicamente es convocado para informar a los cardenales, a través de una alocución, del estado que guardan algunos asuntos importantes relativos a la Iglesia y al Estado, o para darles a conocer la opinión del Papa. Tales alocuciones tienen como destino la Iglesia entera, y por lo mismo se publican en los órganos eclesiásticos.

A la muerte del Pontífice (sede vacante), los deberes del Colegio de Cardenales difieren de los que les competen durante la vida de aquél (sede plena). En los primeros tiempos, el gobierno de la Iglesia Romana era desempeñado por el presbyterium o clero presbiteral, según lo sabemos a través de una carta dirigida por ese cuerpo a San Cipriano de Cartago luego de la muerte del Papa Fabián en 250.

A partir del siglo VI la Sede Apostólica era representada por el arcipreste, el archidiácono y el “primicerius notariorum” (notario en jefe), en su carácter de “locum servantes Apostolicae Sedis” (Liber Diurnus, ed. Th. Sickel, Viena, 1889, Formula LIX). Después de que llegó a su pleno desarrollo la autoridad del Colegio Cardenalicio, según se describió más arriba, éste comenzó a ejercerla en una variedad de modos. Algunos canonistas llegaron a sostener que durante la vacante de la Sede Apostólica el Colegio de Cardenales tenía la plenitud de las prerrogativas papales. El Colegio ejercitaba su autoridad fundamentalmente de dos maneras: en la administración de los territorios de la Iglesia y en la elección del nuevo Papa. (Debe hacerse notar que el artículo 6 de la Ley Italiana de Garantías, del 13 de mayo de 1871, garantiza la total libertad de los cardenales en la elección papal). La bula “Ubi periculum” de Gregorio X, referente a la elecciones papales, que fue promulgada en el Concilio de Lyon (1274), confinaba a los cardenales al ejercicio del poder ya mencionado. Entre otras cosas decía: “”Iidem quoque cardinales accelerandæ provisioni sic vacent attentius, quod se nequâquam de alio negotio intromittant, nisi forsan necessitas adeo urgens incideret, quod eos oporteret de terrâ ipsius ecclesiæ defendendâ vel eius parte aliqua providere, vel nisi aliquod tam grande et tam evidens periculum immuneret quod omnibus et singulis cardinalibus præsentibus videretur illi celeriter occurrendum”.

En otras palabras, el Papa ordena a los cardenales que se den prisa con la elección y que no permitan que nada los distraiga de esa tarea, excepto, claro, alguna necesidad urgente, por ejemplo: la defensa de los territorios de la Iglesia o una parte de ellos, o algún peligro tan grande y evidente que todos los cardenales presentes consideraran necesario enfrentar inmediatamente.

La ley vigente al presente (al tiempo de escribirse el presente artículo) está basada en la Constitución “In eligendis” de Pio IV (9 de octubre, 1562). Esa constitución ordena que, de acuerdo a la antigua tradición (evidentemente muy relacionada con la administración interina descrita arriba, realizada por el arcipreste, el archidiácono y el jefe de notarios) la administración de los territorios de la Iglesia será confiada al Colegio Cardenalicio del siguiente modo: El cardenal camarlengo (della Santa Romana Chiesa) y otros tres (un cardenal obispo, un cardenal presbítero y un cardenal diácono, llamados “capita ordinum”) se harán cargo de todos los asuntos pendientes. Durante el cónclave, sin embargo, cada tercer día los capita ordinum serán sustituidos por otros según el orden de antigüedad. Esos cardenales no poseen jurisdicción papal: no pueden emitir leyes, ni modificar el sistema de elecciones papales, ni crear cardenales u obispos; no pueden conferir comisiones a cardenales legados. Mas sí podían, en caso de algún peligro grave que hiciera peligrar la Iglesia, pedir un voto secreto que, de resultar mayoritario, les autorizara a establecer los medios necesarios para enfrentar la situación, o emitir normas temporales para las diócesis particulares y ordenar que se hicieran oraciones públicas. En el caso de que muriera el cardenal camarlengo, el cardenal gran penitenciario, y los penitenciarios individualmente, podían tomar su lugar durante el período de sede vacante.
No existen provisiones canónicas que regulen la autoridad del Colegio de Cardenales “sede romana impedita”, o sea, en caso de que el Papa perdiera la razón, o cayera en la herejía. En tal circunstancia sería necesario seguir los dictados de la recta razón y las enseñanzas de la historia.

Derechos de los Cardenales

A las múltiples obligaciones de los cardenales corresponden muy amplios derechos. De forma muy especial disfrutan del “privilegium fori”, o derecho a una corte y a jueces eclesiásticos; el Papa es su único juez, y sólo él los puede deponer.

 Ya no se acepta la norma de que, para condenar a un clérigo, se requerían 72, 44 ó 27 testigos, según que se tratara de un obispo, sacerdote o diácono. Los Estados modernos no reconocen el privilegium foris ni siquiera de los cardenales. En tiempos recientes, algunos han tenido que comparecer ante los tribunales civiles de Roma.

Una acusación artera en contra, lesiones o prisión de un cardenal son reputados como traición (crimen laesae majestatis). No sólo los autores principales, sino también aquellos responsables intelectualmente del delito (los conspiradores, los ejecutores y los colaboradores), y sus descendientes varones incurren en pena canónica de infamia, confiscación, pérdida de derechos testamentarios y puestos civiles, y, claro, excomunión.

Aparte de la excomunión, tales penas son difícilmente aplicables hoy día. De acuerdo con el desarrollo histórico de su función, los cardenales obtenían lugar y voto en los concilios generales. Solamente ellos pueden ser enviados al extranjero como legados a latere. Tienen todos los privilegios de los obispos. Las normas coercitivas, como censuras, canónicas o de otro tipo, únicamente se aplica a los cardenales cuando quede así estipulado positivamente .

Pueden escoger confesor en cualquier diócesis, pero este último debe contar con la aprobación de su obispo .

Al igual que los obispos, ellos tienen derecho a tener una capilla doméstica y están facultados para utilizar altares portátiles . Ejercen autoridad cuasi episcopal en sus iglesias titulares, o sea, pueden usar sus ornamentos episcopales (pontificalia), otorgar bendiciones episcopales y promulgar indulgencias de hasta 200 días . Pueden conferir la tonsura y las órdenes menores (que quedaron abolidas o reformadas en la nueva legislación canónica y litúrgica del Concilio Vaticano II) a los miembros de sus familias eclesiásticas y a personas incardinadas a sus iglesias titulares. Durante su estancia en Roma pueden disfrutar de los beneficios de sus iglesias titulares.

Pueden visitar, pero sin autoridad judicial, sus iglesias propias y ejercer en ellas autoridad correctiva y disciplinaria . Si un cardenal es promovido al episcopado, se omite el procedimiento común de información, y no está obligado a emitir el juramento acostumbrado, ni está obligado a pagar los gastos curiales acostumbrados conocidos como “taxae” . Cada cardenal residente en Roma tiene derecho a un ingreso de 4,000 scudi (cerca de $4,000.00 US Dlls, de la época en que se escribió este artículo).

Esto se conoce como “piatto cardinalicio” o medio ordinario de subsistencia. Si el ingreso ordinario de un cardenal no le produce suficiente, la tesorería papal cubre el faltante. También se le asignan iglesias para su sostenimiento, como abades comendatorios.

También son numerosos los derechos honorarios de los cardenales. Siguen inmediatamente al Papa y anteceden a cualquier otro dignatario de la Iglesia. En su carácter de príncipes romanos van inmediatamente después del soberano reinante, y están en el mismo rango que los príncipes de las casas reinantes . Los cardenales de las casas reinantes son los únicos que mantienen los títulos nobiliarios que hayan heredado y sus escudos de armas familiares, pero sin la corona y con el capelo cardenalicio y las quince borlas. . (Los papas del siglo XX han puesto cuidado en ordenar que la ropa, los títulos, la etiqueta y rituales, los escudos de armas de los cardenales se simplifiquen de acuerdo a los tiempos modernos.).

