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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada Domingo: Vivir en Dios





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo
El día del bautismo de Jesús, el pueblo estaba en espera del Mesías. Por eso muchos habían salido de sus casas y habían aplazado sus compromisos habituales. En el fondo de esta actitud, descubrimos que deseaban un mundo diferente. Se acercan al bautismo de Juan: un bautismo de penitencia y conversión, con el deseo de ofrecerse a Dios para que obrara en ellos y en el mundo un cambio verdadero: el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una vida nueva. Nunca imaginaron que presenciarían la manifestación de Jesús como Hijo de Dios. A partir de ese momento, distinguieron un bautismo superior: el bautismo con fuego, es decir, con Espíritu Santo.

 Desde aquel día, todos los cristianos, a lo largo de los siglos, recibimos esta gratuidad de Dios; por el bautismo, nos hace sus hijos y nos dispone para vivir en Él.

 Pero el bautismo de Jesús, igual que sucedió con Él, nos compromete para la misión. Quienes hemos recibido este don, estamos llamados a comunicarlo a los demás. Pero no solo de manera verbal, sino acompañando a nuestras palabras el testimonio de nuestra vida. Esto significa vivir en Dios, que nuestra vida, permaneciendo perfectamente humana, se vuelve trascendente y plena por la fuerza del Espíritu Santo. La gente ha de descubrir en nosotros, lo mismo que los primeros cristianos encontraron en Jesús: que vivimos llenos de Espíritu Santo.

 Si nos decidimos a vivir así, entendemos que es tiempo de iniciar nuestra misión.
Vivir en Dios:

1-Nos hace Libres

El bautismo de fuego, marca el término de nuestra servidumbre. Como escuchamos en la primera lectura, al mensajero de buenas noticias. Él nos anuncia la llegada del pastor que nos hace crecer. Su presencia nos libera de toda esclavitud. Hoy podríamos preguntarnos: ¿Cuáles son mis esclavitudes, en dónde me descubro dependiente de una servidumbre enfermiza?

2 -Nos regenera

Lo que motiva nuestra moralidad no es el solo impulso del Espíritu, sino el favor de Dios hecho visible en Jesús. Él es nuestro maestro de conducta moral. Con la esperanza de su venida, el apóstol Pablo nos llama a vivir una vida sobria, justa y fiel a Dios. Hay que distinguir un antes y un después en la vida de Dios.

 Los que somos conscientes de nuestro bautismo, experimentamos que Jesús nos salvó no por nuestros méritos, sino por su misericordia. Sentimos así, que vivir en Dios nos regenera y, al mismo tiempo, nos compromete a responder a su generosidad.

Y esta regeneración no es solo espiritual, implica también la materia. Quedamos regenerados en el cuerpo y el alma. Así lo diseñó Cristo al asumir nuestra naturaleza humana; por eso vivir en Dios es algo que ha de notarse incluso en nuestra expresión corporal.

3 -Nos hace trascendentes

Después de nuestra enmienda, que es el primer efecto del bautismo, recibimos una vida que no se agota en nuestro tiempo y espacio. Igual que cuando Jesús fue bautizado, también en nuestro bautismo se abrieron los cielos.

Jesús los abrió para nosotros, cuando “estaba en oración” (Lc 3,21). Hemos de entender que habló con su Padre, pero no solo habló por sí, sino por cada uno de nosotros.

Y así, en cada nuevo bautizado, vuelve a suceder el mismo misterio: el Padre celestial dice sobre cada uno de nosotros: “Tú eres mi hijo”.

En cierta manera el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre nosotros y nos revelan su amor que salva.

 Quedamos asociados a la muerte y resurrección de Cristo y, por lo mismo, participamos de su misión.

¿Qué tan trascendente te descubres hoy?
Vivamos en Dios.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Leer signos de liberación

Padre Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

Cuando Jesús habló a sus discípulos con este lenguaje apocalíptico,  en el que les lleva a observar un mundo que está por caer, quiso utilizar todas estas imágenes del día final para llenarlos de esperanza, más que de temor. Es semejante a la alegría con la que el enfermo espera que amanezca.
 Los que escucharon que Jesús hablaba de la angustia y el miedo con el que las naciones se irán a pique en aquel día,  lograron entender que esos acontecimientos, más que anunciar una ruina total, eran signos de liberación.

