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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dejarse encontrar



Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo

En el anterior episodio, los discípulos que seguían a Jesús bordeando el río Jordán, Andrés y probablemente Juan, “encontraron al Maestro”, entraron en su intimidad y experimentaron una nueva orientación para su vida.

Hoy sucede al revés, es el Maestro el que busca a los discípulos y éstos se dejan encontrar. ¿Qué implica dejarse encontrar? Implica dejar que Jesús nos encuentre en nuestra situación vital, en nuestro entorno laboral y de relaciones, y en nuestros deseos de trascender.

Dejarse encontrar por el Maestro requiere estar dispuestos a un cambio profundo en la estructura de nuestro ser. No se puede ser un discípulo; es decir, estar siguiendo a un Maestro, estar haciendo escuela, y seguir conduciéndose con los mismos paradigmas. En el momento mismo de echarse a andar en el seguimiento del Maestro Jesús, es preciso, modificar nuestros criterios y permitir que la sabiduría y los criterios del Maestro, nos contengan.

Así ha sucedido con las dos parejas de hermanos que se dejaron encontrar por Jesús. Cambiaron radicalmente la estructura de sus personas y sus proyectos de vida: “Dejaron las redes y lo siguieron”, dejaron su actividad diaria para incursionar en una nueva, quizás la que habían esperado por mucho tiempo. Los otros dos hermanos: “se fueron con Jesús”, aceptaron su itinerario, prefirieron su ruta a la propia.

Cuando unos y otros escucharon las palabras de Jesús: “El tiempo se ha cumplido”, escucharon “tiempo, como kairòs” no como kronos, es decir: tiempo como momento de salvación, la hora para la que hasta entonces habían vivido; el tiempo en el que Dios interviene en la historia personal y comunitaria.

En sus mentes esa expresión los persuade para dejarse encontrar.
También escucharon: “Conviértanse y crean en el Evangelio”; es decir: cambien de mentalidad y crean en el Evangelio”.

La palabra que escucharon fue: “metanoèite”, que significa no solo “conviértanse”, sino que cambien de mentalidad, tengan otros criterios más allá de los propios, adquieran una manera diferente de pensar.

Dejarse encontrar por Jesús Maestro, implica cambiar y dejarse guiar por Él. ¿Cómo se hace un cambio consistente, para permitir que el Maestro nos desarrolle o nos rehaga?
Cada uno de nosotros ha realizado cambios importantes en su vida, algunos de esos cambios nos habrán liberado y abierto el horizonte.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos permite intentar tres niveles de cambio, para dejarnos encontrar por el Maestro:

1- Hay que cambiar de conducta

Los habitantes de Nínive lo hicieron; cambiaron su mala vida. Este cambio, al igual que el cambio de un vicio o una adicción no sucede solo por una buena intención, es preciso aceptar que se ha hecho un camino equivocado y que nuestra conducta equivocada desagrada a Dios y afecta a los demás.
Para cambiar de conducta, es necesaria la autodisciplina, la templanza, el ayuno, el arrepentimiento y la oración. Se cambia solo si se está convencido de la bondad del cambio.

2- Hay que cambiar de actitud

 San Pablo habla de vivir nuestras vidas y relaciones como si no contaran: “que los casados vivan como si no lo estuvieran…” claro que no entendemos desentenderse del gozo y la responsabilidad que implica el matrimonio, o el sufrimiento y la alegría, sino vivir las realidades de nuestro tiempo con una actitud más universal y trascendente. Abrirse a una realidad que está por venir, una realidad en la que seremos colmados, porque las realidades de este tiempo son caducas e imperfectas.
El cambio de actitud ante la vida, implica entender que aquí nada es definitivo, solo vamos de paso. Hacer lo propio en razón de lo que viene, vivir con una visión creyente.

3- Hay que cambiar de mentalidad

Permitir que el tiempo kairòs suceda, en una conversión-metanoèite que nos abre al reinado de Dios que está cerca, y cuyas leyes son distintas a las que estamos acostumbrados.

Jesús ya había realizado su metanóia, Él no miraba las leyes religiosas y políticas igual que los demás, por ello pudo hacer un camino distinto del de los demás. Como ejemplo podemos recordar la liberación de la pecadora arrepentida. Si Jesús la liberó fue en razón de este cambio de mentalidad, de criterios; lo más importante de la persona humana no está al descubierto, sino en el interior, que es desde donde se toman las grandes decisiones de la vida.