El título de cardenal es exclusivo de ellos y se les llama con el título de Eminencia, Eminentísimo (Su Eminencia), título originalmente utilizado para dirigirse a los príncipes electores eclesiásticos de Alemania, y, en la actualidad, al Gran Maestre de los Caballeros de San Juan. Urbano VIII les ordenó (10 de junio, 1630) que cesasen su correspondencia con cualquier soberano que les negase ese título. Hay que hacer notar que la legislación de algunos países reconoce el alto rango de los cardenales.

Entre las insignias cardenalicias destaca el sombrero rojo, el capelo, usado primero por los legati a latere (cardenales enviados por el Papa). Se les otorgó a los cardenales seculares por Inocencio IV en el Sínodo de Lyons en 1245, y a los cardenales religiosos por Gregorio XIV en 1591. Estos últimos, vale la pena señalarlo, seguían utilizando los hábitos de las órdenes a las que pertenecían (Barmgarten, “Die Uebersendung des rothen Hutes” en “Hist. Jahrbuch”, XXVI, 99 ss). También usan la birreta escarlata que les fue otorgada, probablemente, por Pablo II (1464-1471). Tienen derecho a vestir ropa escarlata, especialmente un manto escarlata, que, dice la tradición, les fue otorgado por Bonifacio VIII (1294-1303). Portan un anillo adornado con un zafiro, y alguien sostiene un “ombrellino” (pequeña sombrilla) cada vez que deben dejar sus coches para acompañar al Santísimo Sacramento con la cabeza descubierta, si por casualidad lo encuentran al desplazarse a algún lugar. Un baldaquín cubre la silla cardenalicia en sus iglesias titulares y tienen autorización para usar ornamentos episcopales en esas iglesias: la mitra de seda damasquina (desde Pablo II), el báculo y la cruz pectoral. También imparten la “benedictio solemnis” según el rito episcopal. Con su decreto del 24 de mayo de 1905, Pío X autorizó a los cardenales presbíteros y cardenales diáconos que llevaran siempre la cruz pectoral, incluso en presencia del Papa (Acta Sanctae Sedis”, XXXVII, 681; Sägmüller, “Die Tätigkeit und Stellung der Kardinäle”, 149 ss.). Durante el período de sede vacante, el color de la vestimenta cardenalicia cambia a azafrán (J. M. Suaresius, Dissert. de croceâ cardinalium veste, Roma, 1670). (Cfr. N.T. anterior, en referencia a ropa, títulos, escudos de armas y otras tradiciones honoríficas de los cardenales. N.T.)

El Colegio Cardenalicio

Como ya se explicó, los cardenales son un cuerpo, un colegio al estilo de los capítulos catedralicios. Cuando estos últimos dejaron de tener la “vita canonica” o vida en común, se transformaron en cuerpos reconocidos por el derecho canónico, que administraban sus bienes libremente, realizaban reuniones capitulares, con autonomía, autoridad disciplinaria, y derecho para utilizar un sello. Los miembros del capítulo (capitulares, canónigos), eran los únicos consejeros de los obispos y eso ayudó a cimentar su posición, uniéndolos frente al resto del clero de las catedrales, sobre todo porque el derecho de los capitulares a gobernar la diócesis (en parte a través de la asesoría, o “consilium” y en parte del consenso, “consensus”), era algo constitucional y reconocido en el derecho canónico. Los capítulos de las catedrales llegaron a su máximo desarrollo como corporaciones a principios del siglo XIII, cuando obtuvieron los derechos exclusivos de las elecciones episcopales. En igual forma, los cardenales obispos, sacerdotes y diáconos llegaron a constituir un cuerpo, sobre todo por el hecho de que desde Alejandro III (1159-1181) tuvieron derecho exclusivo a elegir al Papa, de ayudarlo en la Misa, y de ser sus consejeros en asuntos importantes. Desde 1150 el cuerpo de cardenales fue adquiriendo reconocimiento como colegio, a través del uso ocasional de algunos sinónimos tales como universitas, conventus, coetus, capitulum. El decano, o líder del Colegio de Cardenales es el obispo de Ostia; el vicedecano, el de Porto. El decano es el sucesor del antiguo arcipreste, el primero entre los cardenales presbíteros, conocido desde el siglo XII como “prior cardinalium presbyterarum”. El también es hasta cierto punto el sucesor del archidiácono, conocido desde el siglo XIII como “prior diaconarum cardinalium”.

El archipresbítero era el asistente inmediato del Papa en las celebraciones eclesiásticas. El archidiácono, supervisor de la disciplina del clero romano y administrador de las posesiones de la Iglesia romana, era, después del Papa, la personalidad más importante en la corte papal. Durante la sede vacante, como ya se dijo, ambos, el archipresbítero y el archidiácono, unidos al notario en jefe (primicerius notariorum), gobernaban la Sede Apostólica. Cuando posteriormente los cardenales se transformaron en un cuerpo que incluía obispos en sus filas, uno de los obispos debía naturalmente asumir el liderazgo, y no podía ser otro que el obispo de Ostia, cuyo derecho inmemorial incluía el portar el palio durante la consagración del Papa recién elegido, en el caso de que éste aún no fuera obispo, y sobre él recayó después el derecho de ungir al emperador de Roma, y de sentarse en el primer sitio después del Papa en los concilios generales. Es deber del decano, en cuanto cabeza del Colegio, convocar al mismo y dirigir sus deliberaciones, y a representarlo en el extranjero.

Por su carácter de persona legal, el Colegio de Cardenales tiene sus propios ingresos, administrados por el camarlengo (camerarius), que es elegido de entre sus miembros (no se le debe confundir con el cardenal camarlengo, administrador de los territorios papales), y que es en cierto modo el sucesor del archidiácono o “prior diaconorum cardinalium”. En la Edad Media eran bastante considerables los ingresos del Colegio de Cardenales. Como grupo, tenían derecho a participar del dinero que ingresaba a la tesorería papal en tales ocasiones como la imposición del palio, confirmación de obispos, y de parte de naciones y reinos que reconocían la soberanía o protección de la Santa Sede. Fue por ello que, desde el siglo XIII los cardenales tuvieron su propia tesorería (F. Schneider, “Zur älteren päpstlichen Finanzgeschichte” en “Quellen und Forschungen aus italien. Archiv und Bibl.”, IX, 1 ss.). Nicolás IV otorgó al Colegio Cardenalicio (julio 18, 1289) la mitad de los ingresos de la tesorería de la Sede Apostólica, o sea los impuestos del palio, las tarifas de la confirmación de los obispos (servilit communio), el “census” o tributo pagado por los países súbditos del Papa, el óbolo de San Pedro, los derechos de visita (pagado por los obispos en su “visitatio ad limina Apostolorum)- las visitas a Roma que deben hacer periódicamente los arzobispos, obispos inmediatamente dependientes de la Santa Sede o confirmados y consagrados por el Papa, y los abades libres de jurisdicción episcopal e inmediatamente sujetos a la Santa Sede-, además de otras fuentes de ingreso. (J. P. Kirsch, “Die Finanzverwaltung des Kardinalkollegiums im 13. und 14. Jahrhundert”, Münster, 1895); Baumgarten, “Untersuchungen und Urkunden über die Camera collegii cardinalium für die Zeit von 1295-1437″, Leipzig, 1889; A. Gottlob, Die Servitientaxe im 13. Jahrhundert”, Stuttgart, 1905; E. Göller, “Der Liber taxarum der päpstlichen Kammer”, Roma, 1905). El ingreso común del Colegio de Cardenales es considerable, y ello explica que el “rotulus cardenalicius”, o dividendo que se paga anualmente a los cardenales residentes en Roma, sea comparativamente pequeño.

La precedencia o rango de los cardenales está reglamentada según los tres órdenes descritos arriba, y por su antigüedad en cada uno de ellos. Sin embargo, en el orden de los cardenales obispos, la antigüedad no se rige por su entrada al cuerpo cardenalicio, sino por la fecha de la consagración episcopal.