 Con este discurso, Lucas evangelista cerró el discurso final de Jesús y todo su ministerio público. Exhortó a sus discípulos a estar alerta, a levantar la cabeza, a leer los signos de liberación. Esta es la manera en que nosotros hoy, después de dos mil años, queremos iniciar nuestra preparación de “Adviento”,  deseamos vivir este tiempo como un tiempo de salvación,  como la única oportunidad que tenemos para acoger a Dios y vivir la experiencia de su amor y de su paz.

Intentemos tres actitudes:

1-Hay que encontrar el brote


Cuando escuchamos en Jeremías: “Se acercan los días… en que cumpliré mi promesa…” la primera sensación es de paz y de consuelo. Cuando todo parece perdido, desolado o sin vida, encontramos que hay una promesa por cumplirse y esto basta para superar toda angustia y sufrimiento.
 Hemos de encontrar el “brote”, como dice Jeremías. En cada uno de nosotros queda un tronco, que por seco que parezca, incluso quemado ––que es la visión del profeta––, es capaz de sacar un brote que dará vida a toda la planta. Jesús es el vástago que anuncia el profeta, pero cada uno de nosotros es parte de ese vástago.

En cada uno de nosotros permanece la vida latente de Cristo que jamás perderemos.
 Esta es la primera incursión en nuestra preparación de Adviento. Podemos preguntarnos: ¿Qué hay en mí que todavía dará vida? Encontremos nuestro brote.

2-Hay que sentir el tiempo


 Esperar en la santidad hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús, en compañía de todos sus santos, implica sentir el tiempo, medirlo, sopesarlo para leer en estos días signos de la llegada del Señor, tales como el crecimiento en el amor fraterno. Pablo a los tesalonicenses habla de amor mutuo y de corazones irreprochables.

 Sentir el tiempo implica la capacidad del gozo por la vida, la esperanza alegre de la venida del Señor que dará orden y sentido a todo aquello que en el momento presente no entendemos.
3-Hay que acompañar la vida

 Solo quien ha trabajado por la venida de Jesús, quien es capaz de leer signos de liberación y ha experimentado el amor de Dios en la persona de su Hijo, puede acompañar la vida y contemplar la caída de la historia sin miedo, porque entiende que esa ruina es el inicio de la nueva historia que está por iniciar, la historia del amor y de la salvación de Dios.

 Acompañar la vida implica estar atentos a no permitir que la vida disoluta o las preocupaciones ociosas ahoguen la experiencia de liberación. Hay que alzar la cabeza, no solo porque muchas veces la estamos agachando ante el drama humano que nos aflige, sino porque con la cabeza agachada nuestro horizonte se limita a la tierra, al polvo y así, ni nuestro rostro se ilumina con el resplandor de la venida del Señor, ni nuestro corazón se alegra con Su llegada.

 Estemos velando, con una conciencia atenta, plena y dialogante, seamos signos de fortaleza y de paz. Leamos los signos de liberación y gocemos de la espera del Señor. ¿Qué signos de liberación ves en tu entorno? ¿Qué signos de liberación lees en ti?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Hacer comunidad



Padre Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

En la multiplicación de los panes, Jesús lleva a sus discípulos a la experiencia de la comunión entre ellos y con Dios. Se hace comunidad si se piensa en los demás, en sus necesidades del cuerpo y del alma. Y si se mira el horizonte de liberación y de trascendencia que propone Jesús.

No es una casualidad que este episodio de la multiplicación dé inicio al gran discurso sobre el pan de vida. Ni que el evangelista nos informe que estaba cerca la Pascua judía. Que la multiplicación de los panes se desarrolle a la orilla del mar de Galilea, lugar que recuerda a quienes escuchan el Evangelio, el paso del mar rojo. O que Jesús suba al monte, como Moisés.

Para hacer comunidad, hay que mirar hacia el Éxodo, hacia la superación de los condicionamientos temporales, y encontrar a Dios que hace de nuestra vida ordinaria algo extraordinario.

Cuando todos ven en Jesús a un liberador, incluso después de la multiplicación quieren proclamarlo rey. Jesús quiere que vayan más lejos, junto con Él. Que entren en la comunidad de su Padre. Y una manera de hacérselos entender es la multiplicación de los panes.

