Archivo de la categoría: El Espacio del Padre Carlitos

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya LA REFLEXION DOMINICAL: El verdadero humanismo nace de Dios

XVI domingo del tiempo ordinario

“El ser humano es sobre la tierra la única creatura que Dios ha querido por sí misma” (Conc. Vat. II, G. S. 24) o como dijera el filósofo alemán E. Kant: “El ser humano nunca lo podemos buscar como medio, sino siempre como fin”. De ahí que ninguna persona puede ser usada en bien de intereses individualistas o egoístas de otros, ni colocarle por debajo de las cosas materiales (Cfr. K. Wojtyla, Persona y Acción). Estos sabios principios constituyen el fundamento del verdadero humanismo, de la cultura auténticamente humana; se trata de los principios sobre los cuales Dios diseñó todo el proyecto de humanidad y del mundo en general.

Por eso el mismo Cristo tomó el valor de la persona como el órgano rector para su ministerio, el evangelio de San Lucas nos muestra, por ejemplo, cómo Jesús para responderle al doctor de la ley ¿quién es el prójimo?, puso el ejemplo del buen samaritano, que para ayudar al hombre golpeado por los ladrones, rompió con las visiones religiosas, culturales, políticas y sociales de su tiempo (Lc. 10, 25-37). Además, como lo muestra el Evangelio, Jesús ha sido el mayor de todos los prójimos que han pasado por este mundo; de ahí las continuas complicaciones que enfrentaba con los escribas y fariseos, quienes se aferraban a sus leyes y tradiciones, no importando si dejaban a segundo término la exigencia y el sentido del amor al prójimo.

Y el mismo San Lucas, nos presenta a Jesús enseñando a una mujer: “Martha tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra” (10, 39). Para los esquemas del pueblo, que un hombre platicara con una mujer, ya era tiempo perdido; pero que un maestro o profeta, como se le consideraba a Jesús, se pusiera a enseñarle a esa mujer, era una auténtica aberración. Jesús ya había mostrado su perdón a una pecadora, se había hecho acompañar de un grupo de mujeres y había curado y hecho milagros a otras; pero ahora llega al colmo, siendo el maestro se sienta a enseñar a María; desarrollando así con ella una de las actividades más sublimes y reservadas del tiempo, propias solo para ciertas élites. Pues Jesús, una vez más, rompe con los falsos esquemas, los que limitan, los que discriminan, los que esclavizan, los que sofocan la dignidad de las personas. Se sentó a enseñar a María, pues también ella es persona y los designios amorosos de Dios son para todas las personas.

Lo que Cristo hacía, sigue siendo uno de los grandes retos para el hombre actual: “poner la persona, su dignidad y su valor”, como el interés más sagrado que nos pueda mover en la vida; sin esto, seguiremos deshumanizándonos y generando falsos desarrollos y civilizaciones. Poner el valor de la persona como el máximo principio de nuestra vida, como lo hizo Jesús, es un reto nada fácil, ni cómodo para el hombre contemporáneo, que a veces se esconde en leyes para exigir, pero también para no compartir, para defenderse, pero también para atacar. Cada día se vuelve más escandaloso el hecho de que en las sociedades denominadas más desarrolladas, el ser humano viva más aislado, que sea menos hospitalario. Como decía Nietzsche, pobre el hombre contemporáneo que cree poderlo todo, cuando simplemente se vuelve más pequeño, cree lograrlo todo, cuando en realidad cada vez se pierde más a sí mismo.

Valorar la esencia de la persona, cada vez se hace un reto más difícil para el común del hombre actual, tan esclavo de los estatus sociales, de los esquemas tradicionales, de protocolos, de la imagen, de las modas e inercias. Bien podría decirnos Jesús, como a Martha: “muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo que una sola es necesaria” (Lc. 10, 41). Para qué violentar tanto nuestra vida, cuando Dios nos hizo libres y nos regaló la sencillez como el camino que nos acerca a Él y al hermano.

