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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Una cruz a nuestro capricho

Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 3 de septiembre 2017

Excluimos a Dios de la actividad diaria, de los negocios, de las relaciones… todo lo hacemos a nuestro gusto y a nuestro antojo.

Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato

Lecturas:

Jeremías 20, 7-9: “Me has seducido, Señor”

Salmo 62: “Señor, mi alma tiene sed de ti”.

Romanos 12, 1-2: “Ofrézcanse, como sacrificio vivo”

San Mateo 16, 21-27: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”

Es una de esas obras de arte que te dejan un sentimiento de inquietud o contrariedad. Como si la cruz no encajara con el cuerpo del Crucificado, o como si el Crucificado se saliera de la cruz. La contemplo de uno y otro ángulo y no logró “encuadrar” los dos objetos. En un momento le sugerí al artista buscara otra cruz que fuera más acorde con el Crucificado, o bien una imagen del Crucificado que se acoplara al tamaño y condiciones de la cruz.

Su respuesta fue sencilla: “Nosotros siempre queremos poner a Cristo en las cruces que a nosotros nos gustan y complacen, pero Él ha escogido su propia cruz que muchas veces no coincide con nuestros caprichos y antojos”. Así tengo delante de mí una cruz descuadrada o un Crucificado que no cabe en la cruz que yo le he asignado. ¿Qué imagen tengo yo de la cruz de Jesús?

Cuando he preguntado si nos gusta seguir a Jesús, unánimemente he obtenido la respuesta positiva: sí nos gusta seguirlo, nos gusta escuchar su palabra y quedamos admirados y sorprendidos al contemplar su actuar, su misericordia y su poder, sí nos gusta descubrir su bondad. Pero cuando pensamos en cargar su cruz ya es otra cosa.

Colgaremos cruces preciosas en nuestro pecho, adornaremos nuestras habitaciones con impactantes crucifijos, coronaremos nuestros cerros de enormes cruces y cada construcción tendrá su pequeña o grande cruz, pero ¿cargar nosotros la cruz de Jesús? Lo pensaremos dos veces. Nosotros igual que Pedro lo alabaremos y diremos que es el Mesías y el Hijo de Dios, pero ¿seguirle sus pasos? ¡Qué difícil!

Así, buscamos “cuadrar” la cruz a nuestros gustos y caprichos. Lo primero que acomodaremos será el cabezal, la parte superior, la que está dirigida a Dios. A Dios lo colocamos distante, sin renunciar a Él, pero sin que intervenga en nuestra vida. Seguimos nuestros caprichos y ajustamos las reglas a nuestro parecer. ¿La concepción de la vida? Le ponemos nuestras leyes e iniciará cuando nosotros digamos.

Excluimos a Dios de la actividad diaria, de los negocios, de las relaciones… todo lo hacemos a nuestro gusto y a nuestro antojo. Nuestros pensamientos no son los de Dios. Y se quita a Dios de la vida para “disfrutarla”, para gozarla y romper con toda regla: alcohol, sexo, droga, desenfreno… Después se acaba en el vacío, en el sinsentido de la vida, sobre todo para muchos jóvenes, en pensamientos suicidas y en actitudes destructivas. ¿Cómo se puede vivir sin Dios? Pero nosotros lo hemos expulsado de la vida porque “nuestros pensamientos, no son los pensamientos de Dios”.

Tampoco se acomoda a nuestros criterios la parte inferior o sostén de la cruz, y la adaptamos a nuestro parecer. Nos olvidamos que debemos estar en sintonía y armonía con la naturaleza y con el universo. Rompemos los esquemas y abusamos de la naturaleza, del agua, del aire, de los recursos naturales.

La basura, la contaminación, el desperdicio, todo lo lanzamos en contra de nuestro mundo y lo asfixiamos con tal de aprovecharnos de él. Petróleo, minerales, bosques, plantas y animales son dañados por nuestra ambición. No queremos límites, no queremos reglas y la naturaleza se rebela y se vuelve agresiva contra el hombre.

Pero es el hombre quien primeramente ha degradado y deformado su casa natural. Y no somos conscientes, seguimos cortando esa parte inferior de la cruz, esa parte que nos sostiene y nos da vida. Pero queremos hacer la cruz a nuestro gusto. ¿Dónde podremos sostenernos?

Los brazos de la cruz nos estorban para el camino. Esos brazos son para encontrar al hermano, para sostenernos mutuamente, para enlazarnos en abrazo de amor. Pero los brazos de la cruz estorban a quien camina en el egoísmo y la ambición. Los cortamos y los hacemos a nuestro arbitrio.

Preferimos la felicidad solitaria, nacida de la injusticia, al ideal de Jesús de una vida de hermandad y compresión. Los asaltos, la mentira, los engaños, son cotidianos con tal de conseguir nuestros triunfos. No importa pisar al hermano, con tal de escalar unos peldaños más. Rompemos con el otro, lo ignoramos o lo discriminamos. No lo reconocemos como hermano, porque creemos que el compartir nos empobrecerá, cuando no hay mayor felicidad que el bien compartido.

Y después de tantos arreglos nos encontramos con una cruz distorsionada, una cruz que no es la cruz de Jesús, sino una cruz confeccionada a nuestro capricho. Entonces escuchamos las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida?”  Parecería que todo se nos vuelve en nuestra contra.

