Archivo de la categoría: Jesus cada Domingo

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dejar que Dios se siembre





Por el Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

La Palabra que Jesús quiere que recibamos, es la misma Palabra que ha dado principio a todo cuanto existe, es Él mismo, que desea hablar a los suyos desde lo más interno, para comunicarles el don de la vida y del amor.

Esta parábola del sembrador ha perdurado por estos dos mil años en el alma del pueblo creyente, porque está al alcance de la comprensión de la mayoría, pero sobre todo porque sigue provocando la imaginación, el anhelo y la respuesta de cada persona a dar de sí en las realidades espirituales.
Dios quiere entrar en cada uno como entra una semilla sembrada en la tierra, para alojarse en el misterio de la producción de la vida y ayudarnos a dar un salto mediante él, en el desarrollo de nuestra persona, nos quiere capaces de “ver y de escuchar” desde otro nivel de entendimiento, para entrar en relación con Dios.

Dejar que Dios se siembre en nuestro interior es tan importante hoy en día, cuando el mundo parece tan estéril, cuando el individualismo y el egoísmo nos lleva a producir satisfactores caducos pero no vida; en un mundo que, además, se ha vuelto hermético, ya nadie quiere escuchar a alguien y menos cosas de Dios; es también un mundo de procesos interrumpidos y de simulación.
En medio de ese mundo, nosotros queremos ser fértiles y dejar que Dios se siembre en nuestro corazón. Pero, ¿cómo iniciar esto? ¿Cómo constatar que Dios verdaderamente se está sembrando en mi persona interior?

Empezando por dar algunos pasos:

1- Implica ser permeable

Dejar que la Palabra de Dios nos empape, a semejanza de la lluvia de la que habla Isaías en la primera lectura; cuando la misión del agua es empapar la tierra y solo cuando la cumple regresa al cielo, así la Palabra de Dios busca su cometido: comunicar lo que está en el corazón de Dios.
Y es que esta Palabra no es solo una palabra pronunciada, como la nuestra, la de los humanos; esta Palabra de Dios que quiere sembrarse en cada uno, es una Palabra que porta un contenido de vida y de amor, es Palabra que nos capacita para entenderlo todo desde Dios, y para dialogar con Él.
Pero, ¿qué tan permeable eres para la Palabra de Dios? ¿Cuánta Palabra de Dios has permitido que se aloje en tu corazón? ¿Con cuánta Palabra de Dios vives tu realidad cotidiana y tu realidad trascendente?

2 – Implica darle sentido a la historia

 Aunque el mundo está sometido al desorden y a la esclavitud ––como dice San Pablo a los Romanos––, nosotros, los que llevamos las primicias del espíritu, anhelamos que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios; somos portadores de esperanza y de liberación.
Nuestro gemido declara que no estamos completos, que no estamos realizados perfectamente, pero también deja conocer que el sufrimiento nuestro y el de la humanidad, no ha sido ofrendado a Dios. Cuando decimos que hay que darle sentido a la historia, nos referimos a esto, a decidir trascender el sufrimiento verdadero como ofrenda, para permitir que Dios se siembre en nuestra propia historia.
Pero a veces estamos atorados en sufrimientos inservibles, que no son ofrendables, que son solo un capricho de nuestra inmadurez humana, pues estas esclavitudes entretienen nuestra generosidad para darle sentido a la historia. De todos estos sufrimientos tontos, hay que deshacerse para empezar a ver los verdaderos sufrimientos y el sentido de la historia.
Para liberarse de esos falsos sufrimientos, hay que realizar “acciones determinantes liberadoras”.  

 Hay muchas esclavitudes y vicios de los que nos hemos de liberar para ver con claridad el verdadero sufrimiento que llevamos, y el sentido que le daremos a ese sufrimiento y a nuestra vida como ofrenda.

