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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La semilla busca el buen terreno



Por el Pbro. Carlos Sandoval Rangel

XV domingo del tiempo ordinario

San Mateo nos introduce en uno de los temas predilectos de la vida pública de Jesús, el misterio del Reino, y lo hace a través de una serie de parábolas donde cada una abona elementos muy significativos. Abre este tema con la parábola del buen sembrador:  

“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto… pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto…” (Mt. 13, 1-23).

Se trata de una parábola técnicamente mal planteada, pues a qué agricultor se le puede ocurrir sembrar en el camino, en las espinas y piedras o en tierra delgada. Pero su significado es del todo profundo, pues lo que pone de manifiesto es, por una parte, la problemática que encuentra siempre la palabra de Dios para cumplir con su fin que es la salvación de las almas y, además, la extrema confianza que Dios nos tiene a pesar de nuestra condición de vida, a veces, nada favorable.

“Una semilla cayó en el camino, vinieron los pájaros y se la comieron”. Así sucede cuando nos vamos acostumbrando a pensar, decidir y, por tanto, vivir sin Dios. El paso de la vida nos hace duros, vacíos, con almas dispersas, poco vigilantes en la sensibilidad y en la imaginación. Ahí todo es de paso y perdemos de vista lo verdaderamente esencial de la vida.

Otra semilla cayó entre piedras, donde no había mucha tierra; es decir, donde la interioridad no es una fortaleza, donde lo superficial se convierte en modo de vida, donde la perseverancia no es un distintivo. A propósito comenta Santa Teresa que hay quienes han vencido muchos obstáculos, han crecido, pero en determinado momento dejan de luchar, de esforzarse, “cuando solo estaban ya a dos pasos de la fuente del agua viva que dijo el Señor a la samaritana” (Camino de perfección 19, 2).

Otra semilla, dice la parábola, cayó entre espinos; donde la influencia externa es la que domina lo que la tierra intenta producir. Ahí entran las riquezas, hambre de poder, placer desordenado y en general exceso de preocupación por lo externo. Se trata de un estado del alma movido por la avaricia y la ambición, que incapacita para apreciar lo sagrado de la vida, lo sobrenatural, lo trascendente. Desde esta problemática existencial, no solo hay el riesgo de quedar fuera del Reino, sino que además se hace mucho daño a los demás, a quienes usamos para que nos sumen. Dañamos también la naturaleza, pues la explotamos desordenadamente con tal de conseguir los fines individualistas; de ahí la queja de San Pablo: “La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por voluntad del aquél que la sometió” (Rm. 8, 20).

En cambio una semilla cayó en tierra buena y produjo fruto… Las condiciones a veces no son las mejores para que podamos ser la buena tierra para la semilla del Reino, pero Dios sigue confiando en nosotros. Él mismo se ofrece a ayudarnos a preparar el corazón. La semilla del Reino siempre es buena, pero qué oportuno que no trabajemos solos, que permitamos que Dios sea nuestro aliado.

Dios, que nos creó, sabe que por naturaleza todos tenemos una disponibilidad a las cosas buenas, pero que en el paso de la vida a veces se va contaminando el corazón al grado de hacerlo duro o superficial o demasiado desbordado y dependiente de lo externo. Pero Dios, que sabe lo que realmente hay dentro, siembra por todas partes y a manos llenas, para ver si de repente se abre una rendijita que penetre a lo profundo del corazón, redescubriendo así lo que realmente Él creó en cada uno. Es desde esa perspectiva que Jesús nos presenta la parábola del buen sembrador que sigue confiando en la tierra que, de origen, fue buena. El problema está cuando, por falta de humildad, no advertimos que la dejamos contaminar, convirtiéndola en tierra no apta para la mejor semilla. Y además, nos aferramos a no dársela en alquiler al mismo Dios.

La oferta de esta parábola es viva y actual “en el corazón del Padre, es viva en los labios del predicador, es viva en el corazón del que cree y ama. Y, si de tal manera es viva, es también, sin duda, eficaz” (Balduino de Canterbury). El mundo no será mejor si no damos espacio a la semilla del Reino.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya El amor da plenitud de vida: XIII Domingo del Tiempo Oridnario



Por el Pbro. Carlos Sandoval Rangel

“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Fuimos hechos para amar y para ser amados, por lo que la persona que no ama permanecerá incomprensible para sí misma. En el interior de cada persona resuena un ansia de plenitud, la cual debe ser saciada; pero por tratarse de lo más profundo del ser, dicha ansia solo puede ser resuelta con algo que esté a la altura de la dignidad humana, eso es el amor.