La verdadera metanóia de los discípulos que hoy encuentra Jesús Maestro está aquí, en salir de sus esquemas de vida: los primeros, Simón y Andrés, inquietos, estaban pescando, pero esa actividad no los satisfacía del todo.

Los segundos, Santiago y Juan, estaban retenidos por su padre, inactivos, solo arreglando las redes, estaban insatisfechos de su vida, por eso es que Jesús los atrae con su propuesta en un solo golpe. Podría decirse que para ese momento habían vivido para ser alcanzados por el Maestro, para ser encontrados.

Después viene el cambio principal; una vez que realiza el cambio de mentalidad, viene la nueva persona: “Haré de ustedes pescadores de hombres”; es decir, los llevaré al desarrollo más pleno de sus habilidades primarias, saciaré sus ansias de universalidad.

Si estos discípulos no se hubieran dejado encontrar por Jesús, habrían terminado sus vidas ahí, pescando, y no habrían llegado al magis, al plus.

Nosotros podemos preguntarnos hoy: “¿Cómo me dejo encontrar por el Maestro, cómo me dispongo para el cambio?”. O: “¿Qué es lo que me ata y me mantiene estático, inactivo, inacabado?”.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Encontrar al Maestro





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo



Andrés y otro discípulo encontraron al Maestro ahí, en su vida privada, en su intimidad. Esto se escucha simple; sin embargo, fue muy complejo. Digamos que estos dos discípulos encontraron el tesoro por el que una persona podría pasar toda una vida buscando.

Los especialistas coinciden en afirmar que el otro discípulo es el mismo narrador, Juan Evangelista. Ambos eran personas inteligentes, en búsqueda de algo verdaderamente importante para sus vidas. Podemos hoy, después de dos mil años, asomarnos al espejo de estos dos discípulos; en muchos de nosotros aparece desde lo más profundo este deseo de hacer algo importante con nuestra vida; así eran los discípulos de todos los tiempos, desde Samuel en el siglo XI antes de Cristo, Andrés y Juan, hace dos mil años, y hoy nosotros mismos. Se requiere estar en búsqueda, pagar el precio de buscar y esperar, hasta encontrar a la persona que redireccionará nuestra vida.

En el fondo, un discípulo es alguien que tiene esta exigencia máxima en su conciencia: “¿Qué he de hacer con mi vida?” Es uno que sabe que Dios se trae un asunto importante con él, que su vida es importante no solo para sí, sino para otros, y teme fallar.

Así estaban estos dos discípulos; primero, buscando en Juan bautista, pero esperando al Maestro de Maestros, al Mesías, al Ungido.

Parece que el mundo en el que vivimos necesita nuevos discípulos; es decir, gente que se haga la pregunta importante sobre la dirección que tomará su vida; y, al mismo tiempo, necesita nuevos maestros.

Nosotros queremos pensar esta idea: “Encontrar al Maestro”, en un momento importante de la historia, cuando el mundo ya no está en búsqueda de estas cosas, cuando hace falta que muchos se encuentren con el Maestro, cuando hacen falta maestros en todos los ámbitos; maestros, educadores, padres de familia que esclarezcan la dirección de muchas vidas… sobre todo, hacen falta maestros espirituales.

Cada uno habrá experimentado a Jesús como su Maestro, cuando hemos tomado decisiones fincadas sobre los criterios del Evangelio. Más aún, si hacemos memoria, habrá alguien que ha experimentado la cercanía con Jesús en su intimidad, como ha sucedido hace dos mil años con estos discípulos. Sin embargo, para este momento de nuestra vida, conviene encontrar de una manera nueva al Maestro Jesús. Para iniciarnos, hay que intentar estos tres pasos:

1- Conocer por intuición

 Desde una sabiduría que no dominamos, que no es nuestra, que nos sobrepasa. La intuición aquí no significa un conocimiento pobre, no comprobable o poco científico, sino un conocimiento que inicia donde la razón topa.

 Aquí es preciso abandonarse a las incursiones del Espíritu, esperando como el joven Samuel en el templo de Elí. Al principio no se sabe de quién es la voz, de dónde viene, porque no hemos tenido la experiencia de Dios. Conocer a Dios así, implica discernimiento y humildad, para dejarse guiar por otro, “un Maestro”, y mejor, “Jesús Maestro”.