3 – Dejar que la Palabra se haga carne

Semejante a María, la Madre de Cristo. Porque la Palabra es persona, es la persona de Cristo que busca una relación íntima y comunitaria. Pero implica romper con las ideologías que incapacitan el mensaje de Dios; romper con mis paradigmas de siempre para ver más allá, más largamente, y para escuchar con otra capacidad.
Cuando se va permitiendo que Dios se siembre, vamos siendo capaces de esto. ¿Hasta dónde veían los santos, hasta dónde escuchaban a Dios? ¿Hasta dónde ves tú en este momento de tu vida y hasta dónde escuchas?

Podemos imaginar estas capacidades del alma; nos podemos atrever a ver y a escuchar de manera diferente, desde el lente de una Palabra que quiere llevarnos a trascender, desde el sentido de un oído que se sacia de una comunicación que los transporta a las realidades más hondas; y entonces, a entender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.

Pero, ¿cómo se comienza a dejar que la Palabra tome carne, a dejar que Dios se siembre? Es preciso hacerla propia, al igual que has hecho propio algo que te parecía muy valioso… por ejemplo, cuando sufriste porque algún ser querido estaba enfermo o muriendo y hubieras querido sufrir en su lugar; como cuando alguna injusticia en la calle o el sufrimiento de cualquier indigente, te provocó el deseo interno de abrazarlo y de acompañarlo por un trecho de su camino para que experimentara que no estaba solo. Cuando tú has vivido algo así, sucedió que hiciste propio aquel sufrimiento y aquella persona. Así se recibe la Palabra, así se le hace propio, con su comunicación interna y con la comunicación de la persona divina que se adentra para dar fruto desde nuestra naturaleza.

Deja que Dios se siembre…

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dejar que Dios se siembre





Por el Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

La Palabra que Jesús quiere que recibamos, es la misma Palabra que ha dado principio a todo cuanto existe, es Él mismo, que desea hablar a los suyos desde lo más interno, para comunicarles el don de la vida y del amor.

Esta parábola del sembrador ha perdurado por estos dos mil años en el alma del pueblo creyente, porque está al alcance de la comprensión de la mayoría, pero sobre todo porque sigue provocando la imaginación, el anhelo y la respuesta de cada persona a dar de sí en las realidades espirituales.
Dios quiere entrar en cada uno como entra una semilla sembrada en la tierra, para alojarse en el misterio de la producción de la vida y ayudarnos a dar un salto mediante él, en el desarrollo de nuestra persona, nos quiere capaces de “ver y de escuchar” desde otro nivel de entendimiento, para entrar en relación con Dios.

Dejar que Dios se siembre en nuestro interior es tan importante hoy en día, cuando el mundo parece tan estéril, cuando el individualismo y el egoísmo nos lleva a producir satisfactores caducos pero no vida; en un mundo que, además, se ha vuelto hermético, ya nadie quiere escuchar a alguien y menos cosas de Dios; es también un mundo de procesos interrumpidos y de simulación.
En medio de ese mundo, nosotros queremos ser fértiles y dejar que Dios se siembre en nuestro corazón. Pero, ¿cómo iniciar esto? ¿Cómo constatar que Dios verdaderamente se está sembrando en mi persona interior?

Empezando por dar algunos pasos:

1- Implica ser permeable

Dejar que la Palabra de Dios nos empape, a semejanza de la lluvia de la que habla Isaías en la primera lectura; cuando la misión del agua es empapar la tierra y solo cuando la cumple regresa al cielo, así la Palabra de Dios busca su cometido: comunicar lo que está en el corazón de Dios.
Y es que esta Palabra no es solo una palabra pronunciada, como la nuestra, la de los humanos; esta Palabra de Dios que quiere sembrarse en cada uno, es una Palabra que porta un contenido de vida y de amor, es Palabra que nos capacita para entenderlo todo desde Dios, y para dialogar con Él.
Pero, ¿qué tan permeable eres para la Palabra de Dios? ¿Cuánta Palabra de Dios has permitido que se aloje en tu corazón? ¿Con cuánta Palabra de Dios vives tu realidad cotidiana y tu realidad trascendente?