¡Qué importante hacer comunidad hoy, cuando vivimos en un mundo que nos propone la ideología del dinero y del bienestar, nos propone una sociedad ciega, individualista y pragmática!
Experimentamos que con todos sus esfuerzos, este tipo de sociedad no logra saciar nuestras hambres del cuerpo y del alma. Tú, ¿con cuánto te sacias? Parece que nos hace falta liberarnos para hacer comunidad.

¿Cómo hacemos comunidad? Intentemos estas tres actitudes:

1- Hay que saber de primicias
 Solo si entendemos que todo don viene de Dios, sabremos compartir con los demás. Nos liberaremos de la esclavitud en la que nos mete el sentido de posesión.  Saber de primicias implica entender que cuando Dios da, da para todos y que lo primero que se recibe de la cosecha, tiene un destino: el don de Dios a alguien más. Es la manera en que Dios multiplica su acción salvadora. Eliseo sabía esto, como escuchamos en la primera lectura: comerán todos y sobrará.

2-Hay que llevar una vida digna
Para San Pablo, no hay vida si se vive en el aislamiento. La persona se dignifica cuando responde al llamamiento que ha recibido de Dios. El llamamiento es a vivir en comunidad entre nosotros y con Dios. Esto implica: la humildad, la amabilidad, la comprensión, la tolerancia, la unidad y la paz.La vida digna busca destruir los defectos que nos aíslan y trabaja por mantener la unidad. El solo Dios que está sobre todos, actúa a través de todos y vive en todos.  Es quien hace posible vivir como una gran comunidad, en clave de éxodo.

3- Hay que vivir las categorías de Jesús
La comunidad no se hace desde los asistencialismos. La solución para el hambre no se encuentra en las categorías de la economía del dinero, sino en la economía del compartir. Muchos de nosotros hoy somos puestos a prueba, igual que Felipe. Muchos otros, ya actuamos con más cercanía a Jesús. Igual que Andrés, ya entendemos la categoría del compartir, que es la categoría de la solidaridad y del amor.

La nueva comunidad que Jesús quiere es la comunidad de personas libres. Así vemos que manda que se recuesten para comer. Porque la nueva Pascua es la de los hombres libres. Jesús hace que la comunidad pase de ser un grupo gris al que hay que asistir; a personas individuales y dignas que van a compartir no solo el alimento, sino la vida.

 En grupos de cincuenta, que significa la comunidad del espíritu. Cuando Jesús hace la acción de gracias, nos lleva a la comprensión de que el origen de los panes está en Dios. Ha separado esos panes de su antiguo poseedor. Lo libera de esa posesión que pudo ser egoísta, para que se convierta en don de Dios para todos. Entendemos también, que hacer comunidad es compartir, para que se prolongue el amor de Dios hacia todos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Amar como Jesús





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

Celebramos el último Domingo de Pascua. Al tomar el texto del Evangelista Juan, entendemos que se trata de una parte del discurso de despedida de Jesús, al final de la Última Cena. Jesús está pleno de sentimientos de amor por los suyos y por su Padre Dios; está llegando al momento final de su misión, y quiere insistir en el tema del amor. Les entrega la síntesis de cuanto les ha enseñado, la esencia de la relación con Dios y con los demás. El amor al prójimo y el amor a Dios.

“Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”. ¿A qué tipo de amor se refiere Jesús? Al amor de amistad, o sea, al amor recíproco que iguala en la comunicación de vida, amor y alegría. Por eso dirá también: “Ya no los llamo siervos…, a ustedes los llamo amigos”.
Si nos fijamos bien, Jesús propone una relación inmediata con Dios: “…les he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre”, no una relación de sirvientes. Seríamos los más infelices creyentes si a estas alturas de nuestra relación con Dios en Cristo, tuviéramos un Dios dominador, al modo de los amos con sus siervos, con un pie sobre nuestro cuello. Jesús equipara nuestra relación con Dios en la experiencia del amor de amistad; nos introduce a la intimidad de su Padre y a la alegría del amor que vive con Él.

¡Qué importante ejercitarnos en esta experiencia del amor de amistad hoy! Especialmente cuando vivimos en un mundo de amores egoístas, estáticos, inestables, pobres o no completados. Podemos llegar a “la cima del amor”. Jesús querría que entendiéramos esto: que en el ejercicio del amor, alcanzamos la cima de nuestra relación con Él y con su Padre.