Jesús ha sido el ser más libre y quien mejor ha amado, que Él nos muestre el camino.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya LA REFLEXION DOMINICAL: El verdadero humanismo nace de Dios

XVI domingo del tiempo ordinario

“El ser humano es sobre la tierra la única creatura que Dios ha querido por sí misma” (Conc. Vat. II, G. S. 24) o como dijera el filósofo alemán E. Kant: “El ser humano nunca lo podemos buscar como medio, sino siempre como fin”. De ahí que ninguna persona puede ser usada en bien de intereses individualistas o egoístas de otros, ni colocarle por debajo de las cosas materiales (Cfr. K. Wojtyla, Persona y Acción). Estos sabios principios constituyen el fundamento del verdadero humanismo, de la cultura auténticamente humana; se trata de los principios sobre los cuales Dios diseñó todo el proyecto de humanidad y del mundo en general.

Por eso el mismo Cristo tomó el valor de la persona como el órgano rector para su ministerio, el evangelio de San Lucas nos muestra, por ejemplo, cómo Jesús para responderle al doctor de la ley ¿quién es el prójimo?, puso el ejemplo del buen samaritano, que para ayudar al hombre golpeado por los ladrones, rompió con las visiones religiosas, culturales, políticas y sociales de su tiempo (Lc. 10, 25-37). Además, como lo muestra el Evangelio, Jesús ha sido el mayor de todos los prójimos que han pasado por este mundo; de ahí las continuas complicaciones que enfrentaba con los escribas y fariseos, quienes se aferraban a sus leyes y tradiciones, no importando si dejaban a segundo término la exigencia y el sentido del amor al prójimo.

Y el mismo San Lucas, nos presenta a Jesús enseñando a una mujer: “Martha tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra” (10, 39). Para los esquemas del pueblo, que un hombre platicara con una mujer, ya era tiempo perdido; pero que un maestro o profeta, como se le consideraba a Jesús, se pusiera a enseñarle a esa mujer, era una auténtica aberración. Jesús ya había mostrado su perdón a una pecadora, se había hecho acompañar de un grupo de mujeres y había curado y hecho milagros a otras; pero ahora llega al colmo, siendo el maestro se sienta a enseñar a María; desarrollando así con ella una de las actividades más sublimes y reservadas del tiempo, propias solo para ciertas élites. Pues Jesús, una vez más, rompe con los falsos esquemas, los que limitan, los que discriminan, los que esclavizan, los que sofocan la dignidad de las personas. Se sentó a enseñar a María, pues también ella es persona y los designios amorosos de Dios son para todas las personas.

Lo que Cristo hacía, sigue siendo uno de los grandes retos para el hombre actual: “poner la persona, su dignidad y su valor”, como el interés más sagrado que nos pueda mover en la vida; sin esto, seguiremos deshumanizándonos y generando falsos desarrollos y civilizaciones. Poner el valor de la persona como el máximo principio de nuestra vida, como lo hizo Jesús, es un reto nada fácil, ni cómodo para el hombre contemporáneo, que a veces se esconde en leyes para exigir, pero también para no compartir, para defenderse, pero también para atacar. Cada día se vuelve más escandaloso el hecho de que en las sociedades denominadas más desarrolladas, el ser humano viva más aislado, que sea menos hospitalario. Como decía Nietzsche, pobre el hombre contemporáneo que cree poderlo todo, cuando simplemente se vuelve más pequeño, cree lograrlo todo, cuando en realidad cada vez se pierde más a sí mismo.

Valorar la esencia de la persona, cada vez se hace un reto más difícil para el común del hombre actual, tan esclavo de los estatus sociales, de los esquemas tradicionales, de protocolos, de la imagen, de las modas e inercias. Bien podría decirnos Jesús, como a Martha: “muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo que una sola es necesaria” (Lc. 10, 41). Para qué violentar tanto nuestra vida, cuando Dios nos hizo libres y nos regaló la sencillez como el camino que nos acerca a Él y al hermano.

