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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: La llave del corazón





Fr. Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de
San Francisco en Celaya, Gto.




¡Buenos días, gente buena!

Domingo Ordinario II B
Evangelio según san Juan 1, 35-42:

Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro— ¿ dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él…

La llave del corazón, que abre también la puerta del Reino… Las primeras palabras de Jesús que el Evangelio de san Juan registra están en forma de pregunta.

Es la pedagogía de este joven rabí, que parece casi olvidarse de sí mismo para poner en primer plano a los dos jóvenes casi diciéndoles: primero vengan ustedes. El amor verdadero pone siempre el tú antes que el yo.

También en el amanecer de la Pascua, en el huerto afuerita de Jerusalén, Jesús se volverá a María de Magdala con las mismas palabras: Mujer, ¿a quién buscas?

 Las primeras palabras del Jesús histórico y las primeras del Cristo resucitado, dos preguntas iguales, revelan que el Maestro de la existencia no quiere imponerse, no le interesa impresionar o someter, ni adoctrinar, sino que su pasión es hacerse cercano, ponerse al lado, aminorar el paso para hacerse compañero de camino de todo corazón que busca.
¿Qué buscan?

 Con esta pregunta Jesús no se dirige a la inteligencia, a la cultura o a las competencias de los dos discípulos que dejan a Juan, no cuestiona la teología de Magdalena, sino su humanidad. Se trata de un interrogante al cual todos están en grado de responder, los cultos y los ignorantes, los laicos y los religiosos, los justos y los pecadores. Porque él, el maestro del corazón, hace las preguntas verdaderas, las que hacen vivir: se dirige sobre todo al deseo profundo, al tejido secreto del ser.

¿Qué buscan? Significa: ¿cuál es su deseo más fuerte? ¿Qué es lo que más desean en la vida? Jesús, que es el verdadero maestro y exegeta del deseo, nos enseña a no conformarnos, enseña hambre de cielo, el anhelo de más…, salva la grandeza del deseo, lo salva de la depresión, del achicamiento, de la banalización.

Con esta simple pregunta: ¿qué buscan? Jesús hace entender que nuestra identidad más humana es ser creaturas de búsqueda y de deseo. Porque a todos hace falta algo: y pues, la búsqueda nace de una ausencia, de un vacío que pide ser llenado.

¿Qué me hace falta? ¿De qué me siento pobre? Jesús no pide como primera cosa renuncias o penitencias, no impone sacrificios sobre el altar del deber o del esfuerzo, pide antes que nada que entres en tu corazón, lo comprendas, conocer que deseas más que nada, qué te hace feliz, qué sucede en tu intimidad.

Escuchar el corazón. Y después abrazarlo, “acercar los labios a la fuente del corazón y beber” (San Bernardo).

Los antiguos padres definieron este movimiento como “la vuelta al corazón”: “encuentra la llave del corazón.

Esta llave, lo verás, abre también la puerta del Reino”.
¿Qué buscan? ¿Por qué caminan?
Yo lo se: camino por uno que hace feliz el corazón.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: La llave del corazón





Fr. Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de
San Francisco en Celaya, Gto.




¡Buenos días, gente buena!

Domingo Ordinario II B
Evangelio según san Juan 1, 35-42:

Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro— ¿ dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él…

La llave del corazón, que abre también la puerta del Reino… Las primeras palabras de Jesús que el Evangelio de san Juan registra están en forma de pregunta.

Es la pedagogía de este joven rabí, que parece casi olvidarse de sí mismo para poner en primer plano a los dos jóvenes casi diciéndoles: primero vengan ustedes. El amor verdadero pone siempre el tú antes que el yo.

También en el amanecer de la Pascua, en el huerto afuerita de Jerusalén, Jesús se volverá a María de Magdala con las mismas palabras: Mujer, ¿a quién buscas?

 Las primeras palabras del Jesús histórico y las primeras del Cristo resucitado, dos preguntas iguales, revelan que el Maestro de la existencia no quiere imponerse, no le interesa impresionar o someter, ni adoctrinar, sino que su pasión es hacerse cercano, ponerse al lado, aminorar el paso para hacerse compañero de camino de todo corazón que busca.
¿Qué buscan?

 Con esta pregunta Jesús no se dirige a la inteligencia, a la cultura o a las competencias de los dos discípulos que dejan a Juan, no cuestiona la teología de Magdalena, sino su humanidad. Se trata de un interrogante al cual todos están en grado de responder, los cultos y los ignorantes, los laicos y los religiosos, los justos y los pecadores. Porque él, el maestro del corazón, hace las preguntas verdaderas, las que hacen vivir: se dirige sobre todo al deseo profundo, al tejido secreto del ser.