¿Cómo amar así, como Jesús nos ama? Intentemos estas tres ideas:

1- Amar sin distinción

  El amor con el que nos relacionamos tiene un destinatario, uno que podría no ser nuestro favorito. Es necesario no juzgar por las apariencias de quien tenemos enfrente. Pedro llega a esta conclusión: que Dios no hace distinción de personas, cuando descubre que el Espíritu Santo también había sido derramado sobre los paganos.
  Parece que en las personas que consideramos lejanas a nosotros, las que piensan diferente o son diferentes, Dios ha sembrado también el don de su vida. Podemos esforzarnos por encontrar el vestigio del Espíritu Santo en ellas. Implica entonces amar gratuitamente, sin que nos lo pidan y sin esperar respuesta; comunicar en lo general la riqueza de nuestro amor, a quien Dios quiere.

2- Completar el ciclo del amor

 Nosotros no somos el origen del amor; por tanto, tampoco los dueños, somos solo comunicadores del amor vital de Dios. Todo amor que hay en el mundo viene de Dios y regresa a Él, en este sentido es circular.

 Se completa el ciclo del amor si yo lo multiplico, si doy el paso a amar como un nacido de Dios y, por lo tanto, como alguien a quien el amor no le es extraño, sino familiar y vital.

Hemos de constatar en nuestros intentos de amor, que no existe amor a Jesús sin compromiso con los demás. El amor se completa si respondo a las necesidades de los demás. Esto significa cumplir el mandamiento: cubrir las necesidades de los demás. Cuando Jesús dice, como escuchamos en el Evangelio, que somos sus amigos si cumplimos su mandamiento, se siente como un amor de amistad condicionado. Pero en realidad no es así. El mandamiento se entiende aquí como causa común: si lo amamos a Él, amamos Su proyecto, Sus sentimientos y deseos, y en ese ejercicio de bondad llegamos a la alegría plena.

3- Amar con amor de amistad

Las relaciones muchas veces son complicadas; para amar como amigos al modo de Jesús, implica crear una comunidad de amor mutuo, y de ahí, hacer causa común. Es aquí donde tiene origen la misión.

Cicerón decía que el amigo es alter ego, mi otro yo. Aquel que ha guardado mi imagen, mi identidad, el que es tan parecido a mí que a veces es yo mismo. Por eso cuando un amigo está perdido, no sabe más quien es, ha perdido su identidad en la relación cotidiana con los demás, tiene necesidad de encontrar a su amigo, para que éste le refrende su imagen, su identidad.

El libro de la Sabiduría dice que quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro.

Jesús está diciendo que la amistad lleva a la plenitud de la alegría mutua. Esta alegría viene de compartir la intimidad de Dios y su proyecto de misión.

¿Cómo es tu amor de amistad con los tuyos? ¿Cómo es tu relación de amistad con Dios?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Comunicar vida

V Domingo De Pascua Ciclo B
Hch 9,26-31; Sal 21; 1 Jn 3,18-24; Jn 15,1-8

Comunicar vida
Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

  La semana pasada descubríamos a Jesús que se define como “El Buen pastor”. Hoy, de igual manera, nos encontramos con un texto pre-Pascual en el que Jesús se define y nos define: “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos”. Este episodio sucede en la última cena; cuando Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Define al verdadero discípulo, como alguien que vive por él, adherido a él, destinado a dar fruto, a ser un comunicador de vida.

Parece que Jesús se inquieta, de si sus discípulos estarán en grado de expandir la vida que han recibido y qué recibirán de Él con su muerte y resurrección.
Nosotros hoy, podemos leer este texto a partir de nuestro encuentro con Jesús resucitado. Los que hemos gozado la Pascua del Señor, estamos llenos de la savia, de la vida del Resucitado que corre por nuestro ser, al igual que la savia de la vid corre por los sarmientos. Por eso nos descubrimos comunicadores de vida.

Esta es la idea que puede ayudarnos durante la semana. Avanzar en el ejercicio de la purificación de nuestra cristiandad. Podemos preguntarnos: ¿cuánta vida estoy comunicando a los demás? ¿Cuánta vida que viene de Cristo, estoy comunicando a los demás? Es un buen momento para recordar si las personas que vienen a mi encuentro en las diferentes facetas de mi vida cotidiana: desde mi profesión, mi trabajo, mis amistades, la familia, etc., se van con una comunicación vital o con una comunicación de muerte. ¿Cuánta vida estamos comunicando? Esta es una pregunta importante, porque nacimos como cristianos en esta dinámica de comunicar la vida y el amor del Resucitado.