Jesús ha sido el ser más libre y quien mejor ha amado, que Él nos muestre el camino.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya LA REFLEXION DOMINICAL: ¿Cómo llegar a la vida eterna?

XV Domingo del tiempo ordinario

“Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda guardar sus mandamiento y disposiciones escritos en el libro de la ley… Estos mandamientos que te doy, no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alance” (Dt. 30, 10-14).

Sin duda Dios siempre está a nuestro favor. No solo diseñó la hermosura de nuestra naturaleza, con sus dimensiones físicas, afectivas y espirituales; sino que también nos ofrece las mejores herramientas para vivir y vivir bien. El libro del Deuteronomio nos insiste en guardar los mandamientos, que son densas gotas de sabiduría; son líneas prácticas de acción para quien no quiere complicarse la vida y sobre todo para quien quiere vivir en plenitud. Por tanto se equivoca quien ve en los mandamientos una carga o estorbo; por el contrario, nos permiten estar bien con Dios y nutrirnos de Él; son un sustento para que la familia guarde un orden y viva sus fines más sagrados; nos permiten convivir de modo digno con los demás seres humanos y usar de modo adecuado las casas materiales.

Jamás encontraremos una legislación más sabía y adecuada que la que Dios nos ofrece en los mandamientos, pues estos respetan lo que somos y nos permiten un orden social que no lastima a nadie, sino al contrario, promueven a todos. Además, como se señala en el Evangelio, los mandamientos son un camino que nos permite alcanzar incluso la vida eterna.

Por desgracia a veces nos movemos con muchos prejuicios respecto a ellos o los sometemos, como sucedía con los judíos, a un legalismo indebido, robándoles así su verdadero espíritu y por tanto su sentido. De ahí que sin quitar ninguno, sino reafirmando su espíritu y su esencia, Jesús los resume en el “amor a Dios y el amor al prójimo”. Además, con la parábola del buen samaritano, Jesús ofrece al amor un horizonte sin límites.

El doctor de la ley se acercó a Jesús para plantear la cuestión de la vida eterna, a lo que Jesús, además de inducirlo a la esencia de los mandamientos, lo hace redimensionar los alcances del amor: Le hace ver que el amor va más allá de los que nos son afines por la sangre, la raza, la religión, la cultura, la política y cualquier otra circunstancia. El doctor preguntó ¿quién es mi prójimo? A lo que Jesús sobre todo lo invita portarse como prójimo con todo aquel que tenga una necesidad, de la naturaleza que sea. Por eso le dice: “Ve y haz tú lo mismo”.

Sin más vueltas, no podemos responderle a Dios, si no le respondemos de modo necesario también al prójimo. Y ojalá no le respondamos, como dice el Papa Francisco, con acciones solo asistencialistas, que a veces solo sirven para tranquilizar la conciencia o para sacarnos la foto (Cfr. E. G. 180). Necesitamos responder al prójimo, necesitamos amar a Dios que late vivo en el mundo, para lo cual urgen trabajos más estructurados y comprometidos, espacios que promuevan de modo integral a las personas, que generen un ámbito social más digno, sin lo cual el trabajo por la paz, la justicia y la fraternidad son imposibles.

Los mandamientos tienen un sustento: “El amor de Dios”, así evitan toda contaminación y subjetivismo. Pero también tienen un campo de acción muy propio: el bien del prójimo, por eso generan vida nueva. Desde esos presupuestos, atrevámonos a amar sin límites.