Al haber roto con Dios, la vida pierde el sentido y vagamos sin rumbo; al haber destrozado la naturaleza, nos sentimos agredidos y como extraños en nuestro propio mundo; y al haber roto con los hermanos nos perdemos en nuestra soledad y egoísmo. ¿De qué ha servido nuestro esfuerzo si nos encontramos en la peor de las infelicidades?

El hombre sólo puede ser feliz cuando se encuentra en armonía con Dios, con la naturaleza y con los hermanos, parecería una pesada cruz, pero es una cruz que da vida y más si lo hacemos al estilo de Jesús: por amor, con amor y en el amor. ¿Cómo cargamos nuestra cruz? ¿Qué partes le hemos destrozado? También para nosotros son las palabras de Jesús: “Toma tu cruz y sígueme”, entonces encontraremos la verdadera felicidad. Sólo la cruz de Jesús da vida.

Padre lleno de ternura, de quien procede todo lo bueno, inflámanos con tu amor y acércanos más a ti, a fin de que descubriendo la vida que nos trae la cruz de Jesús, la llevemos con alegría y fidelidad para construir su Reino de Amor. Amén.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya DESCARGABLE: Solemnidad de los santos Pedro y Pablo – comentario, repertorio sugerido

El Evangelio de este dia es el Evangelio de la entrega de las llaves a Pedro.

Sobre él siempre se ha basado la tradición católica para fundamentar la autoridad del Papa sobre toda la Iglesia. Alguno podría decir: pero, ¿qué tiene que ver el Papa con todo esto?
Esta es la respuesta de la teología católica: Si Pedro tiene el papel de ser “fundamento” y “roca”de la Iglesia, dado que la Iglesia sigue existiendo, entonces debe seguir existiendo también el fundamento. Es impensable que prerrogativas tan solemnes (“te daré las llaves del Reino de los cielos”) se refirieran sólo a los primeros veinte o treinta años de vida de la Iglesia y que terminaran con la muerte del apóstol.
El papel de Pedro se prolonga, por tanto, en sus sucesores.
Durante todo el primer milenio, este oficio de Pedro fue reconocido universalmente por todas las Iglesias, si bien se interpretó de manera diferente en oriente y occidente. Los problemas y las divisiones nacieron con el milenio terminado recientemente.
Como católicos, deseamos que se continúe cada vez con más valentía y humildad por este camino de la conversión y de la reconciliación, especialmente incrementando la colegialidad querida por el Concilio.
Algo que podemos hacer desde ahora y todos es allanar el camino a la reconciliación entre las Iglesias, comenzando por reconciliarnos con nuestra Iglesia. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia“: Jesús dice mi Iglesia, en singular, no mis Iglesias. Él ha pensado y querido una sola Iglesia, no una multiplicidad de Iglesias independientes, o peor aún, una lucha entre ellas.
, además de ser singular, es un adjetivo posesivo.
Jesús, por tanto, reconoce la Iglesia como suya; dice mi Iglesia. Se identifica con ella, no se avergüenza de ella. En esa expresión de Cristo, se da un fuerte llamamiento a todos los creyentes a reconciliarse con la Iglesia.
Renegar de la Iglesia es como renegar de la propia madre. “No puede tener a Dios por Padre (decía san Cipriano) quien no tiene a la Iglesia por madre”.
Sería un hermoso fruto de esta fiesta de los santos Pedro y Pablo aprender a decir también nosotros, al hablar de la Iglesia a la que pertenecemos: “¡mí Iglesia!”.
Repertorio Sugerido:
Canto procesional de entrada: Un solo Señor (L. Deiss)
Kyrie: Señor ten piedad – III Formula (Cesareo Gabarain)
Gloria: Gloria (F. Palazon)
Salmo: Tomado del Libro del Salmista (Coeditores Liturgicos)
Aleluya: Aleluya (Carmelo Erdozain)
Canto procesional de Ofrendas: Llevemos al Señor (Carmelo Erdozain)
Sanctus: Santo (A. Taule)
Padre Nuestro: Padre Nuestro (M. Gregoriana)
Agnus Dei: Cordero de Dios (T. de Aragües)
Canto procesional de Comunion: Gran Aclamación Eucarística (L. Deiss), El Señor nos invita a su mesa (Carmelo Erdozain)

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Errores cometidos en el canto litúrgico – El Kyrie (sustituciones y paráfrasis)

Se han incorporado melodías profanas incluso para cantar los cantos del Ordinario de la misa, unas veces respetando el texto oficial; otras, la mayoria de las veces, parafraseándolo.

Si tuviéramos que prescindir de uno de los tres cantos del rito introductorio (entrada, kyrie y gloria), éste sería el Kyrie. 
Por una parte, es excesivo en número de cantos y, por otra, se han sustituido muchas veces los Kyries por los cantos penitenciales, desarrollándose exageradamente el aspecto penitencial y olvidando la aclamación a Jesús como Señor.  ¡Tantos kyries han sido sustituidos por cantos penitenciales!

Algunos ejemplos de cantos penitenciales sustituyendo erróneamente al Kyrie:
– El negro espiritual Ten piedad, Dios mío, dame tu perdón, que dice:
«Ten piedad Dios mío, dame tu perdón soy un peregrino, soy un pecador.Vengo arrepentido, ten piedad Señor, vuelve a mí tus ojos con amor. Lejos de tu casa, de tu bendición malgasté la vida en la perdición roto y pobre vengo, ten piedad Señor vuelve a mi tus ojos con amor».

