Archivo de la categoría: Padre Dante Gabriel Jiménez Muñozledo

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Alcanzar la condición divina





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

En nuestro camino de desierto Cuaresmal, igual que Pedro, Santiago y Juan, nos sentimos “tomados aparte” por Jesús. Después de encontrar nuestra “fuerza interior”, parece necesario superar nuestra resistencia a aceptar la muerte. 

Esta invitación a subir al monte donde Dios aparece y contemplar Su gloria, puede sostenernos en nuestra adhesión a Jesús y a Su proyecto.

Lo que ven los discípulos es un pedacito de cielo, el estado final del hombre que con su entrega ha superado la muerte. Así están Elías y Moisés.

Pedro está “a gusto” porque en aquella manifestación de Jesús, Dios glorioso, tiene todo. Pero no se da cuenta de la distancia que lo separa del misterio; para quedarse en la gloria de Dios, es preciso pasar por la muerte y la resurrección.

Para alcanzar la condición divina, ya sea en el asomo temporal, al modo de Pedro, Santiago y Juan; o de manera definitiva como Elías y Moisés, nos ayuda trabajar espiritualmente en estos tres pasos:

1- Escuchar la voz de Dios que configura

 Es la voz que me pide “lo que tanto amo”, al igual que a Abraham, a quien Dios pide le sacrifique a su hijo único a quien tanto ama. Es una voz de obediencia y de donación que me pide confiar en Dios, en su proyecto.

La enseñanza de un obispo misionero nos sirve ahora para entender cómo se escucha la voz de Dios: “Aquello que tanto amas y no es Dios, pronto te hará sufrir”. Parece incoherente o inhumano; pues así es para Abraham. Sin embargo, es la manera en que la voz de Dios nos da figura, nos da talla espiritual para alcanzar su condición.

Nos dejamos configurar, cuando somos capaces de ofrendar lo que tanto amamos o a quien tanto amamos, por el amor absoluto que es Dios. En este momento de tu vida, ¿qué amas tanto y no es Dios? Es más fácil ofrecer algo, como un vicio o un apego, pero, ¿a quién amas tanto y no es Dios? Cuesta más. Sin embargo, si no me configuro, no me transfiguro con Cristo.
Además, esa voz que configura, me deja conocer la Identidad de Jesús y mi propia y nueva identidad en el seguimiento de Él.

2- Confiar en la elección

 Hacer la vida de manera diferente cuando uno se sabe elegido, puede generar la contra, incluso la persecución. Pero Dios no escatima para quienes aceptan a Su Hijo.
 Dejarse tomar para subir la montaña, supone una elección que, al igual que la de Abraham, parece llevarnos a la prueba. El apóstol nos recuerda que: “Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra?”. O sea: si Dios, que es el ofendido, no nos acusa y ya nos perdonó, ¿qué más habrá que temer? Incluso si pasamos por una prueba,  hay que confortarse sabiendo que Dios no escatima con los que confiamos en su elección. Él sabe cómo saldremos adelante, para incluirnos en su misterio de salvación; y tanto no escatima, que el sacrificio que le pidió a Abraham y que luego suspendió, Dios mismo sí lo consumó, permitiendo el sacrificio de su propio Hijo. ¿Cuáles son nuestras pruebas? ¿Cómo entiendo mi elección? No siempre han de ser tan extremas como lo es el caso de Abraham; por eso, con mayor razón, hay que dejarse configurar.

3- Pagar el precio de la transfiguración

 No se llega a la condición divina, a nuestro estado final, si no es entregando la vida. Elías y Moisés no aparecen transfigurados con Jesús por haber pasado la vida como de vacaciones, sino por haber luchado por entender el proyecto de Dios sobre sus propios planes.
El precio de la Transfiguración se paga con la vida, una vida de entrega que le da sentido a nuestra existencia, y una vida de continua configuración con Jesús. El Evangelio siempre es alegría, incluso aquí, en nuestra configuración y transfiguración, por eso “alcanzar la condición divina”, desde nuestra entrega, por dolorosa que pudiera ser, es un camino de felicidad, o no es auténtica. Se entrega la vida porque comprobamos con toda certeza que es el valor superior que queremos alcanzar.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Abrir horizontes

Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

 Jesús aparece con fama en esta escena del Evangelio de Marcos. Es alguien que enseña de una manera distinta y que realiza acciones salvadoras. Muchos lo buscan, para erigirlo líder político y religioso de su población. Jesús rechaza esta visión reductiva. El Reino que Él ha venido a implantar es universal, no local.

Cuando el Evangelio menciona que al atardecer le llevaron a todos los enfermos y poseídos por el demonio y que todo el pueblo se apiñó: “junto a la puerta” de la ciudad, se entiende que lo quieren introducir para proponerlo como líder. Jesús realiza su misión, los cura y los libera, pero ellos no entienden el “todo” del horizonte abierto de Jesús. Ellos piensan en su pueblo, y en encerrar en esa jurisdicción a Jesús. Él piensa en cumplir una misión más trascendente y liberadora.