Según una antigua tradición que data del siglo XIII, los cardenales residentes en Roma disfrutan de lo que se llama “jus optionis”, o derecho de opción. Esto significa que cuando queda vacante una sede cardenalicia, el cardenal que siga en rango de antigüedad puede optar por esa sede. De ese modo el más antiguo de los cardenales obispos puede elegir el puesto de decano del Colegio, y se convierte, automáticamente, en obispo de Ostia, habida cuenta que por la tradición el decano del Colegio Cardenalicio es siempre obispo de esa ciudad. (Se ha modificado el “ius optionis” en tiempos modernos, a través de documentos como “Ad suburbicarias dioceses”, 1961, de Juan XXIII, y “Sacro Cardinalium Consilium” 1965, de Pablo VI, Cfr. artículos 349 y siguientes del Código de Derecho Canónico, promulgado por Juan Pablo II, 1986.).

Empero, y en vistas al provecho de sus diócesis, y aparte de las sedes episcopales de Ostia y Porto, los cardenales obispos solamente pueden hacer esa elección una vez. El jus optionis también se acostumbra en las otras dos órdenes, tanto en el ámbito de las mismas como entre ellas, si se poseen las necesarias calificaciones para ascender al siguiente orden. Un cardenal diácono, que tuviese ya diez años en el Sagrado Colegio, tendría más derecho a ejercer el ius optionis que un cardenal presbítero de menor antigüedad, con la condición de que queden por lo menos diez cardenales diáconos en el Colegio.

(A quienes tengan especial interés en el tema de los cardenales de la Iglesia Católica, se recomienda altamente “The Cardinals of the Holy Roman Church”, de Salvador Miranda, en http://www.fiu.edu/~mirandas/cardinal.htm , de Florida International University. Es un sitio excelente.. N.T.)</div>

El título de Cardenal fue reconocido por primera vez durante el pontificado de Silvestre I (314-335). El término viene de la palabra latina cardo, que significa “bisagra”. La creación de cardenales se lleva a cabo por decreto del Romano Pontífice a quienes elige para ser sus principales colaboradores y asistentes.

Al principio, el título de Cardenal se atribuía genéricamente a las personas al servicio de una iglesia o diaconía, reservándolo más tarde a los responsables de las Iglesias titulares de Roma y de las iglesias más importantes de Italia y del extranjero. Desde tiempos del Papa Nicolás II en 1059 y gradualmente hasta 1438 con el Papa Eugenio IV, este título adquirió el prestigio que lo caracteriza hoy.

El Colegio Cardenalicio fue instituido en su forma actual en 1150: cuenta con un Decano -el Obispo de Ostia, que conserva la Iglesia que tenía antes en título-, y un Camarlengo, que administra los bienes de la Iglesia cuando la Sede de Pedro está vacante. El Decano se elige de entre los cardenales del orden episcopal que tienen el título de una Iglesia suburbicaria (canon 352, par.2) -las siete diócesis más cerca de Roma (Albano, Frascati, Ostia, Palestrina, Porto-Santa Ruffina y Velletri-Segni).

Los cánones 349 a 359 describen las responsabilidades del Colegio.

El canon 349 afirma: “Los Cardenales de la Santa Iglesia Romana constituyen un Colegio especial cuya responsabilidad es proveer a la elección del Romano Pontífice, de acuerdo con la norma del derecho peculiar; asimismo, los Cardenales asisten al Romano Pontífice, tanto colegialmente -cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia-, como personalmente, mediante las distintas funciones que desempeñan, ayudando sobre todo al Papa en su gobierno cotidiano de la Iglesia universal”.

El número de los Cardenales varió hasta casi finales del siglo XVI y siguió creciendo al ritmo de los sucesivos desarrollos de los asuntos de la Iglesia. Los Concilios de Constanza (1414-18) y Basilea (1431-37), limitaron el número a 24. Pero en tiempos de Pablo IV (1555-59), el número aumentó a 70 y después a 76 bajo Pío IV (1559-65). Sixto V, con la Constitución ‘Postquam verus’ de diciembre de 1586, fijó el número de cardenales a 70.

Pero este número volvió a aumentar hasta alcanzar 144, tras el Consistorio de marzo de 1973. Pablo VI, en el Motu proprio “Ad purpuratorum patrum” del 11 de febrero de 1965, extendió el Colegio Cardenalicio para incluir a los Patriarcas orientales. “Los Patriarcas orientales que forman parte del Colegio de los Cardenales tienen como título su sede patriarcal” (canon 350, par.3).

El canon 350, par. 1 afirma: “El Colegio Cardenalicio se divide en tres órdenes: el episcopal -al que pertenecen los Cardenales a quienes el Romano Pontífice asigna como título una Iglesia suburbicaria y los Patriarcas orientales adscritos al Colegio Cardenalicio-, el presbiteral y el diaconal”.

El Colegio Cardenalicio se internacionalizado notablemente en los últimos 30 años. Los requisitos para ser elegidos son, más o menos, los mismos que estableció el Concilio de Trento en su sesión XXIV del 11 de noviembre de 1563: hombres que han recibido la ordenación sacerdotal y se distinguen por su doctrina, piedad y prudencia en el desempeño de sus deberes.

Como consejeros del Papa, los cardenales actúan colegialmente con él a través de los Consistorios, que convoca el Romano Pontífice y se desarrollan bajo su presidencia. Los Consistorios pueden ser ordinarios o extraordinarios. En el Consistorio ordinario se reúnen los cardenales presentes en Roma, otros obispos, sacerdotes e invitados especiales. El Papa convoca estos Consistorios para hacer alguna consulta sobre cuestiones importantes o para dar solemnidad especial a algunas celebraciones. Al Consistorio extraordinario son llamados todos los cardenales y se celebra cuando lo requieren algunas necesidades especiales de la Iglesia o asuntos de mayor gravedad.

Desde 1059, los Cardenales han sido los únicos electores del Papa a quien eligen en cónclave, siguiendo las últimas orientaciones de la Constitución Apostólica de Juan Pablo II “Universi Dominici Gregis”, del 22 de febrero de 1996. Durante el período de “sede vacante” -de la Sede Apostólica-, el Colegio Cardenalicio desempeña una importante función en el gobierno general de la Iglesia y, tras los Pactos Lateranenses de 1929, también en el gobierno del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Cargos del Colegio Cardenalicio

Decano: Card. Angelo Sodano (Italia)
Vice-Decano: Card. Roger Etchegaray (Francia)
Protodiácono: Card. Jean Louis Tauran (Francia)
Camarlengo: Card. Tarsicio Bertone (Italia)
Secretario: Mons. Lorenzo Baldisseri (Italia)
Títulos de las Iglesias Suburbicarias

Titular de la Iglesia Suburbicaria de Ostia: Card. Angelo Sodano.
Titular de la Iglesia Suburbicaria de Albano: Card. Angelo Sodano.
Titular de la Iglesia Suburbicaria de Frascati: Card. Tarcisio Bertone.
Titular de la Iglesia Suburbicaria de Palestrina: Card. Bernardin Gantin.
Titular de la Iglesia Surburbicaria de Porto-Santa Rufina: Card. Roger Etchegaray.
Titular de la Iglesia Suburbicaria de Sabina-Poggio Mirteto: Card. Giovanni Battista Re.
Titular de la Iglesia Suburbicaria de Velletri-Segni: Card. Francis Arinze.

¿que es un cardenal?

Dignatario de la Iglesia romana y consejero del Papa. Originalmente el término “cardenal” (cardinalis) se refería a cualquier sacerdote vinculado permanentemente a una iglesia, a cualquier clérigo, ya “intitulatus”, ya “incardinatus” (intitulado o incardinado).

Luego se convirtió el término usual para indicar a todo sacerdote que perteneciese a una iglesia catedral, como un cardo (gozne, eje sobre el que algo gira, en latín) eclesiástico. Finalmente, llegó a ser equivalente a principal, excelente, superior, y es en ese sentido que lo usa san Agustín.