2 – Implica darle sentido a la historia

 Aunque el mundo está sometido al desorden y a la esclavitud ––como dice San Pablo a los Romanos––, nosotros, los que llevamos las primicias del espíritu, anhelamos que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios; somos portadores de esperanza y de liberación.
Nuestro gemido declara que no estamos completos, que no estamos realizados perfectamente, pero también deja conocer que el sufrimiento nuestro y el de la humanidad, no ha sido ofrendado a Dios. Cuando decimos que hay que darle sentido a la historia, nos referimos a esto, a decidir trascender el sufrimiento verdadero como ofrenda, para permitir que Dios se siembre en nuestra propia historia.
Pero a veces estamos atorados en sufrimientos inservibles, que no son ofrendables, que son solo un capricho de nuestra inmadurez humana, pues estas esclavitudes entretienen nuestra generosidad para darle sentido a la historia. De todos estos sufrimientos tontos, hay que deshacerse para empezar a ver los verdaderos sufrimientos y el sentido de la historia.
Para liberarse de esos falsos sufrimientos, hay que realizar “acciones determinantes liberadoras”.  

 Hay muchas esclavitudes y vicios de los que nos hemos de liberar para ver con claridad el verdadero sufrimiento que llevamos, y el sentido que le daremos a ese sufrimiento y a nuestra vida como ofrenda.

3 – Dejar que la Palabra se haga carne

Semejante a María, la Madre de Cristo. Porque la Palabra es persona, es la persona de Cristo que busca una relación íntima y comunitaria. Pero implica romper con las ideologías que incapacitan el mensaje de Dios; romper con mis paradigmas de siempre para ver más allá, más largamente, y para escuchar con otra capacidad.
Cuando se va permitiendo que Dios se siembre, vamos siendo capaces de esto. ¿Hasta dónde veían los santos, hasta dónde escuchaban a Dios? ¿Hasta dónde ves tú en este momento de tu vida y hasta dónde escuchas?

Podemos imaginar estas capacidades del alma; nos podemos atrever a ver y a escuchar de manera diferente, desde el lente de una Palabra que quiere llevarnos a trascender, desde el sentido de un oído que se sacia de una comunicación que los transporta a las realidades más hondas; y entonces, a entender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.

Pero, ¿cómo se comienza a dejar que la Palabra tome carne, a dejar que Dios se siembre? Es preciso hacerla propia, al igual que has hecho propio algo que te parecía muy valioso… por ejemplo, cuando sufriste porque algún ser querido estaba enfermo o muriendo y hubieras querido sufrir en su lugar; como cuando alguna injusticia en la calle o el sufrimiento de cualquier indigente, te provocó el deseo interno de abrazarlo y de acompañarlo por un trecho de su camino para que experimentara que no estaba solo. Cuando tú has vivido algo así, sucedió que hiciste propio aquel sufrimiento y aquella persona. Así se recibe la Palabra, así se le hace propio, con su comunicación interna y con la comunicación de la persona divina que se adentra para dar fruto desde nuestra naturaleza.

Deja que Dios se siembre…

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Amar con el amor que Jesús quiere

Por el Padre Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo 

En nuestro tiempo podemos definir el amor de muchas maneras, incluso con las distinciones más bellas y universalmente aceptadas.  Pero desde este evangelio, estamos invitados a encontrar el amor que Jesús quiere. Un amor perfecto en su ejercicio.

Si la fuente del amor es Dios y nosotros queremos amar en esa dimensión, es necesario adherirnos a Jesús. Él es el comunicador con Dios Padre. Cuando ha dicho a sus discípulos: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”, no ha pretendido ser posesivo en el amor, ni descalificar el amor humano; sino hacer entender que solo el amor que pasa por Él, puede llegar a la perfección. Implica amar a toda persona, a través de Cristo.  No se es discípulo de Jesús por herencia familiar, sino por una opción personal que puede poner en crisis hasta los lazos familiares más sagrados.