Para ser comunicadores de vida, podemos intentar estas tres propuestas:

1- Atreverse a volver de la muerte
  Cómo San Pablo ––según escuchábamos en la primera lectura––, de ser un comunicador de muerte en la persecución a la Iglesia, se atreve a volver de esa muerte, vive su conversión con toda verdad, y se atreve ser un comunicador de vida. Semejante también al sarmiento de la vid, que hace un invierno de muerte, y cuando parece que nada podrá emerger de esa rama seca con apariencia de muerte… brota la vida.

San Pablo pasa de una vida de perseguidor solitario, a la vida comunitaria de la primitiva Iglesia de Jerusalén. Es protegido por los discípulos y despachado por cuenta de la Iglesia naciente a Tarso, porque su vida de convertido y comunicador de vida, corría peligro.

Muchos hoy puedan descubrir sus propias muertes: quienes se sienten indignos de la vida plena de Dios, quienes ya son avanzados de edad y no pocas veces están deprimidos, creyendo que es poco lo que pueden hacer… Cada uno puede descubrir hoy, en dónde están sus propias muertes o su invierno espiritual, y atreverse a volver de la muerte.

2- Amar de obra
Es decir, hay que hacer la caridad. Es casi seguro que todos hemos amado de obra. Pensemos las veces que hemos rescatado a alguien regalándole el don de nuestra persona, nuestra ayuda incluso material. ¿Puedes recordar la vez que has hecho un bien a otra persona? ¿Qué se experimenta cuando hemos servido para que alguien se rescate? ¿Recuerdas los signos de su gratitud? Cuando ha sucedido esto, lo primero que entendemos es que no ha sido mérito nuestro. Podemos contemplar a todo color el fruto del amor de Cristo que ha pasado a través de nosotros.
Hay que atreverse muchas veces a amar de obra, porque así estamos siendo comunicadores de la vida de Jesús. Nuestra conciencia estará atendida y creceremos en humildad.

3- Acostumbrarse a ser sarmiento
Porque si no lo hacemos, la soberbia nos llevará a ocupar el lugar de Dios, a creer que somos la vid. Y como hemos escuchado, Jesús es la vid y nosotros los sarmientos.
Ser sarmiento no es fácil pero es todo un proyecto espiritual. Implica constatar de cuando en cuando que la vida que estemos comunicando no sea la nuestra, sino la de Jesús. Constatar que permanecemos en Él y Él en nosotros; aquí se puede medir la pureza de nuestro ser de cristianos.
Ser sarmiento implica experimentar la vida de Jesús que pasa a través de nuestra vena espiritual y que es capaz de cambiar vidas y de producir mucho fruto.
Ser sarmiento implica “aceptar la poda” para dar más fruto. ¿Has sido podado últimamente? La poda espiritual nos duele, porque parece que algo de nosotros muere; pero es buena, porque lo que muere de nosotros, no lo necesitamos para salvarnos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Alcanzar la condición divina





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

En nuestro camino de desierto Cuaresmal, igual que Pedro, Santiago y Juan, nos sentimos “tomados aparte” por Jesús. Después de encontrar nuestra “fuerza interior”, parece necesario superar nuestra resistencia a aceptar la muerte. 

Esta invitación a subir al monte donde Dios aparece y contemplar Su gloria, puede sostenernos en nuestra adhesión a Jesús y a Su proyecto.

Lo que ven los discípulos es un pedacito de cielo, el estado final del hombre que con su entrega ha superado la muerte. Así están Elías y Moisés.

Pedro está “a gusto” porque en aquella manifestación de Jesús, Dios glorioso, tiene todo. Pero no se da cuenta de la distancia que lo separa del misterio; para quedarse en la gloria de Dios, es preciso pasar por la muerte y la resurrección.

Para alcanzar la condición divina, ya sea en el asomo temporal, al modo de Pedro, Santiago y Juan; o de manera definitiva como Elías y Moisés, nos ayuda trabajar espiritualmente en estos tres pasos:

1- Escuchar la voz de Dios que configura

 Es la voz que me pide “lo que tanto amo”, al igual que a Abraham, a quien Dios pide le sacrifique a su hijo único a quien tanto ama. Es una voz de obediencia y de donación que me pide confiar en Dios, en su proyecto.