¿Qué buscan? Significa: ¿cuál es su deseo más fuerte? ¿Qué es lo que más desean en la vida? Jesús, que es el verdadero maestro y exegeta del deseo, nos enseña a no conformarnos, enseña hambre de cielo, el anhelo de más…, salva la grandeza del deseo, lo salva de la depresión, del achicamiento, de la banalización.

Con esta simple pregunta: ¿qué buscan? Jesús hace entender que nuestra identidad más humana es ser creaturas de búsqueda y de deseo. Porque a todos hace falta algo: y pues, la búsqueda nace de una ausencia, de un vacío que pide ser llenado.

¿Qué me hace falta? ¿De qué me siento pobre? Jesús no pide como primera cosa renuncias o penitencias, no impone sacrificios sobre el altar del deber o del esfuerzo, pide antes que nada que entres en tu corazón, lo comprendas, conocer que deseas más que nada, qué te hace feliz, qué sucede en tu intimidad.

Escuchar el corazón. Y después abrazarlo, “acercar los labios a la fuente del corazón y beber” (San Bernardo).

Los antiguos padres definieron este movimiento como “la vuelta al corazón”: “encuentra la llave del corazón.

Esta llave, lo verás, abre también la puerta del Reino”.
¿Qué buscan? ¿Por qué caminan?
Yo lo se: camino por uno que hace feliz el corazón.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

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Fr. Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de
San Francisco en Celaya, Gto.




¡Buenos días, gente buena!

Domingo Ordinario II B
Evangelio según san Juan 1, 35-42:

Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro— ¿ dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él…

La llave del corazón, que abre también la puerta del Reino… Las primeras palabras de Jesús que el Evangelio de san Juan registra están en forma de pregunta.

Es la pedagogía de este joven rabí, que parece casi olvidarse de sí mismo para poner en primer plano a los dos jóvenes casi diciéndoles: primero vengan ustedes. El amor verdadero pone siempre el tú antes que el yo.

También en el amanecer de la Pascua, en el huerto afuerita de Jerusalén, Jesús se volverá a María de Magdala con las mismas palabras: Mujer, ¿a quién buscas?

 Las primeras palabras del Jesús histórico y las primeras del Cristo resucitado, dos preguntas iguales, revelan que el Maestro de la existencia no quiere imponerse, no le interesa impresionar o someter, ni adoctrinar, sino que su pasión es hacerse cercano, ponerse al lado, aminorar el paso para hacerse compañero de camino de todo corazón que busca.
¿Qué buscan?

 Con esta pregunta Jesús no se dirige a la inteligencia, a la cultura o a las competencias de los dos discípulos que dejan a Juan, no cuestiona la teología de Magdalena, sino su humanidad. Se trata de un interrogante al cual todos están en grado de responder, los cultos y los ignorantes, los laicos y los religiosos, los justos y los pecadores. Porque él, el maestro del corazón, hace las preguntas verdaderas, las que hacen vivir: se dirige sobre todo al deseo profundo, al tejido secreto del ser.

¿Qué buscan? Significa: ¿cuál es su deseo más fuerte? ¿Qué es lo que más desean en la vida? Jesús, que es el verdadero maestro y exegeta del deseo, nos enseña a no conformarnos, enseña hambre de cielo, el anhelo de más…, salva la grandeza del deseo, lo salva de la depresión, del achicamiento, de la banalización.

Con esta simple pregunta: ¿qué buscan? Jesús hace entender que nuestra identidad más humana es ser creaturas de búsqueda y de deseo. Porque a todos hace falta algo: y pues, la búsqueda nace de una ausencia, de un vacío que pide ser llenado.

¿Qué me hace falta? ¿De qué me siento pobre? Jesús no pide como primera cosa renuncias o penitencias, no impone sacrificios sobre el altar del deber o del esfuerzo, pide antes que nada que entres en tu corazón, lo comprendas, conocer que deseas más que nada, qué te hace feliz, qué sucede en tu intimidad.

Escuchar el corazón. Y después abrazarlo, “acercar los labios a la fuente del corazón y beber” (San Bernardo).

Los antiguos padres definieron este movimiento como “la vuelta al corazón”: “encuentra la llave del corazón.

Esta llave, lo verás, abre también la puerta del Reino”.
¿Qué buscan? ¿Por qué caminan?
Yo lo se: camino por uno que hace feliz el corazón.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: La llave del corazón





Fr. Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de
San Francisco en Celaya, Gto.




¡Buenos días, gente buena!

