Archivo de la categoría: Fray Arturo Ríos Lara OFM

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y Bien: Jesús es la vid

Fray Arturo Ríos Lara OFM

¡Buenos días, gente buena!

Domingo V de Pascua B

Juan  15, 1-8: Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes yaestán limpios por la palabra que Yo les anuncié. Permanezcan en mí, como Yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y Yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos. Palabra del Señor.

Jesús es la vid. Y nosotros los sarmientos, alimentados con la savia del amor. Una vid y un viñador. ¿Qué hay de más simple y más familiar? Una planta con las ramas cargadas de racimos; un labriego que la cuida con manos que conocen la tierra y la corteza: me encanta este retrato que Jesús hace de sí mismo, de nosotros y del Padre. Dice Dios con las palabras simples de la vida y del trabajo, palabras perfumadas de sol y de sudor. No puedo tener temor de un Dios así, que me trabaja con toda su dedicación, para que yo me llene de frutos sabrosos, frutos de fiesta y de alegría.

Un Dios que me está cercano, me toca, me lleva, me poda. Un Dios que me quiere, de lujo. No puedes tener temor de un Dios así, y solo sonríes. Yo soy la vid verdadera. Cristo vid, yo sarmiento. Él y yo, la misma cosa, la misma planta, la misma vida, única raíz, una sola savia… Novedad apasionada. Jesús afirma algo revolucionario: yo soy la vid, ustedes los sarmientos. Somos una pr0longación de esa cepa, estamos compuestos de la misma materia, como chispas de un brasero, como gotas del océano, como el respiro en el aire. Jesús-vid impulsa incesantemente la savia hasta mi última rama, hasta la última hoja, que yo duerma o vele, y no depende de mí, depende de él. Y yo recibo de él vida dulcísima y fuerte. Dios que me corre por dentro, que me quiere más vivo y más fecundo. ¿Qué rama desearía desprenderse de la planta? ¿Por qué habría de desear la muerte?

Y mi Padre es el viñador: un Dios campesino, que se pone a trabajar en torno a mí, no empuña el cetro sino el azadón, no se sienta en el trono sino en el cercado de mi viña. A contemplarme. Con ojos hermosos de esperanza. Cada rama que lleva fruto, la poda para que dé más frutos. Podar la vid no significa amputar, sino quitar lo superfluo y dar fuerza, tiene la finalidad de eliminar lo viejo y hacer nacer lo nuevo.

Todo campesino lo sabe: la podadura es un don para la planta. Así mi Dios campesino me trabaja, con un solo objetivo: el florecer de todo aquello más hermoso y prometedor que late en mí. Entre la cepa y los sarmientos de la vid, la comunión está dada por la savia que sube y se difunde hasta la punta de la última hoja.

Hay un amor que sube en el mundo, que circula a lo largo de todas las cepas de todas las viñas, en la fila de todas las existencias, un amor que se trepa y empapa cada fibra. Y lo he percibido tantas veces en las estaciones de mi invierno, en mis días descontentos; lo he visto abrir existencias que parecían terminadas, hacer recomenzar a familias que parecían destruidas…

Y hasta ha hecho florecer mis espinas. “Estamos inmersos en un océano de amor y no nos damos cuenta”. En una fuente inagotable, de la que siempre puedes beber y que nunca se agotará.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: La llave del corazón





Fr. Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de
San Francisco en Celaya, Gto.




¡Buenos días, gente buena!

Domingo Ordinario II B
Evangelio según san Juan 1, 35-42:

Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro— ¿ dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él…

La llave del corazón, que abre también la puerta del Reino… Las primeras palabras de Jesús que el Evangelio de san Juan registra están en forma de pregunta.

Es la pedagogía de este joven rabí, que parece casi olvidarse de sí mismo para poner en primer plano a los dos jóvenes casi diciéndoles: primero vengan ustedes. El amor verdadero pone siempre el tú antes que el yo.

También en el amanecer de la Pascua, en el huerto afuerita de Jerusalén, Jesús se volverá a María de Magdala con las mismas palabras: Mujer, ¿a quién buscas?

 Las primeras palabras del Jesús histórico y las primeras del Cristo resucitado, dos preguntas iguales, revelan que el Maestro de la existencia no quiere imponerse, no le interesa impresionar o someter, ni adoctrinar, sino que su pasión es hacerse cercano, ponerse al lado, aminorar el paso para hacerse compañero de camino de todo corazón que busca.
¿Qué buscan?