El origen, desarrollo y transformaciones de ese oficio serán tratados del siguiente modo:

Cardenales Presbíteros

Hasta ya entrada la Edad Media el título de cardenal se otorgaba a sacerdotes prominentes de iglesias importantes, v.gr. Constantinopla, Ravena, Nápoles, Siena, Trier, Magdeburgo y Colonia. Siguiendo esta tradición encontramos el término “cardenal” aplicado en Roma, a partir del fin del siglo V, a los sacerdotes permanentemente vinculados a los (veinticuatro o veintiocho) títulos romanos, o cuasi parroquias (cuasi diócesis), pertenecientes a la iglesia del obispo de Roma, el Papa- o sea, a la iglesia “cardo” por excelencia- en las que se administraban los sacramentos del bautismo y la penitencia, y que frecuentemente se conocían como “tituli cardinales”. El “Liber Pontificalis” describe de la siguiente manera el sistema cuasi parroquial de la antigua Roma: “”Hic titulos in urbe Roma divisit presbyteris …”, y luego: “Hic presbyteris ecclesias dedit et cymeteria et paroccias diocesis constituit”. Y en otra parte: “XXV titulos in urbe Româ constituit quasi diocesis propter baptismum et pœnitentiam multorum qui convertebantur ex paganis et propter sepulturas martyrum”.

En otras palabras, se atribuye a los papas de los siglos II y III la división eclesiástica de la ciudad con motivos pastorales. Tal división, poco posible en tiempos de la persecución, más bien queda atestiguada hacia fines del sigo V por las firmas de los presbíteros romanos presentes en el Concilio de Roma, en 499, en el pontificado de Símaco. Desde entonces esos presbíteros fueron conocidos como cardenales.

Sin embargo, no todos los sacerdotes de las parroquias titulares eran reconocidos como cardenales. Atendiendo al uso que entonces se daba a “cardenal”, o sea, equivalente a “principal” (ver más arriba), únicamente los primeros sacerdotes de cada iglesia- o sea los arciprestes- eran llamados con ese nombre. Según la constitución de Juan VIII, publicada entre 873 y 882, esos cardenales (presbiteri cardinales) eran los supervisores de la disciplina eclesiástica de Roma, así como jueces eclesiásticos. En la constitución “De iure cardinalium” se lee: “Itemque ex nostrâ præsenti constitutione his in mense vel eo amplius vel apud illum vel illum titulum sive apud illam vel illam diaconiam sive apud alias quasilibet ecclesias vos convenire mandamus, et ob vestram et inferiorum clericorum vitam et mores et qualitates et habitus vestium perscrutandum et qualiter quilibet præpositi se erga subditos habeant vel quod subditi suis præpositis non obediant et ad quæque illicita amputanda, clericorum quoque et laicorum querimonias, quæ ad nostrum judicium pertinent, quantum fieri potest definiendas, quippe cum sicut nostram mansuetudinem Moysi, ita et vestram paternitatem LXX seniorum, qui sub eodem causarum negotia diiudicabant, vicissitudinem gerere, certum habeamus. Item monasteria abbatibus viduata et abbatum nostra præcedente conscientia substitutionem his, qui sunt inter vel fuerint monasticæ professionis, disponenda comittimus”.

En otras palabras, el Papa les manda reunirse por lo menos dos veces cada mes, en la iglesia propia o en otra, para analizar sus vidas y las del clero, las relaciones entre superiores e inferiores y, en general, cualquier violación a la ley. También para arreglar en la corte papal, hasta donde era posible, los conflictos entre clérigos y laicos.

El Papa, dice, es como Moisés en cuanto a humildad al gobernar, mientras que la administración de los cardenales recuerda el carácter paternal de los setenta ancianos que juzgaban bajo el control del patriarca. El Papa les confía también la administración de las abadías vacantes y la ocupación de los oficios sabáticos vacantes, pero nunca sin su consentimiento.

Además, en virtud de una decisión papal tan antigua como el reinado del Papa Simplicio (468-483), los cardenales presbíteros debían presidir los servicios divinos en las tres principales iglesias cementerios (San Pedro, San Pablo y San Lorenzo), y posteriormente en las mismas iglesias que habían sido elevadas al rango de patriarcales (con Santa María la Mayor).

A cada una de esas cuatro iglesias se le asignaron siete cardenales, con lo que sumaban veintiocho. Esto es lo que da a entender el “Liber Pontificalis” al decir: “Hic constituit ad sanctum Petrum apostolum et ad sanctum Laurentium martyrem ebdomadias, ut presbyteri manerent, propter penitentes et baptismum: regio III ad sanctum Laurentium, regio prima ad sanctum Paulum, regio VI vel septima ad sanctum Petrum”.

En el siglo XII tenemos una afirmación de Johannes Diaconus, en el capítulo dieciséis de su obra “De Ecclesia Lateranensi”  “Cardinales Sanctæ Mariæ Maioris sunt ii: SS. Apostolorum, S. Cyriaci in Thermas, S. Eusebii, S. Pudentianæ, S. Vitalis, SS. Marcellini et Petri, S. Clementis. Cardinales Sancti Petri sunt ii: S. Mariæ Transtiberim, S. Chrysogoni, S. Cæciliæ, S. Anastasiæ, S. Laurentii in Damaso, S. Marci, SS. Martini et Silvestri. Cardinales Sancti Pauli sunt ii: S. Sabinæ, S. Priscæ, S. Balbinæ, S. Balbinæ SS. Nerei et Achillei, S. Sixti, S. Marcelli, S. Susannæ. Cardinales Sancti Laurentii sunt ii: S. Praxedis, S. Petri ad Vincula, S. Laurentii in Lucina, S. Crucis in Jerusalem, S. Stephani in Cæliomonte, SS. Joannis et Pauli, SS. Quattuor Coronatorum”. El más anciano de estos cardenales presbíteros actuaba como su decano y se le conocía como archipresbítero (arcipreste), convertido en el principal e inmediato asistente del Papa en todas las celebraciones eclesiásticas. Ya para el siglo XII se le conocía como “prior cardinalium presbyterorum”

Cardenales Diáconos

Además del clero asignado a cada iglesia romana había en la ciudad un clérigo “regionario”, casi igual en antigüedad, que se llamaba así a causa de sus relaciones con las regiones eclesiásticas o barrios en los que se había dividido previamente la Roma cristiana, siguiendo el modelo de las regiones municipales. La ciudad se había dividido en siete regiones para el cuidado de los pobres, y cada una estaba al cuidado de un diácono. El “Liber Pontificalis” ubica esa división en siete regiones en la época de Clemente I, y afirma que fueron los papas Evaristo y Fabián quienes las encargaron a los diáconos. De Clemente I dice: “”Hic fecit VII regiones, dividit notariis fidelibus ecclesiæ, qui gestas martyrum sollicite et curiose, unusquisque per regionem suam, diligenter perquireret”, o sea, que él dividió la ciudad en siete regiones, y se las encargó al mismo número de notarios fieles de la Iglesia, con la obligación de recopilar diligentemente en cada región las actas de los mártires. De Evaristo (99-107?) se tiene lo siguiente: “Hic titulos in urbe Româ dividit presbyteris et VII diaconos ordinavit qui custodirent episcopum prædicantem, propter stilum veritatis”, lo que significa que dividió entre los sacerdotes los “títulos” de la ciudad de Roma, y ordenó a siete diáconos para que fueran testigos de la predicación del obispo. Es mucho más confiable la afirmación de la vida de Fabián (236-250): “Hic regiones dividit diaconibus et fecit VII subdiaconos, qui VII notariis immiterent, ut gestas martyrum in integro fideliter colligerent, et multas fabricas per cymeteria fieri præcipit”.
Eso quiere decir que él dividió las “regiones” entre los diáconos y creó siete subdiáconos, a los que colocó sobre los notarios, de modo que éstos pudieran recopilar fielmente los hechos de los mártires. También ordenó que se construyeran muchos edificios en los cementerios. Fue de ese modo que en cada una de las regiones surgió un edificio (diaconia), cercano a alguna iglesia, en la que se acogía a los pobres. Estos diáconos regionales debían suscribir las actas de los sínodos romanos y otros documentos en su carácter de “diaconi ecclesiae romanae”, diáconos de la Iglesia de Roma, a la que a veces se agregaba su propia región. Con ello dejaban en claro el carácter permanente de sus relaciones con la Iglesia del Obispo de Roma, y su obligación de asistirlo en las funciones litúrgicas. Fue por tanto natural que el término “cardenal” también llegara pronto a ser aplicado a los diáconos regionales (diaconi cardinales), sumándolos así a los ya mencionados 28 sacerdotes que formaban el círculo inmediato del Papa en las funciones eclesiásticas.