Domingo Ordinario II B
Evangelio según san Juan 1, 35-42:

Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro— ¿ dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él…

La llave del corazón, que abre también la puerta del Reino… Las primeras palabras de Jesús que el Evangelio de san Juan registra están en forma de pregunta.

Es la pedagogía de este joven rabí, que parece casi olvidarse de sí mismo para poner en primer plano a los dos jóvenes casi diciéndoles: primero vengan ustedes. El amor verdadero pone siempre el tú antes que el yo.

También en el amanecer de la Pascua, en el huerto afuerita de Jerusalén, Jesús se volverá a María de Magdala con las mismas palabras: Mujer, ¿a quién buscas?

 Las primeras palabras del Jesús histórico y las primeras del Cristo resucitado, dos preguntas iguales, revelan que el Maestro de la existencia no quiere imponerse, no le interesa impresionar o someter, ni adoctrinar, sino que su pasión es hacerse cercano, ponerse al lado, aminorar el paso para hacerse compañero de camino de todo corazón que busca.
¿Qué buscan?

 Con esta pregunta Jesús no se dirige a la inteligencia, a la cultura o a las competencias de los dos discípulos que dejan a Juan, no cuestiona la teología de Magdalena, sino su humanidad. Se trata de un interrogante al cual todos están en grado de responder, los cultos y los ignorantes, los laicos y los religiosos, los justos y los pecadores. Porque él, el maestro del corazón, hace las preguntas verdaderas, las que hacen vivir: se dirige sobre todo al deseo profundo, al tejido secreto del ser.

¿Qué buscan? Significa: ¿cuál es su deseo más fuerte? ¿Qué es lo que más desean en la vida? Jesús, que es el verdadero maestro y exegeta del deseo, nos enseña a no conformarnos, enseña hambre de cielo, el anhelo de más…, salva la grandeza del deseo, lo salva de la depresión, del achicamiento, de la banalización.

Con esta simple pregunta: ¿qué buscan? Jesús hace entender que nuestra identidad más humana es ser creaturas de búsqueda y de deseo. Porque a todos hace falta algo: y pues, la búsqueda nace de una ausencia, de un vacío que pide ser llenado.

¿Qué me hace falta? ¿De qué me siento pobre? Jesús no pide como primera cosa renuncias o penitencias, no impone sacrificios sobre el altar del deber o del esfuerzo, pide antes que nada que entres en tu corazón, lo comprendas, conocer que deseas más que nada, qué te hace feliz, qué sucede en tu intimidad.

Escuchar el corazón. Y después abrazarlo, “acercar los labios a la fuente del corazón y beber” (San Bernardo).

Los antiguos padres definieron este movimiento como “la vuelta al corazón”: “encuentra la llave del corazón.

Esta llave, lo verás, abre también la puerta del Reino”.
¿Qué buscan? ¿Por qué caminan?
Yo lo se: camino por uno que hace feliz el corazón.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y bien: La bendición que Dios nos envía

Fray Arturo Ríos Lara, ofm



¡Buenos días, gente buena!

Epifanía del Señor B
Mateo 2, 1-12 Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.» …

Caminantes. La bendición que Dios nos envía, la sonrisa de Dios que somos llamados a experimentar, a ver en nuestras frágiles vidas, las podemos percibir sólo cuando tenemos el valor de hacer como María, de guardar un espacio de silencio y de interioridad en nuestras vidas. Entonces todo es posible.
El Dios hecho hombre, el Dios hecho mirada y sonrisa, el Dios accesible y presente, se deja encontrar, se deja apretujar en los brazos.

Entonces, todo cambia, pues nuestra mirada ha cambiado. Y vemos ángeles que suben y bajan sobre nuestras vidas. Y gloria anunciada a los hombres que orientan su voluntad hacia la paz. Gloria luminosa que alumbra la noche. Y que se hace estrella en el cielo. Estrella que orienta, estrella que guía, estrella que conduce. Pero solo a quien sabe levantar la mirada.

Estrellas. Como han hecho aquellos extraños personajes, los magos. No los que adivinan, sino los orientados por una comprensión mayor, los que no se detienen ante las apariencias… Han levantado la mirada, han osado ir más allá. Han encendido el deseo. Deseo, un término que tiene que ver, de nuevo, con las estrellas, con el cielo. Han seguido su intuición, se han aventurado. Se permiten afrontar un largo viaje para verificar su teoría.

Son constantes, porque la verdad se encuentra solo después de un camino largo hecho de desiertos y de estepas. Y han llegado.