– El negro espiritual Inquieto Miro hacia ti, que dice: 

«Inquieto miro hacia Ti, ten piedad, Señor. ¿Quién en la angustia es fiel a Ti?.
Ten piedad, Señor. Dános vida, líbranos del pecado, por tu gracia, ten piedad Señor.
Camino en la oscuridad, ten piedad, Señor. ¿Quién en el mundo nos da la luz? 
Ten piedad, Señor.Mis pasos llevan al error, ten piedad, Señor. ¿Qué faro guía a la verdad?».

– El canto Si de Tí me alejé, que dice:
«Si de ti me alejé sin luz y sin fe, Señor ten piedad. Tú serás nuestra luz, Tú nos salvaras. Tú nos darás la vida. Si al hermano negué la paz, que nos das, Cristo ten piedad, Si no fui el testigo fiel de tu amor, Señor, ten piedad».
– El mismo Kyrie de la Misa campesina nicaragüenseen que se pide no tanto que nos identifiquemos con Dios, sino que él se identifique con nosotros:
«Cristo, Cristo Jesús, identifícate con nosotros. Señor, Señor, mi Dios, identifícate con nosotros. Cristo, Cristo Jesús, solidarízate, no con la clase opresora que exprime y devora la comunidad, sino con el oprimido, con el pueblo mío sediento de paz».
– Zamba del Perdón (popular argentino), dice así: 
«Perdón por aquel mendigo, por aquella lágrima que hice brillar. Perdón por aquellos ojos que al buscar los míos no quise mirar. Señor, no le di la mano, se encontraba solo y lo dejé partir. Perdón por no dar cariño, por sólo buscarlo y tan lejos de ti. Señor, ¿por qué soy así?. Estoy como ciego y no sé comprender. Señor, tú eres mi esperanza: dame tu mirada, que te sepa ver. ».


– Oh pecador: adaptación al español de Oh sinner man por el grupo Nuestro pequeño mundo. Usado como canto penitencial. Dice:

“¡Oh pecador!,¿dónde vas errante?, Oh pecador,  ¿dónde vas perdido?, ¡Oh pecador!,¿dónde vas errante? ¿a dónde irás?. De tu ambición el amor se esconde, ¿a dónde irás?. Busca la paz, el mal te esta acechando, ¿a dónde irás?.”

– Misericordia: melodía de ¡Qué tiempo tan feliz!. Usado indebidamente también en el tiempo Pascual en la aspersión del agua bendita. El canto fue Incorporado al cancionero Alleluia, 500 cantos para la comunidad cristiana (México), núm. 306. El estribillo canta así: 
«Misericordia concédeme, oh Dios, y muéstrame tu inmensa compasión; de todo corazón te pido el perdón, de mi delito, límpiame, Señor. Con el rocío del hisopo mis culpas tú podrás lavar, si tú me quitas el pecado, blanco como la nieve quedaré. Los sacrificios que te ofrezco, tú no los puedes aceptar, por eso yo en el futuro, mi corazón te inmolaré. Mi corazón, Señor renueva, pues solo tú das salvación, y cuando sea rescatado, yo a los demás ayudaré».

En el Kyrie se habla del Señorío, realeza y divinidad de Jesucristo, a quien se acude, como ocurría durante su vida pública, con el “Señor ten piedad”Como no existe ninguna determinación en ese  “ten piedad”,  van incluidos todos los hombres y todas sus necesidades.

En otros ejemplos de alteraciones al Kyrie, se añaden erróneamente al texto litúrgico las palabras “Oh”,”de nosotros”,“compadécete”,“todos”, “ay…” por ejemplo:


– Ten Piedad “Superstar”adaptación de la canción La Ultima Cena de la opera rock Jesucristo Superstar, dice así:
«Señor ten piedad,  de nosotros, de nosotros ten piedad
Cristo ten piedad, de nosotrosde nosotros ten piedad
Señor ten piedad,  de nosotros, de nosotros ten piedad ».

– Oh Señor ten Piedad dice: 
«Oh Señor ten piedad de nosotros,
Cristo Jesús, ten piedad de nosotros,
Oh Señor ten piedad de nosotros».



– Señor ten piedad de la producción Pacto de esperanza del cantautor costaricence Martín Valverde, dice:
«Señor ten piedad,  de nosotros compadécete, Señor ten piedad,
Cristo ten piedad, de nosotros compadécete, Cristo ten piedad,
Señor ten piedad,  de nosotros compadécete, Señor ten piedad ».





– Señor ten piedad de la producción Pan de Vida del cantautor chileno Marco Lopez, dice:

«Señor ten piedad,  de nosotros,

Cristo ten piedad, de nosotros,
Señor ten piedad,  de nosotros ».


– Señor ten piedad de la producción La mesa de todos del cantautor chileno Cristobal Fónes , dice:

«Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: Señor, ten piedad de nosotrosSeñor, ten piedad  de nosotros
Tú que has venido a llamar a todos los pecadores: Cristo, ten piedad  de nosotrosCristo, ten piedad  de nosotros.
Tú que estás sentado a la diestra del Padre para interceder por nosotros: Señor, ten piedad  de nosotrosSeñor, ten piedad  de nosotros ».
También encontramos alteraciones al texto litúrgico en las denominadas “Misas Criollas” (de ritmos peruanos y argentinos) que han sido difundidas a nivel local e internacional:



«Señor… ten piedad de nosotros, ten piedad, ten piedad de nosotros
Cristo…ten piedad de nosotros, ay… ten piedad de nosotros.

