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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Hacer comunidad



Padre Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

En la multiplicación de los panes, Jesús lleva a sus discípulos a la experiencia de la comunión entre ellos y con Dios. Se hace comunidad si se piensa en los demás, en sus necesidades del cuerpo y del alma. Y si se mira el horizonte de liberación y de trascendencia que propone Jesús.

No es una casualidad que este episodio de la multiplicación dé inicio al gran discurso sobre el pan de vida. Ni que el evangelista nos informe que estaba cerca la Pascua judía. Que la multiplicación de los panes se desarrolle a la orilla del mar de Galilea, lugar que recuerda a quienes escuchan el Evangelio, el paso del mar rojo. O que Jesús suba al monte, como Moisés.

Para hacer comunidad, hay que mirar hacia el Éxodo, hacia la superación de los condicionamientos temporales, y encontrar a Dios que hace de nuestra vida ordinaria algo extraordinario.

Cuando todos ven en Jesús a un liberador, incluso después de la multiplicación quieren proclamarlo rey. Jesús quiere que vayan más lejos, junto con Él. Que entren en la comunidad de su Padre. Y una manera de hacérselos entender es la multiplicación de los panes.

¡Qué importante hacer comunidad hoy, cuando vivimos en un mundo que nos propone la ideología del dinero y del bienestar, nos propone una sociedad ciega, individualista y pragmática!
Experimentamos que con todos sus esfuerzos, este tipo de sociedad no logra saciar nuestras hambres del cuerpo y del alma. Tú, ¿con cuánto te sacias? Parece que nos hace falta liberarnos para hacer comunidad.

¿Cómo hacemos comunidad? Intentemos estas tres actitudes:

1- Hay que saber de primicias
 Solo si entendemos que todo don viene de Dios, sabremos compartir con los demás. Nos liberaremos de la esclavitud en la que nos mete el sentido de posesión.  Saber de primicias implica entender que cuando Dios da, da para todos y que lo primero que se recibe de la cosecha, tiene un destino: el don de Dios a alguien más. Es la manera en que Dios multiplica su acción salvadora. Eliseo sabía esto, como escuchamos en la primera lectura: comerán todos y sobrará.

2-Hay que llevar una vida digna
Para San Pablo, no hay vida si se vive en el aislamiento. La persona se dignifica cuando responde al llamamiento que ha recibido de Dios. El llamamiento es a vivir en comunidad entre nosotros y con Dios. Esto implica: la humildad, la amabilidad, la comprensión, la tolerancia, la unidad y la paz.La vida digna busca destruir los defectos que nos aíslan y trabaja por mantener la unidad. El solo Dios que está sobre todos, actúa a través de todos y vive en todos.  Es quien hace posible vivir como una gran comunidad, en clave de éxodo.

3- Hay que vivir las categorías de Jesús
La comunidad no se hace desde los asistencialismos. La solución para el hambre no se encuentra en las categorías de la economía del dinero, sino en la economía del compartir. Muchos de nosotros hoy somos puestos a prueba, igual que Felipe. Muchos otros, ya actuamos con más cercanía a Jesús. Igual que Andrés, ya entendemos la categoría del compartir, que es la categoría de la solidaridad y del amor.

La nueva comunidad que Jesús quiere es la comunidad de personas libres. Así vemos que manda que se recuesten para comer. Porque la nueva Pascua es la de los hombres libres. Jesús hace que la comunidad pase de ser un grupo gris al que hay que asistir; a personas individuales y dignas que van a compartir no solo el alimento, sino la vida.

 En grupos de cincuenta, que significa la comunidad del espíritu. Cuando Jesús hace la acción de gracias, nos lleva a la comprensión de que el origen de los panes está en Dios. Ha separado esos panes de su antiguo poseedor. Lo libera de esa posesión que pudo ser egoísta, para que se convierta en don de Dios para todos. Entendemos también, que hacer comunidad es compartir, para que se prolongue el amor de Dios hacia todos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Amar como Jesús





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

Celebramos el último Domingo de Pascua. Al tomar el texto del Evangelista Juan, entendemos que se trata de una parte del discurso de despedida de Jesús, al final de la Última Cena. Jesús está pleno de sentimientos de amor por los suyos y por su Padre Dios; está llegando al momento final de su misión, y quiere insistir en el tema del amor. Les entrega la síntesis de cuanto les ha enseñado, la esencia de la relación con Dios y con los demás. El amor al prójimo y el amor a Dios.

“Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”. ¿A qué tipo de amor se refiere Jesús? Al amor de amistad, o sea, al amor recíproco que iguala en la comunicación de vida, amor y alegría. Por eso dirá también: “Ya no los llamo siervos…, a ustedes los llamo amigos”.
Si nos fijamos bien, Jesús propone una relación inmediata con Dios: “…les he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre”, no una relación de sirvientes. Seríamos los más infelices creyentes si a estas alturas de nuestra relación con Dios en Cristo, tuviéramos un Dios dominador, al modo de los amos con sus siervos, con un pie sobre nuestro cuello. Jesús equipara nuestra relación con Dios en la experiencia del amor de amistad; nos introduce a la intimidad de su Padre y a la alegría del amor que vive con Él.

¡Qué importante ejercitarnos en esta experiencia del amor de amistad hoy! Especialmente cuando vivimos en un mundo de amores egoístas, estáticos, inestables, pobres o no completados. Podemos llegar a “la cima del amor”. Jesús querría que entendiéramos esto: que en el ejercicio del amor, alcanzamos la cima de nuestra relación con Él y con su Padre.

¿Cómo amar así, como Jesús nos ama? Intentemos estas tres ideas:

1- Amar sin distinción

  El amor con el que nos relacionamos tiene un destinatario, uno que podría no ser nuestro favorito. Es necesario no juzgar por las apariencias de quien tenemos enfrente. Pedro llega a esta conclusión: que Dios no hace distinción de personas, cuando descubre que el Espíritu Santo también había sido derramado sobre los paganos.
  Parece que en las personas que consideramos lejanas a nosotros, las que piensan diferente o son diferentes, Dios ha sembrado también el don de su vida. Podemos esforzarnos por encontrar el vestigio del Espíritu Santo en ellas. Implica entonces amar gratuitamente, sin que nos lo pidan y sin esperar respuesta; comunicar en lo general la riqueza de nuestro amor, a quien Dios quiere.

2- Completar el ciclo del amor

 Nosotros no somos el origen del amor; por tanto, tampoco los dueños, somos solo comunicadores del amor vital de Dios. Todo amor que hay en el mundo viene de Dios y regresa a Él, en este sentido es circular.

 Se completa el ciclo del amor si yo lo multiplico, si doy el paso a amar como un nacido de Dios y, por lo tanto, como alguien a quien el amor no le es extraño, sino familiar y vital.

Hemos de constatar en nuestros intentos de amor, que no existe amor a Jesús sin compromiso con los demás. El amor se completa si respondo a las necesidades de los demás. Esto significa cumplir el mandamiento: cubrir las necesidades de los demás. Cuando Jesús dice, como escuchamos en el Evangelio, que somos sus amigos si cumplimos su mandamiento, se siente como un amor de amistad condicionado. Pero en realidad no es así. El mandamiento se entiende aquí como causa común: si lo amamos a Él, amamos Su proyecto, Sus sentimientos y deseos, y en ese ejercicio de bondad llegamos a la alegría plena.

3- Amar con amor de amistad

Las relaciones muchas veces son complicadas; para amar como amigos al modo de Jesús, implica crear una comunidad de amor mutuo, y de ahí, hacer causa común. Es aquí donde tiene origen la misión.

Cicerón decía que el amigo es alter ego, mi otro yo. Aquel que ha guardado mi imagen, mi identidad, el que es tan parecido a mí que a veces es yo mismo. Por eso cuando un amigo está perdido, no sabe más quien es, ha perdido su identidad en la relación cotidiana con los demás, tiene necesidad de encontrar a su amigo, para que éste le refrende su imagen, su identidad.

El libro de la Sabiduría dice que quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro.

Jesús está diciendo que la amistad lleva a la plenitud de la alegría mutua. Esta alegría viene de compartir la intimidad de Dios y su proyecto de misión.

¿Cómo es tu amor de amistad con los tuyos? ¿Cómo es tu relación de amistad con Dios?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Comunicar vida

V Domingo De Pascua Ciclo B
Hch 9,26-31; Sal 21; 1 Jn 3,18-24; Jn 15,1-8

Comunicar vida
Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

  La semana pasada descubríamos a Jesús que se define como “El Buen pastor”. Hoy, de igual manera, nos encontramos con un texto pre-Pascual en el que Jesús se define y nos define: “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos”. Este episodio sucede en la última cena; cuando Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Define al verdadero discípulo, como alguien que vive por él, adherido a él, destinado a dar fruto, a ser un comunicador de vida.