El amor no tiene límites, porque no parte de obligaciones sociales, económicas, religiosas, raciales o culturales. Y solo el que rompe esos límites puede llegar a la vida eterna.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Es navidad, Dios entre nosotros

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

“Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is. 9,5), con estas palabras el profeta Isaías presagiaba el misterio de salvación que estamos celebrando. Por su parte, el ángel del Señor, siglos después, daría a los pastores el anuncio del cumplimiento de dicha profecía: “Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: Hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: Encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en pesebre” (Lc. 2, 10-12). En estos anuncios queda encerrado el hermoso contenido de la fiesta de la navidad: Dios está entre nosotros. Está entre nosotros para que nosotros podamos estar con Él. Esto nos reafirma que estas fiestas no pueden festejarse sin Jesús hecho niño. Dios nos libre de pensar en nosotros antes que en Él, que no se nos ocurra festejarnos a nosotros por encima de Él.

La navidad es el festejo de una persona precisa, de un niño que envuelto en pañales contiene toda la gloria de Dios; gloria que el hombre necesita para volver a nacer, para nacer a lo más grande, nacer para Dios. Contemplamos en el pesebre a un recién nacido que quiere llegar hasta lo más profundo de nuestro corazón para desde ahí trasformar el mundo. Para cambiar al mundo no basta estudiar, trabajar, crear proyectos económicos y políticas, no basta consolidar determinadas estructuras sociales; sin renunciar a eso, necesitamos ante todo corazones profundamente renovados y eso lo logra solamente Jesús con la gracia y el amor que nos ofrece desde el pesebre. El mundo es nuevo a partir de cada persona se atreve a abrirle de verdad el corazón a Dios, pues solo el amor de Dios nos capacita para distinguir las fuerzas equivocadas que nos adormecen y nos ciegan. Para eso es la navidad, para eso ha venido Jesús, para poner en nosotros un corazón tan libre que no se detenga ante los condicionamientos temporales.

Es urgente reconsiderar lo mucho que a veces devaluamos nuestra condición humana, al grado que hay quienes conformándose con lo menos rechazan a Dios o a veces se le busca pero se le quiere acomodar al nivel de su muy personal modo de concebir la vida. Pero Dios en la discreción de un niño envuelto en pañales ofrece para nosotros toda la grandeza y la gloria de su ser, por lo que no es justo que reduzcamos a Dios, mientras Él viene para hacernos grandes. Si la navidad es la fiesta del Amor de los Amores entre nosotros, entonces quiere decir que a pesar de la devaluación que a veces hacemos de la humanidad, vale la pena ser un ser humano, pues hasta el más grande Amor se ha hecho uno de nosotros.

¡Qué sublime misterio el del pesebre! La eternidad se hace presente en el tiempo, la vida entra en la profundidad de la muerte, la verdad se hace más fuerte que la mentira, el amor viene para vencer el odio, la maldad es hecha a un lado para que la gracia sea parte de nosotros.
Feliz navidad

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La caridad y la justicia son el nuevo camino

La caridad y la justicia son el nuevo camino

Tercer domingo de adviento

La sentencia del Bautista había sido muy fuerte: “Todo árbol que no de fruto será cortado y arrojado al fuego” (Lc. 3, 9); es por eso que de inmediato la gente reacciona y acude a él para preguntar: “¿qué debemos hacer?” (Lc. 3, 10). A lo que Juan el Bautista, sin más, responde: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo” (Lc. 3, 11). De este modo Juan va introduciendo el nuevo camino, que consiste en vivir las obras de la misericordia; las cuales más tarde Cristo subrayará como el distintivo de sus seguidores y como el camino que garantiza la llegada al cielo.

Las obras de misericordia no son una opción para el creyente que ha experimentado el amor de Dios, sino una respuesta necesaria que muestra el compromiso con Dios, para ayudarle a que el amor divino se vuelva palpable para todos. Bien dice el Papa Francisco: “En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar ahí un oasis de misericordia” (M. V. 12).

