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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Una cruz a nuestro capricho

Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 3 de septiembre 2017

Excluimos a Dios de la actividad diaria, de los negocios, de las relaciones… todo lo hacemos a nuestro gusto y a nuestro antojo.

Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato

Lecturas:

Jeremías 20, 7-9: “Me has seducido, Señor”

Salmo 62: “Señor, mi alma tiene sed de ti”.

Romanos 12, 1-2: “Ofrézcanse, como sacrificio vivo”

San Mateo 16, 21-27: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”

Es una de esas obras de arte que te dejan un sentimiento de inquietud o contrariedad. Como si la cruz no encajara con el cuerpo del Crucificado, o como si el Crucificado se saliera de la cruz. La contemplo de uno y otro ángulo y no logró “encuadrar” los dos objetos. En un momento le sugerí al artista buscara otra cruz que fuera más acorde con el Crucificado, o bien una imagen del Crucificado que se acoplara al tamaño y condiciones de la cruz.

Su respuesta fue sencilla: “Nosotros siempre queremos poner a Cristo en las cruces que a nosotros nos gustan y complacen, pero Él ha escogido su propia cruz que muchas veces no coincide con nuestros caprichos y antojos”. Así tengo delante de mí una cruz descuadrada o un Crucificado que no cabe en la cruz que yo le he asignado. ¿Qué imagen tengo yo de la cruz de Jesús?

Cuando he preguntado si nos gusta seguir a Jesús, unánimemente he obtenido la respuesta positiva: sí nos gusta seguirlo, nos gusta escuchar su palabra y quedamos admirados y sorprendidos al contemplar su actuar, su misericordia y su poder, sí nos gusta descubrir su bondad. Pero cuando pensamos en cargar su cruz ya es otra cosa.

Colgaremos cruces preciosas en nuestro pecho, adornaremos nuestras habitaciones con impactantes crucifijos, coronaremos nuestros cerros de enormes cruces y cada construcción tendrá su pequeña o grande cruz, pero ¿cargar nosotros la cruz de Jesús? Lo pensaremos dos veces. Nosotros igual que Pedro lo alabaremos y diremos que es el Mesías y el Hijo de Dios, pero ¿seguirle sus pasos? ¡Qué difícil!

Así, buscamos “cuadrar” la cruz a nuestros gustos y caprichos. Lo primero que acomodaremos será el cabezal, la parte superior, la que está dirigida a Dios. A Dios lo colocamos distante, sin renunciar a Él, pero sin que intervenga en nuestra vida. Seguimos nuestros caprichos y ajustamos las reglas a nuestro parecer. ¿La concepción de la vida? Le ponemos nuestras leyes e iniciará cuando nosotros digamos.

Excluimos a Dios de la actividad diaria, de los negocios, de las relaciones… todo lo hacemos a nuestro gusto y a nuestro antojo. Nuestros pensamientos no son los de Dios. Y se quita a Dios de la vida para “disfrutarla”, para gozarla y romper con toda regla: alcohol, sexo, droga, desenfreno… Después se acaba en el vacío, en el sinsentido de la vida, sobre todo para muchos jóvenes, en pensamientos suicidas y en actitudes destructivas. ¿Cómo se puede vivir sin Dios? Pero nosotros lo hemos expulsado de la vida porque “nuestros pensamientos, no son los pensamientos de Dios”.

Tampoco se acomoda a nuestros criterios la parte inferior o sostén de la cruz, y la adaptamos a nuestro parecer. Nos olvidamos que debemos estar en sintonía y armonía con la naturaleza y con el universo. Rompemos los esquemas y abusamos de la naturaleza, del agua, del aire, de los recursos naturales.

La basura, la contaminación, el desperdicio, todo lo lanzamos en contra de nuestro mundo y lo asfixiamos con tal de aprovecharnos de él. Petróleo, minerales, bosques, plantas y animales son dañados por nuestra ambición. No queremos límites, no queremos reglas y la naturaleza se rebela y se vuelve agresiva contra el hombre.

Pero es el hombre quien primeramente ha degradado y deformado su casa natural. Y no somos conscientes, seguimos cortando esa parte inferior de la cruz, esa parte que nos sostiene y nos da vida. Pero queremos hacer la cruz a nuestro gusto. ¿Dónde podremos sostenernos?