La enseñanza de un obispo misionero nos sirve ahora para entender cómo se escucha la voz de Dios: “Aquello que tanto amas y no es Dios, pronto te hará sufrir”. Parece incoherente o inhumano; pues así es para Abraham. Sin embargo, es la manera en que la voz de Dios nos da figura, nos da talla espiritual para alcanzar su condición.

Nos dejamos configurar, cuando somos capaces de ofrendar lo que tanto amamos o a quien tanto amamos, por el amor absoluto que es Dios. En este momento de tu vida, ¿qué amas tanto y no es Dios? Es más fácil ofrecer algo, como un vicio o un apego, pero, ¿a quién amas tanto y no es Dios? Cuesta más. Sin embargo, si no me configuro, no me transfiguro con Cristo.
Además, esa voz que configura, me deja conocer la Identidad de Jesús y mi propia y nueva identidad en el seguimiento de Él.

2- Confiar en la elección

 Hacer la vida de manera diferente cuando uno se sabe elegido, puede generar la contra, incluso la persecución. Pero Dios no escatima para quienes aceptan a Su Hijo.
 Dejarse tomar para subir la montaña, supone una elección que, al igual que la de Abraham, parece llevarnos a la prueba. El apóstol nos recuerda que: “Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra?”. O sea: si Dios, que es el ofendido, no nos acusa y ya nos perdonó, ¿qué más habrá que temer? Incluso si pasamos por una prueba,  hay que confortarse sabiendo que Dios no escatima con los que confiamos en su elección. Él sabe cómo saldremos adelante, para incluirnos en su misterio de salvación; y tanto no escatima, que el sacrificio que le pidió a Abraham y que luego suspendió, Dios mismo sí lo consumó, permitiendo el sacrificio de su propio Hijo. ¿Cuáles son nuestras pruebas? ¿Cómo entiendo mi elección? No siempre han de ser tan extremas como lo es el caso de Abraham; por eso, con mayor razón, hay que dejarse configurar.

3- Pagar el precio de la transfiguración

 No se llega a la condición divina, a nuestro estado final, si no es entregando la vida. Elías y Moisés no aparecen transfigurados con Jesús por haber pasado la vida como de vacaciones, sino por haber luchado por entender el proyecto de Dios sobre sus propios planes.
El precio de la Transfiguración se paga con la vida, una vida de entrega que le da sentido a nuestra existencia, y una vida de continua configuración con Jesús. El Evangelio siempre es alegría, incluso aquí, en nuestra configuración y transfiguración, por eso “alcanzar la condición divina”, desde nuestra entrega, por dolorosa que pudiera ser, es un camino de felicidad, o no es auténtica. Se entrega la vida porque comprobamos con toda certeza que es el valor superior que queremos alcanzar.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Abrir horizontes

Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

 Jesús aparece con fama en esta escena del Evangelio de Marcos. Es alguien que enseña de una manera distinta y que realiza acciones salvadoras. Muchos lo buscan, para erigirlo líder político y religioso de su población. Jesús rechaza esta visión reductiva. El Reino que Él ha venido a implantar es universal, no local.

Cuando el Evangelio menciona que al atardecer le llevaron a todos los enfermos y poseídos por el demonio y que todo el pueblo se apiñó: “junto a la puerta” de la ciudad, se entiende que lo quieren introducir para proponerlo como líder. Jesús realiza su misión, los cura y los libera, pero ellos no entienden el “todo” del horizonte abierto de Jesús. Ellos piensan en su pueblo, y en encerrar en esa jurisdicción a Jesús. Él piensa en cumplir una misión más trascendente y liberadora.

Al amanecer, fuera de la población a donde Jesús fue para salir de los condicionamientos de la casa y de la ciudad, para refrendar en su soledad apacible y orante su misión, fueron a buscarlo: “Todos te andan buscando”. Pero Jesús rehúsa tomar este puesto y los invita a anunciar el Evangelio a los otros pueblos. Dios no ha venido a salvar solo al pueblo de Israel.

Detrás de los enfermos y de los poseídos se encuentran los obstáculos para el anuncio del Reino. Especialmente los endemoniados, que son imagen de aquellos que se encuentran con el horizonte reducido de una ideología política o religiosa. A Jesús no le sirven discípulos así, cerrados de horizontes, enfrascados en una ideología que impide brillar la verdad de Dios. En este sentido parece que muchos pueblos deben ser exorcizados; o sea, liberados de tantas ideologías que empobrecen el horizonte del hombre.