Escribía San Juan Pablo II: “La persona debe ser amada, porque solo el amor corresponde a aquello que es la persona”. Sólo el amor nos hace verdaderamente existir.

Pero el amor corre riesgos, pues se puede contaminar, se puede deformar y entonces se enferma y daña no solo a la propia persona, sino a aquéllos que se relacionan con ella. De ahí la importancia de la propuesta que Jesús nos hace en el Evangelio: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”. Amar a Jesús por encima de todo es fundamental, pues su amor no es excluyente. Amarle antes que al padre y a la madre, antes que al hijo o la hija, no es una discriminación, sino una garantía. Amar a Jesús, permite que desde Él podamos amar dignamente a las personas y las demás realidades. Permite que nuestro amor tenga un orden y permite que Él sea siempre la fuente saludable de dicho amor. Las demás realidades son pequeñas y caducas, por lo que colocarlas por encima de Dios siempre significa un desajuste de vida, ya que hoy están y mañana, no.

Imaginemos, por ejemplo: cuando queremos resolver incluso la vida solo con fama, dinero, placer, poder o en general con cosas superficiales y transitorias, el corazón nunca encontrará la profundidad que necesita para llenar su aspiración de trascendencia y plenitud. Ningún amor, ninguna realidad queda fuera del proyecto de Dios: ni el que se da entre esposos ni entre amigos ni entre padres e hijos. Pero no olvidemos que los seres humanos somos imperfectos y lo que nosotros necesitamos para colmar la grandeza de nuestro corazón es un amor absoluto.

Sin Dios, corremos el riesgo de absolutizar el amor a una creatura y como ésta no tiene la capacidad de abrazarlo todo, entonces termina excluyendo lo demás. Cuando amamos a Dios, como es debido, eso nos lleva simplemente a una mejor comprensión de cualquier otro amor.

Y todavía, para subrayar más la importancia del amor, nos dice Cristo: “el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Desgraciadamente tendemos a identificar la cruz solo con el dolor y el sufrimiento; pero no olvidemos que la cruz es mucho más que esto. La cruz significa obediencia y fidelidad a unos principios, a una verdad, lo cual a veces implica sacrificios. Cristo fue obediente y fiel a la voluntad de Dios y no sufrió solo por sufrir o porque el Padre quisiera verlo morir en una cruz, sino porque ese fue el precio que le hicimos pagar por amarnos hasta el extremo, por mantenerse en la firmeza de salvarnos. La cruz significa humildad, pues Cristo más que defender su dignidad, se humilló hasta lo último para rescatar la nuestra.

Por eso cuando Cristo nos dice que tomemos la cruz, nos está indicando que tomemos el camino de la obediencia y de la fidelidad a la verdad que nace de Dios, a la verdad que nos coloca en el nivel plenamente humano. Tomar la cruz, significa que seamos humildes para que nuestro corazón no se vuelva soberbio y vaya a despreciar a los demás y, en consecuencia, nos vaya a alejar de Dios mismo. La cruz, como signo de obediencia, de fidelidad y de humildad, como camino del amor divino, engrandece nuestro ser, por lo que cualquier sufrimiento que esto implique es nada con tal de ganarlo todo. Es ahí donde nuestro corazón encuentra respuesta a su ansia de eternidad.

Dice san Juan Pablo II: “Ustedes valen lo que vale su corazón”. Así que si nuestro corazón está consagrado solo a lo material, entonces valemos sólo materia, si nuestro corazón se consagra al placer, eso valemos; pero si nos consagramos en un amor verdadero, entonces hemos encontrado el camino que nos hace plenos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya LA REFLEXION DOMINICAL: El verdadero humanismo nace de Dios

XVI domingo del tiempo ordinario

“El ser humano es sobre la tierra la única creatura que Dios ha querido por sí misma” (Conc. Vat. II, G. S. 24) o como dijera el filósofo alemán E. Kant: “El ser humano nunca lo podemos buscar como medio, sino siempre como fin”. De ahí que ninguna persona puede ser usada en bien de intereses individualistas o egoístas de otros, ni colocarle por debajo de las cosas materiales (Cfr. K. Wojtyla, Persona y Acción). Estos sabios principios constituyen el fundamento del verdadero humanismo, de la cultura auténticamente humana; se trata de los principios sobre los cuales Dios diseñó todo el proyecto de humanidad y del mundo en general.