Los brazos de la cruz nos estorban para el camino. Esos brazos son para encontrar al hermano, para sostenernos mutuamente, para enlazarnos en abrazo de amor. Pero los brazos de la cruz estorban a quien camina en el egoísmo y la ambición. Los cortamos y los hacemos a nuestro arbitrio.

Preferimos la felicidad solitaria, nacida de la injusticia, al ideal de Jesús de una vida de hermandad y compresión. Los asaltos, la mentira, los engaños, son cotidianos con tal de conseguir nuestros triunfos. No importa pisar al hermano, con tal de escalar unos peldaños más. Rompemos con el otro, lo ignoramos o lo discriminamos. No lo reconocemos como hermano, porque creemos que el compartir nos empobrecerá, cuando no hay mayor felicidad que el bien compartido.

Y después de tantos arreglos nos encontramos con una cruz distorsionada, una cruz que no es la cruz de Jesús, sino una cruz confeccionada a nuestro capricho. Entonces escuchamos las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida?”  Parecería que todo se nos vuelve en nuestra contra.

Al haber roto con Dios, la vida pierde el sentido y vagamos sin rumbo; al haber destrozado la naturaleza, nos sentimos agredidos y como extraños en nuestro propio mundo; y al haber roto con los hermanos nos perdemos en nuestra soledad y egoísmo. ¿De qué ha servido nuestro esfuerzo si nos encontramos en la peor de las infelicidades?

El hombre sólo puede ser feliz cuando se encuentra en armonía con Dios, con la naturaleza y con los hermanos, parecería una pesada cruz, pero es una cruz que da vida y más si lo hacemos al estilo de Jesús: por amor, con amor y en el amor. ¿Cómo cargamos nuestra cruz? ¿Qué partes le hemos destrozado? También para nosotros son las palabras de Jesús: “Toma tu cruz y sígueme”, entonces encontraremos la verdadera felicidad. Sólo la cruz de Jesús da vida.

Padre lleno de ternura, de quien procede todo lo bueno, inflámanos con tu amor y acércanos más a ti, a fin de que descubriendo la vida que nos trae la cruz de Jesús, la llevemos con alegría y fidelidad para construir su Reino de Amor. Amén.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La importancia del Papa y de la Iglesia

XXI domingo del tiempo ordinario

La Iglesia es la única institución que se ha mantenido en pie y que ha crecido durante más de dos mil años, por encima de cualquier clase de prueba. Sobrevivió más allá del imperio romano, ha superado las diversas crisis sociales, culturales y económicas que han sacudido la historia. Nació como Iglesia perseguida y, hasta la fecha, de diversos modos y en diversos lugares es perseguida. En México Plutarco Elías Calles, aplicando las leyes anticristianas de Benito Juárez, emprendió una persecución contra la Iglesia y parecería que la borraba, pero la sangre derramada solo la fortaleció. En su composición humana, sus hijos siempre hemos sido pecadores, unos somos más que otro, pero ni así ha perecido.

Ante tanta adversidad, cabe la pregunta: ¿Por qué esa solidez? ¿Dónde radica su fuerza para al final siempre salir victoriosa? Lo explica muy bien el Evangelio de San Mateo (16, 13-20). La iglesia no nace del deseo humano. No nace como un proyecto social más. La Iglesia nace como un plan divino en favor de la humanidad. Su solidez está desde luego en la identidad de su fundador, pero también en la dignidad, identidad y misión que Jesús le confiere a su representante en la tierra.

Desde el inicio de su vida pública, Jesús creció en fama por sus milagros, sus enseñanzas, su poder, etc., con lo cual le bastaría para fundar una Iglesia fuerte en el tiempo, capaz de pelearle al imperio Romano y a cualquier otra fuerza terrenal. Pero ahí no estaba la clave de su proyecto. A Jesús no le basta saber que lo rodean las muchedumbres, pues Él es más que un simple líder social. Lo que verdaderamente le preocupa es que los suyos entiendan su identidad y su misión; por eso la pregunta: “¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?” (Mt. 16, 13); es decir, ¿quién dicen que soy yo? La respuesta: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas” (Mt. 16, 14). Y más allá de la opinión de la gente: “¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?”. La respuesta de Pedro, muy por encima del sentir popular, surge desde lo profundo del corazón: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt. 16, 16). La fe no puede cimentarse en una opinión, ni un sentimiento subjetivo, sino en la experiencia que brota del encuentro y la convivencia con Jesús. La fe incluye el sentimiento y la razón, pero se coloca a la vez por encima.

La claridad de Pedro y de los apóstoles sobre la identidad y misión de su persona, le permita a Jesús dar un paso más en su tarea, construir su Iglesia y hacerlo sobre Pedro: “Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16, 17). Y lo hace con una garantía: “Los poderes del infiero (del mal) no prevalecerán sobre ella”. Y le da a Pedro una misión muy delicada: “Yo te daré las llaves del reino de los cielos, todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt. 16, 17-19).

Las lleves indican poder (cfr. Is. 22, 19ss), pero las llaves que recibe Pedro no tienen solo un alcance temporal, sino que abren el mismo Reino de los cielos. Desde los comienzos, se ha entendido que este don a Pedro se transmite también a sus sucesores; por eso, para los santos el amor a la Iglesia y al Romano Pontífice son un signo del amor a Cristo: “Quien sea desobediente al vicario de Cristo en la tierra, el cual está en lugar de Cristo en el cielo, no participará en el fruto de la sangre del Hijo de Dios” (S. Catalina de Siena, Epistolae 207). El poder del Papa, que desde luego, Él debe ejercer como servicio de amor, se traduce como decía Santa Catalina de Siena: “En el dulce Cristo en la tierra”.

Así, si la iglesia vive de la solidez que la da su fundador y sostén, que es Cristo, también es fuerte por su cabeza visible en la tierra, que es el Papa, pues él custodia la integridad de la fe, de las costumbres, del culto y del servicio de caridad. Sin la unidad que el Papa genera la Iglesia se dispersaría y perdería la claridad de su misión.

No intentemos por tanto hacer un camino de fe desde la opinión o desde un mero sentimentalismo individualista. ¡Que nuestra fe siempre esté firme en Cristo, Hijo de Dios, y que nuestra obediencia y amor al Papa sea siempre fiel, por ser vicario de Cristo en la tierra!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dejar que Dios se siembre





Por el Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

La Palabra que Jesús quiere que recibamos, es la misma Palabra que ha dado principio a todo cuanto existe, es Él mismo, que desea hablar a los suyos desde lo más interno, para comunicarles el don de la vida y del amor.

Esta parábola del sembrador ha perdurado por estos dos mil años en el alma del pueblo creyente, porque está al alcance de la comprensión de la mayoría, pero sobre todo porque sigue provocando la imaginación, el anhelo y la respuesta de cada persona a dar de sí en las realidades espirituales.
Dios quiere entrar en cada uno como entra una semilla sembrada en la tierra, para alojarse en el misterio de la producción de la vida y ayudarnos a dar un salto mediante él, en el desarrollo de nuestra persona, nos quiere capaces de “ver y de escuchar” desde otro nivel de entendimiento, para entrar en relación con Dios.

Dejar que Dios se siembre en nuestro interior es tan importante hoy en día, cuando el mundo parece tan estéril, cuando el individualismo y el egoísmo nos lleva a producir satisfactores caducos pero no vida; en un mundo que, además, se ha vuelto hermético, ya nadie quiere escuchar a alguien y menos cosas de Dios; es también un mundo de procesos interrumpidos y de simulación.
En medio de ese mundo, nosotros queremos ser fértiles y dejar que Dios se siembre en nuestro corazón. Pero, ¿cómo iniciar esto? ¿Cómo constatar que Dios verdaderamente se está sembrando en mi persona interior?

Empezando por dar algunos pasos:

1- Implica ser permeable

Dejar que la Palabra de Dios nos empape, a semejanza de la lluvia de la que habla Isaías en la primera lectura; cuando la misión del agua es empapar la tierra y solo cuando la cumple regresa al cielo, así la Palabra de Dios busca su cometido: comunicar lo que está en el corazón de Dios.
Y es que esta Palabra no es solo una palabra pronunciada, como la nuestra, la de los humanos; esta Palabra de Dios que quiere sembrarse en cada uno, es una Palabra que porta un contenido de vida y de amor, es Palabra que nos capacita para entenderlo todo desde Dios, y para dialogar con Él.
Pero, ¿qué tan permeable eres para la Palabra de Dios? ¿Cuánta Palabra de Dios has permitido que se aloje en tu corazón? ¿Con cuánta Palabra de Dios vives tu realidad cotidiana y tu realidad trascendente?

2 – Implica darle sentido a la historia

 Aunque el mundo está sometido al desorden y a la esclavitud ––como dice San Pablo a los Romanos––, nosotros, los que llevamos las primicias del espíritu, anhelamos que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios; somos portadores de esperanza y de liberación.
Nuestro gemido declara que no estamos completos, que no estamos realizados perfectamente, pero también deja conocer que el sufrimiento nuestro y el de la humanidad, no ha sido ofrendado a Dios. Cuando decimos que hay que darle sentido a la historia, nos referimos a esto, a decidir trascender el sufrimiento verdadero como ofrenda, para permitir que Dios se siembre en nuestra propia historia.
Pero a veces estamos atorados en sufrimientos inservibles, que no son ofrendables, que son solo un capricho de nuestra inmadurez humana, pues estas esclavitudes entretienen nuestra generosidad para darle sentido a la historia. De todos estos sufrimientos tontos, hay que deshacerse para empezar a ver los verdaderos sufrimientos y el sentido de la historia.
Para liberarse de esos falsos sufrimientos, hay que realizar “acciones determinantes liberadoras”.  

 Hay muchas esclavitudes y vicios de los que nos hemos de liberar para ver con claridad el verdadero sufrimiento que llevamos, y el sentido que le daremos a ese sufrimiento y a nuestra vida como ofrenda.

3 – Dejar que la Palabra se haga carne

Semejante a María, la Madre de Cristo. Porque la Palabra es persona, es la persona de Cristo que busca una relación íntima y comunitaria. Pero implica romper con las ideologías que incapacitan el mensaje de Dios; romper con mis paradigmas de siempre para ver más allá, más largamente, y para escuchar con otra capacidad.
Cuando se va permitiendo que Dios se siembre, vamos siendo capaces de esto. ¿Hasta dónde veían los santos, hasta dónde escuchaban a Dios? ¿Hasta dónde ves tú en este momento de tu vida y hasta dónde escuchas?

Podemos imaginar estas capacidades del alma; nos podemos atrever a ver y a escuchar de manera diferente, desde el lente de una Palabra que quiere llevarnos a trascender, desde el sentido de un oído que se sacia de una comunicación que los transporta a las realidades más hondas; y entonces, a entender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.

Pero, ¿cómo se comienza a dejar que la Palabra tome carne, a dejar que Dios se siembre? Es preciso hacerla propia, al igual que has hecho propio algo que te parecía muy valioso… por ejemplo, cuando sufriste porque algún ser querido estaba enfermo o muriendo y hubieras querido sufrir en su lugar; como cuando alguna injusticia en la calle o el sufrimiento de cualquier indigente, te provocó el deseo interno de abrazarlo y de acompañarlo por un trecho de su camino para que experimentara que no estaba solo. Cuando tú has vivido algo así, sucedió que hiciste propio aquel sufrimiento y aquella persona. Así se recibe la Palabra, así se le hace propio, con su comunicación interna y con la comunicación de la persona divina que se adentra para dar fruto desde nuestra naturaleza.

Deja que Dios se siembre…

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dejar que Dios se siembre





Por el Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

La Palabra que Jesús quiere que recibamos, es la misma Palabra que ha dado principio a todo cuanto existe, es Él mismo, que desea hablar a los suyos desde lo más interno, para comunicarles el don de la vida y del amor.

Esta parábola del sembrador ha perdurado por estos dos mil años en el alma del pueblo creyente, porque está al alcance de la comprensión de la mayoría, pero sobre todo porque sigue provocando la imaginación, el anhelo y la respuesta de cada persona a dar de sí en las realidades espirituales.
Dios quiere entrar en cada uno como entra una semilla sembrada en la tierra, para alojarse en el misterio de la producción de la vida y ayudarnos a dar un salto mediante él, en el desarrollo de nuestra persona, nos quiere capaces de “ver y de escuchar” desde otro nivel de entendimiento, para entrar en relación con Dios.

Dejar que Dios se siembre en nuestro interior es tan importante hoy en día, cuando el mundo parece tan estéril, cuando el individualismo y el egoísmo nos lleva a producir satisfactores caducos pero no vida; en un mundo que, además, se ha vuelto hermético, ya nadie quiere escuchar a alguien y menos cosas de Dios; es también un mundo de procesos interrumpidos y de simulación.
En medio de ese mundo, nosotros queremos ser fértiles y dejar que Dios se siembre en nuestro corazón. Pero, ¿cómo iniciar esto? ¿Cómo constatar que Dios verdaderamente se está sembrando en mi persona interior?

Empezando por dar algunos pasos:

1- Implica ser permeable

Dejar que la Palabra de Dios nos empape, a semejanza de la lluvia de la que habla Isaías en la primera lectura; cuando la misión del agua es empapar la tierra y solo cuando la cumple regresa al cielo, así la Palabra de Dios busca su cometido: comunicar lo que está en el corazón de Dios.
Y es que esta Palabra no es solo una palabra pronunciada, como la nuestra, la de los humanos; esta Palabra de Dios que quiere sembrarse en cada uno, es una Palabra que porta un contenido de vida y de amor, es Palabra que nos capacita para entenderlo todo desde Dios, y para dialogar con Él.
Pero, ¿qué tan permeable eres para la Palabra de Dios? ¿Cuánta Palabra de Dios has permitido que se aloje en tu corazón? ¿Con cuánta Palabra de Dios vives tu realidad cotidiana y tu realidad trascendente?

2 – Implica darle sentido a la historia

 Aunque el mundo está sometido al desorden y a la esclavitud ––como dice San Pablo a los Romanos––, nosotros, los que llevamos las primicias del espíritu, anhelamos que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios; somos portadores de esperanza y de liberación.
Nuestro gemido declara que no estamos completos, que no estamos realizados perfectamente, pero también deja conocer que el sufrimiento nuestro y el de la humanidad, no ha sido ofrendado a Dios. Cuando decimos que hay que darle sentido a la historia, nos referimos a esto, a decidir trascender el sufrimiento verdadero como ofrenda, para permitir que Dios se siembre en nuestra propia historia.
Pero a veces estamos atorados en sufrimientos inservibles, que no son ofrendables, que son solo un capricho de nuestra inmadurez humana, pues estas esclavitudes entretienen nuestra generosidad para darle sentido a la historia. De todos estos sufrimientos tontos, hay que deshacerse para empezar a ver los verdaderos sufrimientos y el sentido de la historia.
Para liberarse de esos falsos sufrimientos, hay que realizar “acciones determinantes liberadoras”.  

 Hay muchas esclavitudes y vicios de los que nos hemos de liberar para ver con claridad el verdadero sufrimiento que llevamos, y el sentido que le daremos a ese sufrimiento y a nuestra vida como ofrenda.

3 – Dejar que la Palabra se haga carne

Semejante a María, la Madre de Cristo. Porque la Palabra es persona, es la persona de Cristo que busca una relación íntima y comunitaria. Pero implica romper con las ideologías que incapacitan el mensaje de Dios; romper con mis paradigmas de siempre para ver más allá, más largamente, y para escuchar con otra capacidad.
Cuando se va permitiendo que Dios se siembre, vamos siendo capaces de esto. ¿Hasta dónde veían los santos, hasta dónde escuchaban a Dios? ¿Hasta dónde ves tú en este momento de tu vida y hasta dónde escuchas?

Podemos imaginar estas capacidades del alma; nos podemos atrever a ver y a escuchar de manera diferente, desde el lente de una Palabra que quiere llevarnos a trascender, desde el sentido de un oído que se sacia de una comunicación que los transporta a las realidades más hondas; y entonces, a entender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.

Pero, ¿cómo se comienza a dejar que la Palabra tome carne, a dejar que Dios se siembre? Es preciso hacerla propia, al igual que has hecho propio algo que te parecía muy valioso… por ejemplo, cuando sufriste porque algún ser querido estaba enfermo o muriendo y hubieras querido sufrir en su lugar; como cuando alguna injusticia en la calle o el sufrimiento de cualquier indigente, te provocó el deseo interno de abrazarlo y de acompañarlo por un trecho de su camino para que experimentara que no estaba solo. Cuando tú has vivido algo así, sucedió que hiciste propio aquel sufrimiento y aquella persona. Así se recibe la Palabra, así se le hace propio, con su comunicación interna y con la comunicación de la persona divina que se adentra para dar fruto desde nuestra naturaleza.

Deja que Dios se siembre…

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La semilla busca el buen terreno



Por el Pbro. Carlos Sandoval Rangel

XV domingo del tiempo ordinario

San Mateo nos introduce en uno de los temas predilectos de la vida pública de Jesús, el misterio del Reino, y lo hace a través de una serie de parábolas donde cada una abona elementos muy significativos. Abre este tema con la parábola del buen sembrador:  

“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto… pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto…” (Mt. 13, 1-23).

Se trata de una parábola técnicamente mal planteada, pues a qué agricultor se le puede ocurrir sembrar en el camino, en las espinas y piedras o en tierra delgada. Pero su significado es del todo profundo, pues lo que pone de manifiesto es, por una parte, la problemática que encuentra siempre la palabra de Dios para cumplir con su fin que es la salvación de las almas y, además, la extrema confianza que Dios nos tiene a pesar de nuestra condición de vida, a veces, nada favorable.

“Una semilla cayó en el camino, vinieron los pájaros y se la comieron”. Así sucede cuando nos vamos acostumbrando a pensar, decidir y, por tanto, vivir sin Dios. El paso de la vida nos hace duros, vacíos, con almas dispersas, poco vigilantes en la sensibilidad y en la imaginación. Ahí todo es de paso y perdemos de vista lo verdaderamente esencial de la vida.

Otra semilla cayó entre piedras, donde no había mucha tierra; es decir, donde la interioridad no es una fortaleza, donde lo superficial se convierte en modo de vida, donde la perseverancia no es un distintivo. A propósito comenta Santa Teresa que hay quienes han vencido muchos obstáculos, han crecido, pero en determinado momento dejan de luchar, de esforzarse, “cuando solo estaban ya a dos pasos de la fuente del agua viva que dijo el Señor a la samaritana” (Camino de perfección 19, 2).

Otra semilla, dice la parábola, cayó entre espinos; donde la influencia externa es la que domina lo que la tierra intenta producir. Ahí entran las riquezas, hambre de poder, placer desordenado y en general exceso de preocupación por lo externo. Se trata de un estado del alma movido por la avaricia y la ambición, que incapacita para apreciar lo sagrado de la vida, lo sobrenatural, lo trascendente. Desde esta problemática existencial, no solo hay el riesgo de quedar fuera del Reino, sino que además se hace mucho daño a los demás, a quienes usamos para que nos sumen. Dañamos también la naturaleza, pues la explotamos desordenadamente con tal de conseguir los fines individualistas; de ahí la queja de San Pablo: “La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por voluntad del aquél que la sometió” (Rm. 8, 20).

En cambio una semilla cayó en tierra buena y produjo fruto… Las condiciones a veces no son las mejores para que podamos ser la buena tierra para la semilla del Reino, pero Dios sigue confiando en nosotros. Él mismo se ofrece a ayudarnos a preparar el corazón. La semilla del Reino siempre es buena, pero qué oportuno que no trabajemos solos, que permitamos que Dios sea nuestro aliado.

Dios, que nos creó, sabe que por naturaleza todos tenemos una disponibilidad a las cosas buenas, pero que en el paso de la vida a veces se va contaminando el corazón al grado de hacerlo duro o superficial o demasiado desbordado y dependiente de lo externo. Pero Dios, que sabe lo que realmente hay dentro, siembra por todas partes y a manos llenas, para ver si de repente se abre una rendijita que penetre a lo profundo del corazón, redescubriendo así lo que realmente Él creó en cada uno. Es desde esa perspectiva que Jesús nos presenta la parábola del buen sembrador que sigue confiando en la tierra que, de origen, fue buena. El problema está cuando, por falta de humildad, no advertimos que la dejamos contaminar, convirtiéndola en tierra no apta para la mejor semilla. Y además, nos aferramos a no dársela en alquiler al mismo Dios.

La oferta de esta parábola es viva y actual “en el corazón del Padre, es viva en los labios del predicador, es viva en el corazón del que cree y ama. Y, si de tal manera es viva, es también, sin duda, eficaz” (Balduino de Canterbury). El mundo no será mejor si no damos espacio a la semilla del Reino.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya El amor da plenitud de vida: XIII Domingo del Tiempo Oridnario



Por el Pbro. Carlos Sandoval Rangel

“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Fuimos hechos para amar y para ser amados, por lo que la persona que no ama permanecerá incomprensible para sí misma. En el interior de cada persona resuena un ansia de plenitud, la cual debe ser saciada; pero por tratarse de lo más profundo del ser, dicha ansia solo puede ser resuelta con algo que esté a la altura de la dignidad humana, eso es el amor.

Escribía San Juan Pablo II: “La persona debe ser amada, porque solo el amor corresponde a aquello que es la persona”. Sólo el amor nos hace verdaderamente existir.

Pero el amor corre riesgos, pues se puede contaminar, se puede deformar y entonces se enferma y daña no solo a la propia persona, sino a aquéllos que se relacionan con ella. De ahí la importancia de la propuesta que Jesús nos hace en el Evangelio: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”. Amar a Jesús por encima de todo es fundamental, pues su amor no es excluyente. Amarle antes que al padre y a la madre, antes que al hijo o la hija, no es una discriminación, sino una garantía. Amar a Jesús, permite que desde Él podamos amar dignamente a las personas y las demás realidades. Permite que nuestro amor tenga un orden y permite que Él sea siempre la fuente saludable de dicho amor. Las demás realidades son pequeñas y caducas, por lo que colocarlas por encima de Dios siempre significa un desajuste de vida, ya que hoy están y mañana, no.

Imaginemos, por ejemplo: cuando queremos resolver incluso la vida solo con fama, dinero, placer, poder o en general con cosas superficiales y transitorias, el corazón nunca encontrará la profundidad que necesita para llenar su aspiración de trascendencia y plenitud. Ningún amor, ninguna realidad queda fuera del proyecto de Dios: ni el que se da entre esposos ni entre amigos ni entre padres e hijos. Pero no olvidemos que los seres humanos somos imperfectos y lo que nosotros necesitamos para colmar la grandeza de nuestro corazón es un amor absoluto.

Sin Dios, corremos el riesgo de absolutizar el amor a una creatura y como ésta no tiene la capacidad de abrazarlo todo, entonces termina excluyendo lo demás. Cuando amamos a Dios, como es debido, eso nos lleva simplemente a una mejor comprensión de cualquier otro amor.

Y todavía, para subrayar más la importancia del amor, nos dice Cristo: “el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Desgraciadamente tendemos a identificar la cruz solo con el dolor y el sufrimiento; pero no olvidemos que la cruz es mucho más que esto. La cruz significa obediencia y fidelidad a unos principios, a una verdad, lo cual a veces implica sacrificios. Cristo fue obediente y fiel a la voluntad de Dios y no sufrió solo por sufrir o porque el Padre quisiera verlo morir en una cruz, sino porque ese fue el precio que le hicimos pagar por amarnos hasta el extremo, por mantenerse en la firmeza de salvarnos. La cruz significa humildad, pues Cristo más que defender su dignidad, se humilló hasta lo último para rescatar la nuestra.

Por eso cuando Cristo nos dice que tomemos la cruz, nos está indicando que tomemos el camino de la obediencia y de la fidelidad a la verdad que nace de Dios, a la verdad que nos coloca en el nivel plenamente humano. Tomar la cruz, significa que seamos humildes para que nuestro corazón no se vuelva soberbio y vaya a despreciar a los demás y, en consecuencia, nos vaya a alejar de Dios mismo. La cruz, como signo de obediencia, de fidelidad y de humildad, como camino del amor divino, engrandece nuestro ser, por lo que cualquier sufrimiento que esto implique es nada con tal de ganarlo todo. Es ahí donde nuestro corazón encuentra respuesta a su ansia de eternidad.