Parece que Jesús se inquieta, de si sus discípulos estarán en grado de expandir la vida que han recibido y qué recibirán de Él con su muerte y resurrección.
Nosotros hoy, podemos leer este texto a partir de nuestro encuentro con Jesús resucitado. Los que hemos gozado la Pascua del Señor, estamos llenos de la savia, de la vida del Resucitado que corre por nuestro ser, al igual que la savia de la vid corre por los sarmientos. Por eso nos descubrimos comunicadores de vida.

Esta es la idea que puede ayudarnos durante la semana. Avanzar en el ejercicio de la purificación de nuestra cristiandad. Podemos preguntarnos: ¿cuánta vida estoy comunicando a los demás? ¿Cuánta vida que viene de Cristo, estoy comunicando a los demás? Es un buen momento para recordar si las personas que vienen a mi encuentro en las diferentes facetas de mi vida cotidiana: desde mi profesión, mi trabajo, mis amistades, la familia, etc., se van con una comunicación vital o con una comunicación de muerte. ¿Cuánta vida estamos comunicando? Esta es una pregunta importante, porque nacimos como cristianos en esta dinámica de comunicar la vida y el amor del Resucitado.

Para ser comunicadores de vida, podemos intentar estas tres propuestas:

1- Atreverse a volver de la muerte
  Cómo San Pablo ––según escuchábamos en la primera lectura––, de ser un comunicador de muerte en la persecución a la Iglesia, se atreve a volver de esa muerte, vive su conversión con toda verdad, y se atreve ser un comunicador de vida. Semejante también al sarmiento de la vid, que hace un invierno de muerte, y cuando parece que nada podrá emerger de esa rama seca con apariencia de muerte… brota la vida.

San Pablo pasa de una vida de perseguidor solitario, a la vida comunitaria de la primitiva Iglesia de Jerusalén. Es protegido por los discípulos y despachado por cuenta de la Iglesia naciente a Tarso, porque su vida de convertido y comunicador de vida, corría peligro.

Muchos hoy puedan descubrir sus propias muertes: quienes se sienten indignos de la vida plena de Dios, quienes ya son avanzados de edad y no pocas veces están deprimidos, creyendo que es poco lo que pueden hacer… Cada uno puede descubrir hoy, en dónde están sus propias muertes o su invierno espiritual, y atreverse a volver de la muerte.

2- Amar de obra
Es decir, hay que hacer la caridad. Es casi seguro que todos hemos amado de obra. Pensemos las veces que hemos rescatado a alguien regalándole el don de nuestra persona, nuestra ayuda incluso material. ¿Puedes recordar la vez que has hecho un bien a otra persona? ¿Qué se experimenta cuando hemos servido para que alguien se rescate? ¿Recuerdas los signos de su gratitud? Cuando ha sucedido esto, lo primero que entendemos es que no ha sido mérito nuestro. Podemos contemplar a todo color el fruto del amor de Cristo que ha pasado a través de nosotros.
Hay que atreverse muchas veces a amar de obra, porque así estamos siendo comunicadores de la vida de Jesús. Nuestra conciencia estará atendida y creceremos en humildad.

3- Acostumbrarse a ser sarmiento
Porque si no lo hacemos, la soberbia nos llevará a ocupar el lugar de Dios, a creer que somos la vid. Y como hemos escuchado, Jesús es la vid y nosotros los sarmientos.
Ser sarmiento no es fácil pero es todo un proyecto espiritual. Implica constatar de cuando en cuando que la vida que estemos comunicando no sea la nuestra, sino la de Jesús. Constatar que permanecemos en Él y Él en nosotros; aquí se puede medir la pureza de nuestro ser de cristianos.
Ser sarmiento implica experimentar la vida de Jesús que pasa a través de nuestra vena espiritual y que es capaz de cambiar vidas y de producir mucho fruto.
Ser sarmiento implica “aceptar la poda” para dar más fruto. ¿Has sido podado últimamente? La poda espiritual nos duele, porque parece que algo de nosotros muere; pero es buena, porque lo que muere de nosotros, no lo necesitamos para salvarnos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Alcanzar la condición divina





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

En nuestro camino de desierto Cuaresmal, igual que Pedro, Santiago y Juan, nos sentimos “tomados aparte” por Jesús. Después de encontrar nuestra “fuerza interior”, parece necesario superar nuestra resistencia a aceptar la muerte. 