Señor…ten piedad…de nosotros, ay…ten piedad, ten piedad de nosotros».





– Kyrie (Vidala-Baguala) de la Misa Criolla de Ariel Ramirez, dice así:

«Señor ten piedad,  de nosotros, 

Cristo ten piedad, de nosotros,
Señor ten piedad,  de nosotros ».




Os invitamos a revisar el apartado los Cantos del Ordinario de la Misa – El Kyrie, donde hemos tratado brevemente el canto del Kyrie y hemos incluido en el post algunas sugerencias musicalizadas para una mejor guía.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Los cantos del ordinario de la misa – El Kyrie (Señor ten Piedad)

Canto por el cual los fieles aclaman al Señor e imploran su misericordia, aunque incluye súplica de piedad, es una alabanza en homenaje a Cristo. Es habitualmente cantado por todos (el pueblo, la coral e incluso solista: OGMR 52).

Las invocaciones o “tropos”
Tropo es “una composición poética de variable duración, cuyo ritmo se fundamenta sobre el acento técnico” (Hna. Guadalupe Pimentel H.C., diccionario litúrgico). En sus orígenes no contenían texto, al evolucionar, incorporaron texto literario sin rima y también en verso. 
El Concilio de Trento (1545-1563) los suprimió debido a los abusos que se cometían.

Hoy restaurado su uso pueden ser de mucha utilidad pastoral para los fieles, a fin de favorecer la piedad y el fervor religioso, centrándose invocaciones en la Palabra de Dios que se va a proclamar
La OGMR 52 da la posibilidad de intercalar un breve “tropo” entre “Señor” “ten piedad”, o antes de la invocación, como se hace en la tercera fórmula penitencial.
Las invocaciones o tropos ponen énfasis en la confesión de la grandeza de Cristo, fijándose más en Él que en nuestra propia miseria.
Historia del “Señor, ten piedad”
Su historia está unida a la Oratio fidelium o “Plegaria común universal”, parece provenir de la oración de los fieles, que desapareció de la misa, quedando la respuesta litánica del pueblo, kyrie, eleison.

El Papa Gelasio (492 – 496) es quizá el testimonio del desplazamiento de la oración de los fieles al comienzo de la misa. San Gregorio el Grande (604) lo atestigua introducido al comienzo, con o sin intenciones, así como la fórmula Christe, eleison.
Tratamiento musical de los Kyries
La música, debe revestir la forma de un grito de súplica, nunca como canción estrófica, pues esta forma musical es contraria a la suplica. En el siglo IX quedó establecido el número de nueve para los kiries dándole un sentido trinitario, mas su sentido original es cristológico. Este es el sentido que se ha restablecido en la reforma conciliar.
Repetición binaria o ternaria
Tanto la OGMR 52 como el Ordo Cantus Missae recomienda la repetición litánica binaria, sin excluir una repetición o algún tropo. En la forma binaria, la melodía más aconsejable es aquella en que la respuesta es idéntica a la invocación propuesta.
El canto del Kyrie, “una súplica a la misericordia de Dios”
Es el grito de los dos ciegos pidiendo luz (Mt. 9, 27); la imploración del ciego Bartimeo (Mc 10, 47s y paralelos), el Kyrie eleison de los evangelios está cargado de toda la miseria humana que busca la misericordia de Cristo.
Breves notas catequético – pastorales
• Este canto nos dice quienes somos. En este momento la función del fiel consiste en estar en presencia del Resucitado, suplicándole complete la victoria de la Cruz.
EL ACTO PENITENCIAL
• A continuación tres de las fórmulas usadas en el Acto Penitencial:
PRIMERA FÓRMULA
Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante ustedes, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Golpeándose el pecho, dicen:
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Luego prosiguen:
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos
y a ustedes, hermanos,
que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.
El sacerdote concluye con la siguiente plegaria:
Dios Todopoderoso
tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados
y nos lleve a la vida eterna.
El pueblo responde:
Amén.
SEGUNDA FÓRMULA
El sacerdote dice:
Señor, ten misericordia de nosotros.
El pueblo responde:
Porque hemos pecado contra ti.
El sacerdote prosigue:
Muéstranos, Señor, tu misericordia.
El pueblo responde:
Y danos tu salvación.
El sacerdote concluye con la siguiente plegaria:
Dios todopoderoso
tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados
y nos lleve a la vida eterna.
El pueblo responde:
Amén.
TERCERA FÓRMULA
El sacerdote, u otro ministro idóneo, dice las siguientes invocaciones u otras semejantes:
Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos:
Señor, ten piedad. (O bien: Kyrie, eleison).
El pueblo responde:
Señor, ten piedad. (O bien: Kyrie, eleison).
Sacerdote o ministro:
Tú que has venido a llamar a los pecadores: Cristo, ten piedad. (O bien: Christe, eleison).
El pueblo responde:
Cristo, ten piedad. (O bien: Christe, eleison).
Sacerdote o ministro:
Tú que estás sentado a la derecha del Padre
para interceder por nosotros: Señor, ten piedad. (O bien: Kyrie, eleison).
El pueblo responde:
Señor, ten piedad. (O bien: Kyrie, eleison).
El sacerdote concluye con la siguiente plegaria:
Dios todopoderoso
tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
El pueblo responde:
Amén.
• No hay inconveniente en conservar los términos griego (Kyrie) y latino (Christe), del mismo modo que el amen o el aleluya hebreos, en las lenguas vernáculas en que se han hecho comunes y evocan cristiandades primitivas al mismo tiempo que nos unen con los hermanos orientales.
Señor, ten piedad
Después del acto penitencial comienza siempre el Señor, ten piedad, a menos que éste ya haya formado parte del mismo acto penitencial. 
Siendo un canto en el que los fieles aclaman al Señor e imploran su misericordia, de ordinario será cantado por todos, es decir, tomarán parte en él el pueblo y los cantores o un cantor. Cada aclamación normalmente se repetirá dos veces, sin excluir un número mayor, por razón de la índole peculiar de cada lengua o de las exigencias del arte musical o de las circunstancias. 
Cuando el Señor, ten piedad se canta como parte del acto penitencial se propone un “tropo” para cada aclamación.
Si se ha usado la primera o segunda fórmula del acto penitencial, siguen las invocaciones Señor, ten piedad:
Sacerdote u otro ministro idóneo:
Señor, ten piedad. (O bien: Kyrie, eleison).
asamblea responde:
Señor, ten piedad. (O bien: Kyrie, eleison).
Sacerdote u otro ministro idóneo:
Cristo, ten piedad.(O bien: Christe, eleison).
asamblea responde:
Cristo, ten piedad. (O bien: Christe, eleison).
Sacerdote u otro ministro idóneo:
Señor, ten piedad. (O bien: Kyrie, eleison).
asamblea responde:
Señor, ten piedad. (O bien: Kyrie, eleison).