Con razón y fuerza señala San Basilio: “Óyeme cristiano que no ayudas al pobre: tú eres un verdadero ladrón, si pudiendo ayudar no ayudas”. “Ese abrigo, esos zapatos que guardas en tu baúl y que no usas, no te pertenecen, le pertenecen a quien tiene frio y a quien está descalzo”. Por su parte San Gregorio Nacianceno, hablando precisamente sobre el amor a los pobres, nos dice: “Nada emparenta más al hombre con Dios como la facultad de hacer el bien”. Por eso la caridad, aterrizada en las obras de misericordia, no es algo opcional, ni mucho menos debemos verle como una carga, sino como una gloriosa oportunidad de ganar lo más grande que es la amistad con Dios y en consecuencia la dicha de participar de sus bondades incluyendo desde luego el reino de los Cielos.

 Pero Juan el Bautista sigue abundando en sus respuestas sobre el ¿qué hacer para dar frutos? Y se dirige a los publicanos, cobradores de impuestos: “No cobren más de lo establecido” y a los soldados: “No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario” (Lc. 3, 13-14). Los pecados humanos pueden ser de omisión y así faltar a la caridad; pero pueden ser también de acto y por eso tantas injusticias. En realidad, a veces no es fácil vencer las tentaciones, pero eso acarrea comúnmente un sin fin de injusticias humanas: ¿cuánta gente se enriquece por ejemplo de modo ilícito a costa de los más débiles? ¿Cuántos avanzan con más soltura en cualquier proyecto por el hecho de tener más influencias?

No facilitemos injusticias. Examinemos si de modo directo o indirecto y en diverso nivel, si hemos cometido injusticias o si hemos sido cómplices, y luego nos quedamos como si nada pasara. La injusticia puede darse a veces hasta en el modo de tratar a los demás, cuando no lo hacemos de modo correcto, cuando no correspondemos a nuestras responsabilidades y en tantas situaciones más.

El adviento es de verdad un camino nuevo y sí implica una exigencia en la conducta, concretizada en este caso en la caridad y la justicia. Necesitamos orar, pues nuestra vida se sustenta en Dios, pero eso no basta, también necesitamos actuar, por eso decía Santa Teresa: “Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración y muy encapotadas cuando están en ella… y piensan que ahí está todo el negocio… no hermanas, no; obras quiere el Señor” (Las Moradas, V, 3).

El Señor nos podrá disculpar muchas faltas de atención a Él, pero nunca nos pasará el que dejemos de practicar las obras de misericordia; por eso el día del juicio los que hicieron el bien serán llamados benditos y sentados a la derecha, mientras que los que no hicieron el bien serán rechazados y apartados a la izquierda.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Su trono una cruz, su corona unas espinas

Desde las perspectivas muy humanas y modernas, qué difícil entender que Cristo pueda ser nuestro Rey. ¿Él, qué sabe de estrategias económicas y políticas actuales? ¿Él, qué entiende de desarrollo científico y técnico? ¿Y un joven cibernético, con altos ideales de éxito, hambriento de conquistar el mundo, podrá sentirse identificado con un Rey como Jesús? Además, ¿al mundo de hoy, le podrá atraer un rey que ha hecho de una Cruz su trono y que su corona es de espinas?

Pues hay a quienes, a pesar de que el evangelio no presente las mejores estrategias técnicas modernas, Jesús sí les convence como Rey. Aunque por desgracia, también para muchos Jesús si se vuelve simplemente insignificante y en algunos casos se llega incluso al rechazo frontal contra todo aspecto religioso. En el fondo, en muchos casos, lo que realmente se esconde es la mediocridad, la ignorancia o hasta la soberbia.

Cuando el pecado se apodera del interior, cuando se traduce en soberbia, cuando ciega la inteligencia y debilita la voluntad, la persona humana puede llegar a lo más atrevido: “Desafiar al mismo Dios”. A lo largo de la historia, la soberbia ha imperado en muchos corazones, pero desgraciadamente en la época moderna y contemporánea ésta se ha asumido como un fenómeno social dominante. Se ha hecho más caso a los profetas de la muerte, que a la sabiduría divina. De muchos modos se ha permitido que crezca el imperio de las ideologías que abogan por la cultura de la muerte. Por eso, hoy, se empieza a hacer hábito cosechar lo absurdo, la mentira, el engaño, la violencia, el terror, etc.