Al amanecer, fuera de la población a donde Jesús fue para salir de los condicionamientos de la casa y de la ciudad, para refrendar en su soledad apacible y orante su misión, fueron a buscarlo: “Todos te andan buscando”. Pero Jesús rehúsa tomar este puesto y los invita a anunciar el Evangelio a los otros pueblos. Dios no ha venido a salvar solo al pueblo de Israel.

Detrás de los enfermos y de los poseídos se encuentran los obstáculos para el anuncio del Reino. Especialmente los endemoniados, que son imagen de aquellos que se encuentran con el horizonte reducido de una ideología política o religiosa. A Jesús no le sirven discípulos así, cerrados de horizontes, enfrascados en una ideología que impide brillar la verdad de Dios. En este sentido parece que muchos pueblos deben ser exorcizados; o sea, liberados de tantas ideologías que empobrecen el horizonte del hombre.

En este Domingo podemos tomar esta idea: “abrir horizontes”, que es tan importante porque el mundo lo necesita. Todo podría asegurarnos que vivimos en un mundo abierto de horizontes, y en realidad no es así, sino todo lo contrario. Si lo pensamos bien, nuestro mundo está demasiado ideologizado, encerrado en esquemas de control que impiden a la persona ver más allá. Mismo en el horizonte de la fe, el mundo solo ve lo temporal, nosotros queremos ver lo eterno. En el horizonte del amor, el mundo ve solo una parte del amor, nosotros queremos hacer vida el amor de caridad; y así podríamos descubrir un mundo lleno de nuevos mitos urbanos incapaces de abrirse a un horizonte mayor.

Nosotros mismos, en este momento de nuestra vida, ¿hasta dónde vemos? ¿Hasta dónde llegan nuestros horizontes? Cuando teníamos 6 años de edad, no alcanzábamos a ver lo que había en la mesa, fuimos creciendo hasta que vimos lo que había sobre ella y más. ¿Nuestros horizontes son muy cerrados?

Hoy nos queremos abrir, sí. Pero no sin rumbo, sino para seguir a Jesús; y seguir significa también servir. La suegra de Simón es curada, y se pone a servir; es decir, a estar atenta a lo que sigue en Jesús, a seguirlo, para adherirse a su proyecto.

Pensemos tres ideas:

1- Abrirse desde la tensión
 Es bello descubrir a Job en tensión, como alguien que no está satisfecho con lo que vive. Sabe que hace falta algo más y la vida se le hace corta. Así podemos empezar a abrir nuestros horizontes en Dios; descubriendo que nuestros días corren aprisa. Apenas si tenemos tiempo de contemplar el acontecimiento por el que Dios salva.
 Job nos presenta una imagen bella, que puede ser la nuestra: no se duerme a gusto, ansiamos que amanezca, como el esclavo que ansía la sombra o el jornalero su salario; como quien no se ha completado y se abre a un horizonte mayor, porque el horizonte que le ofrece el mundo no logra saciar sus ansias de eternidad.
La tensión de nuestras vidas es buena, no le hace que trabajemos en estirar nuestro espíritu, no le hace que nuestro cuerpo lo resienta, que no se dé al descanso total; desde esa tensión se empieza a abrir nuestro horizonte.

2- Abrirse desde el Evangelio
 Como Pablo, que entiende “los bienes del Evangelio” como su paga. Es mejor esta paga, que cualquier otra. Si dejamos que el Evangelio decodifique nuestra vida, si le permitirnos que nos lleve a realizar acciones liberadoras por nosotros y por los demás, entonces empezaremos a disfrutar la paga por hacerlo vida.

 Los bienes del Evangelio consisten en esto, en gozar de los hallazgos que alcanzo en Dios, aquella sabiduría que se convierte en obras liberadoras y que me lleva a descubrir un horizonte mayor al que yo tenía. El Evangelio en este sentido me exorciza, me libera de mis miras estrechas, y me permite completar la misión particular que se me ha confiado.

3- Abrirse desde la acción
Cuando uno permite las ideologías, aparece la violencia. Quien está sometido a una idea que quiere imponer a los demás, es como un endemoniado. Los endemoniados del tiempo de Jesús, los poseídos, eran sobre todo gente violenta, personas que con su violencia inhiben el mensaje y la liberación de Jesús.
 Hay que sacudirse lo violento, lo obsesivo, para dar libertad a los demás. Es solo si logramos este cambio que notaremos la diferencia entre estar cerrado o abierto en el horizonte de Jesús.
 Es probable que tengamos que salir de madrugada, salir de la casa y la ciudad para entrar en nuestra soledad apacible, orante; esa soledad que nos permite repensar cuál es nuestra misión más profunda en el mundo; cuál es el servicio liberador para el que fuimos llamados.
 Y, finalmente, hay que rechazar la popularidad o el prestigio, como Jesús lo hizo, porque en el momento que aceptamos vivir de esto, perdemos el rumbo de nuestra misión y nos hacemos pequeñitos. En las categorías del Reino, nunca se ha llegado a la cumbre, y si se llega… es en Jesús.
 ¿Cuántas personas cercanas a mí necesitan ser curadas o exorcizadas?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Enseñar con autoridad





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo

El Evangelista Marcos nos presenta a un Jesús que le gusta enseñar: es parte importante de su ministerio. Lo presenta enseñando en el lago de Galilea, en la montaña, en las plazas y en las sinagogas, como en el texto de hoy.