 Con esta pregunta Jesús no se dirige a la inteligencia, a la cultura o a las competencias de los dos discípulos que dejan a Juan, no cuestiona la teología de Magdalena, sino su humanidad. Se trata de un interrogante al cual todos están en grado de responder, los cultos y los ignorantes, los laicos y los religiosos, los justos y los pecadores. Porque él, el maestro del corazón, hace las preguntas verdaderas, las que hacen vivir: se dirige sobre todo al deseo profundo, al tejido secreto del ser.

¿Qué buscan? Significa: ¿cuál es su deseo más fuerte? ¿Qué es lo que más desean en la vida? Jesús, que es el verdadero maestro y exegeta del deseo, nos enseña a no conformarnos, enseña hambre de cielo, el anhelo de más…, salva la grandeza del deseo, lo salva de la depresión, del achicamiento, de la banalización.

Con esta simple pregunta: ¿qué buscan? Jesús hace entender que nuestra identidad más humana es ser creaturas de búsqueda y de deseo. Porque a todos hace falta algo: y pues, la búsqueda nace de una ausencia, de un vacío que pide ser llenado.

¿Qué me hace falta? ¿De qué me siento pobre? Jesús no pide como primera cosa renuncias o penitencias, no impone sacrificios sobre el altar del deber o del esfuerzo, pide antes que nada que entres en tu corazón, lo comprendas, conocer que deseas más que nada, qué te hace feliz, qué sucede en tu intimidad.

Escuchar el corazón. Y después abrazarlo, “acercar los labios a la fuente del corazón y beber” (San Bernardo).

Los antiguos padres definieron este movimiento como “la vuelta al corazón”: “encuentra la llave del corazón.

Esta llave, lo verás, abre también la puerta del Reino”.
¿Qué buscan? ¿Por qué caminan?
Yo lo se: camino por uno que hace feliz el corazón.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: La llave del corazón





Fr. Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de
San Francisco en Celaya, Gto.




¡Buenos días, gente buena!

Domingo Ordinario II B
Evangelio según san Juan 1, 35-42:

Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro— ¿ dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él…

La llave del corazón, que abre también la puerta del Reino… Las primeras palabras de Jesús que el Evangelio de san Juan registra están en forma de pregunta.

Es la pedagogía de este joven rabí, que parece casi olvidarse de sí mismo para poner en primer plano a los dos jóvenes casi diciéndoles: primero vengan ustedes. El amor verdadero pone siempre el tú antes que el yo.

También en el amanecer de la Pascua, en el huerto afuerita de Jerusalén, Jesús se volverá a María de Magdala con las mismas palabras: Mujer, ¿a quién buscas?

 Las primeras palabras del Jesús histórico y las primeras del Cristo resucitado, dos preguntas iguales, revelan que el Maestro de la existencia no quiere imponerse, no le interesa impresionar o someter, ni adoctrinar, sino que su pasión es hacerse cercano, ponerse al lado, aminorar el paso para hacerse compañero de camino de todo corazón que busca.
¿Qué buscan?

 Con esta pregunta Jesús no se dirige a la inteligencia, a la cultura o a las competencias de los dos discípulos que dejan a Juan, no cuestiona la teología de Magdalena, sino su humanidad. Se trata de un interrogante al cual todos están en grado de responder, los cultos y los ignorantes, los laicos y los religiosos, los justos y los pecadores. Porque él, el maestro del corazón, hace las preguntas verdaderas, las que hacen vivir: se dirige sobre todo al deseo profundo, al tejido secreto del ser.

¿Qué buscan? Significa: ¿cuál es su deseo más fuerte? ¿Qué es lo que más desean en la vida? Jesús, que es el verdadero maestro y exegeta del deseo, nos enseña a no conformarnos, enseña hambre de cielo, el anhelo de más…, salva la grandeza del deseo, lo salva de la depresión, del achicamiento, de la banalización.

Con esta simple pregunta: ¿qué buscan? Jesús hace entender que nuestra identidad más humana es ser creaturas de búsqueda y de deseo. Porque a todos hace falta algo: y pues, la búsqueda nace de una ausencia, de un vacío que pide ser llenado.

¿Qué me hace falta? ¿De qué me siento pobre? Jesús no pide como primera cosa renuncias o penitencias, no impone sacrificios sobre el altar del deber o del esfuerzo, pide antes que nada que entres en tu corazón, lo comprendas, conocer que deseas más que nada, qué te hace feliz, qué sucede en tu intimidad.

Escuchar el corazón. Y después abrazarlo, “acercar los labios a la fuente del corazón y beber” (San Bernardo).