El amor con el que Jesús quiere que amemos, se puede ubicar dentro del amor de caridad. Lleva una carga profunda de acogida. Implica recibir al otro desde donde éste se encuentra; bajarse hasta igualar la relación, y entregarle nuestro don, no como una dádiva, sino como un reconocimiento de la presencia y del don de Dios. Cuando amamos así, permitimos que Dios ame a través de nosotros. Solo entonces, nuestro amor se completa y plenifica; se hace perfecto.

¿Pero cómo damos los primeros pasos para amar así?

Meditemos estas tres propuestas:

1 -Que nuestro amor sea de acogida

 No de posesión o de fruición, sino de servicio y de don.

 Implica adelantarse a las necesidades de otro. No solo de quien me pide ayuda, sino del que me encuentra en algún trato o relación.

Como el profeta Eliseo y la mujer que lo invitó a comer, en la ciudad de Sunem. Según escuchamos en la primera lectura, ella lo recibió, se involucró en sus necesidades; tuvo la delicadeza de mirar desde el profeta. Y Él, de igual manera, la recibió. Miró desde ella, su necesidad más profunda: tener un hijo. El resultado: un intercambio maravillo de amor de acogida y de acompañamiento.

 ¿Hay algo más bello que el ejercicio del amor como lo hemos escuchado? ¿Cómo estamos recibiendo a los demás… a los de casa, a los que se acercan, y a los que son indigentes de amor?

2 -Que nuestro amor mire a la comunidad de destino

 Si fuimos incorporados a Cristo por el bautismo, formamos una comunidad cuya solidaridad crea una comunidad de destino con Jesús mesías. El ejercicio de nuestro amor se valora lo suficiente, si contempla este horizonte de fraternidad en Dios.

 Cuando tomamos en cuenta esta orientación en nuestros actos, morimos a nosotros mismos, salimos del orden de la injusticia y del egoísmo y nacemos al nuevo orden cuyo centro es Dios, con su amor y con su gracia.

 Para amar mirando a la comunidad de destino, tenemos los materiales espirituales  que nos permiten construir nuestra nueva personalidad.

3 -Que nuestro amor nos realice como discípulos

Somos dignos de Jesús si le damos nuestra adhesión sin reservas. Incluso hasta dar la vida por Él y por su proyecto.

 La realización del discípulo viene de portar la presencia de Cristo y del Padre. Esa es la recompensa que da Dios a quienes reciben a Jesús, la comunicación plena con el Padre Dios.

 Las personas de Dios que uno tiene que recibir son: los profetas, los justos y los niños. Ellos llegan a nosotros no por azares del destino, sino por el misterio de Dios, en calidad de enviados.
Un discípulo de Jesús, como cada uno de nosotros, quiere llegar a ser, se realiza amando con el amor que Jesús quiere.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya JESUS CADA DOMINGO: Hospedar a Jesús

XVI Domingo Ordinario Ciclo C
Gn 18,1-10; Sal 14; Col 1,24-28; Lc 10,38-42

Hospedar a Jesús

 El texto de Lucas que escuchamos hoy, bebe de la antigua tradición judía: “Hospedar al forastero”, porque en el forastero lo más probable es que estemos hospedando a Dios. Nosotros recordamos que Jesús viene de ser rechazado por los samaritanos. No lo recibieron porque iba a Jerusalén (9,53).

Las imágenes de Marta y María sirven a Lucas para mostrar las dos maneras ordinarias de seguir a Jesús: Marta representa a los seguidores de Jesús que proceden del judaísmo.

Ellos sí reciben a Jesús, pero no lo están escuchando. Procuran cumplir con muchos preceptos, al mismo tiempo que trabajar en las cosas del reino. Marta pretende arrastrar a su hermana a su actividad, dispersa, no clara en cuestiones del reino.

Ella cree que para seguir a Jesús hay que seguir con los esquemas judíos. Pretende imponer a los que no pertenecen al grupo, preocupaciones que, más que ayudar, ahogan el mensaje.