Por eso el mismo Cristo tomó el valor de la persona como el órgano rector para su ministerio, el evangelio de San Lucas nos muestra, por ejemplo, cómo Jesús para responderle al doctor de la ley ¿quién es el prójimo?, puso el ejemplo del buen samaritano, que para ayudar al hombre golpeado por los ladrones, rompió con las visiones religiosas, culturales, políticas y sociales de su tiempo (Lc. 10, 25-37). Además, como lo muestra el Evangelio, Jesús ha sido el mayor de todos los prójimos que han pasado por este mundo; de ahí las continuas complicaciones que enfrentaba con los escribas y fariseos, quienes se aferraban a sus leyes y tradiciones, no importando si dejaban a segundo término la exigencia y el sentido del amor al prójimo.

Y el mismo San Lucas, nos presenta a Jesús enseñando a una mujer: “Martha tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra” (10, 39). Para los esquemas del pueblo, que un hombre platicara con una mujer, ya era tiempo perdido; pero que un maestro o profeta, como se le consideraba a Jesús, se pusiera a enseñarle a esa mujer, era una auténtica aberración. Jesús ya había mostrado su perdón a una pecadora, se había hecho acompañar de un grupo de mujeres y había curado y hecho milagros a otras; pero ahora llega al colmo, siendo el maestro se sienta a enseñar a María; desarrollando así con ella una de las actividades más sublimes y reservadas del tiempo, propias solo para ciertas élites. Pues Jesús, una vez más, rompe con los falsos esquemas, los que limitan, los que discriminan, los que esclavizan, los que sofocan la dignidad de las personas. Se sentó a enseñar a María, pues también ella es persona y los designios amorosos de Dios son para todas las personas.

Lo que Cristo hacía, sigue siendo uno de los grandes retos para el hombre actual: “poner la persona, su dignidad y su valor”, como el interés más sagrado que nos pueda mover en la vida; sin esto, seguiremos deshumanizándonos y generando falsos desarrollos y civilizaciones. Poner el valor de la persona como el máximo principio de nuestra vida, como lo hizo Jesús, es un reto nada fácil, ni cómodo para el hombre contemporáneo, que a veces se esconde en leyes para exigir, pero también para no compartir, para defenderse, pero también para atacar. Cada día se vuelve más escandaloso el hecho de que en las sociedades denominadas más desarrolladas, el ser humano viva más aislado, que sea menos hospitalario. Como decía Nietzsche, pobre el hombre contemporáneo que cree poderlo todo, cuando simplemente se vuelve más pequeño, cree lograrlo todo, cuando en realidad cada vez se pierde más a sí mismo.

Valorar la esencia de la persona, cada vez se hace un reto más difícil para el común del hombre actual, tan esclavo de los estatus sociales, de los esquemas tradicionales, de protocolos, de la imagen, de las modas e inercias. Bien podría decirnos Jesús, como a Martha: “muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo que una sola es necesaria” (Lc. 10, 41). Para qué violentar tanto nuestra vida, cuando Dios nos hizo libres y nos regaló la sencillez como el camino que nos acerca a Él y al hermano.

Jesús ha sido el ser más libre y quien mejor ha amado, que Él nos muestre el camino.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya LA REFLEXION DOMINICAL: El verdadero humanismo nace de Dios

XVI domingo del tiempo ordinario

“El ser humano es sobre la tierra la única creatura que Dios ha querido por sí misma” (Conc. Vat. II, G. S. 24) o como dijera el filósofo alemán E. Kant: “El ser humano nunca lo podemos buscar como medio, sino siempre como fin”. De ahí que ninguna persona puede ser usada en bien de intereses individualistas o egoístas de otros, ni colocarle por debajo de las cosas materiales (Cfr. K. Wojtyla, Persona y Acción). Estos sabios principios constituyen el fundamento del verdadero humanismo, de la cultura auténticamente humana; se trata de los principios sobre los cuales Dios diseñó todo el proyecto de humanidad y del mundo en general.