Los antiguos padres definieron este movimiento como “la vuelta al corazón”: “encuentra la llave del corazón.

Esta llave, lo verás, abre también la puerta del Reino”.
¿Qué buscan? ¿Por qué caminan?
Yo lo se: camino por uno que hace feliz el corazón.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: La llave del corazón





Fr. Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de
San Francisco en Celaya, Gto.




¡Buenos días, gente buena!

Domingo Ordinario II B
Evangelio según san Juan 1, 35-42:

Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro— ¿ dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él…

La llave del corazón, que abre también la puerta del Reino… Las primeras palabras de Jesús que el Evangelio de san Juan registra están en forma de pregunta.

Es la pedagogía de este joven rabí, que parece casi olvidarse de sí mismo para poner en primer plano a los dos jóvenes casi diciéndoles: primero vengan ustedes. El amor verdadero pone siempre el tú antes que el yo.

También en el amanecer de la Pascua, en el huerto afuerita de Jerusalén, Jesús se volverá a María de Magdala con las mismas palabras: Mujer, ¿a quién buscas?

 Las primeras palabras del Jesús histórico y las primeras del Cristo resucitado, dos preguntas iguales, revelan que el Maestro de la existencia no quiere imponerse, no le interesa impresionar o someter, ni adoctrinar, sino que su pasión es hacerse cercano, ponerse al lado, aminorar el paso para hacerse compañero de camino de todo corazón que busca.
¿Qué buscan?

 Con esta pregunta Jesús no se dirige a la inteligencia, a la cultura o a las competencias de los dos discípulos que dejan a Juan, no cuestiona la teología de Magdalena, sino su humanidad. Se trata de un interrogante al cual todos están en grado de responder, los cultos y los ignorantes, los laicos y los religiosos, los justos y los pecadores. Porque él, el maestro del corazón, hace las preguntas verdaderas, las que hacen vivir: se dirige sobre todo al deseo profundo, al tejido secreto del ser.

¿Qué buscan? Significa: ¿cuál es su deseo más fuerte? ¿Qué es lo que más desean en la vida? Jesús, que es el verdadero maestro y exegeta del deseo, nos enseña a no conformarnos, enseña hambre de cielo, el anhelo de más…, salva la grandeza del deseo, lo salva de la depresión, del achicamiento, de la banalización.

Con esta simple pregunta: ¿qué buscan? Jesús hace entender que nuestra identidad más humana es ser creaturas de búsqueda y de deseo. Porque a todos hace falta algo: y pues, la búsqueda nace de una ausencia, de un vacío que pide ser llenado.

¿Qué me hace falta? ¿De qué me siento pobre? Jesús no pide como primera cosa renuncias o penitencias, no impone sacrificios sobre el altar del deber o del esfuerzo, pide antes que nada que entres en tu corazón, lo comprendas, conocer que deseas más que nada, qué te hace feliz, qué sucede en tu intimidad.

Escuchar el corazón. Y después abrazarlo, “acercar los labios a la fuente del corazón y beber” (San Bernardo).

Los antiguos padres definieron este movimiento como “la vuelta al corazón”: “encuentra la llave del corazón.

Esta llave, lo verás, abre también la puerta del Reino”.
¿Qué buscan? ¿Por qué caminan?
Yo lo se: camino por uno que hace feliz el corazón.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: La llave del corazón





Fr. Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de
San Francisco en Celaya, Gto.




¡Buenos días, gente buena!

Domingo Ordinario II B
Evangelio según san Juan 1, 35-42:

Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro— ¿ dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él…

La llave del corazón, que abre también la puerta del Reino… Las primeras palabras de Jesús que el Evangelio de san Juan registra están en forma de pregunta.

Es la pedagogía de este joven rabí, que parece casi olvidarse de sí mismo para poner en primer plano a los dos jóvenes casi diciéndoles: primero vengan ustedes. El amor verdadero pone siempre el tú antes que el yo.

También en el amanecer de la Pascua, en el huerto afuerita de Jerusalén, Jesús se volverá a María de Magdala con las mismas palabras: Mujer, ¿a quién buscas?

 Las primeras palabras del Jesús histórico y las primeras del Cristo resucitado, dos preguntas iguales, revelan que el Maestro de la existencia no quiere imponerse, no le interesa impresionar o someter, ni adoctrinar, sino que su pasión es hacerse cercano, ponerse al lado, aminorar el paso para hacerse compañero de camino de todo corazón que busca.
¿Qué buscan?