En este Domingo podemos tomar esta idea: “abrir horizontes”, que es tan importante porque el mundo lo necesita. Todo podría asegurarnos que vivimos en un mundo abierto de horizontes, y en realidad no es así, sino todo lo contrario. Si lo pensamos bien, nuestro mundo está demasiado ideologizado, encerrado en esquemas de control que impiden a la persona ver más allá. Mismo en el horizonte de la fe, el mundo solo ve lo temporal, nosotros queremos ver lo eterno. En el horizonte del amor, el mundo ve solo una parte del amor, nosotros queremos hacer vida el amor de caridad; y así podríamos descubrir un mundo lleno de nuevos mitos urbanos incapaces de abrirse a un horizonte mayor.

Nosotros mismos, en este momento de nuestra vida, ¿hasta dónde vemos? ¿Hasta dónde llegan nuestros horizontes? Cuando teníamos 6 años de edad, no alcanzábamos a ver lo que había en la mesa, fuimos creciendo hasta que vimos lo que había sobre ella y más. ¿Nuestros horizontes son muy cerrados?

Hoy nos queremos abrir, sí. Pero no sin rumbo, sino para seguir a Jesús; y seguir significa también servir. La suegra de Simón es curada, y se pone a servir; es decir, a estar atenta a lo que sigue en Jesús, a seguirlo, para adherirse a su proyecto.

Pensemos tres ideas:

1- Abrirse desde la tensión
 Es bello descubrir a Job en tensión, como alguien que no está satisfecho con lo que vive. Sabe que hace falta algo más y la vida se le hace corta. Así podemos empezar a abrir nuestros horizontes en Dios; descubriendo que nuestros días corren aprisa. Apenas si tenemos tiempo de contemplar el acontecimiento por el que Dios salva.
 Job nos presenta una imagen bella, que puede ser la nuestra: no se duerme a gusto, ansiamos que amanezca, como el esclavo que ansía la sombra o el jornalero su salario; como quien no se ha completado y se abre a un horizonte mayor, porque el horizonte que le ofrece el mundo no logra saciar sus ansias de eternidad.
La tensión de nuestras vidas es buena, no le hace que trabajemos en estirar nuestro espíritu, no le hace que nuestro cuerpo lo resienta, que no se dé al descanso total; desde esa tensión se empieza a abrir nuestro horizonte.

2- Abrirse desde el Evangelio
 Como Pablo, que entiende “los bienes del Evangelio” como su paga. Es mejor esta paga, que cualquier otra. Si dejamos que el Evangelio decodifique nuestra vida, si le permitirnos que nos lleve a realizar acciones liberadoras por nosotros y por los demás, entonces empezaremos a disfrutar la paga por hacerlo vida.

 Los bienes del Evangelio consisten en esto, en gozar de los hallazgos que alcanzo en Dios, aquella sabiduría que se convierte en obras liberadoras y que me lleva a descubrir un horizonte mayor al que yo tenía. El Evangelio en este sentido me exorciza, me libera de mis miras estrechas, y me permite completar la misión particular que se me ha confiado.

3- Abrirse desde la acción
Cuando uno permite las ideologías, aparece la violencia. Quien está sometido a una idea que quiere imponer a los demás, es como un endemoniado. Los endemoniados del tiempo de Jesús, los poseídos, eran sobre todo gente violenta, personas que con su violencia inhiben el mensaje y la liberación de Jesús.
 Hay que sacudirse lo violento, lo obsesivo, para dar libertad a los demás. Es solo si logramos este cambio que notaremos la diferencia entre estar cerrado o abierto en el horizonte de Jesús.
 Es probable que tengamos que salir de madrugada, salir de la casa y la ciudad para entrar en nuestra soledad apacible, orante; esa soledad que nos permite repensar cuál es nuestra misión más profunda en el mundo; cuál es el servicio liberador para el que fuimos llamados.
 Y, finalmente, hay que rechazar la popularidad o el prestigio, como Jesús lo hizo, porque en el momento que aceptamos vivir de esto, perdemos el rumbo de nuestra misión y nos hacemos pequeñitos. En las categorías del Reino, nunca se ha llegado a la cumbre, y si se llega… es en Jesús.
 ¿Cuántas personas cercanas a mí necesitan ser curadas o exorcizadas?