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Los cantos del Ordinario de la Misa – El Himno Gloria a Dios en el Cielo



Es un himno de alabanza una de las piezas más antiguas de la liturgia, se remonta al siglo II, su antecesor el himno Laus Angelorum Magna del cual el Gloria de la misa es una forma breve. Esta unida al rito de entrada para los domingos y días festivos.
Historia del “Gloria a Dios en el cielo”

Al igual que el Kyrie y el Credo no se compuso para la misa.
Se cantaba como oración en la mañana concluyendo el laudes, primeramente lo incorporan los obispos a la liturgia en el gran día de Navidad hacia el siglo VI. El Papa Símaco (498 – 514) ordenó se cante en las dominicas y fiestas de los mártires.
Poco a poco se amplió el privilegio a los sacerdotes en el siglo VIII y el siglo XI se generalizó su uso. De origen oriental aun la conservan las iglesias de oriente como himno en la oración de la mañana

El texto del Gloria
Castellano
Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres
que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria
te alabamos,
te bendecimos,
te adoramos,
te glorificamos,
te damos gracias,
Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre todopoderoso.
Señor, Hijo único, Jesucristo,
Señor Dios, Cordero de Dios,
Hijo del Padre;
tú que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros,
tú que quitas el pecado del mundo,
atiende nuestra súplica;
tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros;
porque sólo tú eres Santo,
sólo tú Señor,
sólo tú Altísimo, Jesucristo,
con el Espíritu Santo
en la gloria de Dios Padre.
Amén.

Latin
Glória in excélsis Deo
et in terra pax homínibus bonae voluntátis.
Laudámus te,
benedícimus te,
adorámus te,
glorificámus te,
grátias ágimus tibi propter magnam glóriam tuam,
Dómine Deus, Rex caeléstis,
Deus Pater omnípotens.
Dómine Fili unigénite, Iesu Christe,
Dómine Deus, Agnus Dei, Fílius Patris,
qui tollis peccáta mundi, miserére nobis;
qui tollis peccáta mundi, súscipe deprecatiónem nostram.
Qui sedes ad déxteram Patris, miserére nobis.
Quóniam tu solus Sanctus, tu solus Dóminus,
tu solus Altíssimus,
Iesu Christe, cum Sancto Spíritu: in glória Dei Patris.
Amen.

Como himno debe ser cantado por toda la asamblea todo seguido o bien alternando la asamblea en dos coros, o asamblea y coro. Es propio de los tiempos de Pascua y Navidad, omitiéndose en Adviento y en Cuaresma.

En las solemnidades que se encuentran dentro de los tiempos de Adviento y Cuaresma, se recomienda que el Gloria sea recitado, mas no cantado, de manera que guardamos el carácter austero y penitencial de estos tiempos litúrgicos para entonar con gozo el Gloria en la Navidad y en la Noche Santa de Pascua respectivamente.

El Gloria, “himno para la glorificación de Dios”
Tomado del himno de los ángeles en Belén (Lc. 2, 14) se traduce a “los hombres que ama el Señor”. La buena voluntad de las antiguas traducciones no es la nuestra, sino la buena voluntad de Dios: “Sólo uno es bueno: Dios”.
El Gloria es una sinfonía de aclamaciones y súplicas para la glorificación de Dios. La grandeza humana consiste en reconocer y aclamar la grandeza de Dios.

Breves notas catequético – pastorales
• El canto dice quienes somos. Cantado este himno de pie la asamblea se agrupa como cuerpo de Cristo que alaba al Padre.
• La forma, del himno tiene su importancia
– El texto tradicional da la impresión que explora horizontes infinitos de alabanza.
– El texto estrófico dispone de un estribillo corto para memorizar.
• La realización. Como himno esta gran doxología debe ser cantada.
• A tener en cuenta. “el Gloria es un antiquísimo y venerable himno con que la iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y al Cordero y le presenta sus súplicas… se canto o se recita los domingos, fuera de los tiempos de Adviento y Cuaresma, en las solemnidades y en las fiestas…”(OGMR (Instrucción General del Misal Romano 53)

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya ¿Qué es la Compunción de corazón?

