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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y Bien: Bueno o no, cada uno de nosotros es “amado-por-siempre”.





Por Fray Arturo Ríos Lara, ofm.
Guardián del Templo de San Francisco de Asís
en Celaya, Gto.

¡Buen día, gente buena!

IV Domingo de Adviento B

Lucas 1, 26-38

En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.» Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?» El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.

Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.» Y el Ángel se alejó.
Palabra del Señor.

 Bueno o no, cada uno de nosotros es “amado-por-siempre”. Como si fuera una toma de película, el relato del Evangelio parte del infinito del cielo y reduce progresivamente el campo, como en una larga travesía hasta enfocar un caserío, una casa, una jovencita. En medio, siete nombres propios: Gabriel, Dios, Galilea, Nazaret, José, David, María. El número siete indica la totalidad de la vida, el ritmo incansable de la vida, y es ahí donde Dios viene. En un sexto mes marcado en el calendario de la vida, el sexto mes de una vida nueva dentro de Isabel.

El cristianismo no tiene su comienzo en el templo sino en una casa. A la gran ciudad, Dios prefiere una aldea polvorienta, nunca nombrada antes en la Biblia; a las liturgias solemnes de los sacerdotes, prefiere el cada día de una jovencita adolescente.

Dios entra en el mundo desde abajo y escoge la vida de la periferia. Un día cualquiera, en un lugar cualquiera, una joven mujer cualquiera: el primer anuncio de gracia del Evangelio es dado en la normalidad de una casa. Algo colosal sucede en el cotidiano, sin testigos, lejos de las luces y de las liturgias solemnes del templo.

En el diálogo, el ángel habla tres veces, con tres palabras absolutas: “alégrate”, “no temas”, “vendrá la Vida”. Palabras que llegan a la profundidad de toda existencia humana. María responde entregándonos el arte de la escucha, del estupor lleno de preguntas., y de la aceptación. Alegría es la primera palabra. Y no un saludo respetuoso, sino casi una orden, un imperativo: “alégrate, exulta, se feliz”.

Palabra en la que vibra un perfume, un sabor bueno y raro que todos buscamos, todos los días: la alegría. El ángel no dice: reza, arrodíllate, haz esto o aquello. Sino simplemente: ábrete a la alegría, como una puerta se abre al sol. Dios se acerca y trae una caricia, Dios viene y aprieta en un abrazo, viene y trae una promesa de felicidad.

Eres llena de gracia. Eres llena de Dios, Dios se ha inclinado sobre ti, se te ha dado y te ha llenado de luz. Ahora tienes un nombre nuevo: Amada-por-siempre.Con ternura, y libertad, amada sin remilgos. Ese nombre suyo es también el nuestro: buenos y menos buenos, cada uno amado-po-siempre.

Pequeños y grandes, cada uno lleno de cielo. Como María que es “llena de gracia” no porque ha respondido “si” a Dios, sino porque Dios antes le ha dicho “si”. Y dice “si” a cada uno de nosotros antes de cualquier respuesta nuestra. Para que la gracia sea gracia y no mérito o cálculo. Dios no se merece, se recibe.

Dios busca madres, y nosotros, como madres amorosas, como fragmentos de cosmos acogedores, ayudaremos al Señor a encarnarse y a habitar este mundo, haciéndonos cargo de su palabra, de sus sueños, de su Evangelio entre nosotros.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y Bien: Una gota de luz escondida en el corazón de todas las cosas.



Fray Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de San Francisco
en Celaya, Gto.

¡Buenos días, gente buena!

III Domingo Adviento B
Juan 1, 6-8. 19-28
“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. Éste es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: « ¿Quién eres tú?» Él confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías». « ¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: « ¿Eres Elías?» Juan dijo: «No».« ¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió. Ellos insistieron: « ¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado?

¿Qué dices de ti mismo?» Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: « ¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: El viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia» Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.
Palabra del Señor
 
Una gota de luz escondida en el corazón de todas las cosas.