Por eso el mismo Cristo tomó el valor de la persona como el órgano rector para su ministerio, el evangelio de San Lucas nos muestra, por ejemplo, cómo Jesús para responderle al doctor de la ley ¿quién es el prójimo?, puso el ejemplo del buen samaritano, que para ayudar al hombre golpeado por los ladrones, rompió con las visiones religiosas, culturales, políticas y sociales de su tiempo (Lc. 10, 25-37). Además, como lo muestra el Evangelio, Jesús ha sido el mayor de todos los prójimos que han pasado por este mundo; de ahí las continuas complicaciones que enfrentaba con los escribas y fariseos, quienes se aferraban a sus leyes y tradiciones, no importando si dejaban a segundo término la exigencia y el sentido del amor al prójimo.

Y el mismo San Lucas, nos presenta a Jesús enseñando a una mujer: “Martha tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra” (10, 39). Para los esquemas del pueblo, que un hombre platicara con una mujer, ya era tiempo perdido; pero que un maestro o profeta, como se le consideraba a Jesús, se pusiera a enseñarle a esa mujer, era una auténtica aberración. Jesús ya había mostrado su perdón a una pecadora, se había hecho acompañar de un grupo de mujeres y había curado y hecho milagros a otras; pero ahora llega al colmo, siendo el maestro se sienta a enseñar a María; desarrollando así con ella una de las actividades más sublimes y reservadas del tiempo, propias solo para ciertas élites. Pues Jesús, una vez más, rompe con los falsos esquemas, los que limitan, los que discriminan, los que esclavizan, los que sofocan la dignidad de las personas. Se sentó a enseñar a María, pues también ella es persona y los designios amorosos de Dios son para todas las personas.

Lo que Cristo hacía, sigue siendo uno de los grandes retos para el hombre actual: “poner la persona, su dignidad y su valor”, como el interés más sagrado que nos pueda mover en la vida; sin esto, seguiremos deshumanizándonos y generando falsos desarrollos y civilizaciones. Poner el valor de la persona como el máximo principio de nuestra vida, como lo hizo Jesús, es un reto nada fácil, ni cómodo para el hombre contemporáneo, que a veces se esconde en leyes para exigir, pero también para no compartir, para defenderse, pero también para atacar. Cada día se vuelve más escandaloso el hecho de que en las sociedades denominadas más desarrolladas, el ser humano viva más aislado, que sea menos hospitalario. Como decía Nietzsche, pobre el hombre contemporáneo que cree poderlo todo, cuando simplemente se vuelve más pequeño, cree lograrlo todo, cuando en realidad cada vez se pierde más a sí mismo.

Valorar la esencia de la persona, cada vez se hace un reto más difícil para el común del hombre actual, tan esclavo de los estatus sociales, de los esquemas tradicionales, de protocolos, de la imagen, de las modas e inercias. Bien podría decirnos Jesús, como a Martha: “muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo que una sola es necesaria” (Lc. 10, 41). Para qué violentar tanto nuestra vida, cuando Dios nos hizo libres y nos regaló la sencillez como el camino que nos acerca a Él y al hermano.

Jesús ha sido el ser más libre y quien mejor ha amado, que Él nos muestre el camino.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya LA REFLEXION DOMINICAL: ¿Cómo llegar a la vida eterna?

XV Domingo del tiempo ordinario

“Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda guardar sus mandamiento y disposiciones escritos en el libro de la ley… Estos mandamientos que te doy, no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alance” (Dt. 30, 10-14).

Sin duda Dios siempre está a nuestro favor. No solo diseñó la hermosura de nuestra naturaleza, con sus dimensiones físicas, afectivas y espirituales; sino que también nos ofrece las mejores herramientas para vivir y vivir bien. El libro del Deuteronomio nos insiste en guardar los mandamientos, que son densas gotas de sabiduría; son líneas prácticas de acción para quien no quiere complicarse la vida y sobre todo para quien quiere vivir en plenitud. Por tanto se equivoca quien ve en los mandamientos una carga o estorbo; por el contrario, nos permiten estar bien con Dios y nutrirnos de Él; son un sustento para que la familia guarde un orden y viva sus fines más sagrados; nos permiten convivir de modo digno con los demás seres humanos y usar de modo adecuado las casas materiales.

Jamás encontraremos una legislación más sabía y adecuada que la que Dios nos ofrece en los mandamientos, pues estos respetan lo que somos y nos permiten un orden social que no lastima a nadie, sino al contrario, promueven a todos. Además, como se señala en el Evangelio, los mandamientos son un camino que nos permite alcanzar incluso la vida eterna.