Esta invitación a subir al monte donde Dios aparece y contemplar Su gloria, puede sostenernos en nuestra adhesión a Jesús y a Su proyecto.

Lo que ven los discípulos es un pedacito de cielo, el estado final del hombre que con su entrega ha superado la muerte. Así están Elías y Moisés.

Pedro está “a gusto” porque en aquella manifestación de Jesús, Dios glorioso, tiene todo. Pero no se da cuenta de la distancia que lo separa del misterio; para quedarse en la gloria de Dios, es preciso pasar por la muerte y la resurrección.

Para alcanzar la condición divina, ya sea en el asomo temporal, al modo de Pedro, Santiago y Juan; o de manera definitiva como Elías y Moisés, nos ayuda trabajar espiritualmente en estos tres pasos:

1- Escuchar la voz de Dios que configura

 Es la voz que me pide “lo que tanto amo”, al igual que a Abraham, a quien Dios pide le sacrifique a su hijo único a quien tanto ama. Es una voz de obediencia y de donación que me pide confiar en Dios, en su proyecto.

La enseñanza de un obispo misionero nos sirve ahora para entender cómo se escucha la voz de Dios: “Aquello que tanto amas y no es Dios, pronto te hará sufrir”. Parece incoherente o inhumano; pues así es para Abraham. Sin embargo, es la manera en que la voz de Dios nos da figura, nos da talla espiritual para alcanzar su condición.

Nos dejamos configurar, cuando somos capaces de ofrendar lo que tanto amamos o a quien tanto amamos, por el amor absoluto que es Dios. En este momento de tu vida, ¿qué amas tanto y no es Dios? Es más fácil ofrecer algo, como un vicio o un apego, pero, ¿a quién amas tanto y no es Dios? Cuesta más. Sin embargo, si no me configuro, no me transfiguro con Cristo.
Además, esa voz que configura, me deja conocer la Identidad de Jesús y mi propia y nueva identidad en el seguimiento de Él.

2- Confiar en la elección

 Hacer la vida de manera diferente cuando uno se sabe elegido, puede generar la contra, incluso la persecución. Pero Dios no escatima para quienes aceptan a Su Hijo.
 Dejarse tomar para subir la montaña, supone una elección que, al igual que la de Abraham, parece llevarnos a la prueba. El apóstol nos recuerda que: “Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra?”. O sea: si Dios, que es el ofendido, no nos acusa y ya nos perdonó, ¿qué más habrá que temer? Incluso si pasamos por una prueba,  hay que confortarse sabiendo que Dios no escatima con los que confiamos en su elección. Él sabe cómo saldremos adelante, para incluirnos en su misterio de salvación; y tanto no escatima, que el sacrificio que le pidió a Abraham y que luego suspendió, Dios mismo sí lo consumó, permitiendo el sacrificio de su propio Hijo. ¿Cuáles son nuestras pruebas? ¿Cómo entiendo mi elección? No siempre han de ser tan extremas como lo es el caso de Abraham; por eso, con mayor razón, hay que dejarse configurar.

3- Pagar el precio de la transfiguración

 No se llega a la condición divina, a nuestro estado final, si no es entregando la vida. Elías y Moisés no aparecen transfigurados con Jesús por haber pasado la vida como de vacaciones, sino por haber luchado por entender el proyecto de Dios sobre sus propios planes.
El precio de la Transfiguración se paga con la vida, una vida de entrega que le da sentido a nuestra existencia, y una vida de continua configuración con Jesús. El Evangelio siempre es alegría, incluso aquí, en nuestra configuración y transfiguración, por eso “alcanzar la condición divina”, desde nuestra entrega, por dolorosa que pudiera ser, es un camino de felicidad, o no es auténtica. Se entrega la vida porque comprobamos con toda certeza que es el valor superior que queremos alcanzar.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Abrir horizontes

Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

 Jesús aparece con fama en esta escena del Evangelio de Marcos. Es alguien que enseña de una manera distinta y que realiza acciones salvadoras. Muchos lo buscan, para erigirlo líder político y religioso de su población. Jesús rechaza esta visión reductiva. El Reino que Él ha venido a implantar es universal, no local.