 ¿Cuántas cosas has alcanzado por intuición? ¿Fueron ciertas o no? ¿Fueron muy importantes en tu vida? Es verdad; cuando permitimos que nuestro Espíritu se ensanche libremente en sus búsquedas, quizás en sus imágenes no claras de la noche, como a Samuel, en la incomprensión de gran parte de lo que estamos alcanzando, viene el acontecimiento importante para el que hemos hecho escuela.
Quizás un poco atrevido, digo que: la intuición es, en este caso, como una sonda hacia el infinito, que nos permite asomarnos a un universo que no está al alcance de nuestros sentidos, y no en el solo fenómeno de nuestra existencia humana.

2- Conocer en espíritu

 Porque en Cristo somos un solo ser, miembros de su cuerpo, lo que nos sucede, sucede en Él. Conocer en espíritu, implica ir más allá del conocimiento superficial de nuestras personas, más allá del cuerpo.

 Sería limitante entender la frase “El cuerpo no es para fornicar” con una interpretación meramente sexual. Cierto que Pablo habla a una comunidad de costumbres relajadas en Corinto, pero en la base está su concepción de persona humana, de ser en Dios, una concepción aristotélica de cuerpo y alma.
 Creo que San Pablo quiere llevar a los suyos a un nivel de conocimiento superior. En lenguaje bíblico del Antiguo Testamento, conocer significaba pasar una noche en la intimidad. Pues ahora hay que conocer en espíritu, un conocimiento superior.

Conocer en el espíritu, es dejar que el otro me aborde con el peso de su espíritu, con la especificidad de su persona espiritual que me topa y me embarga; esto sucede en mi cuerpo, pero de una manera distinta. Cuando nos encontramos, su espíritu se asoma y me permite ver más allá de su cuerpo, quizás deteriorado o feo, la belleza irrepetible de su ser espiritual, entonces su espíritu gravita en nuestra relación, a veces hasta permitir la posesión. Si esto es con las personas con quienes nos amamos, ¡cuanto más con Dios!


3- Atreverse a habitar Su morada

Me encanta imaginar a esos dos discípulos siguiendo a Jesús, entenderlos en la ternura de quienes lo siguen respetando el entorno del Maestro, su andar y su silencio. Les llegó el momento más importante de sus búsquedas, cuando Jesús voltea y les hace la pregunta clave: “¿Qué buscan?”.
 Pudo haberles preguntado: “¿Qué quieren?”. Ellos podrían haber respondido: “Queremos tu enseñanza, tu ciencia o tus conocimientos”. De responder así, quizás todo habría terminado en un encuentro impersonal y poco comprometido; pero no, los discípulos fueron inteligentes al decir: “¿Dónde vives, Rabí?” Y con eso le dijeron entre líneas: “No buscamos algo, te buscamos a Ti”.

Jesús se habrá complacido en la respuesta de aquellos discípulos; pudo ver que no eran cualesquiera discípulos, sino unos que estaban dispuestos a llegar hasta donde el Maestro los llevara. Siempre nos goza mostrar nuestro “hábitat más personal”, el lugar donde somos nosotros mismos… pudo ser igual para Jesús.

Los discípulos, al preguntar: “¿Dónde vives, Rabí?”, se están invitando a entrar en la esfera privada y espiritual del Maestro; quieren saber de sus rutinas, no solo sus conocimientos, sino cómo surgen sus conocimientos, cómo realiza la “alquimia” de ser el gran Maestro interior; experimentar las producciones de su amor, hacer una sola causa con Él en Su proyecto, en Su espíritu, en Su intimidad. Su unción los tiene prendidos, “El Ungido” les hace experimentar la impronta de Su espíritu, lo inagotable de Su fuerza comunicadora de vida y de amor.

Jesús dice: “Vengan y lo verán”, porque el camino para conocer a Dios no es la sola razón, sino la experiencia personal, la experiencia de la comunicación gozosa de la persona interior.

Y al final, “Atreverse a habitar en la morada del Maestro”, implica recibir la redirección de la vida. Para Andrés y Juan, a partir de ese momento, la vida tuvo una orientación decisiva, tan definitiva y profunda que la existencia toda no les bastó para terminar su escuela ni para comprender la totalidad del misterio de su Maestro.

Pedro recibió su redirección: “…Tú te llamarás Kefás”. No lo invitó en ese momento a seguirlo, solo dio dirección y sentido a su vida.