 Con esta pregunta Jesús no se dirige a la inteligencia, a la cultura o a las competencias de los dos discípulos que dejan a Juan, no cuestiona la teología de Magdalena, sino su humanidad. Se trata de un interrogante al cual todos están en grado de responder, los cultos y los ignorantes, los laicos y los religiosos, los justos y los pecadores. Porque él, el maestro del corazón, hace las preguntas verdaderas, las que hacen vivir: se dirige sobre todo al deseo profundo, al tejido secreto del ser.

¿Qué buscan? Significa: ¿cuál es su deseo más fuerte? ¿Qué es lo que más desean en la vida? Jesús, que es el verdadero maestro y exegeta del deseo, nos enseña a no conformarnos, enseña hambre de cielo, el anhelo de más…, salva la grandeza del deseo, lo salva de la depresión, del achicamiento, de la banalización.

Con esta simple pregunta: ¿qué buscan? Jesús hace entender que nuestra identidad más humana es ser creaturas de búsqueda y de deseo. Porque a todos hace falta algo: y pues, la búsqueda nace de una ausencia, de un vacío que pide ser llenado.

¿Qué me hace falta? ¿De qué me siento pobre? Jesús no pide como primera cosa renuncias o penitencias, no impone sacrificios sobre el altar del deber o del esfuerzo, pide antes que nada que entres en tu corazón, lo comprendas, conocer que deseas más que nada, qué te hace feliz, qué sucede en tu intimidad.

Escuchar el corazón. Y después abrazarlo, “acercar los labios a la fuente del corazón y beber” (San Bernardo).

Los antiguos padres definieron este movimiento como “la vuelta al corazón”: “encuentra la llave del corazón.

Esta llave, lo verás, abre también la puerta del Reino”.
¿Qué buscan? ¿Por qué caminan?
Yo lo se: camino por uno que hace feliz el corazón.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: La bendición que Dios nos envía

Fray Arturo Ríos Lara, ofm



¡Buenos días, gente buena!

Epifanía del Señor B
Mateo 2, 1-12 Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.» …

Caminantes. La bendición que Dios nos envía, la sonrisa de Dios que somos llamados a experimentar, a ver en nuestras frágiles vidas, las podemos percibir sólo cuando tenemos el valor de hacer como María, de guardar un espacio de silencio y de interioridad en nuestras vidas. Entonces todo es posible.
El Dios hecho hombre, el Dios hecho mirada y sonrisa, el Dios accesible y presente, se deja encontrar, se deja apretujar en los brazos.

Entonces, todo cambia, pues nuestra mirada ha cambiado. Y vemos ángeles que suben y bajan sobre nuestras vidas. Y gloria anunciada a los hombres que orientan su voluntad hacia la paz. Gloria luminosa que alumbra la noche. Y que se hace estrella en el cielo. Estrella que orienta, estrella que guía, estrella que conduce. Pero solo a quien sabe levantar la mirada.

Estrellas. Como han hecho aquellos extraños personajes, los magos. No los que adivinan, sino los orientados por una comprensión mayor, los que no se detienen ante las apariencias… Han levantado la mirada, han osado ir más allá. Han encendido el deseo. Deseo, un término que tiene que ver, de nuevo, con las estrellas, con el cielo. Han seguido su intuición, se han aventurado. Se permiten afrontar un largo viaje para verificar su teoría.

Son constantes, porque la verdad se encuentra solo después de un camino largo hecho de desiertos y de estepas. Y han llegado.

Ya no hay una estrella que les oriente. Sino una corte, un rey sanguinario, los sacerdotes arrogantes y presuntuosos, la gente de Jerusalén, curiosa por la caravana de camellos y caballos. De las estrellas a los hombres. Estos, tramposos, contradictorios y que sin embargo saben dar explicaciones.
La indicación de los escribas y sacerdotes, inmóviles custodios de la Palabra, a la que tienen arrinconada, les revela el lugar donde ha nacido el rey Mesías. Señales claudicantes, como somos nosotros, como son los cristianos… Y, sin embargo, indican Y retoman el camino, medio perdidos, pero confiados. A la ciudad de David.

Belén. Ningún rey los espera. Solo una pareja. Una joven campesina aprieta en sus brazos a un recién nacido. Semejante a todos los recién nacidos.

Pero aquello es un misterio. Esa es la revelación. Dios se esconde entre las cosas pequeñas, entre los rostros de quienes están a nuestro lado.

El cielo se ha mezclado con la tierra, con la tierra, contradictoria y llena de sombras.
Entonces los magos caen en la cuenta. Entienden.