Cuando el Evangelio menciona que al atardecer le llevaron a todos los enfermos y poseídos por el demonio y que todo el pueblo se apiñó: “junto a la puerta” de la ciudad, se entiende que lo quieren introducir para proponerlo como líder. Jesús realiza su misión, los cura y los libera, pero ellos no entienden el “todo” del horizonte abierto de Jesús. Ellos piensan en su pueblo, y en encerrar en esa jurisdicción a Jesús. Él piensa en cumplir una misión más trascendente y liberadora.

Al amanecer, fuera de la población a donde Jesús fue para salir de los condicionamientos de la casa y de la ciudad, para refrendar en su soledad apacible y orante su misión, fueron a buscarlo: “Todos te andan buscando”. Pero Jesús rehúsa tomar este puesto y los invita a anunciar el Evangelio a los otros pueblos. Dios no ha venido a salvar solo al pueblo de Israel.

Detrás de los enfermos y de los poseídos se encuentran los obstáculos para el anuncio del Reino. Especialmente los endemoniados, que son imagen de aquellos que se encuentran con el horizonte reducido de una ideología política o religiosa. A Jesús no le sirven discípulos así, cerrados de horizontes, enfrascados en una ideología que impide brillar la verdad de Dios. En este sentido parece que muchos pueblos deben ser exorcizados; o sea, liberados de tantas ideologías que empobrecen el horizonte del hombre.

En este Domingo podemos tomar esta idea: “abrir horizontes”, que es tan importante porque el mundo lo necesita. Todo podría asegurarnos que vivimos en un mundo abierto de horizontes, y en realidad no es así, sino todo lo contrario. Si lo pensamos bien, nuestro mundo está demasiado ideologizado, encerrado en esquemas de control que impiden a la persona ver más allá. Mismo en el horizonte de la fe, el mundo solo ve lo temporal, nosotros queremos ver lo eterno. En el horizonte del amor, el mundo ve solo una parte del amor, nosotros queremos hacer vida el amor de caridad; y así podríamos descubrir un mundo lleno de nuevos mitos urbanos incapaces de abrirse a un horizonte mayor.

Nosotros mismos, en este momento de nuestra vida, ¿hasta dónde vemos? ¿Hasta dónde llegan nuestros horizontes? Cuando teníamos 6 años de edad, no alcanzábamos a ver lo que había en la mesa, fuimos creciendo hasta que vimos lo que había sobre ella y más. ¿Nuestros horizontes son muy cerrados?

Hoy nos queremos abrir, sí. Pero no sin rumbo, sino para seguir a Jesús; y seguir significa también servir. La suegra de Simón es curada, y se pone a servir; es decir, a estar atenta a lo que sigue en Jesús, a seguirlo, para adherirse a su proyecto.

Pensemos tres ideas:

1- Abrirse desde la tensión
 Es bello descubrir a Job en tensión, como alguien que no está satisfecho con lo que vive. Sabe que hace falta algo más y la vida se le hace corta. Así podemos empezar a abrir nuestros horizontes en Dios; descubriendo que nuestros días corren aprisa. Apenas si tenemos tiempo de contemplar el acontecimiento por el que Dios salva.
 Job nos presenta una imagen bella, que puede ser la nuestra: no se duerme a gusto, ansiamos que amanezca, como el esclavo que ansía la sombra o el jornalero su salario; como quien no se ha completado y se abre a un horizonte mayor, porque el horizonte que le ofrece el mundo no logra saciar sus ansias de eternidad.
La tensión de nuestras vidas es buena, no le hace que trabajemos en estirar nuestro espíritu, no le hace que nuestro cuerpo lo resienta, que no se dé al descanso total; desde esa tensión se empieza a abrir nuestro horizonte.

2- Abrirse desde el Evangelio
 Como Pablo, que entiende “los bienes del Evangelio” como su paga. Es mejor esta paga, que cualquier otra. Si dejamos que el Evangelio decodifique nuestra vida, si le permitirnos que nos lleve a realizar acciones liberadoras por nosotros y por los demás, entonces empezaremos a disfrutar la paga por hacerlo vida.

 Los bienes del Evangelio consisten en esto, en gozar de los hallazgos que alcanzo en Dios, aquella sabiduría que se convierte en obras liberadoras y que me lleva a descubrir un horizonte mayor al que yo tenía. El Evangelio en este sentido me exorciza, me libera de mis miras estrechas, y me permite completar la misión particular que se me ha confiado.