Ya no hay una estrella que les oriente. Sino una corte, un rey sanguinario, los sacerdotes arrogantes y presuntuosos, la gente de Jerusalén, curiosa por la caravana de camellos y caballos. De las estrellas a los hombres. Estos, tramposos, contradictorios y que sin embargo saben dar explicaciones.
La indicación de los escribas y sacerdotes, inmóviles custodios de la Palabra, a la que tienen arrinconada, les revela el lugar donde ha nacido el rey Mesías. Señales claudicantes, como somos nosotros, como son los cristianos… Y, sin embargo, indican Y retoman el camino, medio perdidos, pero confiados. A la ciudad de David.

Belén. Ningún rey los espera. Solo una pareja. Una joven campesina aprieta en sus brazos a un recién nacido. Semejante a todos los recién nacidos.

Pero aquello es un misterio. Esa es la revelación. Dios se esconde entre las cosas pequeñas, entre los rostros de quienes están a nuestro lado.

El cielo se ha mezclado con la tierra, con la tierra, contradictoria y llena de sombras.
Entonces los magos caen en la cuenta. Entienden.

Ofrecen al infante, llenos de verdad y de asombro, regalos improbables: el oro, porque reconocen en el niño al rey; incienso, porque reconocen en el niño la presencia de Dios; mirra, ungüento usado para embalsamar, porque ya ven en este niño al crucificado, el signo de contradicción que nos urge a optar.
Caminantes. Nunca como en estos tiempos somos llamados a ponernos en camino, en salida, a seguir el deseo de plenitud que nos habita, el anhelo de felicidad que nos inquieta.

El deseo mueve el corazón de los hombres. Hoy es la fiesta del deseo que no se rinde, la fiesta que ve protagonistas a algunos buscadores que dedican el tiempo a descubrir nuevas teorías y a verificarlas.
Hoy es la fiesta de la esencia del ser humano que, al final, despojado de todo condicionamiento, se descubre simplemente como uno que busca.

Esto somos, esto son: Buscadores. Buscadores de infinito, de Dios.

Se termina el tiempo de Navidad. Con la invitación a abandonar nuestras presuntas certezas, para osar, para seguir tantas estrellas que Dios pone en  nuestro camino. Estrellas que a veces desaparecen, sustituidas por las indicaciones de hombres que claudican, pecadores, viles,  pero que sin siquiera saberlo, cumplen su tarea de ser señales.

Somos lo que deseamos.

Somos, si tenemos el valor, cada año, cada instante, de ser caminantes. No vagabundos que viven al día, sino caminantes que buscan, que anhelan, que se aventuran.

Buen camino, buena búsqueda, buen encuentro.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y Bien: Bueno o no, cada uno de nosotros es “amado-por-siempre”.





Por Fray Arturo Ríos Lara, ofm.
Guardián del Templo de San Francisco de Asís
en Celaya, Gto.

¡Buen día, gente buena!

IV Domingo de Adviento B

Lucas 1, 26-38

En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.» Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?» El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.

Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.» Y el Ángel se alejó.
Palabra del Señor.

 Bueno o no, cada uno de nosotros es “amado-por-siempre”. Como si fuera una toma de película, el relato del Evangelio parte del infinito del cielo y reduce progresivamente el campo, como en una larga travesía hasta enfocar un caserío, una casa, una jovencita. En medio, siete nombres propios: Gabriel, Dios, Galilea, Nazaret, José, David, María. El número siete indica la totalidad de la vida, el ritmo incansable de la vida, y es ahí donde Dios viene. En un sexto mes marcado en el calendario de la vida, el sexto mes de una vida nueva dentro de Isabel.

El cristianismo no tiene su comienzo en el templo sino en una casa. A la gran ciudad, Dios prefiere una aldea polvorienta, nunca nombrada antes en la Biblia; a las liturgias solemnes de los sacerdotes, prefiere el cada día de una jovencita adolescente.

Dios entra en el mundo desde abajo y escoge la vida de la periferia. Un día cualquiera, en un lugar cualquiera, una joven mujer cualquiera: el primer anuncio de gracia del Evangelio es dado en la normalidad de una casa. Algo colosal sucede en el cotidiano, sin testigos, lejos de las luces y de las liturgias solemnes del templo.

En el diálogo, el ángel habla tres veces, con tres palabras absolutas: “alégrate”, “no temas”, “vendrá la Vida”. Palabras que llegan a la profundidad de toda existencia humana. María responde entregándonos el arte de la escucha, del estupor lleno de preguntas., y de la aceptación. Alegría es la primera palabra. Y no un saludo respetuoso, sino casi una orden, un imperativo: “alégrate, exulta, se feliz”.