Por desgracia a veces nos movemos con muchos prejuicios respecto a ellos o los sometemos, como sucedía con los judíos, a un legalismo indebido, robándoles así su verdadero espíritu y por tanto su sentido. De ahí que sin quitar ninguno, sino reafirmando su espíritu y su esencia, Jesús los resume en el “amor a Dios y el amor al prójimo”. Además, con la parábola del buen samaritano, Jesús ofrece al amor un horizonte sin límites.

El doctor de la ley se acercó a Jesús para plantear la cuestión de la vida eterna, a lo que Jesús, además de inducirlo a la esencia de los mandamientos, lo hace redimensionar los alcances del amor: Le hace ver que el amor va más allá de los que nos son afines por la sangre, la raza, la religión, la cultura, la política y cualquier otra circunstancia. El doctor preguntó ¿quién es mi prójimo? A lo que Jesús sobre todo lo invita portarse como prójimo con todo aquel que tenga una necesidad, de la naturaleza que sea. Por eso le dice: “Ve y haz tú lo mismo”.

Sin más vueltas, no podemos responderle a Dios, si no le respondemos de modo necesario también al prójimo. Y ojalá no le respondamos, como dice el Papa Francisco, con acciones solo asistencialistas, que a veces solo sirven para tranquilizar la conciencia o para sacarnos la foto (Cfr. E. G. 180). Necesitamos responder al prójimo, necesitamos amar a Dios que late vivo en el mundo, para lo cual urgen trabajos más estructurados y comprometidos, espacios que promuevan de modo integral a las personas, que generen un ámbito social más digno, sin lo cual el trabajo por la paz, la justicia y la fraternidad son imposibles.

Los mandamientos tienen un sustento: “El amor de Dios”, así evitan toda contaminación y subjetivismo. Pero también tienen un campo de acción muy propio: el bien del prójimo, por eso generan vida nueva. Desde esos presupuestos, atrevámonos a amar sin límites.

El amor no tiene límites, porque no parte de obligaciones sociales, económicas, religiosas, raciales o culturales. Y solo el que rompe esos límites puede llegar a la vida eterna.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Es navidad, Dios entre nosotros

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

“Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is. 9,5), con estas palabras el profeta Isaías presagiaba el misterio de salvación que estamos celebrando. Por su parte, el ángel del Señor, siglos después, daría a los pastores el anuncio del cumplimiento de dicha profecía: “Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: Hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: Encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en pesebre” (Lc. 2, 10-12). En estos anuncios queda encerrado el hermoso contenido de la fiesta de la navidad: Dios está entre nosotros. Está entre nosotros para que nosotros podamos estar con Él. Esto nos reafirma que estas fiestas no pueden festejarse sin Jesús hecho niño. Dios nos libre de pensar en nosotros antes que en Él, que no se nos ocurra festejarnos a nosotros por encima de Él.

La navidad es el festejo de una persona precisa, de un niño que envuelto en pañales contiene toda la gloria de Dios; gloria que el hombre necesita para volver a nacer, para nacer a lo más grande, nacer para Dios. Contemplamos en el pesebre a un recién nacido que quiere llegar hasta lo más profundo de nuestro corazón para desde ahí trasformar el mundo. Para cambiar al mundo no basta estudiar, trabajar, crear proyectos económicos y políticas, no basta consolidar determinadas estructuras sociales; sin renunciar a eso, necesitamos ante todo corazones profundamente renovados y eso lo logra solamente Jesús con la gracia y el amor que nos ofrece desde el pesebre. El mundo es nuevo a partir de cada persona se atreve a abrirle de verdad el corazón a Dios, pues solo el amor de Dios nos capacita para distinguir las fuerzas equivocadas que nos adormecen y nos ciegan. Para eso es la navidad, para eso ha venido Jesús, para poner en nosotros un corazón tan libre que no se detenga ante los condicionamientos temporales.

Es urgente reconsiderar lo mucho que a veces devaluamos nuestra condición humana, al grado que hay quienes conformándose con lo menos rechazan a Dios o a veces se le busca pero se le quiere acomodar al nivel de su muy personal modo de concebir la vida. Pero Dios en la discreción de un niño envuelto en pañales ofrece para nosotros toda la grandeza y la gloria de su ser, por lo que no es justo que reduzcamos a Dios, mientras Él viene para hacernos grandes. Si la navidad es la fiesta del Amor de los Amores entre nosotros, entonces quiere decir que a pesar de la devaluación que a veces hacemos de la humanidad, vale la pena ser un ser humano, pues hasta el más grande Amor se ha hecho uno de nosotros.