3- Abrirse desde la acción
Cuando uno permite las ideologías, aparece la violencia. Quien está sometido a una idea que quiere imponer a los demás, es como un endemoniado. Los endemoniados del tiempo de Jesús, los poseídos, eran sobre todo gente violenta, personas que con su violencia inhiben el mensaje y la liberación de Jesús.
 Hay que sacudirse lo violento, lo obsesivo, para dar libertad a los demás. Es solo si logramos este cambio que notaremos la diferencia entre estar cerrado o abierto en el horizonte de Jesús.
 Es probable que tengamos que salir de madrugada, salir de la casa y la ciudad para entrar en nuestra soledad apacible, orante; esa soledad que nos permite repensar cuál es nuestra misión más profunda en el mundo; cuál es el servicio liberador para el que fuimos llamados.
 Y, finalmente, hay que rechazar la popularidad o el prestigio, como Jesús lo hizo, porque en el momento que aceptamos vivir de esto, perdemos el rumbo de nuestra misión y nos hacemos pequeñitos. En las categorías del Reino, nunca se ha llegado a la cumbre, y si se llega… es en Jesús.
 ¿Cuántas personas cercanas a mí necesitan ser curadas o exorcizadas?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Enseñar con autoridad





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo

El Evangelista Marcos nos presenta a un Jesús que le gusta enseñar: es parte importante de su ministerio. Lo presenta enseñando en el lago de Galilea, en la montaña, en las plazas y en las sinagogas, como en el texto de hoy.

Podemos imaginar a la gente en aquella sinagoga, acostumbrada a escuchar la repetición de una doctrina que ya les decía muy poco, especialmente porque sus maestros, los escribas, no tenían autoridad para enseñar, dado que decían una cosa y hacían otra.
Jesús es capaz de impresionar a los presentes y de sacudirlos en su conciencia adormilada. Es capaz de provocarlos en la confrontación de sus ideologías.

Jesús enseña como quien tiene autoridad, no solo porque es coherente con su vida: o sea, no solo porque tiene autoridad moral, que en esto rebasa con mucho a los maestros de su tiempo, sino porque es capaz de expulsar a los espíritus inmundos, como es el caso del hombre a quien liberó en esta escena del Evangelio.

Enseñar con autoridad, entonces tiene esta característica: el efecto de la liberación.
Nosotros queremos enseñar con autoridad, igual que Jesús hace dos mil años. Esto es posible porque el mismo Espíritu que impulsó a Jesús a enseñar así, lo hemos recibido desde el bautismo. Ejercer el poder del Espíritu que hemos recibido no es una alegoría, es una realidad constatable.

¡Qué importante pensar en vivir como nuevos pedagogos o educadores; enseñar con autoridad, cuando el mundo adolece de las dos cosas: de educadores y de autoridad! Actualmente es más fácil para las instituciones y para los medios de comunicación social y cibernética, entretener que educar. Muchos padres de familia hacen esto sin pensarlo siquiera. Y en cuanto a las autoridades educativas, las podemos descubrir rebasadas.

¿Cómo enseñas tú? ¿Con qué autoridad? Recordemos las enseñanzas que hemos tratado de transmitir a los demás y preguntémonos si fuimos auténticos y si nuestras enseñanzas actuaron como una liberación.

Parece que es necesario exorcizar el mundo, expulsarle los espíritus inmundos que marginan al ser humano con tantas ideologías contrarias al Espíritu y la Verdad de Dios.
Pero, ¿cómo hacernos enseñantes con autoridad? ¿Cómo ser buenos educadores? El Espíritu de Dios nos deja conocer lo propio, pero siguiendo su Palabra en este domingo, podemos avanzar con estas tres ideas:

1- Vivir sintonizando la voz profética

 Hay que escuchar lo que dice el Espíritu, no solo las voces que se escuchan en los medios o en la calle. A veces estamos tan enajenados con las voces del ser humano, que la voz de Dios parece ausente.
En la primera lectura escuchamos a un pueblo que desea una voz profética, una voz que le garantice que las decisiones que estamos tomando van de la mano de la voluntad de Dios. Podemos preguntarnos: “¿Dónde se encuentra la voz profética?”. Y entender que se encuentra en muchos lugares, pero los lugares privilegiados de la voz profética que necesitamos oír, se encuentran adheridos al amor: primero en la Palabra de Dios, que se proclama domingo a domingo, Dios habla con toda claridad y penetra en nuestro corazón llevándonos a entender una sabiduría que supera a la de los hombres.
En un segundo lugar, en las instituciones que Dios ha fundado: la Iglesia y la Familia. En la autoridad compartida de los padres de familia, por ejemplo. Hemos de creer esto, que detrás de la voz un paterfamilias o materfamilias, Dios habla, porque Él les ha dado la responsabilidad sobre la prole. ¡Qué tesoro cuando un hijo entiende esto y sintoniza con una comunicación que trasciende la voz de sus padres! Y, por último, la voz de la pareja o del amigo, que como son personas que se mueven en la línea de la comunicación de la vida y del amor, son capaces de sintonizar con la voz de lo que nuestro espíritu está pidiendo para nuestras vidas.
Sería bueno experimentar cada vez más que las decisiones que tomo en el diario vivir, vienen no de una enajenación o de una ideología; no de mis propias producciones aisladas, sino de mis convicciones que ya han pasado por la sintonía de la voz de Dios.

2- Servir con libertad

 Aunque San Pablo está entendiendo una vocación específica, de especial consagración, su propuesta es universal; solo quien es capaz de sacudirse el peso de las actividades diarias para dar lugar a la experiencia de Dios, puede servir con libertad a la familia, y a Dios.
Para enseñar con autoridad, como Jesús lo hacía, es preciso servir con libertad, cimentados en la experiencia fundacional de Dios, esta experiencia es incontestable y, por lo mismo, se reviste de autoridad.

3- Actuar con la fuerza del Espíritu

 La autoridad de Jesús para enseñar, no le viene de sus conocimientos. Él no es un repetidor de doctrinas como lo eran los escribas de su tiempo. Jesús es una persona que vive la dimensión espiritual de Dios en sí mismo. De su interior brotan convicciones que son capaces de contagiar a cualquiera. Con su manera de proponer las verdades, es capaz de modificar la mentalidad de los presentes, sobre todo de los que están sometidos por una ideología, o de los que se conducen con un espíritu inmundo, es decir: con un espíritu contrario al de Dios.
Aquí está lo fascinante: que la autoridad de Jesús viene cuando se confronta la ideología de las personas con La Verdad del Espíritu de Dios.
Nosotros, igual que Jesús, podemos actuar con la fuerza del Espíritu. No se trata solo de actuar con autoridad moral, que esto ya es buenísimo, sino actuar con coherencia y sostener nuestra propuesta de servicio y bondad a los demás. Es preciso lograr que el resultado de la enseñanza sea eficaz, operativo, que libere personas como el caso del poseído.
Creo que muchos podemos constatar los momentos en que hemos actuado así, desde dentro, desde una fuerza que no es solo nuestra, no es una fuerza violenta sino un poder que convence. Aquí se entiende lo incontestable de nuestra enseñanza, de nuestra autoridad, cuando con la fuerza del Espíritu somos capaces, incluso, de comprometer la vida misma.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dejarse encontrar



Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo

En el anterior episodio, los discípulos que seguían a Jesús bordeando el río Jordán, Andrés y probablemente Juan, “encontraron al Maestro”, entraron en su intimidad y experimentaron una nueva orientación para su vida.

Hoy sucede al revés, es el Maestro el que busca a los discípulos y éstos se dejan encontrar. ¿Qué implica dejarse encontrar? Implica dejar que Jesús nos encuentre en nuestra situación vital, en nuestro entorno laboral y de relaciones, y en nuestros deseos de trascender.

Dejarse encontrar por el Maestro requiere estar dispuestos a un cambio profundo en la estructura de nuestro ser. No se puede ser un discípulo; es decir, estar siguiendo a un Maestro, estar haciendo escuela, y seguir conduciéndose con los mismos paradigmas. En el momento mismo de echarse a andar en el seguimiento del Maestro Jesús, es preciso, modificar nuestros criterios y permitir que la sabiduría y los criterios del Maestro, nos contengan.

Así ha sucedido con las dos parejas de hermanos que se dejaron encontrar por Jesús. Cambiaron radicalmente la estructura de sus personas y sus proyectos de vida: “Dejaron las redes y lo siguieron”, dejaron su actividad diaria para incursionar en una nueva, quizás la que habían esperado por mucho tiempo. Los otros dos hermanos: “se fueron con Jesús”, aceptaron su itinerario, prefirieron su ruta a la propia.