El poder ciego condenó a Cristo a la muerte, sin saber que lo único que hacían era construirle el trono más alto y más duradero: “La cruz”, en adelante sede del amor divino. Movidos por el pecado, ahí lo quisimos poner los humanos, pero Él desde ahí nos sigue conquistando y mostrando lo más sublime: el perdón divino. El perdón que sana el corazón.

Si en el tiempo de Jesús, los líderes religiosos judíos y el mismo Pilatos hubieran abierto su corazón a las propuestas de Jesús, sus propias tareas religiosas y civiles, respectivamente, hubieran tomado otras dimensiones. Las mismas estrategias económicas y políticas actuales, sostenidas con la verdad y el amor que emanan de Dios, darían cuentas más aplaudibles en bien de la humanidad.

Jesús vino para reinar y frente a Pilatos aclara el carácter de su reinado: “Tú lo has dicho”, le dice a Pilatos. “Soy Rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn. 18, 37). De ahí la dificultad de entender a Cristo como Rey, pues si el relativismo actual nos lleva a pensar que cada quien tiene su verdad y lucha ciegamente por ella, cómo lograr un entendimiento entre los humanos.

El evangelio nos presenta a un Pilatos que, débil de carácter y presionado por otros, cree condenar a Jesús, pero en realidad el condenado no es Jesús, sino aquellos que se privan de la verdad plena, pensando que pueden vivir en su visión muy individual. De ahí que la Cruz es símbolo de salvación, pues Cristo la asumió para vencer al enemigo más grande: El odio, el pecado, la indiferencia, que generan muerte.

La Cruz representa la obediencia a la verdad; la verdad que facilita el entendimiento con Dios, con las personas y con el mundo entero. La Cruz representa el amor que renuncia a todo lo que lastima, que quita los muros que separan. Por eso Cristo no podría encontrar un lugar más adecuado para ser proclamado Rey.

Decidamos libremente si hacemos de Cristo nuestro Rey o simplemente nos mantenemos al margen. Decir que sí, significa comprometernos a vivir fieles a la verdad, así como ésta emana de la sabiduría divina. Significa estar dispuestos a dejarnos amar por Dios, como Él quiere amarnos. Significa decirle al Señor Jesús que Él mande en nuestro pensar, para que éste sea conforme a la verdad, que mande en nuestro corazón para que nuestros sentimientos sean un motivo de encuentro saludable y decirle que disponga de nuestra voluntad para que nuestras decisiones sean siempre para bien, a ejemplo suyo, no importando que a veces eso implique una dolorosa cruz.

Los reinados temporales, se doblegan con la muerte, los reinados desde la verdad y el amor se eternizan, pues se sustentan en Cristo que es Alfa y Omega, el principio y el fin de todo (cfr. Apocalipsis, 1, 8). ¡Viva Cristo Rey!

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La santidad, un ideal por recuperar

Ser santos no parece ser un ideal cotidiano del común del mundo de hoy, más aún algunos jamás se lo han planteado de modo formal y serio. Las causas pueden ser muchas, por ejemplo no advertir que es un llamado para todos; pero igual pesa mucho el modo de concebir la santidad y más cuando los que a veces nos planteamos la idea, nos afanamos a ciertos aspectos de la santidad que la deformamos y la hacemos no atractiva. Hay quienes de repente les entra el afán por ser santos y se agarran a rezar como desesperados y a hacer mil penitencias.

Pero qué oportuno es siempre Dios cuando nos ubica en el sentido de las cosas y en los caminos precisos. Subió Jesús a la montaña y enseñaba: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Cuando al dinero y en general a lo material, poco o mucho, le damos un orden de modo que no sea el eje de nuestra vida, pues ese lugar es para Dios y para las personas, ya somos pobres de espíritu y ya estamos ganando el Reino de los cielos.