Palabra en la que vibra un perfume, un sabor bueno y raro que todos buscamos, todos los días: la alegría. El ángel no dice: reza, arrodíllate, haz esto o aquello. Sino simplemente: ábrete a la alegría, como una puerta se abre al sol. Dios se acerca y trae una caricia, Dios viene y aprieta en un abrazo, viene y trae una promesa de felicidad.

Eres llena de gracia. Eres llena de Dios, Dios se ha inclinado sobre ti, se te ha dado y te ha llenado de luz. Ahora tienes un nombre nuevo: Amada-por-siempre.Con ternura, y libertad, amada sin remilgos. Ese nombre suyo es también el nuestro: buenos y menos buenos, cada uno amado-po-siempre.

Pequeños y grandes, cada uno lleno de cielo. Como María que es “llena de gracia” no porque ha respondido “si” a Dios, sino porque Dios antes le ha dicho “si”. Y dice “si” a cada uno de nosotros antes de cualquier respuesta nuestra. Para que la gracia sea gracia y no mérito o cálculo. Dios no se merece, se recibe.

Dios busca madres, y nosotros, como madres amorosas, como fragmentos de cosmos acogedores, ayudaremos al Señor a encarnarse y a habitar este mundo, haciéndonos cargo de su palabra, de sus sueños, de su Evangelio entre nosotros.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y Bien: Una gota de luz escondida en el corazón de todas las cosas.



Fray Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de San Francisco
en Celaya, Gto.

¡Buenos días, gente buena!

III Domingo Adviento B
Juan 1, 6-8. 19-28
“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. Éste es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: « ¿Quién eres tú?» Él confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías». « ¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: « ¿Eres Elías?» Juan dijo: «No».« ¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió. Ellos insistieron: « ¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado?

¿Qué dices de ti mismo?» Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: « ¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: El viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia» Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.
Palabra del Señor
 
Una gota de luz escondida en el corazón de todas las cosas.

Vino Juan, enviado por Dios, para dar testimonio de la luz, “el más grande entre los nacidos de mujer”, como lo define Jesús, es enviado como testigo, con el dedo señalando no la grandeza, la fuerza, la omnipotencia de Dios, sino más bien la belleza y la mansedumbre, creativa paciencia de su luz. Que nunca hace violencia, que se posa sobre las cosas como una caricia y las revela, que señala el camino y amplía los horizontes.
El profeta es el que guía a la humanidad a “pensar en otra luz”. Y puede hacerlo porque ha visto entre nosotros la tienda de uno “que ha hecho resplandecer la vida”(Tim 1, 10): ha venido y ha traido a la trama de la historia una belleza, una primavera, algo positivo, una esperanza con la que ni siquiera soñábamos; ha venido un Dios luminoso y enamorado, sanador del desamor, que desaparece los rincones oscuros del corazón. Después de él, será más hermoso para todos ser hombres.
Juan, hijo de un sacerdote, ha dejado el templo y el rol, ha regresado al Jordán y al desierto, ahí donde todo ha tenido comienzo, y el pueblo lo sigue en búsqueda de un nuevo comienzo, de una identidad perdida. Y precisamente sobre esto, los sacerdotes y levitas de Jerusalén le preguntan, lo presionan hasta seis veces: ¿Quién eres tú?, ¿quién eres?, ¿eres Elías?, ¿eres el profeta?, ¿quién eres?, ¿qué dices de ti mismo?…
Las respuestas de Juan son sabias, extraordinarias. Para decir quienes somos, para definirnos, nosotros agregamos, elencamos informaciones, títulos, notas, logros… Juan Bautista hace exactamente lo contrario, se define negando, y por tres veces responde: yo no soy el Cristo, no soy Elías, no soy el que clama…
Solo voz, la Palabra es Otro. Mi secreto está más allá de mí. Yo soy uno que tiene a Dios en la voz, hijo de Adán que tiene a Dios en el respiro. Lo específico de la identidad de Juan, lo que cualifica su persona es esa parte de divino que siempre compone lo humano. “¿Tú, quién eres?” También a nosotros se dirige esta pregunta decisiva. Y la respuesta consiste en limpiar de apariencias e ilusiones, de máscaras y temores nuestra identidad.
Lo menos es más. Poco importa lo que he acumulado, cuenta lo que he dejado atrás para volver a lo esencial, a ser uno-con-Dios. Uno que cree en un Dios que tiene el corazón de luz, cree en el sol que surge y no en la noche que perdura sobre el mundo. Cree que una gota de luz se esconde en el corazón vivo de todas las cosas.

¡Feliz Domingo!
¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!