María representa a los setenta, a la comunidad más abierta de los que siguen a Jesús, a la comunidad no judía, como puede ser la samaritana.
¡Qué importante que hoy meditemos esta idea de hospedar a Jesús! Implica hospedar su Palabra y su Mensaje, e implica hacerlo desde las actitudes concretas de cercanía y familiaridad. Como Abraham o como María, a los pies de Jesús.

Nuestra hospitalidad hoy es un valor capaz de confrontar a la actual sociedad urbana, egoísta y anónima, que recibe muy poco, y menos a Dios. Nosotros queremos implicarnos en los quehaceres de hospedar, es toda una aventura. Lo podemos hacer desde las dos imágenes: tanto al modo de Marta, como al modo de María.

Intentemos estas tres actitudes:

1 – Descubramos cuándo Dios pasa

 A veces a través de las personas que no conocemos, Dios se manifiesta. Es muy difícil hoy en día ser hospitalario, pero cuando se ha escuchado bien la Palabra de Dios, se tiene claridad hasta para discernir en qué casos se puede abrir la casa y el corazón y en cuáles no.

De los acontecimientos y del encuentro con personas diferentes, podemos aprender mucho. Creo que lo primero que aprendemos es que Dios nos bendice, como a Abraham y a Sara. A veces hay que guardar la esperanza hasta un año.

2 – Comuniquemos el designio/secreto de Dios

 Que Cristo vive para todos, paganos y no. Se trata de comunicar lo que de Cristo yo llevo dentro. Al paso de los años, nuestro encuentro con Jesús en su Palabra y en la Eucaristía, nos ha llevado a vivir la experiencia de un mensaje que supera con mucho nuestras pretensiones más legítimas.

Ese es el mensaje que hay que compartir, el que nace de nuestra experiencia de haber hospedado La Palabra en nuestro corazón.
 ¿Estás bien seguro del mensaje que llevas dentro? ¿De qué secreto designio te empiezas a dar cuenta? ¿A quién recibes?

3 – Recibamos a la Persona de Jesús

 Su persona es Él y todo lo que lleva en su interior. Implica recibir su historia, sus sentimientos más profundos, lo más humano y lo más divino. Al igual que cuando aceptamos al mejor amigo y recibimos en la familiaridad toda su vida y sus proyectos.

 Recibimos a Jesús si nos acercamos a sus pies. Y si lo escuchamos. Esta es la mejor parte. Es la sola cosa importante: saber del “Reinado de Dios”.

 Recibimos a Jesús también en el servicio por la comunidad, como lo hace Marta, pero este servicio, si no presta suficiente atención a la Palabra, corre el riesgo de perderse en acciones aisladas que con construyen el Reino.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya JESÚS CADA DOMINGO: Hacerse prójimo

XV Domingo Ordinario Ciclo C
Dt. 30,10-14; Sal. 68; Col. 1,15-20; Lc. 10,25-37

Hacerse prójimo

 Lucas, en su Evangelio, nos presenta a Jesús que propone “El Reinado de Dios”. Es una alternativa en medio del mundo, para el mundo; pero para sus discípulos es una exigencia. Hace ocho días enviaba a sus discípulos de dos en dos, sin dinero, sin morral y sin sandalias, para hacer patente que los criterios del Reinado no son los del mundo y que los poderes de Dios no dependen de los poderes temporales.

Este Domingo, la Palabra de Dios nos llama a entender qué significa “hacerse prójimo” Este es nuestro tema. Y es muy importante porque vivimos en medio de un mundo en el que los prójimos son cada vez más escasos. La misma palabra nos va siendo extraña en medio de una cultura de masa y de individualismo en la que la persona humana y su dignidad es cada vez menos una realidad plena.
La gente del mundo, es decir la que no se ha adherido al Reinado de Dios, ve la salvación muy compleja, casi inalcanzable; es gente que vive de espiritualidades pobres que pronto tocan fondo y se acaban, por eso tienen necesidad de innovar algo misterioso, algo secreto o extraño, como queriendo encontrar las respuesta a sus grandes interrogantes. Es también gente que puede justificarlo todo, incluso la simulación, la mentira, el odio y la injusticia. Finalmente, es gente a la que le cuesta trabajo unir el culto a Dios con el amor al prójimo.