Luego Jesús pone una serie de necesidades y circunstancias cotidianas de la vida: “Dichosos los que lloran… los sufridos… los que tienen hambre y sed de justicia…” donde se exponen las contingencias propias de la vida; pero ante ellas ¿dónde y de qué manera buscamos darles respuesta? Desde luego Dios no se complace en el sufrimiento de nadie, pero dichosos aquellos que ante las contingencias, ante las pruebas de la vida, al primer aliado que buscan es a Dios; no porque Dios quiera solucionar todo de modo mágico, lo cual no es su papel, pero sí porque Él le da una capacidad enorme al ser humano para enfrentar la vida. Ante las pruebas o dificultades, lo más difícil no son las pruebas mismas, sino el riesgo de enfrentarlas solos, sin Dios y sin el amor cercano de los demás.

Las propuestas de Cristo son para todos y deben hacerse un estilo de vida, pues esas propuestas, llamadas bienaventuranzas, son la clave de la santidad. Bajo las bienaventuranzas podemos descubrir como señala el Papa Francisco, que la santidad es un llamado para todos y que respondemos en lo ordinario de la vida.

 En efecto dice el Papa: ¡Todos estamos llamados a ser santos! “Muchas veces, tenemos la tentación de pensar que la santidad se reserva solo a los que tienen la posibilidad de separarse de los asuntos cotidianos, para dedicarse exclusivamente a la oración. ¡Pero no es así!”. La santidad la vive “cada uno en las condiciones y en el estado de vida en el que se encuentra”.

“¿Eres consagrado o consagrada? Sé santo viviendo con alegría tu donación y tu ministerio. ¿Estás casado? Sé santo amando y cuidando a tu marido o a tu mujer, como Cristo hizo con la Iglesia. ¿Eres un bautizado no casado? Sé santo cumpliendo con honestidad y eficiencia tu trabajo y ofreciendo tu tiempo al servicio de los hermanos”. “Allí donde trabajas puedes ser santo. Dios te da la gracia de ser santo. Dios se comunica contigo. En tu casa, en la calle, en el trabajo, en la Iglesia. “No se cansen de seguir este camino” porque es Dios quien te da la gracia. Lo único que pide el Señor es que estemos en sintonía con Él y al servicio amoroso de los hermanos.

“Cuando el Señor nos invita a convertirnos en santos, no nos llama a cualquier cosa pesada, triste… ¡Todo lo contrario! Es la invitación a compartir su alegría, a vivir y a ofrecer con alegría todos los momentos de nuestra vida, haciéndola, al mismo tiempo, un don de amor por las personas que tenemos al lado”.

El Papa pone un ejemplo muy sencillo, para que entendamos que la santidad no es algo complicado: “Una señora va al mercado a comprar, encuentra a una vecina, empiezan a hablar y comienza la charla, pero si ella dice no quiero hablar mal de nadie, allí empieza el camino de la santidad”. “O si tu hijo quiere hablar contigo de sus historias, o de que está cansado de trabajar, ponte cómodo y escucha a tu hijo que te necesita: ese es otro paso a la santidad”. Pero hagámoslo siempre de frente al amor de Dios, invitémosle a ser parte de esa parte cotidiana de la vida, invoquémosle aunque sea de la manera más simple.

Acostumbrémonos a no pensar y actuar solos, a caminar bajo la mirada y el consuelo amoroso de Dios, invitémoslo a estar con nosotros en las cosas más simples de la vida. Nutrámonos de Dios, pero hagamos vida el amor que Él nos da.

No caminar solos y haciendo cada acto movidos por el amor que nace de Dios y mejorando cada día la intención de hacer las cosas bien, es un reflejo excelente de la limpieza de corazón que señala Jesús, eso es santidad.

¡Seamos santos!

Pbro. Carlos Sandoval Rangel