Encontrar al Maestro nos conviene, especialmente hoy, cuando hace falta tanto el rumbo de nuestra vida personal y colectiva, cuando hacen falta discípulos y maestros, maestros espirituales.
Si hoy Jesús te pregunta: “¿Qué buscas?” Tú, ¿qué respondes?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Signos de encuentro



Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muños-Ledo



La “Epifanía”, como manifestación de Dios, se da en un movimiento continuo de respuesta a Dios. El arranque del movimiento es la encarnación, es el movimiento de Dios hacia nosotros, y la continuidad del movimiento sucede en la Epifanía, es el movimiento de nosotros hacia Dios.
Las imágenes intensas de los “Reyes Magos”, pueden inspirar en nuestra vida diaria una actitud esperanzadora y sabia ante la vida. Los que buscan al Niño son personas inteligentes, de estudio; sabios o científicos de Oriente, según la narración de Mateo. Personas que no están satisfechas con el mundo en el que viven ni con los hallazgos que han alcanzado hasta ahora. Esta actitud es atrayente; en verdad, la gente inteligente sigue por naturaleza la luz, busca alcanzar el tope de todo cuanto existe.

Para los no creyentes, podría bastar con la apertura a nuevos conocimientos, como lo hicieron los Reyes Magos, para desinstalarse de sus lugares y ponerse en marcha, siguiendo los signos y las intuiciones de su ciencia. Al final de todas sus búsquedas, lo que el hombre quiere es a Dios; puede ser desde los trascendentales: Verdad, Bondad y Belleza.

Los Reyes Magos han alcanzado La Verdad en el Niño recién nacido; si no hubiera sido así, no se habrían postrado y no lo hubieran adorado. Pero, ¿qué es la Verdad? ¿Cómo se permanece frente al trascendente? Es una respuesta que aparece clara en este Evangelio: la Verdad se encuentra en el diseño de Dios sobre la persona humana. Al final de todos los avances científicos y tecnológicos, La Verdad permanecerá en el ser humano que Dios modeló. Es con el hombre de cada tiempo que Dios tiene un diálogo y un encuentro de salvación.

Estos personajes de hace dos mil años provocaron al rey Herodes, hicieron temblar a toda Jerusalén con él, porque siendo gente de ciencia, se desinstalaron de sus palacios para buscar al Rey Universal, para encontrarse con el que trasciende todo conocimiento, con el que es origen de la vida.

Así también nosotros hoy, queremos ser espejo de estos Reyes Magos, queremos ser nuevos Reyes Magos, capaces de provocar al hombre de nuestro tiempo, tan distraído en los particulares de su propia producción y ajeno al verdadero movimiento de sabiduría y de vida en Dios.

¡Qué importante que aceptemos ser “Signos de encuentro” en un mundo tan lastimado por los desencuentros; un mundo que pierde el universo de lo simbólico, que se ha vaciado de los signos que trascienden el hombre!
Para iniciarnos como “Signos de encuentro” podemos intentar estas tres ideas:

1- Hay que levantarse

 Como canta Isaías a Jerusalén en la primera lectura. Como se levantan los Reyes Magos, desinstalándose de sus comodidades para ir en búsqueda de lo que trasciende.  Levantarse implica buscar en el sagrario de nuestras conciencias La Verdad que va a satisfacer nuestras ansias de eternidad. Implica permitir que resplandezca Dios en nosotros, antes que nosotros sin Dios.  Al levantarnos, podemos entender que el corazón se ensancha, preparándose para un conocimiento y una vivencia mayor, se agolpa en la intuición del misterio que está por develar y, entonces, se sacia de certezas.


2- Hay que interpretar signos

Seguir el rastro de las manifestaciones de Dios, estar atentos en los lugares donde Dios aparece: los Reyes Magos veían una estrella, ¿nosotros qué vemos? La verdad del ser humano en la vida del Niño. La igualdad de los hombres ante Dios, el Niño nos iguala a pastores y a sabios. La autenticidad del Nuevo rey, ¿cuál es nuestro rey… por qué caminos lo encontramos?
Una cosa nos debe igualar a los reyes: ellos sabían que no habían llegado al “magis”, al tope de sus conocimientos ni de su experiencia de vida, por eso buscaban ir detrás de las representaciones sociales de su tiempo, detrás del signo que nos da el contenido.


3- Hay que postrarse

 Ante el Rey Universal, ante la pareja real, ante la propuesta de alianza que Dios nos presenta en Jesús.
Nos cuesta trabajo postrarnos, no estamos acostumbrados, porque nos hemos erigido en el lugar de Dios. Pero realmente nos hemos postrado ya alguna vez y no ante Dios, sino ante las expresiones de nuestra soberbia, ante las ventajas de la riqueza, del poder o de la fama; quizás ante la violencia y más…

Postrarse ante el Dios Niño, ha permitido el encuentro de miradas entre los sabios y el Hijo de Dios. Si estos personajes de hace dos mil años nos pudieran responder a la pregunta: ¿qué vieron en aquel pequeño que los postró en adoración y los llevó a entregar los dones que por todo el tiempo de su viaje guardaron para Él? Quizás responderían: “Nos vimos a nosotros mismos; en un instante nos fueron claras todas las cosas, las del cielo y las de la tierra; por un instante nos asomamos al universo insondable de Dios”. Y nos dirían, además, que encontraron su propia identidad en aquel que los hizo desde su eternidad.

Finalmente, estos Reyes Magos se postraron para sacar de su interior, en la intimidad de ese encuentro, el don de Dios que ya habían recibido.

¿Cuál es el don que Dios nos dio y que podemos presentar a Jesús como garantía de vida? ¿Cómo me aproximo al misterio de la encarnación de Dios para asirme de su movimiento de trascendencia?
El mundo en que vivimos nos necesita, más que nunca, como “Signos de encuentro”; necesita que en la imagen de aquellos sabios de Oriente, nosotros nos veamos reflejados.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Reavivar la pertenencia

Por Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

Al celebrar hoy “La Sagrada Familia”, podemos tomar esta hermosa imagen de La Familia de Nazaret. No es una familia normal desde nuestras categorías culturales; parece más bien una familia “atípica” si consideramos que la madre es virgen, el padre es Dios, José ejerce una paternidad legal y espiritual, y el hijo es divino y humano. Sin embargo, esta misma condición a través de la cual Dios ha querido venir al mundo, nos permite comprender que la familia tiene un universo insondable de formas de manifestarse. En el centro de esta familia y de todas las familias del mundo encontramos esta constante: la necesidad de una relación de pertenencia y el lugar en el cual ser educados, instruidos y ayudados a descubrir nuestra vocación más alta.

 Incluso nuestras familias disfuncionales, ¡cuánta riqueza alcanzan cuando se esfuerzan por vivir una sana pertenencia y un proyecto mínimo de familia!

 José y María han insistido en educar a Jesús en la tradición de los que esperaban la liberación de Israel. Llevan al Niño para presentarlo y consagrarlo al Señor. No solo por mera tradición, sino para marcar en la historia personal, familiar y comunitaria, la ascendencia y la pertenencia de Jesús a la familia de Abraham y, así, a la de su Padre Dios.

 A nosotros hoy, nos viene muy bien retomar este sentido vivencial y ritual de nuestra pertenencia. Especialmente ahora, cuando vivimos un tiempo en el que las raíces se pierden en las ideologías del relativismo y el secularismo. Un mundo, además, que no se interesa mucho en dar continuidad a sus instituciones y a la memoria de sus antepasados.

 ¡Qué tesoro tan grande recuperar nuestra pertenencia familiar y religiosa, y tomar vida de esta experiencia!

Intentemos tres actitudes para reavivar nuestra pertenencia

1-Mantengamos el vínculo por la honra

 Nuestros referentes vitales siempre estarán ahí: son nuestros padres y hermanos. Honrar a los padres en la sabiduría sapiencial de Eclesiástico, nos permite recoger las bendiciones de Dios: quedar limpio de pecado y acumular tesoros. Encontrar alegría en los propios hijos y en la oración escuchada, tener larga vida y consuelo.
 ¡Qué gozo inmenso tener la posibilidad de cuidar a nuestros padres en la vejez, y experimentar que nuestra vida tiene un grado de pertenencia a ellos!

2-Vivamos la vida familiar con un sentido de consagración

 En este sentido hay que celebrar la pertenencia cuantas veces nos lo permitan las circunstancias de la vida. Implica crecer en una fuerte espiritualidad de comunión y dejar de lado el pensamiento individualista.
La consagración a la vida y al amor familiar no depende de ceremonias, sino de actitudes; por eso podemos enseñarnos mutuamente, acompañarnos y mostrarnos magnánimos, humildes, afables y pacientes.

3- Hay que sostenerse como piedras vivas

 El anciano Simeón, movido por el Espíritu fue al templo, y encontró a la familia de Nazaret. Estuvo seguro de ver en aquel Niño al Salvador.
Lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios por permitirle tan grande don. Simeón reveló que Jesús sería puesto como piedra de toque para ruina y resurgimiento de muchos.

 Nosotros podemos sostener la vida familiar así, como piedra de cimiento, para levantar el proyecto familiar. La pertenencia implica también esta carga, similar a la de María: “…y a ti, una espada te atravesará el alma”, pero en el propio ejercicio de carga, viene dada la capacidad para dejarse atravesar.
 ¿Quién soy desde mi pertenencia familiar y religiosa?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Nuestra condición humana

Por Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo



Escuchamos a Lucas describir con toda precisión el momento histórico en que Dios interviene en la historia humana: cuando se promulgó el censo de Cesar Augusto y Quirino era gobernador de Siria; y la manera en que Dios nace: en la contingencia de un viaje, en la precariedad de las necesidades básicas de una familia, envuelto en pañales y puesto en un pesebre.

Jesús nace en nuestra condición humana. Este es el gran misterio a vivir, el hombre no necesita otro camino que su misma condición para ser salvado. Dios no se equivocó desde la creación del mundo y del hombre, tampoco se equivocó en una noche como hoy, al asumir nuestra condición humana. Su proyecto de amor por nosotros sigue vigente, este es uno de los contenidos al que nos acercamos esta noche: constatar una vez más que Dios viene a salvarnos desde nuestra pobreza, desde nuestra necesidad de Él, en la realidad de nuestra condición humana.

Cuando el mundo espera la salvación, que venga de arriba, de afuera o –como se escucha en estos momentos de nuestro desarrollo– desde el solo avance tecnológico, Dios nos remite una vez más a la condición de nuestra humanidad, a la esencia de nuestro ser de humanos: seres en relación y en diálogo de amor con Él, que es principio de toda vida y de eternidad.

Nos acercamos esta Noche Santa al nuevo pesebre de Belén, desde la situación histórica de nuestra vida familiar, en el lugar de familia, en casa, para volver a creer en la persona humana, por más que a veces nos hemos defraudado mutuamente, o hemos descubierto a un humano tan fuera de sí, generando tanta violencia, que parece haberse vuelto lobo para el mismo hombre. Queremos apostar a nuestra condición humana, porque es desde esta condición nuestra que Dios nos salva.
Sigamos estas tres ideas…

1- Retomemos nuestro signo imperial

 Al igual que en el anuncio de Isaías, desde nuestra condición humana llevamos sobre los hombros un signo reflejo de Jesús: “Consejero admirable”, “Dios poderoso”, “Padre sempiterno”, “Príncipe de la paz”. ¿Cuál es el nuestro? ¿Con qué signo aportamos para reencontrar el valor que el Creador dio a nuestra humanidad?
En este signo que hoy podemos descubrir en la intimidad de nuestra oración y de nuestra donación a Dios, pervive el contenido de lo esencial humano.

2- Manifestemos la gracia que define

 Si la gracia de Dios se ha manifestado, nosotros podemos contribuir a que el favor de Dios se haga visible. Cuando al mundo le faltan definiciones para entenderse y para continuar, podemos ser maestros de conducta humana ante Dios, purificando nuestra propia vida y haciendo patente que la vida de religión es el único camino para salir al encuentro con Dios.

3- Apostemos una vez más a la persona humana

 Entrando en su universo, entrando en su historia, como lo hizo Dios en María. Hay que apostar a la persona humana desde la paradoja del desarme, de la pobreza. Esta es la imagen que contemplamos en el pesebre: que Dios salva desde abajo, aquí estorba toda soberbia, o pretensión de dominio. Dios quiere salvar así, desde los marginados.
Nosotros podemos recoger el reflejo luminoso del Niño en cada ser humano, porque cada uno hemos sido hechos por Él, llevamos las huellas de su hechura; quizás esta sea una buena tarea en Navidad, encontrar en nuestra condición frágil y dependiente del amor de Dios, al hombre y a la familia que Dios quiere amar y salvar.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Testigos de la luz





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo

El Evangelio nos presenta a Juan el Bautista como testigo de la luz, en el tiempo en que el pueblo de Israel atraviesa por una lucha entre las tinieblas y la luz. Este momento puede compararse con nuestro tiempo actual. Hoy también vivimos esta lucha de las tinieblas y la luz; no hay muchos testigos en nuestra sociedad, y menos testigos de algo luminoso, que proponga un testimonio bien informado.
Nosotros queremos ser testigos de la luz, al estilo de Juan Bautista, pero con nuestros propios alcances y recursos.

Primero descubramos qué significa ser testigo de la luz. Nos puede servir imaginar un cuarto iluminado. Imaginemos que estamos fuera, en la oscuridad; el que se asoma, introduce solo el rostro, y en ese instante su semblante se pinta de blanco; entonces voltea hacia los demás.

Todos ven algo en su aspecto, que ya es simbólico, deja conocer que el interior de aquella habitación iluminada tiene la capacidad de imprimir su sello en quien se asoma.

Pueden preguntarle, ¿qué viste? Insistir con curiosidad, ¿qué hay allí? Pero a veces basta el signo; o, mejor, comunica más el signo que las palabras. Al final, quien desea saber más, tendrá que vivir la experiencia del asomo.

La escena del sepulcro el día de la resurrección puede ayudarnos mejor. Todos recordamos que una vez que las mujeres encontraron la piedra rodada y el sepulcro vacío, llevaron la noticia a los discípulos. Recordamos quiénes fueron corriendo al sepulcro: Pedro y Juan; que Juan llegó primero al sepulcro se asomó y vio las vendas en el suelo y el sudario doblado en sitio aparte, pero no entró; entonces llegó Pedro que lo venía siguiendo. ¿Puedes imaginar lo que Pedro vio en el rostro de Juan? Juan se habría volteado, ya con el rostro lleno de su asomo, para encontrarse con la mirada de Pedro.
 Juan le mostró la luz de vida y de esperanza de la resurrección que lo entintó en el fugaz asomo.
Así considero que puede entenderse ser testigo de la luz. Implica mostrar a los demás nuestro rostro iluminado, después de nuestros asomos al misterio y a la misericordia de Dios.

El mundo necesita testigos y necesita luz; necesita testigos de la luz. El mundo necesita ser iluminado por el esplendor de La Verdad y del Amor que hemos alcanzado en nuestros asomos al misterio de Dios.

 Para ser testigo de la luz…

1-Experimenta tu unción

 Ungidos por el Bautismo y la Confirmación, cada cristiano está enviado a comunicar el Espíritu que habita en él y las liberaciones propias de la unción.
En la primera lectura escuchamos que el profeta ha sido ungido y enviado para anunciar la buena nueva a los pobres; nosotros, nuevos testigos de la luz, podemos recordar las veces en que hemos liberado a alguien. ¿Recuerdas?

El instante en que perdonaste una deuda económica o una ofensa a alguien que te pidió perdón, ¿cómo se iluminó su rostro? Esos son nuestros asomos al misterio de Dios.
Una madre que se desgasta por sus hijos, se priva incluso de sus alimentos, para que sus hijos no sufran carencias. Alguien pudo volver de la muerte, alguien más ha sido testigo de un acto de heroísmo en el mejor de los sentidos, todo esto son asomos al misterio de Dios que iluminan nuestros rostros como nuevos testigos de la luz.


2- Deja que el Espíritu actúe

 Los carismas en nuestros hermanos de la familia y de la comunidad, son luminosos; hay que promoverlos y permitir que iluminen las tinieblas del mundo en el que nos encontramos. El Apóstol nos exhorta a no impedir la acción del Espíritu y a vivir con alegría conservándonos irreprochables hasta el final.

Un testigo de la luz, se acostumbra a descubrir de manera inmediata los carismas de luz en cualquier lugar; como experto testigo, está llamado a descubrir y promover hasta su mejor realización las mociones del Espíritu.
En ocasiones nos cuesta trabajo aceptar los dones que Dios ha dado a los demás; para un verdadero testigo, es un gozo descubrir estos dones con su luz, porque sabe que el mundo los necesita y que la acción del Espíritu no tiene fin.

3- Sé una voz alegre en el desierto

 Juan dijo de sí mismo: Yo soy la voz que grita en el desierto: enderecen el camino del Señor.
Nosotros podemos ser una voz alegre, anunciar al Señor desde nuestra propia experiencia.
Siendo voz alegre en este nuevo desierto urbano, podemos modificar la visión que del mundo tienen tantos hermanos nuestros que se encuentran en tinieblas. Podemos romper las tinieblas de las relaciones turbias y las ideologías que oprimen o empobrecen al hombre.
No escondamos nuestro testimonio de Luz, el mundo necesita conocer nuestros asomos al misterio y al amor de Dios; seamos hoy y siempre: testigos de la luz.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Los últimos profetas



Por Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo


El inicio del Evangelio de Marcos nos regala una visión panorámica del profetismo: por un lado la promesa en voz del Profeta Isaías, que podemos considerar como el último de los Profetas del Antiguo Testamento; y por el otro Juan Bautista, a quien podemos considerar como el primero de los Profetas del Nuevo Testamento.

Marcos evidencia que ambos profetismos están en perfecta secuencia: “En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un arrepentimiento para el perdón de los pecados”. Pero, al mismo tiempo, es claro que el profetismo mesiánico ha llegado a su culmen.

Nos viene una buena pregunta este domingo: nosotros, los cristianos del segundo milenio, ¿esperamos un nuevo profeta?

La respuesta es negativa: no esperamos un profeta más al estilo de Isaías y Juan Bautista. Con la llegada de Cristo ese profetismo llegó a su fin; para ello fueron llamados.
En Cristo conocemos la plenitud de La Revelación, la plenitud de la comunicación con Dios y de la salvación.

Pero, ¿habrá más profetas entre nosotros? Sí, nosotros mismos, los que hemos sido alcanzados por Cristo, somos los nuevos y últimos profetas, con la misión de anunciar a Jesucristo muerto y resucitado; y de comunicar al mundo la experiencia del amor en nuestro encuentro con Él.
¡Qué importante experimentarnos como últimos profetas, como aquellos a quienes toca informar al mundo de las realidades salvíficas de Dios y de su llamamiento a una vida de comunión plena con Él, en la etapa final de la historia!

Al ser conscientes este domingo de ser los últimos profetas, ¿qué experimentas? Probablemente compromiso, alegría, esperanza, etc.
En medio de un mundo de falsos profetas, un mundo que tiene necesidad de enderezar caminos a través de una palabra de esperanza y de verdad, nosotros queremos ser últimos profetas. Para lograrlo, el Espíritu de Dios te está dejando conocer algo en tu corazón, pero aquí te proponemos estas tres acciones que pueden ayudarnos:

1- Sal de la servidumbre

 ¡Hay tantas esclavitudes en nuestra vida diaria que no nos permiten trascender y compartir el misterio que llevamos dentro!
El cántico de Isaías es bello en su provocación: terminó el tiempo de tu servidumbre. En el nuevo tiempo, es necesario preparar el camino del Señor. Subir al monte y anunciar noticias alegres.
Si miramos nuestras vidas, es probable que cada uno de nosotros encontremos más de una servidumbre: alguien con algún vicio, la simple desesperanza, la pobreza para vivir el amor, que a veces se desgasta en egoísmos o en su tendencia posesiva. Habría que preguntarse, ¿cuáles son nuestras servidumbres y cómo podemos salir de alguna o de todas?
El anuncio de noticias alegres nace de la experiencia de ser amados por Dios, sostenidos en brazos del Pastor.

2-Sostiene fielmente los elementos vitales

 Cuando Pedro nos habla de las consecuencias morales de la espera del Señor, la exigencia propia del que espera una tierra y un cielo nuevo, y nos presenta el día del Señor como un cataclismo en el que los elementos de la naturaleza serán destruidos, ¿a cuáles elementos se refiere? Es probable que se refiera a los que todos conocemos: tierra, agua, aire, fuego. Es decir, aquello sin lo cual la vida es imposible.
Nosotros podemos esforzarnos en mantener los elementos de la vida espiritual. Como últimos profetas, mantener en vivo lo único que puede sostener la vida de muchos en tiempos de catástrofe de fe. Parece que estamos en un tiempo en el que esto es particularmente importante: entregar los contenidos de vida y de amor de Dios desde el testimonio y la santidad.

3-Rectifica tu conducta

 El mensaje central de La Palabra de Dios este domingo es el cambio de dirección. Parece que a vuelta de año y de vida, muchas veces perdemos el rumbo.
Juan Bautista es una imagen atrayente y radical del cambio de vida, incluye cancelar nuestras anteriores injusticias. Sale de la ciudad y va al desierto, para romper con la injusticia de la sociedad; entiende que las injusticias personales han contribuido a la injusticia social.
¿Recuerdas la última vez que corregiste el rumbo? ¿Qué se experimenta cuando se corrige la vida?
Ojalá que la sencillez de la figura del Bautista y la persuasión de ser últimos profetas, nos lleve a comunicar con testimonio y verdad, la autenticidad de nuestra fe y de nuestra esperanza, en el ejercicio del amor.