La división eclesiástica de las siete regiones de Roma desapareció en la Edad Media, a causa de las modificaciones de la topografía romana. Como consecuencia, los “diaconi cardinales” gradualmente dejaron de llevar los nombres de sus regiones. De éstas, únicamente conocemos su número, siete, consagrado por su antigüedad y su dignidad. A lo largo del tiempo, otras instituciones caritativas tomaron el lugar de las antiguas diaconías. Para fines del siglo VI, Gregorio Magno tenía dieciocho diáconos. Durante el pontificado de Benedicto II (684-685) encontramos las “diaconiae” de monasterios. Adrián I (772-795) fijó en dieciocho el número de las iglesias diaconales, y ese número no se modificó hasta el siglo XVI. Como resultado de ello, el número de cardenales diáconos quedó permanentemente fijo en dieciocho desde fines del siglo XI hasta el siglo XII. La razón principal del incremento de ese número fue la adición de seis diáconos palatinos y su archidiácono (conocido en la legislación actual de la Iglesia como “protodiácono”), funcionarios eclesiásticos cuya obligación era turnarse para auxiliar durante la semana en la Misa papal.
El ya mencionado Johannes Diaconus describe del siguiente modo la manera como los dieciocho cardenales diáconos ayudaban en la misa papal: “In quibusdam vero dominicis et festivis diebus sanctorumque præcipue sollemnitatibus quandoque sacerdos est regalis et imperialis episcopus, immo patriarcha; et idem apostolicus in supradicto sacratissimo altare Salvatoris huius Lateranensis basilicæ missam debet celebrare; et quando celebrat dominus papa sancti Petri vicarius … debet etiam ibi præsens esse archidiaconus cum sex diaconibus palatinis, qui in palatio legere debent evangelium et in basilicâ Lateranensi et alii duodecim diacones regionarii, qui solent evangelium legere in stationibus ecclesiarum Romæ constitutis. Isti decem et octo diaconi totidem ecclesias habent infra muros civitatis. Et tamen omnes sunt canonici patriarchalis basilicæ Lateranensis”, o sea, en ciertas solemnidades los obispos de rango superior celebran misa en el altar de la Basílica Laterana. Cuando el Papa celebra debían estar presentes, con el archidiácono, los seis diáconos palatinos, cuyo deber era leer el Evangelio en el palacio [papal] y en la basílica laterana, y también los doce diáconos regionarios (diácones regionarii), quienes debían leer el Evangelio en las iglesias estacionales de Roma. Estos dieciocho diáconos tenían una iglesia de Roma cada uno. Pero también eran, añade Johannes Diaconus, canónigos de la Basílica Laterana.
El líder de los cardenales diáconos era el archidiácono, también conocido como “prior diaconorum cardinalium”. En su calidad de supervisor de la disciplina eclesiástica en la ciudad, y responsable de las finanzas papales, él era, después del Papa, la persona más importante de la Iglesia romana en la temprana Edad Media.

Habida cuenta que, según lo dicho, el nombre de “cardenal” estaba vinculado con la participación y la cooperación en la Misa papal, o en las ceremonias eclesiásticas de las principales iglesias papales de Roma, no es de sorprender que, por analogía, incluso otros eclesiásticos romanos participantes en dichas ceremonias, inferiores en rango a los diáconos, llegaron a ostentar el título de cardenal. Se menciona frecuentemente a los cardenales subdiáconos, y hasta llegan a hacer aparición algunos cardenales acólitos. En los “Commentarius electionis Gregorii VII” se relata que los electores eran “Romanæ ecclesiæ cardinales clerici, acoliti, subdiaconi, diaconi, presbyteri”.

Cardenales Obispos

En el transcurso de los años y entre más se afianzaba la jefatura papal de la Iglesia, más se incrementaba también el volumen de asuntos temporales y eclesiásticos en Roma. Como consecuencia, los papas invitaron a algunos obispos vecinos para que los representaran en ciertas funciones episcopales y a ayudarlos con sus consejos. También comenzaron a observar la ampliamente difundida costumbre medieval de atender los asuntos más importantes en reuniones sinodales. El “Liber Pontificalis” dice de Esteban III (768-772): “Erat enim hisdem præfatus beatissimus præsul ecclesiæ traditionis observator. Hic statuit ut omni dominico die a septem episcopis cardinalibus ebdomadariis, qui in ecclesiâ Salvatoris observant, missarum sollemnia super altare beati Petri celebraretur et Gloria in excelsis Deo diceretur” (I, 478). O sea, el Papa, guardián diligente de la tradición, ordenó que cada misa solemne dominical debería ser celebrada sobre el altar de San Pedro, en la Basílica Laterana, por uno de los siete cardenales obispos en una ceremonia semanal, en la que se debía entonar el “Gloria in Excelsis”. Esta afirmación da por sentado que para el fin del siglo VIII la misa semanal de los cardenales obispos era ya una costumbre establecida. Por todo lo dicho se entiende bien que estos obispos también recibían el nombre de cardenales obispos. Aunque el número de cardenales obispos siempre ha sido de siete, sus sedes particulares no han gozado de la misma inmovilidad. (El número ha variado desde entonces. E incluso se ha incluido en ese orden a los patriarcas orientales.
Encontramos en la corte papal no sólo a los obispos de Ostia, Porto, Albano, Praeneste y Silva Candida, sino también a los obispos de Velletri, Gabii, Tivoli, Anagni, Nepi y Segni (Phillips, Kirchenrecht, VI, 178 ss.; Hinschius, Kirchenrecht, I, 324 ss.). No fue sino hasta el inicio del siglo XII que las diócesis cardenalicias fueron finalmente limitadas a las siete inmediatamente vecinas a Roma, y por lo mismo, suburbicarias: Ostia, Porto, Santa Rufina Silva Candida), Albano, Sabina, Tusculum (Frascati), Praeneste (Palestrina).
En el siglo XII, el número de sedes cardenalicias disminuyó cuando Calixto II unificó Santa Rufina (Silva Candida) con Porto, de modo que únicamente permanecieron seis. Por tanto, los cardenales de la Edad Media debían haber sido 53 ó 54. Sin embargo, como regla general, siempre había menos que ese número. En el siglo XIII ese número incluso llegó a disminuir considerablemente.

En el pontificado de Alejandro IV (1254-1261) sólo había siete cardenales. El número se incrementó durante el Cisma de Occidente, pues cada uno de los contendientes creó su propio colegio de cardenales. El Concilio de Constancia pidió que se fijara el número en 24.
El mismo número fue solicitado por el Concilio de Basle en 1436. En 1555 se logró un acuerdo entre Pablo IV y los cardenales, por el que su número quedó fijo en 40, pero ese acuerdo jamás fue cumplido. Por otra parte, Sixto V, por medio de sus aún válidas constituciones “Postquam verus” del 3 de diciembre de 1586, y “Religiosa sanctorum”, del 13 de abril de 1587, cerró el número de cardenales en setenta: seis cardenales obispos, 50 cardenales presbíteros y catorce cardenales diáconos, imitando a los setenta ancianos de Moisés, y declaró nulo e inválido cualquier nombramiento que excediera ese número.
De hecho, tales nombramientos no serían inválidos, y de hecho han sido realizados.

Diócesis cardenalicias, títulos y diaconías

Las actuales diócesis cardenalicias son : Ostia y Velletri, Porto y Santa Rufina, Albano, Frascati (Tusculum), Palestrina (Præneste) y Sabina. Los títulos cardenalicios son los siguientes (el texto original inglés conservó los siguientes nombres en italiano, por lo que parece mejor dejarlos en ese idioma, N.T.): S. Lorenzo in Lucina, S. Agnese fuori le mura, S. Agostino, S. Anastasia, SS. Andrea e Gregorio al Monte Celio, SS. XII Apostoli, S. Balbina, S. Bartolommeo all’Isola, S. Bernardo alle Terme, SS. Bonifacio ed Allessio, S. Calisto, S. Cæcilia, S. Clemente, S. Crisogono, S. Croce in Gerusalemme, S. Eusebio, S. Giovanni a Porta Latina, SS. Giovanni e Paolo, S. Girolamo degli Schiavoni, S. Lorenzo in Damaso, S. Lorenzo in Panisperna, SS. Marcellino e Pietro, S. Marcello, S. Marco, S. Maria degli Angeli, S. Maria della Pace, S. Maria della Scala, S. Maria della Vittoria, S. Maria del Popolo, S. Maria in Araceli, S. Maria in Cosmedin, S. Maria in Transpontina, S. Maria in Trastevere, S. Maria in Via, S. Maria sopra Minerva, S. Maria Nuova e S. Francesca Romana, SS. Nereo ed Achilleo, S. Onofrio, S. Pancrazio, S. Pietro in Montorio, S. Pietro in Vincoli, S. Prassede, S. Prisca, S. Pudenziana, SS. Quattro Coronati, SS. Quirico e Giulítta, S. Sabina, SS. Silvestro e Martino ai Monti, S. Silvestro in Capite, S. Sisto, S. Stefano al Monte Celio, S. Susanna, S. Tommaso in Parione, SS. Trinità al Monte Pincio, S. Vitale, SS. Gervasio e Protasio. Las diaconías cardenalicias son: S. Maria in Via Lata, S. Adriano al Foro Romano, S. Agata alla Suburra, S. Angelo in Pescheria, S. Cesareo in Palatio, SS. Cosma e Damiano, S. Eustachio, S. Giorgio in Velabro, S. Maria ad Martyres, S. Maria in Aquiro, S. Maria in Cosmedin, S. Maria in Dominica, S. Maria in Portico, S. Nicola in Carcere Tulliano, SS. Vito, Modesto e Crescenzio. Existen, empero, en total, setenta y cinco iglesias (6 + 53 + 16) disponibles para las tres órdenes de cardenales. (A lo largo de los años, y principalmente los papas de la última parte del siglo XX: Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II, han incrementado ese número considerablemente, N.T.). Como regla general, el número de cardenales acostumbraba sumar menos de setenta.

Relaciones de los cardenales con los obispos

De lo dicho arriba vemos que los cardenales, desde hace mucho tiempo, fueron asistentes del Papa en sus funciones litúrgicas, en el servicio a los pobres, en la administración de las finanzas papales, y en la discusión sinodal de asuntos importantes.
Sin embargo, luego del decreto “In nomine Domini”, de Nicolás II (1059), en el que se reglamentaban las elecciones papales, los cardenales adquirieron mucha mayor importancia. Según dicho documento, la elección del Papa y la administración de los asuntos de la Iglesia durante la vacante de la Sede Apostólica en gran medida cayeron en sus manos. Y luego de los Decretales de Alejandro III, “Licet de vitanda”, y del III Concilio Lateranense(1179), esas funciones pasaron a ser exclusivas de ellos (El Papa Juan Pablo II emitió la última reglamentación a ese respecto, a través de la Constitución Apostólica “Universi Dominici Gregis“, en 1996. La elección de su sucesor, Benedicto XVI, 2005, se realizó de acuerdo a dicha ordenanza. N.T.). La importancia cada vez mayor del clero “regional” y “palatino”, a partir de la mitad del siglo XII, paralela a la desaparición de los jueces palatinos, fue un detonador de la ampliación de la participación de los cardenales en la administración de la justicia papal y de sus finanzas, así como de los territorios de la Santa Sede y de la Iglesia. Podemos añadir a eso que, con la suspensión de los viajes papales a los diferentes países del cristianismo y de los sínodos romanos presididos por el Papa, los cardenales llegaron a ser los únicos consejeros y legados de los papas. De ahí que sus funciones eran equivalentes a las del sínodo permanente y de los “syncelli” de Constantinopla.

El sitio y la ocasión de estas múltiples actividades de los cardenales fue el consistorio, o sea, la reunión de los cardenales y el Papa. En él se tratan generalmente cuestiones de fe e importantes temas de disciplina: decisiones dogmáticas, canonizaciones, aprobación de las reglas de nuevas órdenes, asuntos de la antigua Inquisición (hoy día, Congregación para la Doctrina de la Fe, N.T.) y de las universidades, indulgencias para la Iglesia universal, modificaciones de las reglas para la elección papal, convocatoria para concilios generales, así como el nombramiento de misiones de legados y vicarios apostólicos. Además, en el consistorio se trataban toda clase de asuntos relativos a las diócesis y a los obispos, las así llamadas “causae majores par excellence”.
Entre ellas destacaban la creación, transferencia, división, reunión y supresión de diócesis, el nombramiento y confirmación de obispos, así como su transferencia, renuncia, cesión, suspensión, deposición y degradación. Fue en los consistorios donde se otorgaron a los monasterios tantos privilegios que los colocaron fuera de la jurisdicción episcopal y bajo la del Papa. Frecuentemente tenía lugar en ellos la confirmación de los abades y abadesas de los monasterios exentos. Antes del consistorio se trataban los asuntos importantes que surgían en relación con las propiedades de la Iglesia romana (bona ecclesiae romanae), los feudos papales, las cruzadas y asuntos políticos graves como la solución de elecciones reales en disputa, la aprobación de reyes recién electos y la deposición de príncipes. En las reuniones del consistorio, el cual sesionaba semanalmente en la Edad Media, los cardenales también ayudaban al Papa en la solución de una enormidad de denuncias penales. Por último, los cardenales también fueron puestos al frente de varias de las grandes oficinas de la Iglesia: en la cancillería se ubicó a un cardenal canciller, o mejor a un vice canciller; en la administración de los ingresos papales, a un cardenal camarlengo; en la dirección de la penitenciaría, a un cardenal penitenciario. Los cardenales eran igualmente grandes inquisidores y “rectores” de los estados papales. Otros eran enviados al extranjero como cardenales legados; otros, actuaban como protectores de naciones y órdenes religiosas.

Dada la posición del Papa y su íntima relación con los cardenales en forma individual, y al Colegio Cardenalico como tal, en ceremonias papales, elecciones papales, sínodos, consistorios, negociaciones diplomáticas, etc., es fácil entender porqué los cardenales, incluidos los presbíteros y diáconos, llegaron a tener mayor rango que los obispos y arzobispos, y, a partir del siglo XIV, incluso que los patriarcas, así como en Constantinopla los syncelli llegaron a superar a los obispos y arzobispos. Esta preeminencia fue el fruto de un lento y disparejo desarrollo. Los cardenales obispos fueron los primeros en superar en rango a otros obispos, después a los arzobispos y finalmente a los patriarcas. Pero como los cardenales formaban un colegio, y todos los miembros del colegio participaban igualmente de sus derechos, los cardenales presbíteros y los cardenales diáconos obtuvieron el mismo rango que los cardenales obispos, con el consentimiento de estos últimos. En la Edad Media se argumentó a veces que los cardenales eran sucesores de los Apóstoles al igual que los obispos y que su autoridad tenía origen divino. Se argumentó a favor de esta tesis citando el grupo de setenta ancianos de Moisés y Deuteronomio 17,8 ss., además de otros textos. León X, en su bula “Supernae”, del 5 de mayo de 1514, declaró que el colegio cardenalicio estaba en el rango inmediatamente inferior al Papa y que debía anteceder a todos los demás en la Iglesia (Bullar. Rom., V, 694 ss.). Claramente se indicó el rango superior de los cardenales cuando, luego de Alejandro III, los obispos y arzobispos se convirtieron en cardenales presbíteros y, aunque menos frecuentemente, en cardenales diáconos (Sägmüller, Die Tätigkeit und Stellung der Kardinäle, 193 ss.). Los cardenales estaban en el mismo nivel que los reyes y emperadores, a quienes llamaban “hermanos”, por ejemplo, el cardenal legado Rolando, en la Dieta de Besançon, en 1157. Fue por tanto natural que finalmente el nombre de cardenal, que para la tardía Edad Media era utilizado por los principales eclesiásticos de las iglesias más importantes, se debiera reservar para los cardenales romanos. Se dice que Pio V emitió un decreto en este sentido el 17 de febrero de 1567. Nunca hubo “cardenales por nacimiento” (cardinales nati), o sea, ningún otro oficio implicaba elevación automática a la dignidad de cardenal.