Hacerse prójimo, en estos tiempos, vale la pena. Pensemos tres ideas que nos ayuden en esta semana:

1 – Volvamos a nuestra ley interna

 A veces buscamos fuera lo que llevamos dentro, o buscamos lejos lo que tenemos tan cerca. Así nos habla Moisés en la primera lectura: los mandamientos de Dios no son solo una ley escrita en tablas, o algo lejano, están en nuestra boca y en nuestro corazón.

Cuando desviamos nuestra atención hacia una ley muerta, nos escondemos en ella para justificar nuestra falta de dominio. La fortaleza más grande de un ser humano no está en el perfecto dominio de sus actividades externas, sino en el dominio de su ley interior, en la manera en que escucha a Dios en su propia conciencia y es capaz de actuar coherentemente con los demás.

 Creo que muchas personas viven la depresión, el cansancio o el vacío, porque han dejado de exigirse a sí mismas y han dejado de traducir las riquezas que Dios ha dado en su alma a los demás.

2 – Mantengamos la consistencia de nuestra fe

Esta semana podemos reflexionar, ¿estoy siendo consistente en mi vida, en aquello que yo ofrezco a los demás, en mis convicciones y en mis proyectos? Cuando nos alejamos de Cristo, de su propuesta, todo se derrumba. Olvidamos que el mismo universo, como nos propone Pablo al escribir a los Colosenses, tiene consistencia no en su ser físico, sino en la cohesión que recibe de Cristo.
 Cristo es el Principio de todo, de la Iglesia como Nueva Humanidad, es el primero en levantarse de la muerte, el primero en amar. El hombre más consistente es aquel que se sostiene en Cristo, modelo de la creación de Dios.

3 – Hagámonos prójimos

 Hemos escuchado esa bella narración en la que Jesús responde a un jurista de su tiempo, un fariseo que para ponerlo a prueba le pregunta: ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús lo remite a su propio paradigma, a esa oración cotidiana del Shemà, ¡Escucha Israel…! Que no es malo, pero no está siendo bien leído. El fariseo, con toda su sabiduría y su lugar en la sociedad, no era capaz de hacerse prójimo.

 Nosotros también, como nuevos juristas de nuestro tiempo, podríamos estar justificando muchas cosas en nuestra vida, pero aplazando nuestra reacción a favor del que necesita de nosotros.
 En el Evangelio, como sabemos, un judío ha sido asaltado y malherido. Tres personajes lo han encontrado: un sacerdote, un levita y un samaritano. Pero solo uno, el samaritano, se ha movido a compasión. Jesús no le pregunta al jurista, ¿quién fue aquí el prójimo? Sino, ¿quién se hizo prójimo? Esa es la traducción más oportuna.

 Queridos hermanos, ser buen samaritano es ser capaz de amar como ama Dios, en forma personal, cuidando al caído, dejándose tocar por el dolor ajeno, involucrarse en un proceso de amor y salvar como Dios salva, desde la gratuidad. En medio de un mundo de individualismos y de justificaciones de ley, es preciso tomar la iniciativa de hacerse prójimo, es decir, cercano con cualquier hombre sin distinción. El Papa Benedicto XVI nos ha invitado en su encíclica “Dios es amor”, a hacer visible el amor de caridad.

 Si queremos empezar a ser prójimos, empecemos por actuar nuestra ley interna, desde la consistencia que da Cristo, en la práctica del amor gratuito, el amor de caridad.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Alegrar el mundo