Vino Juan, enviado por Dios, para dar testimonio de la luz, “el más grande entre los nacidos de mujer”, como lo define Jesús, es enviado como testigo, con el dedo señalando no la grandeza, la fuerza, la omnipotencia de Dios, sino más bien la belleza y la mansedumbre, creativa paciencia de su luz. Que nunca hace violencia, que se posa sobre las cosas como una caricia y las revela, que señala el camino y amplía los horizontes.
El profeta es el que guía a la humanidad a “pensar en otra luz”. Y puede hacerlo porque ha visto entre nosotros la tienda de uno “que ha hecho resplandecer la vida”(Tim 1, 10): ha venido y ha traido a la trama de la historia una belleza, una primavera, algo positivo, una esperanza con la que ni siquiera soñábamos; ha venido un Dios luminoso y enamorado, sanador del desamor, que desaparece los rincones oscuros del corazón. Después de él, será más hermoso para todos ser hombres.
Juan, hijo de un sacerdote, ha dejado el templo y el rol, ha regresado al Jordán y al desierto, ahí donde todo ha tenido comienzo, y el pueblo lo sigue en búsqueda de un nuevo comienzo, de una identidad perdida. Y precisamente sobre esto, los sacerdotes y levitas de Jerusalén le preguntan, lo presionan hasta seis veces: ¿Quién eres tú?, ¿quién eres?, ¿eres Elías?, ¿eres el profeta?, ¿quién eres?, ¿qué dices de ti mismo?…
Las respuestas de Juan son sabias, extraordinarias. Para decir quienes somos, para definirnos, nosotros agregamos, elencamos informaciones, títulos, notas, logros… Juan Bautista hace exactamente lo contrario, se define negando, y por tres veces responde: yo no soy el Cristo, no soy Elías, no soy el que clama…
Solo voz, la Palabra es Otro. Mi secreto está más allá de mí. Yo soy uno que tiene a Dios en la voz, hijo de Adán que tiene a Dios en el respiro. Lo específico de la identidad de Juan, lo que cualifica su persona es esa parte de divino que siempre compone lo humano. “¿Tú, quién eres?” También a nosotros se dirige esta pregunta decisiva. Y la respuesta consiste en limpiar de apariencias e ilusiones, de máscaras y temores nuestra identidad.
Lo menos es más. Poco importa lo que he acumulado, cuenta lo que he dejado atrás para volver a lo esencial, a ser uno-con-Dios. Uno que cree en un Dios que tiene el corazón de luz, cree en el sol que surge y no en la noche que perdura sobre el mundo. Cree que una gota de luz se esconde en el corazón vivo de todas las cosas.

¡Feliz Domingo!
¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: Comienzo de la Buena Noticia de Jesús





Por Fray Arturo Ríos Lara OFM
Guardián del Templo de San Francisco
en Celaya, Gto.

¡Buenos días, gente buena!


Marcos 1, 1-8
Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios. Como está escrito en el libro del profeta Isaías: «Mira, Yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino.

Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos,» así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre.

Y diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua pero Él los bautizará con el Espíritu Santo».
Palabra del Señor.

 Comienzo del Evangelio de Jesús.

Casi parece una anotación práctica, un simple título externo al relato. Pero leamos mejor: comienzo del Evangelio, de una bella, alegre, gozosa noticia. Lo que hace comenzar y recomenzar a vivir y a proyectar es siempre una buena noticia, un presagio de alegría, una esperanza que se entrevé.

Comienzo del Evangelio que es Jesús. La hermosa noticia es una persona, un Dios que florece sobre nuestra tierra: Tu nombre es: Aquel que florece bajo el sol. Pero florecen a través de nuestros días también otros evangelios, aunque sean pequeños; otras buenas noticias hacen recomenzar la vida: la bondad de las creaturas, quien vive a mi lado, los sueños compartidos, la belleza sembrada en el mundo, la ternura que encuentra misterios donde otros ven problemas.

Y si ha sucedido algo doloroso o malo, el perdón se convierte en buena noticia, porque se lleva las sombras de los rincones oscuros del corazón. Detrás de mí viene uno que es más fuerte que yo.. Jesús es fuerte, no porque es omnipotente, sino porque es omni-amante; fuerte hasta el punto de dar la propia vida; más fuerte porque es el único que habla al corazón. Y llama a todos a “ser más fuertes”, como lo son los profetas, a ser voz que clama, ser gente que expresa, apasionada, la propia doble pasión por Cristo y por el hombre, inseparablemente.

La pasión hace fuerte la vida. Juan no dice: vendrá un día, o está por llegar dentro de poco, y sería ya algo grande. Sino que simple, directo dice: viene Día por día, continuamente, todavía ahora, Dios viene.
Aunque no lo veas y no te des cuenta de él, Dios está en camino. El infinito es la vuelta de todo camino. Hay quien sabe ver los cielos reflejados en una gota granizada, Juan sabe ver el camino de Dios, pastor de constelaciones, en el polvo de nuestros caminos.

Y si cala, nos abre los ojos, insinúa en nosotros la sospecha de que algo determinante está sucediendo, algo vital, y corremos el riesgo de perderlo. Dios que se encarna, que incansablemente se hace levadura y sal y luz de esta nuestra tierra.
El Evangelio nos enseña a leer la historia como entraña de futuro, a no detenernos en el hoy: este mundo lleva otro mundo en las entrañas. La presencia del Señor no se ha diluido.

Al contrario, el mundo está más cercano a Dios hoy que ayer. Lo muestran mil signos: la creciente conciencia de los derechos del hombre, el movimiento epocal de lo femenino, el respeto y el cuidado por los minusválidos, el amor por la madre tierra…
La buena noticia es que nuestra historia está grávida de futuro bueno para el mundo, grávida de luz, y Dios está siempre más cercano, cercano como la respiración, cercano como el corazón.

Tú estás aquí y yo acaricio la vida porque tiene perfume de ti.

¡Feliz domingo!
¡Paz y bien!