Archivo de la categoría: Padre Dante Gabriel Jiménez Muñozledo

Bálsamo del encuentro

Hacia el final de nuestro “año litúrgico” emerge este tono del final de la historia y de nuestra historia. La imagen de las diez vírgenes dibuja cómo puede ser la segunda venida de Cristo; Él es el esposo que espera a la comunidad de los creyentes (las jóvenes), y de entre ellos, permite la entrada al banquete de bodas a los que han respondido, preparándose para el día final.
A nivel general, en esta parábola encontramos una exigencia clara: preparar nuestro encuentro final con Dios; un encuentro en el que nuestras acciones del día a día cuentan; estas acciones hacen el bálsamo del encuentro, aquello que hace brillar mi perfil espiritual, es un bálsamo confeccionado con mi propio ser. La provisión de aceite que me distingue para la eternidad son mis actos de amor, es el final de una serie de elecciones personales que impregnan el óleo de mi unción bautismal con mi propio aroma; un óleo que revela la calidad del amor con el que me relacioné con Dios y con mis hermanos.
En medio de un mundo que piensa poco en las realidades eternas, ¡qué importante detenerse un poco a replantear el sentido creyente y esperanzador de nuestras acciones diarias, y qué responsable es empezar a preparar nuestro bálsamo del encuentro!
Hagamos este pequeño camino de nuestras tres ideas, recreando nuestra historia personal y comunitaria:

1 – Dejemos que la Sabiduría nos alcance

 Aunque la Sabiduría de Dios se deja encontrar, se presenta en un cortejo de enamoramiento; solo quien verdaderamente ama que Dios supervise su vida, logra consumar su prudencia.
 Madrugar por ella, desvelarse por ella, implica una vida reflexiva en la intervención de Dios en nuestras vidas; y los frutos son grandes, nos permiten el gozo y el descanso de una vida más ordenada y plena.
No es sencillo descubrir la Sabiduría de Dios en nuestras vidas, pero cada uno puede constatar que en momentos determinantes de su vida, ha sido alcanzado por ella. Como cuando una madre sostiene a su hijo moribundo y tiene que tomar decisiones difíciles en las que se refleja claramente la Gracia de Dios, su asistencia.
 La propuesta en esta primera idea es acostumbrarnos a permitir que la Sabiduría de Dios nos alcance a cada paso.

2 – Consolémonos mutuamente

 El sentido de espera para el encuentro con Dios, se completa cuando compartimos la misma esperanza en comunidad, cuando nos percatamos de que mientras llega el día final, es necesario trabajar intensamente, sin bajar la guardia, ayudándonos en la delicadeza de la alegría y la oración.
 Es muy probable que Pablo haya encontrado una comunidad de gente relajada, cuyos miembros estaban ociosos ante el inminente retorno del Señor. Por ello insiste en la necesidad del consuelo mutuo, para encontrarle sentido a una espera laboriosa, de preparación para el momento final.

3 – Dejarse conocer por Dios

 La historia de la salvación arranca aquí, en el deseo que Dios tiene de entrar en una relación íntima con nosotros; conocer en lenguaje bíblico, puede entenderse mejor desde el amor, no tanto desde un conocimiento intelectual o racional. Cuando leemos en el Antiguo Testamento que dos personajes se conocieron, interpretamos que ocuparon el mismo lecho, se conocieron íntimamente, cada uno supo en la cercanía de sus personas, el ritmo cardíaco, su humor, el quebranto interior de sus miedos y de sus alegrías, y la plenitud de la comunicación del amor.
 Dejarse conocer por Dios, conocer a Dios en la dinámica del amor profundo, es lo que termina por confeccionar una provisión de aceite grato e iluminador para el momento final.
 Para comprender mejor la urgencia de ser conocidos por Dios, veamos el último versículo de este Evangelio. ¿Por qué el esposo no abrió la puerta a las jóvenes descuidadas? La Palabra dice: “Yo les aseguro que no las conozco”. Si cada uno de nosotros no se esmera en un conocimiento amoroso y profundo de Dios, nos pasará lo mismo.
 Ahora pensemos: ¿Por qué las jóvenes previsoras no compartieron su aceite con aquellas pobres? ¿No es esto un acto de egoísmo? La respuesta más cercana no es: porque no alcanzaba para todas, sino porque el óleo con el que nos presentaremos al final de nuestras vidas, es intransferible, lleva nuestro sello, el código de nuestra relación amorosa con Dios a lo largo de toda nuestra vida.
Nadie puede presentarse al encuentro final ante el Señor, con lo que es mío, mi historia personal de actos de amor; es justamente esto lo que me hace brillar ante Dios, con lo que llego iluminado, contiene el eco de toda una vida de encuentros con Dios a través de su Sabiduría y de las buenas obras; es lo que nos hace más semejantes a Jesús.