En esta tercera etapa de nuestro camino de Adviento, el Evangelio nos presenta la inquietud de tres diferentes grupos que han sido alcanzados por la predicación de Juan Bautista.
Todos ellos han entendido que ha llegado el momento de una verdadera conversión y por eso preguntan: “¿Qué debemos hacer?”. Si nos fijamos bien, ante la predicación del bautismo de conversión para el perdón de los pecados: “la gente, los publicanos y los soldados” que conformaban los tres distintos grupos, no preguntaron: Qué debemos pensar o qué tenemos que creer, sino “Qué debemos hacer”. La buena noticia es operante. Lleva la exigencia de modificar el paisaje social y esto mismo genera en quien lo intenta, una Alegría muy particular. No la alegría simple de quien recibe un don o un beneficio, sino de quien experimenta la posibilidad de modificar su entorno.  Cualquiera que descubre que hay algo de valor que puede alcanzar, inmediatamente se alegra intentando hacer lo que sea necesario para lograrlo. Quienes escucharon a Juan, experimentaron esto: que podían dar un giro a sus vidas y a la vida social en la que se desenvolvían, sin grandes aspavientos, solo haciendo lo justo y ejercitando la caridad. Nosotros escuchamos lo mismo que ellos escucharon de Juan, por eso tomamos esta ruta en la tercera semana de Adviento, queremos Alegrar el mundo. Pero, ¿cómo hacerlo?

Intentemos tres actitudes:

1-Vivamos la alegría del aliento

 Los gritos de Sofonías sobre el pueblo de Israel, pueden escucharse hoy con verbos cargados de sentido: canta, da gritos de júbilo, gózate, regocíjate de todo corazón; son voces que nos animan para descubrir que Dios, poderoso salvador, está delante de nosotros, ya a la puerta en el Niño que viene a nacer. Dios se goza, se complace en quienes hacemos un esfuerzo. Dios hace causa con nosotros porque se pone en medio como en los días de fiesta.
La alegría del aliento tiene una faceta horizontal, se experimenta en compañía de quienes esperan el día del Señor. Implica gozarse con el otro, a modo de alentarse y confirmarse mutuamente en la experiencia del amor.

2 -Experimentemos la alegría de la templanza

 San Pablo exhorta a los filipenses para que vivan la alegría, cuando todavía está en prisión y se encuentra frente a una eventual condena a muerte; y aun así, en la prueba, alcanza un estado de serenidad que quiere compartir con sus hermanos. Quiere que experimenten la alegría que viene de la benevolencia de Dios; la seguridad de que el Señor regresará le permite no inquietarse, más aun alegrar a sus discípulos reavivando en ellos la experiencia del amor. Ser benevolentes con los demás implica amar, incluso, a quienes nos hacen un mal. Encontrar la paz de Dios en medio de la dificultad, sobrepasa toda inteligencia humana, y eso mismo es ya motivo de Alegría. Se puede permanecer firme en la prueba custodiando esta alegría y la paz, custodiando nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús. ¿Cómo custodio mi alegría y mi paz?

3-Tengamos la Alegría de la enmienda

 La enmienda es de índole ética y social, nace de una conversión auténtica. No consiste en observar la ley por la ley, sino en comprometer nuestra persona para dar lo mejor a los demás.
 Cuando uno se enmienda, recupera la imagen más nítida de su bondad y los principios que le garantizan una vida mejor para sí y para la comunidad.
Aquí está el efecto de la enmienda: Alegrar al mundo. Participar para que el mundo sea mejor, mientras viene el que da sentido a todo cuanto existe: Dios en medio de nosotros.
 Los tres grupos que preguntaron a Juan: ¿Qué debemos hacer?, encontraron una respuesta: la gente, que comparta sus bienes; los publicanos, que dejen de explotar al pueblo; los soldados, que eviten la injusticia. Aquí está la alegría que dura y transforma la sociedad y la entinta de esperanza.
 Para hacer posible la alegría de la enmienda, se requiere el Espíritu de Dios, sin el cual el “hacer humano” es solo una pobre sociología, que dura lo que dura una motivación débil.
Solo el Espíritu de Dios puede vencer nuestro natural egoísmo y alimentar nuestra pasión por alegrar el mundo de manera mantenida. ¿Cómo respondemos a la pregunta Qué debemos hacer? ¿Cómo estamos alegrando al mundo?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Ser voz profética

En este segundo domingo de Adviento, escuchamos que el evangelista Lucas, insiste en situar históricamente el nacimiento de Cristo.