Relaciones de los cardenales con el Papa

En la Edad Media los cardenales intentaron más de una vez tener sobre el Papa la misma preeminencia de la que gozaban permanentemente sobre el episcopado. En otras palabras, intentaron convertir la forma monárquica de gobierno en una aristocracia. Esto fue el resultado de la costumbre papal de no tomar ninguna decisión importante sin tomar el consejo o consentimiento de los cardenales (de fratrum nostrorum consilio, de fratrum nostrorum consensu), y de las declaraciones papales en el sentido de que no podían actuar de otro modo. La conclusión que consecuentemente sacaban los canonistas, o los enemigos de los papas, era que éstos estaban obligados a gobernar de ese modo. Esto, además, se seguía del concepto entonces vigente de las corporaciones. Dicho concepto se aplicaba al Papa y a los cardenales al igual que a los obispos con sus capítulos; a la Ecclesia Romana y a cualquier otra iglesia catedral. Fue por eso que, durante los cónclaves, que con frecuencia duraban largo tiempo, los cardenales buscaban a veces obligar al Papa por medio de las “capitulaciones de elección”, parecidas a las obligaciones que sus capítulos les imponían a los nuevos obispos. También se oponían a la elección de nuevos cardenales; se aliaban (al menos en forma individual) con las fuerzas seculares en contra del Papa; sostenían que el Papa no podía abdicar sin su consentimiento, e incluso que ellos podían deponerlo, al menos convocando un concilio con ese objeto, como de hecho lo hicieron en Pisa en 1409 para poner fin al Cisma de Occidente. El Concilio de Basle decretó que era obligación de los cardenales, primero individualmente, luego como colegio, amonestar al Papa que no cumpliera sus obligaciones, o que actuara en forma indigna de su alta investidura.

Las primeras “capitulaciones de elección” se redactaron en el cónclave de 1352, y se repitieron en varias ocasiones, en especial durante el Cisma de Occidente, cuando los cardenales electores estaban motivados a obligar al futuro Papa a que hiciera todo lo posible para extinguir el cisma. Finalmente, Inocencio XII prohibió tales arreglos previos con la Constitución “Ecclesiae Catholicae” del 22 de septiembre de 1695. Ante tales actitudes de los cardenales, algunos papas se comportaron cautelosa y conciliatoriamente, y se les podría llamar “papas parlamentarios”, como Clemente VI. Otros, por el contrario, como Bonifacio VIII, resistieron justamente con mucha energía.

Nominación de los Cardenales

El Papa siempre ha sido, y continúa siendo, libre para elegir a los cardenales. Durante el Medievo, según cuenta detalladamente el Cardenal Giacomo Gaetani Stefaneschi en su “Ordo Romanus XIV”, una obra de los inicios del siglo XIV, el Papa acostumbraba preguntar a los cardenales su opinión sobre los posibles nuevos miembros del colegio, pero, a fin de cuentas, él decidía libremente.
Las ya mencionadas “capitulaciones de elección” y el Concilio de Basle exigían que la elección de los cardenales debía depender del consenso del colegio. Según las demandas de los concilios reformistas (Constancia, Basle), y los decretos del Concilio de Trento, en el colegio debería haber representantes de todas las naciones cristianas. Sixto V decretó, siguiendo los deseos de los concilios reformistas, que el colegio debería incluir, sobre todo, a doctores en teología (magistri theologiae), y al menos cuatro teólogos de las órdenes mendicantes. Continuando con una antigua concesión, los deseos de Austria, España y Portugal se respetaban hasta donde era posible cuando se trataba de elevar al cardenalato a un obispo de esas naciones, que de ahí en adelante era conocido como “cardenal de la corona”.
Era costumbre que los gobiernos de esas mismas naciones contribuían a la creación de tales cardenales con los “impuestos” agregados, o gastos (2832 escudos, cerca de $3,000 US Dlls.). Del mismo modo ayudaban al mantenimiento de sus respectivos cardenales protectores. En el Concilio Vaticano I se hizo la petición de que el Sagrado Colegio y las congregaciones romanas estuvieran conformadas por hombres de todos los países, pero no solamente por intelectuales, sino también por hombres sabios y experimentados. Las personas elegidas debían poseer el rango de obispo. (EL Papa Juan XXIII, en “Cum gravissima”, de 1962, ya había decretado que todo cardenal, de no ser aún obispo al momento de su creación, debería ser consagrado tal. El Código de Derecho Canónico vigente en el año 2005, en la fracción 1 del artículo 351, dice que los cardenales pueden ser elegidos entre los presbíteros, pero en tal caso, serán promovidos inmediatamente al orden episcopal. ). Debe, por tanto, tener por lo menos 30 años de edad.
Sin embargo, a los cardenales diáconos les bastaba haber cumplido 21 años, pero con el compromiso de recibir el diaconado antes de un año de la elección, para no perder el derecho a voto activo y pasivo (Postquam verus, # 6). (Esto ya no existe en la legislación actual. El cardenal diácono no lo es por ser diácono, sino por el orden al que es admitido al ser nombrado cardenal).

En consonancia con las normas que regían la promoción a la nobleza, los hijos ilegítimos eran inelegibles, aunque posteriormente sus padres se desposaran y los legitimaran. Tampoco eran elegibles los padres de hijos vivos, los sobrinos de los cardenales y, quienes estuvieran emparentados con algún cardenal en el primero o segundo grado de consanguineidad.
Claro que el Papa puede, de ser necesario, dispensar de estas condiciones descalificadoras. La elección de los cardenales tiene lugar en los apartamentos papales, en un consistorio secreto en el que aquellos elegidos que residen en Roma son informados de su nombramiento. En la tarde del mismo día, los recién nombrados cardenales se reúnen en la residencia del Papa, en cuya antecámara se les otorga la zucchetta, o solideo, rojo. Enseguida el Papa coloca la birreta escarlata sobre la cabeza de cada uno. El “sombrero rojo” se les da durante el siguiente consistorio público luego de que hayan hecho el juramento de costumbre. Al inicio del siguiente consistorio secreto se realiza la ceremonia llamada “apertura de la boca” (aperitio oris), y el “cierre de la boca” (clausura oris) se realiza al fin de ese mismo consistorio, para simbolizar sus deberes de guardar los secretos de su función y de aconsejar sabiamente al Papa. El anillo se les entrega simultáneamente con el “título” o iglesia a la que cada nuevo cardenal va a ser asignado. Si la creación de un nuevo cardenal tiene lugar fuera de Italia, la zucchetta escarlata le es enviada por uno de los Guardie Nobili (Guardias Nobles) del Papa, y la birreta a través de un delegado especial.
En Austria, España y Portugal un soberano o gobernante civil es quien impone la birreta. (Pablo VI, en su comunicado de 1969 sobre la imposición de la birreta por esos gobiernos, declara abolidos esos derechos.).
En ocasiones ese deber recae en algún prelado distinguido especialmente designado por el Papa. En todos estos casos, el elegido se compromete con juramento, y bajo pena de nulidad de su nombramiento, a viajar personalmente a Roma antes de que pase un año para completar las ceremonias descritas más arriba, y a recibir su “título”. (Todo este ceremonial ha variado. Los últimos cardenales creados por S.S. Juan Pablo II en 2004 recibieron sus insignias en ceremonia pública en la Plaza de San Pedro).
Antiguamente la dignidad cardenalcia se adquiría hasta que se hubiese hecha la proclamación pública y se hubiese recibido el sombrero y el anillo. Hoy día basta cualquier forma de publicación. La creación de cardenales “in petto” (“in pectore”, “dentro del pecho”, que el Papa mantiene en secreto), por tanto, no tiene efecto hasta que sea seguida de la publicación de sus nombres. No es suficiente una publicación testamentaria. Pio IX anunció (15 de marzo de 1875) la creación de cardenales “in petto” y publicó sus nombres en su testamento, pero su creación nunca tuvo efecto. Desde el pontificado de Martín V, o sea, desde el final del Cisma de Occidente, durante el cual numerosos cardenales fueron creados por los papas contendientes, se hizo costumbre que el Papa nombrara cardenales sin dar a conocer sus nombres (creati et reservati in pectore), cuya equivalencia italiana es “in petto”.