Podemos imaginar a la gente en aquella sinagoga, acostumbrada a escuchar la repetición de una doctrina que ya les decía muy poco, especialmente porque sus maestros, los escribas, no tenían autoridad para enseñar, dado que decían una cosa y hacían otra.
Jesús es capaz de impresionar a los presentes y de sacudirlos en su conciencia adormilada. Es capaz de provocarlos en la confrontación de sus ideologías.

Jesús enseña como quien tiene autoridad, no solo porque es coherente con su vida: o sea, no solo porque tiene autoridad moral, que en esto rebasa con mucho a los maestros de su tiempo, sino porque es capaz de expulsar a los espíritus inmundos, como es el caso del hombre a quien liberó en esta escena del Evangelio.

Enseñar con autoridad, entonces tiene esta característica: el efecto de la liberación.
Nosotros queremos enseñar con autoridad, igual que Jesús hace dos mil años. Esto es posible porque el mismo Espíritu que impulsó a Jesús a enseñar así, lo hemos recibido desde el bautismo. Ejercer el poder del Espíritu que hemos recibido no es una alegoría, es una realidad constatable.

¡Qué importante pensar en vivir como nuevos pedagogos o educadores; enseñar con autoridad, cuando el mundo adolece de las dos cosas: de educadores y de autoridad! Actualmente es más fácil para las instituciones y para los medios de comunicación social y cibernética, entretener que educar. Muchos padres de familia hacen esto sin pensarlo siquiera. Y en cuanto a las autoridades educativas, las podemos descubrir rebasadas.

¿Cómo enseñas tú? ¿Con qué autoridad? Recordemos las enseñanzas que hemos tratado de transmitir a los demás y preguntémonos si fuimos auténticos y si nuestras enseñanzas actuaron como una liberación.

Parece que es necesario exorcizar el mundo, expulsarle los espíritus inmundos que marginan al ser humano con tantas ideologías contrarias al Espíritu y la Verdad de Dios.
Pero, ¿cómo hacernos enseñantes con autoridad? ¿Cómo ser buenos educadores? El Espíritu de Dios nos deja conocer lo propio, pero siguiendo su Palabra en este domingo, podemos avanzar con estas tres ideas:

1- Vivir sintonizando la voz profética

 Hay que escuchar lo que dice el Espíritu, no solo las voces que se escuchan en los medios o en la calle. A veces estamos tan enajenados con las voces del ser humano, que la voz de Dios parece ausente.
En la primera lectura escuchamos a un pueblo que desea una voz profética, una voz que le garantice que las decisiones que estamos tomando van de la mano de la voluntad de Dios. Podemos preguntarnos: “¿Dónde se encuentra la voz profética?”. Y entender que se encuentra en muchos lugares, pero los lugares privilegiados de la voz profética que necesitamos oír, se encuentran adheridos al amor: primero en la Palabra de Dios, que se proclama domingo a domingo, Dios habla con toda claridad y penetra en nuestro corazón llevándonos a entender una sabiduría que supera a la de los hombres.
En un segundo lugar, en las instituciones que Dios ha fundado: la Iglesia y la Familia. En la autoridad compartida de los padres de familia, por ejemplo. Hemos de creer esto, que detrás de la voz un paterfamilias o materfamilias, Dios habla, porque Él les ha dado la responsabilidad sobre la prole. ¡Qué tesoro cuando un hijo entiende esto y sintoniza con una comunicación que trasciende la voz de sus padres! Y, por último, la voz de la pareja o del amigo, que como son personas que se mueven en la línea de la comunicación de la vida y del amor, son capaces de sintonizar con la voz de lo que nuestro espíritu está pidiendo para nuestras vidas.
Sería bueno experimentar cada vez más que las decisiones que tomo en el diario vivir, vienen no de una enajenación o de una ideología; no de mis propias producciones aisladas, sino de mis convicciones que ya han pasado por la sintonía de la voz de Dios.

2- Servir con libertad

 Aunque San Pablo está entendiendo una vocación específica, de especial consagración, su propuesta es universal; solo quien es capaz de sacudirse el peso de las actividades diarias para dar lugar a la experiencia de Dios, puede servir con libertad a la familia, y a Dios.
Para enseñar con autoridad, como Jesús lo hacía, es preciso servir con libertad, cimentados en la experiencia fundacional de Dios, esta experiencia es incontestable y, por lo mismo, se reviste de autoridad.

3- Actuar con la fuerza del Espíritu

 La autoridad de Jesús para enseñar, no le viene de sus conocimientos. Él no es un repetidor de doctrinas como lo eran los escribas de su tiempo. Jesús es una persona que vive la dimensión espiritual de Dios en sí mismo. De su interior brotan convicciones que son capaces de contagiar a cualquiera. Con su manera de proponer las verdades, es capaz de modificar la mentalidad de los presentes, sobre todo de los que están sometidos por una ideología, o de los que se conducen con un espíritu inmundo, es decir: con un espíritu contrario al de Dios.
Aquí está lo fascinante: que la autoridad de Jesús viene cuando se confronta la ideología de las personas con La Verdad del Espíritu de Dios.
Nosotros, igual que Jesús, podemos actuar con la fuerza del Espíritu. No se trata solo de actuar con autoridad moral, que esto ya es buenísimo, sino actuar con coherencia y sostener nuestra propuesta de servicio y bondad a los demás. Es preciso lograr que el resultado de la enseñanza sea eficaz, operativo, que libere personas como el caso del poseído.
Creo que muchos podemos constatar los momentos en que hemos actuado así, desde dentro, desde una fuerza que no es solo nuestra, no es una fuerza violenta sino un poder que convence. Aquí se entiende lo incontestable de nuestra enseñanza, de nuestra autoridad, cuando con la fuerza del Espíritu somos capaces, incluso, de comprometer la vida misma.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dejarse encontrar



Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo

En el anterior episodio, los discípulos que seguían a Jesús bordeando el río Jordán, Andrés y probablemente Juan, “encontraron al Maestro”, entraron en su intimidad y experimentaron una nueva orientación para su vida.

Hoy sucede al revés, es el Maestro el que busca a los discípulos y éstos se dejan encontrar. ¿Qué implica dejarse encontrar? Implica dejar que Jesús nos encuentre en nuestra situación vital, en nuestro entorno laboral y de relaciones, y en nuestros deseos de trascender.

Dejarse encontrar por el Maestro requiere estar dispuestos a un cambio profundo en la estructura de nuestro ser. No se puede ser un discípulo; es decir, estar siguiendo a un Maestro, estar haciendo escuela, y seguir conduciéndose con los mismos paradigmas. En el momento mismo de echarse a andar en el seguimiento del Maestro Jesús, es preciso, modificar nuestros criterios y permitir que la sabiduría y los criterios del Maestro, nos contengan.

Así ha sucedido con las dos parejas de hermanos que se dejaron encontrar por Jesús. Cambiaron radicalmente la estructura de sus personas y sus proyectos de vida: “Dejaron las redes y lo siguieron”, dejaron su actividad diaria para incursionar en una nueva, quizás la que habían esperado por mucho tiempo. Los otros dos hermanos: “se fueron con Jesús”, aceptaron su itinerario, prefirieron su ruta a la propia.

Cuando unos y otros escucharon las palabras de Jesús: “El tiempo se ha cumplido”, escucharon “tiempo, como kairòs” no como kronos, es decir: tiempo como momento de salvación, la hora para la que hasta entonces habían vivido; el tiempo en el que Dios interviene en la historia personal y comunitaria.

En sus mentes esa expresión los persuade para dejarse encontrar.
También escucharon: “Conviértanse y crean en el Evangelio”; es decir: cambien de mentalidad y crean en el Evangelio”.

La palabra que escucharon fue: “metanoèite”, que significa no solo “conviértanse”, sino que cambien de mentalidad, tengan otros criterios más allá de los propios, adquieran una manera diferente de pensar.

Dejarse encontrar por Jesús Maestro, implica cambiar y dejarse guiar por Él. ¿Cómo se hace un cambio consistente, para permitir que el Maestro nos desarrolle o nos rehaga?
Cada uno de nosotros ha realizado cambios importantes en su vida, algunos de esos cambios nos habrán liberado y abierto el horizonte.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos permite intentar tres niveles de cambio, para dejarnos encontrar por el Maestro:

1- Hay que cambiar de conducta

Los habitantes de Nínive lo hicieron; cambiaron su mala vida. Este cambio, al igual que el cambio de un vicio o una adicción no sucede solo por una buena intención, es preciso aceptar que se ha hecho un camino equivocado y que nuestra conducta equivocada desagrada a Dios y afecta a los demás.
Para cambiar de conducta, es necesaria la autodisciplina, la templanza, el ayuno, el arrepentimiento y la oración. Se cambia solo si se está convencido de la bondad del cambio.

2- Hay que cambiar de actitud

 San Pablo habla de vivir nuestras vidas y relaciones como si no contaran: “que los casados vivan como si no lo estuvieran…” claro que no entendemos desentenderse del gozo y la responsabilidad que implica el matrimonio, o el sufrimiento y la alegría, sino vivir las realidades de nuestro tiempo con una actitud más universal y trascendente. Abrirse a una realidad que está por venir, una realidad en la que seremos colmados, porque las realidades de este tiempo son caducas e imperfectas.
El cambio de actitud ante la vida, implica entender que aquí nada es definitivo, solo vamos de paso. Hacer lo propio en razón de lo que viene, vivir con una visión creyente.

3- Hay que cambiar de mentalidad

Permitir que el tiempo kairòs suceda, en una conversión-metanoèite que nos abre al reinado de Dios que está cerca, y cuyas leyes son distintas a las que estamos acostumbrados.

Jesús ya había realizado su metanóia, Él no miraba las leyes religiosas y políticas igual que los demás, por ello pudo hacer un camino distinto del de los demás. Como ejemplo podemos recordar la liberación de la pecadora arrepentida. Si Jesús la liberó fue en razón de este cambio de mentalidad, de criterios; lo más importante de la persona humana no está al descubierto, sino en el interior, que es desde donde se toman las grandes decisiones de la vida.

La verdadera metanóia de los discípulos que hoy encuentra Jesús Maestro está aquí, en salir de sus esquemas de vida: los primeros, Simón y Andrés, inquietos, estaban pescando, pero esa actividad no los satisfacía del todo.

Los segundos, Santiago y Juan, estaban retenidos por su padre, inactivos, solo arreglando las redes, estaban insatisfechos de su vida, por eso es que Jesús los atrae con su propuesta en un solo golpe. Podría decirse que para ese momento habían vivido para ser alcanzados por el Maestro, para ser encontrados.

Después viene el cambio principal; una vez que realiza el cambio de mentalidad, viene la nueva persona: “Haré de ustedes pescadores de hombres”; es decir, los llevaré al desarrollo más pleno de sus habilidades primarias, saciaré sus ansias de universalidad.

Si estos discípulos no se hubieran dejado encontrar por Jesús, habrían terminado sus vidas ahí, pescando, y no habrían llegado al magis, al plus.

Nosotros podemos preguntarnos hoy: “¿Cómo me dejo encontrar por el Maestro, cómo me dispongo para el cambio?”. O: “¿Qué es lo que me ata y me mantiene estático, inactivo, inacabado?”.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Encontrar al Maestro





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo



Andrés y otro discípulo encontraron al Maestro ahí, en su vida privada, en su intimidad. Esto se escucha simple; sin embargo, fue muy complejo. Digamos que estos dos discípulos encontraron el tesoro por el que una persona podría pasar toda una vida buscando.

Los especialistas coinciden en afirmar que el otro discípulo es el mismo narrador, Juan Evangelista. Ambos eran personas inteligentes, en búsqueda de algo verdaderamente importante para sus vidas. Podemos hoy, después de dos mil años, asomarnos al espejo de estos dos discípulos; en muchos de nosotros aparece desde lo más profundo este deseo de hacer algo importante con nuestra vida; así eran los discípulos de todos los tiempos, desde Samuel en el siglo XI antes de Cristo, Andrés y Juan, hace dos mil años, y hoy nosotros mismos. Se requiere estar en búsqueda, pagar el precio de buscar y esperar, hasta encontrar a la persona que redireccionará nuestra vida.

En el fondo, un discípulo es alguien que tiene esta exigencia máxima en su conciencia: “¿Qué he de hacer con mi vida?” Es uno que sabe que Dios se trae un asunto importante con él, que su vida es importante no solo para sí, sino para otros, y teme fallar.

Así estaban estos dos discípulos; primero, buscando en Juan bautista, pero esperando al Maestro de Maestros, al Mesías, al Ungido.

Parece que el mundo en el que vivimos necesita nuevos discípulos; es decir, gente que se haga la pregunta importante sobre la dirección que tomará su vida; y, al mismo tiempo, necesita nuevos maestros.

Nosotros queremos pensar esta idea: “Encontrar al Maestro”, en un momento importante de la historia, cuando el mundo ya no está en búsqueda de estas cosas, cuando hace falta que muchos se encuentren con el Maestro, cuando hacen falta maestros en todos los ámbitos; maestros, educadores, padres de familia que esclarezcan la dirección de muchas vidas… sobre todo, hacen falta maestros espirituales.

Cada uno habrá experimentado a Jesús como su Maestro, cuando hemos tomado decisiones fincadas sobre los criterios del Evangelio. Más aún, si hacemos memoria, habrá alguien que ha experimentado la cercanía con Jesús en su intimidad, como ha sucedido hace dos mil años con estos discípulos. Sin embargo, para este momento de nuestra vida, conviene encontrar de una manera nueva al Maestro Jesús. Para iniciarnos, hay que intentar estos tres pasos:

1- Conocer por intuición

 Desde una sabiduría que no dominamos, que no es nuestra, que nos sobrepasa. La intuición aquí no significa un conocimiento pobre, no comprobable o poco científico, sino un conocimiento que inicia donde la razón topa.

 Aquí es preciso abandonarse a las incursiones del Espíritu, esperando como el joven Samuel en el templo de Elí. Al principio no se sabe de quién es la voz, de dónde viene, porque no hemos tenido la experiencia de Dios. Conocer a Dios así, implica discernimiento y humildad, para dejarse guiar por otro, “un Maestro”, y mejor, “Jesús Maestro”.

 ¿Cuántas cosas has alcanzado por intuición? ¿Fueron ciertas o no? ¿Fueron muy importantes en tu vida? Es verdad; cuando permitimos que nuestro Espíritu se ensanche libremente en sus búsquedas, quizás en sus imágenes no claras de la noche, como a Samuel, en la incomprensión de gran parte de lo que estamos alcanzando, viene el acontecimiento importante para el que hemos hecho escuela.
Quizás un poco atrevido, digo que: la intuición es, en este caso, como una sonda hacia el infinito, que nos permite asomarnos a un universo que no está al alcance de nuestros sentidos, y no en el solo fenómeno de nuestra existencia humana.

2- Conocer en espíritu

 Porque en Cristo somos un solo ser, miembros de su cuerpo, lo que nos sucede, sucede en Él. Conocer en espíritu, implica ir más allá del conocimiento superficial de nuestras personas, más allá del cuerpo.

 Sería limitante entender la frase “El cuerpo no es para fornicar” con una interpretación meramente sexual. Cierto que Pablo habla a una comunidad de costumbres relajadas en Corinto, pero en la base está su concepción de persona humana, de ser en Dios, una concepción aristotélica de cuerpo y alma.
 Creo que San Pablo quiere llevar a los suyos a un nivel de conocimiento superior. En lenguaje bíblico del Antiguo Testamento, conocer significaba pasar una noche en la intimidad. Pues ahora hay que conocer en espíritu, un conocimiento superior.

Conocer en el espíritu, es dejar que el otro me aborde con el peso de su espíritu, con la especificidad de su persona espiritual que me topa y me embarga; esto sucede en mi cuerpo, pero de una manera distinta. Cuando nos encontramos, su espíritu se asoma y me permite ver más allá de su cuerpo, quizás deteriorado o feo, la belleza irrepetible de su ser espiritual, entonces su espíritu gravita en nuestra relación, a veces hasta permitir la posesión. Si esto es con las personas con quienes nos amamos, ¡cuanto más con Dios!


3- Atreverse a habitar Su morada

Me encanta imaginar a esos dos discípulos siguiendo a Jesús, entenderlos en la ternura de quienes lo siguen respetando el entorno del Maestro, su andar y su silencio. Les llegó el momento más importante de sus búsquedas, cuando Jesús voltea y les hace la pregunta clave: “¿Qué buscan?”.
 Pudo haberles preguntado: “¿Qué quieren?”. Ellos podrían haber respondido: “Queremos tu enseñanza, tu ciencia o tus conocimientos”. De responder así, quizás todo habría terminado en un encuentro impersonal y poco comprometido; pero no, los discípulos fueron inteligentes al decir: “¿Dónde vives, Rabí?” Y con eso le dijeron entre líneas: “No buscamos algo, te buscamos a Ti”.

Jesús se habrá complacido en la respuesta de aquellos discípulos; pudo ver que no eran cualesquiera discípulos, sino unos que estaban dispuestos a llegar hasta donde el Maestro los llevara. Siempre nos goza mostrar nuestro “hábitat más personal”, el lugar donde somos nosotros mismos… pudo ser igual para Jesús.

Los discípulos, al preguntar: “¿Dónde vives, Rabí?”, se están invitando a entrar en la esfera privada y espiritual del Maestro; quieren saber de sus rutinas, no solo sus conocimientos, sino cómo surgen sus conocimientos, cómo realiza la “alquimia” de ser el gran Maestro interior; experimentar las producciones de su amor, hacer una sola causa con Él en Su proyecto, en Su espíritu, en Su intimidad. Su unción los tiene prendidos, “El Ungido” les hace experimentar la impronta de Su espíritu, lo inagotable de Su fuerza comunicadora de vida y de amor.

Jesús dice: “Vengan y lo verán”, porque el camino para conocer a Dios no es la sola razón, sino la experiencia personal, la experiencia de la comunicación gozosa de la persona interior.

Y al final, “Atreverse a habitar en la morada del Maestro”, implica recibir la redirección de la vida. Para Andrés y Juan, a partir de ese momento, la vida tuvo una orientación decisiva, tan definitiva y profunda que la existencia toda no les bastó para terminar su escuela ni para comprender la totalidad del misterio de su Maestro.

Pedro recibió su redirección: “…Tú te llamarás Kefás”. No lo invitó en ese momento a seguirlo, solo dio dirección y sentido a su vida.

Encontrar al Maestro nos conviene, especialmente hoy, cuando hace falta tanto el rumbo de nuestra vida personal y colectiva, cuando hacen falta discípulos y maestros, maestros espirituales.
Si hoy Jesús te pregunta: “¿Qué buscas?” Tú, ¿qué respondes?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Signos de encuentro



Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muños-Ledo



La “Epifanía”, como manifestación de Dios, se da en un movimiento continuo de respuesta a Dios. El arranque del movimiento es la encarnación, es el movimiento de Dios hacia nosotros, y la continuidad del movimiento sucede en la Epifanía, es el movimiento de nosotros hacia Dios.
Las imágenes intensas de los “Reyes Magos”, pueden inspirar en nuestra vida diaria una actitud esperanzadora y sabia ante la vida. Los que buscan al Niño son personas inteligentes, de estudio; sabios o científicos de Oriente, según la narración de Mateo. Personas que no están satisfechas con el mundo en el que viven ni con los hallazgos que han alcanzado hasta ahora. Esta actitud es atrayente; en verdad, la gente inteligente sigue por naturaleza la luz, busca alcanzar el tope de todo cuanto existe.

Para los no creyentes, podría bastar con la apertura a nuevos conocimientos, como lo hicieron los Reyes Magos, para desinstalarse de sus lugares y ponerse en marcha, siguiendo los signos y las intuiciones de su ciencia. Al final de todas sus búsquedas, lo que el hombre quiere es a Dios; puede ser desde los trascendentales: Verdad, Bondad y Belleza.

Los Reyes Magos han alcanzado La Verdad en el Niño recién nacido; si no hubiera sido así, no se habrían postrado y no lo hubieran adorado. Pero, ¿qué es la Verdad? ¿Cómo se permanece frente al trascendente? Es una respuesta que aparece clara en este Evangelio: la Verdad se encuentra en el diseño de Dios sobre la persona humana. Al final de todos los avances científicos y tecnológicos, La Verdad permanecerá en el ser humano que Dios modeló. Es con el hombre de cada tiempo que Dios tiene un diálogo y un encuentro de salvación.

Estos personajes de hace dos mil años provocaron al rey Herodes, hicieron temblar a toda Jerusalén con él, porque siendo gente de ciencia, se desinstalaron de sus palacios para buscar al Rey Universal, para encontrarse con el que trasciende todo conocimiento, con el que es origen de la vida.

Así también nosotros hoy, queremos ser espejo de estos Reyes Magos, queremos ser nuevos Reyes Magos, capaces de provocar al hombre de nuestro tiempo, tan distraído en los particulares de su propia producción y ajeno al verdadero movimiento de sabiduría y de vida en Dios.

¡Qué importante que aceptemos ser “Signos de encuentro” en un mundo tan lastimado por los desencuentros; un mundo que pierde el universo de lo simbólico, que se ha vaciado de los signos que trascienden el hombre!
Para iniciarnos como “Signos de encuentro” podemos intentar estas tres ideas:

1- Hay que levantarse

 Como canta Isaías a Jerusalén en la primera lectura. Como se levantan los Reyes Magos, desinstalándose de sus comodidades para ir en búsqueda de lo que trasciende.  Levantarse implica buscar en el sagrario de nuestras conciencias La Verdad que va a satisfacer nuestras ansias de eternidad. Implica permitir que resplandezca Dios en nosotros, antes que nosotros sin Dios.  Al levantarnos, podemos entender que el corazón se ensancha, preparándose para un conocimiento y una vivencia mayor, se agolpa en la intuición del misterio que está por develar y, entonces, se sacia de certezas.


2- Hay que interpretar signos

Seguir el rastro de las manifestaciones de Dios, estar atentos en los lugares donde Dios aparece: los Reyes Magos veían una estrella, ¿nosotros qué vemos? La verdad del ser humano en la vida del Niño. La igualdad de los hombres ante Dios, el Niño nos iguala a pastores y a sabios. La autenticidad del Nuevo rey, ¿cuál es nuestro rey… por qué caminos lo encontramos?
Una cosa nos debe igualar a los reyes: ellos sabían que no habían llegado al “magis”, al tope de sus conocimientos ni de su experiencia de vida, por eso buscaban ir detrás de las representaciones sociales de su tiempo, detrás del signo que nos da el contenido.