Si nos duele cuando lastimamos un ser querido con una ofensa, ¡cuánto más si la ofensa es a Dios mismo!

Por: Manuel Mendoza, L.C. 

La historia de los primeros Padres nos deja una moraleja: con Dios no se juega. Si bien el diablo es fuerte y tiene “cierto poder” sobre el hombre, también es cierto que el alma siempre podrá reorientar su vida, porque Dios es más fuerte y le dará su gracia. El demonio sabe de qué pie cojeamos y ahí nos pone la zancadilla. Pero Cristo está de nuestro lado: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil 4,13).

Para volver a Dios es preciso remover los obstáculos que se atraviesan en el camino. Por eso un medio eficaz para resistir las tentaciones es la compunción del corazón. ¿Qué es pues esta compunción? Don Columba Marmión, en su libro Jesucristo ideal del Monje, nos dice que es una disposición interior que mantiene habitualmente al alma en contrición. Un ejemplo. Supongamos que una persona tuvo la desgracia de caer en pecado mortal. A esta persona la misericordia de Dios le concede la gracia del arrepentimiento y le dispone a confesarse con sinceridad.

Vemos en Pedro que ante la pregunta de una criada tiene la desfachatez de negar a su Maestro cuando horas antes le había prometido dar su vida por Él. Sus lágrimas son la muestra perfecta de su compunción y así, arrepentido, Cristo le da su misericordia. Desde aquel momento Pedro dará testimonio de su Maestro hasta el heroísmo. Lo mismo sucede con el hijo pródigo, cuando sintió la lejanía del Padre: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo” (Lc 15, 21). Seguramente aquellas lágrimas conmovieron tanto al Padre que le vistió de ropas finas y le llenó de besos. Esta es la imagen de la misericordia de Dios. También Magdalena, postrada ante los pies de Jesús, no hace otra cosa que llorar. Enjugando con sus cabellos los pies del Maestro pide su misericordia y perdón. Por eso ante tal Misericordia de Dios digamos: “No desprecies, Señor, al corazón contrito y humillado” (Salmo 50,19). Cuado un alma se esfuerza en purificarse de sus culpas y con buena voluntad se esmera en reparar las faltas cometidas, Dios nunca le dejará solo. Como dice San Agustín: “Dios atiende más a las lágrimas que el mucho hablar”.

Uno puede pensar qué duro y difícil será alcanzar esta actitud de compunción cuando nunca lo habías pensado o practicado. Si nos duele cuando lastimamos un ser querido con una ofensa, ¡cuánto más si la ofensa es a Dios mismo! San Benito en su regla dice a sus monjes: “Y no olvidemos que seremos atendidos, no por largos discursos, sino por la pureza del corazón y por las lágrimas de nuestra compunción” (Regla Cap. XX). San Francisco de Sales, dando consejos a Filotea sobre la purificación de los pecados mortales del alma dice: “Después de haber preparado y juntado de esta manera los humores viciosos de tu conciencia, detéstalos y arrójalos por medio de la más fuerte contrición y dolor de que fuere capaz tu corazón, considerando estas cuatro cosas: que por el pecado has perdido la gracia de Dios, has sido despojada del derecho de la gloria, has aceptado las penas eternas del infierno, y has renunciado al amor eterno de tu Dios”(Cf. Vida devota, cap. I-VIII). Lo mismo podemos hacer nosotros aprendiendo su ejemplo de vida plena y feliz aún en las muchas tentaciones que sobrellevaron. Ellos se armaron de valor para trabajar con fuerza y ánimo para permanecer fieles al amor de Dios y alcanzar la gloria del cielo.

Odiemos el pecado. No sólo al pecado como palabra sino a las consecuencias que de éste se desprenden. Pío XII comenta: “El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado” (Radiomensaje 26-X- 1946), y Juan Pablo II lo recalca: “oscurecido el sentido de Dios, perdido este decisivo punto de referencia interior, se pierde el sentido del pecado”. (Reconciliatio et paenitentia No. 18). Las tensiones juegan un papel importante en la vida del cristiano. Nos duelen cuando caemos pero muchas veces no nos damos cuenta que son escalones que Dios nos pone para llegar a Él. Desde la antigüedad grandes místicos nos proponen la compunción del corazón como medio eficaz contra las tentaciones, pues nos hace conscientes que somos pecadores necesitados del auxilio divino.

Si quieres realmente buscar al Señor, prepárate, porque serás zarandeado constantemente. La Sagrada Escritura dice: “Dichoso el hombre que es tentado” (Jac 1, 12). Leemos en la vida de Tobías: “ya que eres grato a Dios, convenía que la tentación te probase” (Tob 12, 13). Dios se muestra generoso en permitirnos participar de las tentaciones, pues en cada una se muestra su gracia y su poder. Él mismo quiso ser tentado en el desierto para mostrarnos su poder ante las tentaciones y asegurarnos su victoria. No temamos, pues Él ya ha vencido. Arrojémonos a sus brazos en las tentaciones y digamos como los apóstoles cuando estaban en medio del lago y las olas se levantaban con fuerza: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! (Mt 8, 24).

Hagamos como las vírgenes del evangelio que entraron al banquete de bodas. Santa Teresa de Ávila, al ver a Cristo en la cruz decía: “…lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo agradecimiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle…” El pensamiento constante en Dios nos hace permanecer en su presencia amorosa. Nos pone en alerta al “instante” del asalto del maligno. “Pues hay que apagar la chispa antes de que haga un fuego.” Muchas veces detrás de cada tentación está la mano de Dios que quiere podar el árbol para ensanchar el corazón y tenga así la capacidad de amor que necesita Dios.

Mucho bien produce rezar el salmo que compuso el rey David tras su pecado con Betsabé. Humillado se golpea el pecho y exclama: “contra Ti, contra Ti sólo pequé” (Salmo 50). Nuestro Señor conoció la inmensidad del pecado pues “su corazón rebosaba tristeza y una tristeza mortal” (Mt 26,38). La compunción del corazón de Cristo viene no por ser pecador, pues Él nunca conoció pecado alguno, más bien al profundizar en el pecado de los hombres que se alejaban de su Padre. Clavado en el madero, con gritos y lágrimas, ensancha su corazón en amor “hasta el extremo” (Jn 13,1).

Tengamos presente en todo momento que somos pecadores. San Agustín nos enseña: “ Ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones” (CCL 39,776). Y con Santa Catarina de Siena: “…la leña verde, puesta al fuego, gime por el calor y echa fuera el agua. Así, el corazón, reverdecido por la gracia, no tiene ya la sequedad del amor propio que es el que seca el alma. Así, el fuego y las lágrimas están unidos y forman un mismo deseo ardiente.” Cristo se hizo uno como tú para salvarte “Porque no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,13).

Cuando uno conoce su gran miseria reconoce la omnipotencia de Dios. Pídele a Cristo vivir cada Bienaventuranza y ya obtenida, practica la compunción del corazón para seguir creciendo en unión con Él. “Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por mi causa, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3-11).

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya ¿Hay alguna diferencia entre alma y espíritu?

El alma alude a lo que somos por creación; el espíritu se refiere a lo que hemos recibido gracias a la fe

Por: Fr. Nelson Medina, OP

Para san Pablo (1 Cor. 14:14-15, Ef. 4:23, 1 Tes. 5:23, Heb. 4:12, 1 Cor. 15:45, Rom 1:18) el alma es parte de lo que nosotros los seremos humanos somos por naturaleza. El alma alude a lo que todos somos y tenemos: todos “tenemos” alma.

En cambio, según este mismo apóstol, no todos tenemos “espíritu.” Esta palabra alude a la novedad de la acción de Dios en la vida humana, es decir, aquel actuar que ha sido posible por la redención.

Tenemos “espíritu” porque se ha restablecido la amistad entre Dios y nosotros, gracias al sacrificio de Cristo y a la efusión del Espíritu Santo. Tener “espíritu” es ser “espiritual,” o sea, haber sido renovado por el Espíritu Santo, que es el fruto precioso de la pascua de Cristo.

En resumen, el alma alude a lo que somos por creación; el espíritu se refiere a lo que hemos recibido gracias a la fe, en cuanto redimidos por Jesucristo y morada de su Espíritu. Las personas que viven una vida pegada a las cosas de esta tierra son cuerpo y alma solamente; san Pablo las llama “psiquikoi.” Las personas que conocen al Señor y viven en amistad con él por la fe y la caridad son llamadas en cambio “pneumatikoi”: gente con espíritu.

El Ser humano: Cuerpo, alma y espíritu

Por: Humberto Del Castillo Drago

Al aproximarnos al ser humano para responder a su propia identidad no podemos sino mirarlo como una unidad: cuerpo, alma y espíritu. La persona humana es, «por su propia naturaleza, una unidad bio-psico-espiritual. Existe por lo tanto una íntima relación entre lo exterior y lo interior, de manera que lo exterior repercute en lo interior, y viceversa».

La palabra “unidad” nos hace entender que el ser humano no es un compuesto, una suma de partes o elementos. No son tres naturalezas. Son tres dimensiones de una misma persona. Para comprender mejor esta unidad trial propia del ser humano, recordemos las palabras de San Pablo: «Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma, y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo» (1Tes 5,23).

El hombre es, por su propia naturaleza, una unidad bio-psico-espiritual. Unidad integral de cuerpo, alma y espíritu en la que lo que sucede con cada una de las dimensiones repercute en las otras.

El hombre es un ser corporal; ésta es una realidad que se constata inmediatamente. Nuestro cuerpo tiene requerimientos físicos, necesidades vinculadas a esta dimensión, que no pueden ser desatendidas: respiración, alimento, bebida, abrigo y otras necesidades vinculadas al bienestar. La persona además de necesitar lo básico para sobrevivir requiere que su organismo mismo se desarrolle y viva en un ambiente adecuado para su expansión adecuada.

Es claro que lo biológico no explica todo lo que somos. Si seguimos avanzando en nuestra propia experiencia como personas, advertimos que nuestra relación con el mundo trasciende este nivel: así llegamos a descubrir que poseemos una dimensión psicológica. Esta dimensión tiene también sus propios requerimientos o necesidades, que el hombre experimenta como necesidades intelectuales (de saber, comprender, abarcar la realidad, etc.) y necesidades afectivas.

Cuerpo, alma y espíritu

En ese sentido, podemos decir que en la dimensión del alma, o psico-afectiva, el hombre experimenta también una serie de necesidades que deben ser saciadas y que preceden en orden de dignidad a las necesidades físicas.

Ninguna de estas dos dimensiones agota la realidad del ser humano, sino que descubrimos algo más profundo e íntimo. Dicha realidad es la espiritual, que permanece como referencia continua de mi vida. Ésta dimensión se expresa como huella de Dios en el ser humano, lo que se llama mismidad, que consiste en el núcleo mismo del hombre. En dicha dimensión se encuentra la conciencia y la libertad humana, así como la apertura al encuentro, la capacidad de relacionarse con Dios, y la apertura al sentido de la existencia.
Un gran problema en la actualidad es el reduccionismo; esto significa que al tratar de entendernos a nosotros mismos tendemos a tomar una parte de lo que vemos y convertirla en la explicación global. De manera que podemos decir que el hombre no es solamente sus sentimientos o emociones, como tampoco es solamente su cuerpo, o sus roles o personajes, o pensamientos.

El ser humano es unidad y la dimensión espiritual es la más importante, pero no anula a las demás áreas sino que debe haber una jerarquía, de manera que sea lo espiritual lo que dirija y nutra la realidad corporal y psicológica.

Quien pretenda la realización humana sólo saciando las necesidades físicas o buscando el equilibrio psicológico sin la vida espiritual, permanecerá frustrado, incluso en el ámbito físico y psicológico.

Hoy en día el hombre contemporáneo es invitado a plenificar su existencia como unidad: cuerpo, alma y espíritu. Se trata de vivir el señorío de sí mismo, trabajando porque sus tres dimensiones apunten armónicamente a la santidad en la vida cotidiana.

La diferencia

En el Nuevo Testamento la distinción entre cuerpo, alma y espíritu aparece solamente una sola vez. San Pablo dice en la primera carta a los Tesalonicenses: “Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo” (1Ts 5,23).

El Catecismo, a su vez, explica el pasaje:

A veces se acostumbra a distinguir entre alma y espíritu. Así san Pablo ruega para que nuestro “ser entero, el espíritu […], el alma y el cuerpo” sea conservado sin mancha hasta la venida del Señor (1 Ts 5,23). La Iglesia enseña que esta distinción no introduce una dualidad en el alma. “Espíritu” significa que el hombre está ordenado desde su creación a su fin sobrenatural, y que su alma es capaz de ser sobreelevada gratuitamente a la comunión con Dios. (367)

Actualmente existe una tendencia de los teólogos que dice que el ser humano no posee alma, pues sería una visión dualista, platónica y que no correspondería al pensamiento bíblico, judío. Nada más equivocado que eso.

En el Antiguo Testamento, durante mucho tiempo no se habló de la “resurrección de la carne”. Al contrario, se creía que la persona vivía en el sheol, eran “proverbios”, cuya existencia era sombría, hasta incluso umbrosa.

A pocos, Dios les fue revelando que aquellas “sombras” en realidad continuaban teniendo personalidad y que los buenos eran bendecidos y los malos castigados.

La idea de que al final de su vida la persona era recompensada –aunque aún no se hablara de resurrección– era muy clara en el Antiguo Testamento como un segundo paso, ya en la época de los profetas.

El tercer paso comienza a surgir. Tras la muerte, al final de los tiempos, el cuerpo y el alma se unirán y habrá la resurrección de los muertos. Poco después viene el Nuevo Testamento.

Nuestro Señor Jesucristo dice al Buen Ladrón en la Cruz: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Ahora, el “hoy” del que habla sólo puede referirse al alma del Buen Ladrón, pues el cuerpo, evidentemente, será sepultado, así como el cuerpo de Jesús también lo fue.

En el Nuevo Testamento cuando una persona muere existe un castigo eterno o una recompensa eterna y al final de los tiempos existirá también la resurrección de los muertos. Es una clara distinción entre el cuerpo y el alma.

El catecismo enseña que el cuerpo y el alma son una sola naturaleza humana, no son dos naturalezas que se unen, sino una sola realidad y, con la ruptura de esa realidad única llamada muerte, algo terrible sucede, algo que no estaba en el plan de Dios. Incluso así, el hombre es cuerpo y alma, material y espiritual respectivamente.

¿Por qué, entonces, san Pablo habla de “cuerpo, alma y espíritu”? Al recordar que la Iglesia enseña con toda claridad que no son dos almas, sino cuerpo y alma, existe, sin embargo, una única alma humana, el lugar donde habita Dios. Se trata del “espíritu”, es decir, una realidad sobrenatural que existe en los hombres.

Así, aquellos que son hijos de Dios bautizados –cuerpo y alma– por el hecho de ser templos de Dios, poseen un “lugar” donde Dios habita. Es posible decir también que el lugar donde Dios habita en cuanto Espíritu Santo es lo que se llama “espíritu”.

El alma como un todo es responsable de diversas cosas: inteligencia, voluntad, fantasías, etc., pero ni siquiera es ahí es el lugar donde Dios habita. Este es el lugar más profundo del hombre, donde él es él mismo de tal forma que no es más él sino Dios. “Interior intimo meo”, como definió san Agustín.

El ser humano no fue abandonado a sí mismo, naturaleza pura. Dentro de su naturaleza existe otra naturaleza, la sobrenatural, la presencia de Dios. La naturaleza agraciada por Dios (en los paganos es la gracia de Dios).

Pero los bautizados poseen una consistencia aún mayor, pues pueden y deben reconocer que son hijos de Dios, templos del Espíritu Santo.