¡Qué sublime misterio el del pesebre! La eternidad se hace presente en el tiempo, la vida entra en la profundidad de la muerte, la verdad se hace más fuerte que la mentira, el amor viene para vencer el odio, la maldad es hecha a un lado para que la gracia sea parte de nosotros.
Feliz navidad

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La caridad y la justicia son el nuevo camino

La caridad y la justicia son el nuevo camino

Tercer domingo de adviento

La sentencia del Bautista había sido muy fuerte: “Todo árbol que no de fruto será cortado y arrojado al fuego” (Lc. 3, 9); es por eso que de inmediato la gente reacciona y acude a él para preguntar: “¿qué debemos hacer?” (Lc. 3, 10). A lo que Juan el Bautista, sin más, responde: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo” (Lc. 3, 11). De este modo Juan va introduciendo el nuevo camino, que consiste en vivir las obras de la misericordia; las cuales más tarde Cristo subrayará como el distintivo de sus seguidores y como el camino que garantiza la llegada al cielo.

Las obras de misericordia no son una opción para el creyente que ha experimentado el amor de Dios, sino una respuesta necesaria que muestra el compromiso con Dios, para ayudarle a que el amor divino se vuelva palpable para todos. Bien dice el Papa Francisco: “En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar ahí un oasis de misericordia” (M. V. 12).

Con razón y fuerza señala San Basilio: “Óyeme cristiano que no ayudas al pobre: tú eres un verdadero ladrón, si pudiendo ayudar no ayudas”. “Ese abrigo, esos zapatos que guardas en tu baúl y que no usas, no te pertenecen, le pertenecen a quien tiene frio y a quien está descalzo”. Por su parte San Gregorio Nacianceno, hablando precisamente sobre el amor a los pobres, nos dice: “Nada emparenta más al hombre con Dios como la facultad de hacer el bien”. Por eso la caridad, aterrizada en las obras de misericordia, no es algo opcional, ni mucho menos debemos verle como una carga, sino como una gloriosa oportunidad de ganar lo más grande que es la amistad con Dios y en consecuencia la dicha de participar de sus bondades incluyendo desde luego el reino de los Cielos.

 Pero Juan el Bautista sigue abundando en sus respuestas sobre el ¿qué hacer para dar frutos? Y se dirige a los publicanos, cobradores de impuestos: “No cobren más de lo establecido” y a los soldados: “No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario” (Lc. 3, 13-14). Los pecados humanos pueden ser de omisión y así faltar a la caridad; pero pueden ser también de acto y por eso tantas injusticias. En realidad, a veces no es fácil vencer las tentaciones, pero eso acarrea comúnmente un sin fin de injusticias humanas: ¿cuánta gente se enriquece por ejemplo de modo ilícito a costa de los más débiles? ¿Cuántos avanzan con más soltura en cualquier proyecto por el hecho de tener más influencias?

No facilitemos injusticias. Examinemos si de modo directo o indirecto y en diverso nivel, si hemos cometido injusticias o si hemos sido cómplices, y luego nos quedamos como si nada pasara. La injusticia puede darse a veces hasta en el modo de tratar a los demás, cuando no lo hacemos de modo correcto, cuando no correspondemos a nuestras responsabilidades y en tantas situaciones más.

El adviento es de verdad un camino nuevo y sí implica una exigencia en la conducta, concretizada en este caso en la caridad y la justicia. Necesitamos orar, pues nuestra vida se sustenta en Dios, pero eso no basta, también necesitamos actuar, por eso decía Santa Teresa: “Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración y muy encapotadas cuando están en ella… y piensan que ahí está todo el negocio… no hermanas, no; obras quiere el Señor” (Las Moradas, V, 3).

El Señor nos podrá disculpar muchas faltas de atención a Él, pero nunca nos pasará el que dejemos de practicar las obras de misericordia; por eso el día del juicio los que hicieron el bien serán llamados benditos y sentados a la derecha, mientras que los que no hicieron el bien serán rechazados y apartados a la izquierda.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel