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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dejar que Dios se siembre





Por el Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

La Palabra que Jesús quiere que recibamos, es la misma Palabra que ha dado principio a todo cuanto existe, es Él mismo, que desea hablar a los suyos desde lo más interno, para comunicarles el don de la vida y del amor.

Esta parábola del sembrador ha perdurado por estos dos mil años en el alma del pueblo creyente, porque está al alcance de la comprensión de la mayoría, pero sobre todo porque sigue provocando la imaginación, el anhelo y la respuesta de cada persona a dar de sí en las realidades espirituales.
Dios quiere entrar en cada uno como entra una semilla sembrada en la tierra, para alojarse en el misterio de la producción de la vida y ayudarnos a dar un salto mediante él, en el desarrollo de nuestra persona, nos quiere capaces de “ver y de escuchar” desde otro nivel de entendimiento, para entrar en relación con Dios.

Dejar que Dios se siembre en nuestro interior es tan importante hoy en día, cuando el mundo parece tan estéril, cuando el individualismo y el egoísmo nos lleva a producir satisfactores caducos pero no vida; en un mundo que, además, se ha vuelto hermético, ya nadie quiere escuchar a alguien y menos cosas de Dios; es también un mundo de procesos interrumpidos y de simulación.
En medio de ese mundo, nosotros queremos ser fértiles y dejar que Dios se siembre en nuestro corazón. Pero, ¿cómo iniciar esto? ¿Cómo constatar que Dios verdaderamente se está sembrando en mi persona interior?

Empezando por dar algunos pasos:

1- Implica ser permeable

Dejar que la Palabra de Dios nos empape, a semejanza de la lluvia de la que habla Isaías en la primera lectura; cuando la misión del agua es empapar la tierra y solo cuando la cumple regresa al cielo, así la Palabra de Dios busca su cometido: comunicar lo que está en el corazón de Dios.
Y es que esta Palabra no es solo una palabra pronunciada, como la nuestra, la de los humanos; esta Palabra de Dios que quiere sembrarse en cada uno, es una Palabra que porta un contenido de vida y de amor, es Palabra que nos capacita para entenderlo todo desde Dios, y para dialogar con Él.
Pero, ¿qué tan permeable eres para la Palabra de Dios? ¿Cuánta Palabra de Dios has permitido que se aloje en tu corazón? ¿Con cuánta Palabra de Dios vives tu realidad cotidiana y tu realidad trascendente?

2 – Implica darle sentido a la historia

 Aunque el mundo está sometido al desorden y a la esclavitud ––como dice San Pablo a los Romanos––, nosotros, los que llevamos las primicias del espíritu, anhelamos que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios; somos portadores de esperanza y de liberación.
Nuestro gemido declara que no estamos completos, que no estamos realizados perfectamente, pero también deja conocer que el sufrimiento nuestro y el de la humanidad, no ha sido ofrendado a Dios. Cuando decimos que hay que darle sentido a la historia, nos referimos a esto, a decidir trascender el sufrimiento verdadero como ofrenda, para permitir que Dios se siembre en nuestra propia historia.
Pero a veces estamos atorados en sufrimientos inservibles, que no son ofrendables, que son solo un capricho de nuestra inmadurez humana, pues estas esclavitudes entretienen nuestra generosidad para darle sentido a la historia. De todos estos sufrimientos tontos, hay que deshacerse para empezar a ver los verdaderos sufrimientos y el sentido de la historia.
Para liberarse de esos falsos sufrimientos, hay que realizar “acciones determinantes liberadoras”.  

 Hay muchas esclavitudes y vicios de los que nos hemos de liberar para ver con claridad el verdadero sufrimiento que llevamos, y el sentido que le daremos a ese sufrimiento y a nuestra vida como ofrenda.

3 – Dejar que la Palabra se haga carne

Semejante a María, la Madre de Cristo. Porque la Palabra es persona, es la persona de Cristo que busca una relación íntima y comunitaria. Pero implica romper con las ideologías que incapacitan el mensaje de Dios; romper con mis paradigmas de siempre para ver más allá, más largamente, y para escuchar con otra capacidad.
Cuando se va permitiendo que Dios se siembre, vamos siendo capaces de esto. ¿Hasta dónde veían los santos, hasta dónde escuchaban a Dios? ¿Hasta dónde ves tú en este momento de tu vida y hasta dónde escuchas?

Podemos imaginar estas capacidades del alma; nos podemos atrever a ver y a escuchar de manera diferente, desde el lente de una Palabra que quiere llevarnos a trascender, desde el sentido de un oído que se sacia de una comunicación que los transporta a las realidades más hondas; y entonces, a entender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.

Pero, ¿cómo se comienza a dejar que la Palabra tome carne, a dejar que Dios se siembre? Es preciso hacerla propia, al igual que has hecho propio algo que te parecía muy valioso… por ejemplo, cuando sufriste porque algún ser querido estaba enfermo o muriendo y hubieras querido sufrir en su lugar; como cuando alguna injusticia en la calle o el sufrimiento de cualquier indigente, te provocó el deseo interno de abrazarlo y de acompañarlo por un trecho de su camino para que experimentara que no estaba solo. Cuando tú has vivido algo así, sucedió que hiciste propio aquel sufrimiento y aquella persona. Así se recibe la Palabra, así se le hace propio, con su comunicación interna y con la comunicación de la persona divina que se adentra para dar fruto desde nuestra naturaleza.

Deja que Dios se siembre…

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dejar que Dios se siembre





Por el Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

La Palabra que Jesús quiere que recibamos, es la misma Palabra que ha dado principio a todo cuanto existe, es Él mismo, que desea hablar a los suyos desde lo más interno, para comunicarles el don de la vida y del amor.

Esta parábola del sembrador ha perdurado por estos dos mil años en el alma del pueblo creyente, porque está al alcance de la comprensión de la mayoría, pero sobre todo porque sigue provocando la imaginación, el anhelo y la respuesta de cada persona a dar de sí en las realidades espirituales.
Dios quiere entrar en cada uno como entra una semilla sembrada en la tierra, para alojarse en el misterio de la producción de la vida y ayudarnos a dar un salto mediante él, en el desarrollo de nuestra persona, nos quiere capaces de “ver y de escuchar” desde otro nivel de entendimiento, para entrar en relación con Dios.

Dejar que Dios se siembre en nuestro interior es tan importante hoy en día, cuando el mundo parece tan estéril, cuando el individualismo y el egoísmo nos lleva a producir satisfactores caducos pero no vida; en un mundo que, además, se ha vuelto hermético, ya nadie quiere escuchar a alguien y menos cosas de Dios; es también un mundo de procesos interrumpidos y de simulación.
En medio de ese mundo, nosotros queremos ser fértiles y dejar que Dios se siembre en nuestro corazón. Pero, ¿cómo iniciar esto? ¿Cómo constatar que Dios verdaderamente se está sembrando en mi persona interior?

Empezando por dar algunos pasos:

1- Implica ser permeable

Dejar que la Palabra de Dios nos empape, a semejanza de la lluvia de la que habla Isaías en la primera lectura; cuando la misión del agua es empapar la tierra y solo cuando la cumple regresa al cielo, así la Palabra de Dios busca su cometido: comunicar lo que está en el corazón de Dios.
Y es que esta Palabra no es solo una palabra pronunciada, como la nuestra, la de los humanos; esta Palabra de Dios que quiere sembrarse en cada uno, es una Palabra que porta un contenido de vida y de amor, es Palabra que nos capacita para entenderlo todo desde Dios, y para dialogar con Él.
Pero, ¿qué tan permeable eres para la Palabra de Dios? ¿Cuánta Palabra de Dios has permitido que se aloje en tu corazón? ¿Con cuánta Palabra de Dios vives tu realidad cotidiana y tu realidad trascendente?

2 – Implica darle sentido a la historia

 Aunque el mundo está sometido al desorden y a la esclavitud ––como dice San Pablo a los Romanos––, nosotros, los que llevamos las primicias del espíritu, anhelamos que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios; somos portadores de esperanza y de liberación.
Nuestro gemido declara que no estamos completos, que no estamos realizados perfectamente, pero también deja conocer que el sufrimiento nuestro y el de la humanidad, no ha sido ofrendado a Dios. Cuando decimos que hay que darle sentido a la historia, nos referimos a esto, a decidir trascender el sufrimiento verdadero como ofrenda, para permitir que Dios se siembre en nuestra propia historia.
Pero a veces estamos atorados en sufrimientos inservibles, que no son ofrendables, que son solo un capricho de nuestra inmadurez humana, pues estas esclavitudes entretienen nuestra generosidad para darle sentido a la historia. De todos estos sufrimientos tontos, hay que deshacerse para empezar a ver los verdaderos sufrimientos y el sentido de la historia.
Para liberarse de esos falsos sufrimientos, hay que realizar “acciones determinantes liberadoras”.  

 Hay muchas esclavitudes y vicios de los que nos hemos de liberar para ver con claridad el verdadero sufrimiento que llevamos, y el sentido que le daremos a ese sufrimiento y a nuestra vida como ofrenda.

3 – Dejar que la Palabra se haga carne

Semejante a María, la Madre de Cristo. Porque la Palabra es persona, es la persona de Cristo que busca una relación íntima y comunitaria. Pero implica romper con las ideologías que incapacitan el mensaje de Dios; romper con mis paradigmas de siempre para ver más allá, más largamente, y para escuchar con otra capacidad.
Cuando se va permitiendo que Dios se siembre, vamos siendo capaces de esto. ¿Hasta dónde veían los santos, hasta dónde escuchaban a Dios? ¿Hasta dónde ves tú en este momento de tu vida y hasta dónde escuchas?

Podemos imaginar estas capacidades del alma; nos podemos atrever a ver y a escuchar de manera diferente, desde el lente de una Palabra que quiere llevarnos a trascender, desde el sentido de un oído que se sacia de una comunicación que los transporta a las realidades más hondas; y entonces, a entender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.

Pero, ¿cómo se comienza a dejar que la Palabra tome carne, a dejar que Dios se siembre? Es preciso hacerla propia, al igual que has hecho propio algo que te parecía muy valioso… por ejemplo, cuando sufriste porque algún ser querido estaba enfermo o muriendo y hubieras querido sufrir en su lugar; como cuando alguna injusticia en la calle o el sufrimiento de cualquier indigente, te provocó el deseo interno de abrazarlo y de acompañarlo por un trecho de su camino para que experimentara que no estaba solo. Cuando tú has vivido algo así, sucedió que hiciste propio aquel sufrimiento y aquella persona. Así se recibe la Palabra, así se le hace propio, con su comunicación interna y con la comunicación de la persona divina que se adentra para dar fruto desde nuestra naturaleza.

Deja que Dios se siembre…

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Amar con el amor que Jesús quiere

Por el Padre Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo 

En nuestro tiempo podemos definir el amor de muchas maneras, incluso con las distinciones más bellas y universalmente aceptadas.  Pero desde este evangelio, estamos invitados a encontrar el amor que Jesús quiere. Un amor perfecto en su ejercicio.

Si la fuente del amor es Dios y nosotros queremos amar en esa dimensión, es necesario adherirnos a Jesús. Él es el comunicador con Dios Padre. Cuando ha dicho a sus discípulos: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”, no ha pretendido ser posesivo en el amor, ni descalificar el amor humano; sino hacer entender que solo el amor que pasa por Él, puede llegar a la perfección. Implica amar a toda persona, a través de Cristo.  No se es discípulo de Jesús por herencia familiar, sino por una opción personal que puede poner en crisis hasta los lazos familiares más sagrados.

El amor con el que Jesús quiere que amemos, se puede ubicar dentro del amor de caridad. Lleva una carga profunda de acogida. Implica recibir al otro desde donde éste se encuentra; bajarse hasta igualar la relación, y entregarle nuestro don, no como una dádiva, sino como un reconocimiento de la presencia y del don de Dios. Cuando amamos así, permitimos que Dios ame a través de nosotros. Solo entonces, nuestro amor se completa y plenifica; se hace perfecto.

¿Pero cómo damos los primeros pasos para amar así?

Meditemos estas tres propuestas:

1 -Que nuestro amor sea de acogida

 No de posesión o de fruición, sino de servicio y de don.

 Implica adelantarse a las necesidades de otro. No solo de quien me pide ayuda, sino del que me encuentra en algún trato o relación.

Como el profeta Eliseo y la mujer que lo invitó a comer, en la ciudad de Sunem. Según escuchamos en la primera lectura, ella lo recibió, se involucró en sus necesidades; tuvo la delicadeza de mirar desde el profeta. Y Él, de igual manera, la recibió. Miró desde ella, su necesidad más profunda: tener un hijo. El resultado: un intercambio maravillo de amor de acogida y de acompañamiento.

 ¿Hay algo más bello que el ejercicio del amor como lo hemos escuchado? ¿Cómo estamos recibiendo a los demás… a los de casa, a los que se acercan, y a los que son indigentes de amor?

2 -Que nuestro amor mire a la comunidad de destino

 Si fuimos incorporados a Cristo por el bautismo, formamos una comunidad cuya solidaridad crea una comunidad de destino con Jesús mesías. El ejercicio de nuestro amor se valora lo suficiente, si contempla este horizonte de fraternidad en Dios.

 Cuando tomamos en cuenta esta orientación en nuestros actos, morimos a nosotros mismos, salimos del orden de la injusticia y del egoísmo y nacemos al nuevo orden cuyo centro es Dios, con su amor y con su gracia.

 Para amar mirando a la comunidad de destino, tenemos los materiales espirituales  que nos permiten construir nuestra nueva personalidad.

3 -Que nuestro amor nos realice como discípulos

Somos dignos de Jesús si le damos nuestra adhesión sin reservas. Incluso hasta dar la vida por Él y por su proyecto.

 La realización del discípulo viene de portar la presencia de Cristo y del Padre. Esa es la recompensa que da Dios a quienes reciben a Jesús, la comunicación plena con el Padre Dios.

 Las personas de Dios que uno tiene que recibir son: los profetas, los justos y los niños. Ellos llegan a nosotros no por azares del destino, sino por el misterio de Dios, en calidad de enviados.
Un discípulo de Jesús, como cada uno de nosotros, quiere llegar a ser, se realiza amando con el amor que Jesús quiere.

Bálsamo del encuentro

Hacia el final de nuestro “año litúrgico” emerge este tono del final de la historia y de nuestra historia. La imagen de las diez vírgenes dibuja cómo puede ser la segunda venida de Cristo; Él es el esposo que espera a la comunidad de los creyentes (las jóvenes), y de entre ellos, permite la entrada al banquete de bodas a los que han respondido, preparándose para el día final.
A nivel general, en esta parábola encontramos una exigencia clara: preparar nuestro encuentro final con Dios; un encuentro en el que nuestras acciones del día a día cuentan; estas acciones hacen el bálsamo del encuentro, aquello que hace brillar mi perfil espiritual, es un bálsamo confeccionado con mi propio ser. La provisión de aceite que me distingue para la eternidad son mis actos de amor, es el final de una serie de elecciones personales que impregnan el óleo de mi unción bautismal con mi propio aroma; un óleo que revela la calidad del amor con el que me relacioné con Dios y con mis hermanos.
En medio de un mundo que piensa poco en las realidades eternas, ¡qué importante detenerse un poco a replantear el sentido creyente y esperanzador de nuestras acciones diarias, y qué responsable es empezar a preparar nuestro bálsamo del encuentro!
Hagamos este pequeño camino de nuestras tres ideas, recreando nuestra historia personal y comunitaria:

1 – Dejemos que la Sabiduría nos alcance

 Aunque la Sabiduría de Dios se deja encontrar, se presenta en un cortejo de enamoramiento; solo quien verdaderamente ama que Dios supervise su vida, logra consumar su prudencia.
 Madrugar por ella, desvelarse por ella, implica una vida reflexiva en la intervención de Dios en nuestras vidas; y los frutos son grandes, nos permiten el gozo y el descanso de una vida más ordenada y plena.
No es sencillo descubrir la Sabiduría de Dios en nuestras vidas, pero cada uno puede constatar que en momentos determinantes de su vida, ha sido alcanzado por ella. Como cuando una madre sostiene a su hijo moribundo y tiene que tomar decisiones difíciles en las que se refleja claramente la Gracia de Dios, su asistencia.
 La propuesta en esta primera idea es acostumbrarnos a permitir que la Sabiduría de Dios nos alcance a cada paso.

2 – Consolémonos mutuamente

 El sentido de espera para el encuentro con Dios, se completa cuando compartimos la misma esperanza en comunidad, cuando nos percatamos de que mientras llega el día final, es necesario trabajar intensamente, sin bajar la guardia, ayudándonos en la delicadeza de la alegría y la oración.
 Es muy probable que Pablo haya encontrado una comunidad de gente relajada, cuyos miembros estaban ociosos ante el inminente retorno del Señor. Por ello insiste en la necesidad del consuelo mutuo, para encontrarle sentido a una espera laboriosa, de preparación para el momento final.

3 – Dejarse conocer por Dios

 La historia de la salvación arranca aquí, en el deseo que Dios tiene de entrar en una relación íntima con nosotros; conocer en lenguaje bíblico, puede entenderse mejor desde el amor, no tanto desde un conocimiento intelectual o racional. Cuando leemos en el Antiguo Testamento que dos personajes se conocieron, interpretamos que ocuparon el mismo lecho, se conocieron íntimamente, cada uno supo en la cercanía de sus personas, el ritmo cardíaco, su humor, el quebranto interior de sus miedos y de sus alegrías, y la plenitud de la comunicación del amor.
 Dejarse conocer por Dios, conocer a Dios en la dinámica del amor profundo, es lo que termina por confeccionar una provisión de aceite grato e iluminador para el momento final.
 Para comprender mejor la urgencia de ser conocidos por Dios, veamos el último versículo de este Evangelio. ¿Por qué el esposo no abrió la puerta a las jóvenes descuidadas? La Palabra dice: “Yo les aseguro que no las conozco”. Si cada uno de nosotros no se esmera en un conocimiento amoroso y profundo de Dios, nos pasará lo mismo.
 Ahora pensemos: ¿Por qué las jóvenes previsoras no compartieron su aceite con aquellas pobres? ¿No es esto un acto de egoísmo? La respuesta más cercana no es: porque no alcanzaba para todas, sino porque el óleo con el que nos presentaremos al final de nuestras vidas, es intransferible, lleva nuestro sello, el código de nuestra relación amorosa con Dios a lo largo de toda nuestra vida.
Nadie puede presentarse al encuentro final ante el Señor, con lo que es mío, mi historia personal de actos de amor; es justamente esto lo que me hace brillar ante Dios, con lo que llego iluminado, contiene el eco de toda una vida de encuentros con Dios a través de su Sabiduría y de las buenas obras; es lo que nos hace más semejantes a Jesús.