3- Hay que postrarse

 Ante el Rey Universal, ante la pareja real, ante la propuesta de alianza que Dios nos presenta en Jesús.
Nos cuesta trabajo postrarnos, no estamos acostumbrados, porque nos hemos erigido en el lugar de Dios. Pero realmente nos hemos postrado ya alguna vez y no ante Dios, sino ante las expresiones de nuestra soberbia, ante las ventajas de la riqueza, del poder o de la fama; quizás ante la violencia y más…

Postrarse ante el Dios Niño, ha permitido el encuentro de miradas entre los sabios y el Hijo de Dios. Si estos personajes de hace dos mil años nos pudieran responder a la pregunta: ¿qué vieron en aquel pequeño que los postró en adoración y los llevó a entregar los dones que por todo el tiempo de su viaje guardaron para Él? Quizás responderían: “Nos vimos a nosotros mismos; en un instante nos fueron claras todas las cosas, las del cielo y las de la tierra; por un instante nos asomamos al universo insondable de Dios”. Y nos dirían, además, que encontraron su propia identidad en aquel que los hizo desde su eternidad.

Finalmente, estos Reyes Magos se postraron para sacar de su interior, en la intimidad de ese encuentro, el don de Dios que ya habían recibido.

¿Cuál es el don que Dios nos dio y que podemos presentar a Jesús como garantía de vida? ¿Cómo me aproximo al misterio de la encarnación de Dios para asirme de su movimiento de trascendencia?
El mundo en que vivimos nos necesita, más que nunca, como “Signos de encuentro”; necesita que en la imagen de aquellos sabios de Oriente, nosotros nos veamos reflejados.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Reavivar la pertenencia

Por Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

Al celebrar hoy “La Sagrada Familia”, podemos tomar esta hermosa imagen de La Familia de Nazaret. No es una familia normal desde nuestras categorías culturales; parece más bien una familia “atípica” si consideramos que la madre es virgen, el padre es Dios, José ejerce una paternidad legal y espiritual, y el hijo es divino y humano. Sin embargo, esta misma condición a través de la cual Dios ha querido venir al mundo, nos permite comprender que la familia tiene un universo insondable de formas de manifestarse. En el centro de esta familia y de todas las familias del mundo encontramos esta constante: la necesidad de una relación de pertenencia y el lugar en el cual ser educados, instruidos y ayudados a descubrir nuestra vocación más alta.

 Incluso nuestras familias disfuncionales, ¡cuánta riqueza alcanzan cuando se esfuerzan por vivir una sana pertenencia y un proyecto mínimo de familia!

 José y María han insistido en educar a Jesús en la tradición de los que esperaban la liberación de Israel. Llevan al Niño para presentarlo y consagrarlo al Señor. No solo por mera tradición, sino para marcar en la historia personal, familiar y comunitaria, la ascendencia y la pertenencia de Jesús a la familia de Abraham y, así, a la de su Padre Dios.

 A nosotros hoy, nos viene muy bien retomar este sentido vivencial y ritual de nuestra pertenencia. Especialmente ahora, cuando vivimos un tiempo en el que las raíces se pierden en las ideologías del relativismo y el secularismo. Un mundo, además, que no se interesa mucho en dar continuidad a sus instituciones y a la memoria de sus antepasados.

 ¡Qué tesoro tan grande recuperar nuestra pertenencia familiar y religiosa, y tomar vida de esta experiencia!

Intentemos tres actitudes para reavivar nuestra pertenencia

1-Mantengamos el vínculo por la honra

 Nuestros referentes vitales siempre estarán ahí: son nuestros padres y hermanos. Honrar a los padres en la sabiduría sapiencial de Eclesiástico, nos permite recoger las bendiciones de Dios: quedar limpio de pecado y acumular tesoros. Encontrar alegría en los propios hijos y en la oración escuchada, tener larga vida y consuelo.
 ¡Qué gozo inmenso tener la posibilidad de cuidar a nuestros padres en la vejez, y experimentar que nuestra vida tiene un grado de pertenencia a ellos!

2-Vivamos la vida familiar con un sentido de consagración

 En este sentido hay que celebrar la pertenencia cuantas veces nos lo permitan las circunstancias de la vida. Implica crecer en una fuerte espiritualidad de comunión y dejar de lado el pensamiento individualista.
La consagración a la vida y al amor familiar no depende de ceremonias, sino de actitudes; por eso podemos enseñarnos mutuamente, acompañarnos y mostrarnos magnánimos, humildes, afables y pacientes.

3- Hay que sostenerse como piedras vivas

 El anciano Simeón, movido por el Espíritu fue al templo, y encontró a la familia de Nazaret. Estuvo seguro de ver en aquel Niño al Salvador.
Lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios por permitirle tan grande don. Simeón reveló que Jesús sería puesto como piedra de toque para ruina y resurgimiento de muchos.

 Nosotros podemos sostener la vida familiar así, como piedra de cimiento, para levantar el proyecto familiar. La pertenencia implica también esta carga, similar a la de María: “…y a ti, una espada te atravesará el alma”, pero en el propio ejercicio de carga, viene dada la capacidad para dejarse atravesar.
 ¿Quién soy desde mi pertenencia familiar y religiosa?