Ofrecen al infante, llenos de verdad y de asombro, regalos improbables: el oro, porque reconocen en el niño al rey; incienso, porque reconocen en el niño la presencia de Dios; mirra, ungüento usado para embalsamar, porque ya ven en este niño al crucificado, el signo de contradicción que nos urge a optar.
Caminantes. Nunca como en estos tiempos somos llamados a ponernos en camino, en salida, a seguir el deseo de plenitud que nos habita, el anhelo de felicidad que nos inquieta.

El deseo mueve el corazón de los hombres. Hoy es la fiesta del deseo que no se rinde, la fiesta que ve protagonistas a algunos buscadores que dedican el tiempo a descubrir nuevas teorías y a verificarlas.
Hoy es la fiesta de la esencia del ser humano que, al final, despojado de todo condicionamiento, se descubre simplemente como uno que busca.

Esto somos, esto son: Buscadores. Buscadores de infinito, de Dios.

Se termina el tiempo de Navidad. Con la invitación a abandonar nuestras presuntas certezas, para osar, para seguir tantas estrellas que Dios pone en  nuestro camino. Estrellas que a veces desaparecen, sustituidas por las indicaciones de hombres que claudican, pecadores, viles,  pero que sin siquiera saberlo, cumplen su tarea de ser señales.

Somos lo que deseamos.

Somos, si tenemos el valor, cada año, cada instante, de ser caminantes. No vagabundos que viven al día, sino caminantes que buscan, que anhelan, que se aventuran.

Buen camino, buena búsqueda, buen encuentro.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: La salvación no es una obra particular, sino de Dios que ha venido





Fray Arturo Ríos Lara, ofm.
Guardián del Templo de San Francisco
de Celaya

¡Buenos días,gente buena!

La Sagrada Familia B
Lucas 2, 22-40

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.»

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.

La vejez del mundo y la eterna juventud de Dios. María y José llevaron al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Una joven pareja con su hijo llega, llevando la pobre ofrenda de los pobres, dos tórtolas, y la más preciosa ofrenda del mundo: un niño. En los brazos de los dos ancianos lleno de caricias y sonrisas, pasa del uno al otro el futuro del mundo: la vejez del mundo que acoge entre sus brazos la eterna juventud de Dios. El pequeño niño es acogido no por los hombres de las instituciones, sino por un anciano y una anciana sin rol oficial, pero dos enamorados de Dios que tienen los ojos velados por la vejez pero aún encendidos por el deseo.

Porque Jesús no pertenece a la institución, sonó a la humanidad. La encarnación es Dios que se desborda por todas partes en las creaturas, en la vida que termina y en la que florece. Es nuestro, de todos los hombres y de todas las mujeres. Pertenece a los sedientos, a los que no dejan nunca de buscar y de soñar, como Simeón; a los que saben ver más allá, como la profetisa Ana; a los que son capaces de encantarse ante un recién nacido, porque sienten a Dios como futuro. El Espíritu había revelado a Simeón que no habría visto la muerte sin haber visto antes al Mesías. Son palabras que el Espíritu ha conservado en la Biblia para que yo, nosotros, las conserváramos en el corazón: también tú, como Simeón, no morirás sin haber visto al Señor. Es esperanza. Es palabra de Dios. Tu vida no terminará sin respuestas, sin encuentros, sin luz. Vendrá también para ti el Señor, vendrá como ayuda cuando llegue el sufrimiento, como fuerza cuando hay que levantarse.

No moriré sin haber visto la ofensiva de Dios, la ofensiva del bien, la ofensiva de la luz que está ya en acción en todas partes, la ofensiva de la levadura. Después Simeón canta: he visto la luz preparada para todos. Pero, ¿cuál luz emana de Jesús, de este pequeño hijo de la tierra que solo sabe llorar, amamantarse y sonreír ante los abrazos?

Simeón ha descubierto lo esencial: la luz de Dios es Jesús, luz encarnada, carne iluminada, historia fecundada, amor en todo amor.

La salvación no es una obra particular, sino Dios que ha venido, se deja abrazar por el hombre, y es quien ahora mezcla su vida con nuestras vidas y nada las podrá ya nunca separar. Entonces volvieron a casa. Y el Niño crecía, y la gracia de Dios estaba con él.

Volvieron a la santidad, a la profecía y al magisterio de la familia, que son antes que los del templo. A la familia que es santa porque la vida y el amor le celebran fiesta y la hacen la más viva figura y manifestación del infinito.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!