La publicación de los nombres, en ciertas circunstancias, puede ser hecha en fecha muy posterior. Pero, sea cual fuere la fecha en que se revelen sus nombres, los cardenales creados de ese modo contabilizan su antigüedad a partir del anuncio original de que estaban “in pectore”, y preceden, consecuentemente, a los que hayan sido elegidos con posterioridad a esa fecha . En virtud de la obediencia canónica el Papa podría obligar a una persona a aceptar la dignidad cardenalicia, aunque dicha persona la rechazase. El juramento pronunciado por los cardenales es muy semejante al de los obispos. Pero el cardenal debe jurar que defenderá con toda su fuerza las bulas papales que se refieren a la no enajenación de las posesiones de la Iglesia romana, al nepotismo, a las elecciones papales y a su propia dignidad de cardenal.

Deberes de los Cardenales

Entre la obligaciones de los cardenales está el atender al Papa en los eventos litúrgicos principales conocidos como “capellae papales”- para distinguirlos de las “capellae cardenaliciae”, en el que el Papa no está presente. También les corresponde aconsejarlo y ayudarlo en el gobierno de la Iglesia. (El canon 349 del Nuevo Código de Derecho Canónico, promulgado en 1986, dice: “Los Cardenales de la Santa Iglesia Romana constituyen un Colegio peculiar, al que compete proveer a la elección del Romano Pontífice, según la norma del derecho peculiar; asimismo, los Cardenales asisten al Romano Pontífice tanto colegialmente, cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia, como personalmente, mediante los distintos oficios que desempeñan, ayudando al Papa sobre todo en su gobierno cotidiano de la Iglesia universal”.). Es por ello que algunos cardenales deben residir en Roma y no pueden abandonar los estados pontificios sin permiso del Papa. La violación de esta ley acarrea graves castigos, incluso el de la pérdida de la dignidad cardenalicia.

 Del mismo modo, tales cardenales perderían todos los beneficios a los que se habían hecho merecedores (Concilio de Trento, sesión XXIV, de ref., c. 17). Es distinto este precepto para los obispos extranjeros elevados al cardenalato. Ellos conservan sus diócesis y no están obligados a residir en Roma. Los obispos “suburbicarios”, sin embargo, siguiendo una antigua tradición, residen en Roma. La participación de los cardenales en el gobierno de la Iglesia se realiza, parcialmente, en los consistorios, y parte en las oficinas curiales (Cancellaria, Dataria, Penitentiaria), en las congregaciones romanas y en una variedad de comisiones eclesiásticas. (Cfr. Cánones 356 y siguientes del Nuevo Código de Derecho Canónico. Cfr. También “Suburbicariis sedisbus”, 1962, de Juan XXIII, “Pastor Bonus”, 1988, de Juan Pablo II y “Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano”, 2000, de Juan Pablo II).

Ceremonia para acostar y arrullar al Niño Dios

Preside el Papá o la Mamá.

Papá: Para prepararnos a recibir a Dios, que se hizo hombre para salvarnos, reconozcamos que somos pecadores y que necesitamos su salvación.

Todos:Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Por eso, ruego a Santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

Papá o Mamá:Recordemos lo que pasó aquella bendita noche hace casi dos mil años. Leer Evangelio de San Lucas 2, 1-14.

Todos: Te alabamos, Señor.

Papá: Antes de colocar al Niño Jesús en el Nacimiento, _______(el más pequeño de la familia) va a dárnoslo a besar. (Ya que todos lo hayan besado, se colocará al Niño Dios en el pesebre).

Villancico: Se canta o se escucha mientras se besa al Niño. Al acabar, se hacen las peticiones.

Peticiones:

Papá: Pidámosle al Niño Dios, que así como es el centro de este nacimiento hoy, sea todos los días, el centro de nuestra vida.
Todos: Te lo pedimos, Señor.
Papá: Que Jesús, que pudiendo haber nacido rico quiso nacer pobre, nos enseñe a estar contentos con lo que tenemos.
Todos: Te lo pedimos, Señor.
Papá: Que Jesús, que vino a perdonarnos, nos enseñe a no ser rencorosos con los demás.
Todos: Te lo pedimos, Señor.
Papá: Que Él, que vino a fundar la mejor familia del mundo, haga que en la nuestra reine siempre el amor, la unión y el deseo de ayudarnos mutuamente y a las demás familias.
Todos: Te lo pedimos, Señor.

Oración para la cena de Navidad

Papá: Hoy, Nochebuena, tenemos de manera especial y como centro de nuestra familia, a Jesucristo, nuestro Señor. Vamos a encender un cirio en medio de la mesa para que ese cirio nos haga pensar en Jesús y vamos a darle gracias a Dios por habernos enviado a su Hijo Jesucristo.
Gracias Padre, que nos amaste tanto que nos diste a tu Hijo.
Señor, te damos gracias.
Gracias Jesús por haberte hecho niño para salvarnos.
Señor, te damos gracias.
Gracias Jesús, por haber traído al mundo el amor de Dios.
Señor, te damos gracias.
Señor Jesús, Tú veniste a decirnos que Dios nos ama y que nosotros debemos amar a los demás.
Señor, te damos gracias.
Señor Jesús, Tú veniste a decirnos que da más alegría el dar que el recibir,
Señor, te damos gracias.
Señor Jesús, Tú veniste a decirnos que lo que hacemos a los demás te lo hacemos a Ti.
Señor, te damos gracias.
Gracias María, por haber aceptado ser la Madre de Jesús.
María, te damos gracias.
Gracias San José, por cuidar de Jesús y María.
San José, te damos gracias.
Gracias Padre, por esta noche de paz, noche de amor, que Tú nos has dado al darnos a tu Hijo. Te pedimos que nos bendigas, que bendigas estos alimentos que dados por tu bondad vamos a tomar y bendigas las manos que los prepararon, por Cristo Nuestro Señor, Amén.

Pensamientos para leer en Nochebuena

Si en tu corazón hay un poco más de amor, es Navidad.
Si has decidido perdonar a alguien, es Navidad.
Si buscas a Dios de verdad, es Navidad.
Su aumenta el gozo de tu fe cristiana, es Navidad.
Si en tu alma florece la esperanza, es Navidad.
Si trabajas por la justicia entre los hombres, es Navidad.
Si tienes deseos de vivir y los comunicas a los demás, es Navidad.
Si sabes sufrir con amor, es Navidad.
Si eres perseguido o se ríen de ti por causa del Evangelio, es Navidad.
Si te alegras de ser hijo de Dios en la Iglesia, es Navidad.
(Pbro. José Luis Fernández Martín)