Dice san Juan Pablo II: “Ustedes valen lo que vale su corazón”. Así que si nuestro corazón está consagrado solo a lo material, entonces valemos sólo materia, si nuestro corazón se consagra al placer, eso valemos; pero si nos consagramos en un amor verdadero, entonces hemos encontrado el camino que nos hace plenos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Amar con el amor que Jesús quiere

Por el Padre Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo 

En nuestro tiempo podemos definir el amor de muchas maneras, incluso con las distinciones más bellas y universalmente aceptadas.  Pero desde este evangelio, estamos invitados a encontrar el amor que Jesús quiere. Un amor perfecto en su ejercicio.

Si la fuente del amor es Dios y nosotros queremos amar en esa dimensión, es necesario adherirnos a Jesús. Él es el comunicador con Dios Padre. Cuando ha dicho a sus discípulos: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”, no ha pretendido ser posesivo en el amor, ni descalificar el amor humano; sino hacer entender que solo el amor que pasa por Él, puede llegar a la perfección. Implica amar a toda persona, a través de Cristo.  No se es discípulo de Jesús por herencia familiar, sino por una opción personal que puede poner en crisis hasta los lazos familiares más sagrados.

El amor con el que Jesús quiere que amemos, se puede ubicar dentro del amor de caridad. Lleva una carga profunda de acogida. Implica recibir al otro desde donde éste se encuentra; bajarse hasta igualar la relación, y entregarle nuestro don, no como una dádiva, sino como un reconocimiento de la presencia y del don de Dios. Cuando amamos así, permitimos que Dios ame a través de nosotros. Solo entonces, nuestro amor se completa y plenifica; se hace perfecto.

¿Pero cómo damos los primeros pasos para amar así?

Meditemos estas tres propuestas:

1 -Que nuestro amor sea de acogida

 No de posesión o de fruición, sino de servicio y de don.

 Implica adelantarse a las necesidades de otro. No solo de quien me pide ayuda, sino del que me encuentra en algún trato o relación.

Como el profeta Eliseo y la mujer que lo invitó a comer, en la ciudad de Sunem. Según escuchamos en la primera lectura, ella lo recibió, se involucró en sus necesidades; tuvo la delicadeza de mirar desde el profeta. Y Él, de igual manera, la recibió. Miró desde ella, su necesidad más profunda: tener un hijo. El resultado: un intercambio maravillo de amor de acogida y de acompañamiento.

 ¿Hay algo más bello que el ejercicio del amor como lo hemos escuchado? ¿Cómo estamos recibiendo a los demás… a los de casa, a los que se acercan, y a los que son indigentes de amor?

2 -Que nuestro amor mire a la comunidad de destino

 Si fuimos incorporados a Cristo por el bautismo, formamos una comunidad cuya solidaridad crea una comunidad de destino con Jesús mesías. El ejercicio de nuestro amor se valora lo suficiente, si contempla este horizonte de fraternidad en Dios.

 Cuando tomamos en cuenta esta orientación en nuestros actos, morimos a nosotros mismos, salimos del orden de la injusticia y del egoísmo y nacemos al nuevo orden cuyo centro es Dios, con su amor y con su gracia.

 Para amar mirando a la comunidad de destino, tenemos los materiales espirituales  que nos permiten construir nuestra nueva personalidad.

3 -Que nuestro amor nos realice como discípulos

Somos dignos de Jesús si le damos nuestra adhesión sin reservas. Incluso hasta dar la vida por Él y por su proyecto.

 La realización del discípulo viene de portar la presencia de Cristo y del Padre. Esa es la recompensa que da Dios a quienes reciben a Jesús, la comunicación plena con el Padre Dios.

 Las personas de Dios que uno tiene que recibir son: los profetas, los justos y los niños. Ellos llegan a nosotros no por azares del destino, sino por el misterio de Dios, en calidad de enviados.
Un discípulo de Jesús, como cada uno de nosotros, quiere llegar a ser, se realiza amando con el amor que Jesús quiere.