Cuando unos y otros escucharon las palabras de Jesús: “El tiempo se ha cumplido”, escucharon “tiempo, como kairòs” no como kronos, es decir: tiempo como momento de salvación, la hora para la que hasta entonces habían vivido; el tiempo en el que Dios interviene en la historia personal y comunitaria.

En sus mentes esa expresión los persuade para dejarse encontrar.
También escucharon: “Conviértanse y crean en el Evangelio”; es decir: cambien de mentalidad y crean en el Evangelio”.

La palabra que escucharon fue: “metanoèite”, que significa no solo “conviértanse”, sino que cambien de mentalidad, tengan otros criterios más allá de los propios, adquieran una manera diferente de pensar.

Dejarse encontrar por Jesús Maestro, implica cambiar y dejarse guiar por Él. ¿Cómo se hace un cambio consistente, para permitir que el Maestro nos desarrolle o nos rehaga?
Cada uno de nosotros ha realizado cambios importantes en su vida, algunos de esos cambios nos habrán liberado y abierto el horizonte.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos permite intentar tres niveles de cambio, para dejarnos encontrar por el Maestro:

1- Hay que cambiar de conducta

Los habitantes de Nínive lo hicieron; cambiaron su mala vida. Este cambio, al igual que el cambio de un vicio o una adicción no sucede solo por una buena intención, es preciso aceptar que se ha hecho un camino equivocado y que nuestra conducta equivocada desagrada a Dios y afecta a los demás.
Para cambiar de conducta, es necesaria la autodisciplina, la templanza, el ayuno, el arrepentimiento y la oración. Se cambia solo si se está convencido de la bondad del cambio.

2- Hay que cambiar de actitud

 San Pablo habla de vivir nuestras vidas y relaciones como si no contaran: “que los casados vivan como si no lo estuvieran…” claro que no entendemos desentenderse del gozo y la responsabilidad que implica el matrimonio, o el sufrimiento y la alegría, sino vivir las realidades de nuestro tiempo con una actitud más universal y trascendente. Abrirse a una realidad que está por venir, una realidad en la que seremos colmados, porque las realidades de este tiempo son caducas e imperfectas.
El cambio de actitud ante la vida, implica entender que aquí nada es definitivo, solo vamos de paso. Hacer lo propio en razón de lo que viene, vivir con una visión creyente.

3- Hay que cambiar de mentalidad

Permitir que el tiempo kairòs suceda, en una conversión-metanoèite que nos abre al reinado de Dios que está cerca, y cuyas leyes son distintas a las que estamos acostumbrados.

Jesús ya había realizado su metanóia, Él no miraba las leyes religiosas y políticas igual que los demás, por ello pudo hacer un camino distinto del de los demás. Como ejemplo podemos recordar la liberación de la pecadora arrepentida. Si Jesús la liberó fue en razón de este cambio de mentalidad, de criterios; lo más importante de la persona humana no está al descubierto, sino en el interior, que es desde donde se toman las grandes decisiones de la vida.

La verdadera metanóia de los discípulos que hoy encuentra Jesús Maestro está aquí, en salir de sus esquemas de vida: los primeros, Simón y Andrés, inquietos, estaban pescando, pero esa actividad no los satisfacía del todo.

Los segundos, Santiago y Juan, estaban retenidos por su padre, inactivos, solo arreglando las redes, estaban insatisfechos de su vida, por eso es que Jesús los atrae con su propuesta en un solo golpe. Podría decirse que para ese momento habían vivido para ser alcanzados por el Maestro, para ser encontrados.

Después viene el cambio principal; una vez que realiza el cambio de mentalidad, viene la nueva persona: “Haré de ustedes pescadores de hombres”; es decir, los llevaré al desarrollo más pleno de sus habilidades primarias, saciaré sus ansias de universalidad.

Si estos discípulos no se hubieran dejado encontrar por Jesús, habrían terminado sus vidas ahí, pescando, y no habrían llegado al magis, al plus.

Nosotros podemos preguntarnos hoy: “¿Cómo me dejo encontrar por el Maestro, cómo me dispongo para el cambio?”. O: “¿Qué es lo que me ata y me mantiene estático, inactivo, inacabado?”.