Le importa decir que Dios ha entrado en nuestra historia y nos trae una buena noticia.
Cuando leemos en este evangelio que en ese tiempo “vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan”, entendemos que Dios desea dialogar con nosotros.

Si en nuestro tiempo no se percibe la Palabra de Dios, no es porque Dios haya dejado de hablar, sino porque nosotros hemos silenciado Su voz.

Consciente o inconscientemente hemos callado las voces proféticas, y también la nuestra.
Ser voz profética en este tiempo de Adviento y como actitud espiritual en nuestra vida, es la gran oportunidad que tenemos para dejar huella en la historia.
Si lo pensamos bien, entre el Bautista y nosotros hay una estrecha relación.
Entre Juan Bautista y los otros profetas hay una diferencia y una continuidad: ellos anunciaban a Cristo desde lejos, Juan lo pudo señalar con el dedo.

Entre Juan Bautista y nosotros sucede de manera semejante: él lo pudo ver y señalar con el dedo, nosotros lo tenemos en las manos y en el corazón, desde La Palabra y la Eucaristía.
Juan preparaba el camino del Señor, nosotros lo estamos andando.

 Cuando asistimos a un momento de la historia en que la voz de los líderes se quiebra y se apaga; o escuchamos voces que se pierden en el abismo de la indiferencia, se nota con mayor claridad la necesidad de una voz auténtica, con contenidos de liberación y de salvación.  Esta voz puede ser la tuya o la mía, si nace de la experiencia de Dios.

Para ser voz profética intentemos estas tres actitudes:

1-Dejemos el luto

Aquello que ahoga nuestras comunicaciones más importantes, las de la vida y las del amor.
Si nos atrevemos a dejar el luto como invita el profeta Baruc en la primera lectura, nos pondremos de pie, alzaremos la cabeza y nos sabremos reunidos por la voz del Espíritu.
Dejar el vestido de luto  implica gozar de entender que Dios se acuerda de nosotros y nos llama a hacer un camino.
Valdría la pena preguntarse ¿Cuáles son mis lutos? ¿En qué momento me endosé el vestido que apagó mi alegría y mi esperanza? ¿Por qué insisto en vestir así?

2-Caminemos hacia la perfección

 Para el apóstol Pablo, la vida del cristiano ha comenzado en Cristo, y es el mismo Cristo que nos irá perfeccionando, hasta el día de su venida; pero esto no sucede en automático, implica hacer un camino concreto en el amor.
Si crecemos en el amor lograremos dos efectos: la clarividencia para distinguir lo mejor y la conducta coherente con el amor.
Es la manera de llegar limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo.
Hacer el camino conlleva la aventura de la conversión.
Hay que atreverse a cambiar de mentalidad.  Descubriremos cómo todo se empieza a acomodar.
La sensación del orden interior y exterior es una excelente garantía de que caminamos hacia la perfección.
La voz profética que queremos ser en medio de nuestra sociedad, nace aquí, en la autenticidad de la experiencia de vida y de amor en Dios.

3 -Hay que irrumpir en la historia

 Si nos atrevemos a ser voz profética,  es porque somos conscientes de estar marcando el kronos-tiempo, con la esperanza de la vida nueva en Cristo.
Podemos meditar que somos continuadores de Isaías, de Juan Bautista, de Jesús, y de los apóstoles.
Es la manera en que juntos empujamos la humanidad hacia la culminación de la historia, hacia su liberación.
Ser voz profética implica escuchar a Dios que nos habla hoy: en la Sagrada Escritura, leída e interiorizada en la oración; en las acciones litúrgicas de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía, por medio de los pastores y desde el testimonio de los Santos y de los Mártires
Parece que ser continuadores de la misión profética no es sencillo, pero es una gran aventura que justo hoy nos dará lo que más estamos necesitando para recibir a Jesús, que viene a nacer en medio de nosotros.
¿De qué manera estás irrumpiendo en la historia, en tu historia personal, familiar o social?