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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya “Este es mi hijo muy amado”



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

El contexto social, político y religioso del pueblo de Israel, en el tiempo de Jesús, no era para nada favorable. Se vivía bajo el yugo del imperio romano, que además del control político, quitó a los sumos sacerdotes y puso a otros a su conveniencia, con el fin de tener también un control religioso. De ahí que cualquier movimiento religioso o político que no fuera con los intereses imperiales era imposible que prosperara. Con esto, el pueblo veía imposible ver cumplidas las promesas divinas hechas a Abraham y a los demás antepasados.

Por parte de los judíos, existían algunos grupos significativos, como los zelotes, provenientes del movimiento de Judas el Galileo, quienes consideraban que era necesaria la violencia para lograr un cambio. Estaban los fariseos, quienes tenían un apego escrupuloso a la ley; los saduceos que pertenecían a la clase aristocrática y sacerdotal y se consideraban gente ilustrada. Igualmente, existían los esenios. Cada grupo intentaba influir a su modo.

Todo al final, expresaba un clima de movimientos, esperanzas y visiones, muy contrastantes y nada favorables. El pueblo se sentía abandonado por Dios. Mas es, en ese clima, donde tiene cumplimiento la profecía de Isaías: “Una voz clama: Preparen el camino del Señor en el desierto. Construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios… Entonces se revelará la gloria de Dios”. Y en respuesta a ello aparece Juan el Bautista.

Juan el Bautista propone algo absolutamente nuevo: sus ritos no son uno más entre otros ritos judíos, ni buscan un fin en sí mismos. Su rito bautismal exige comprometer la existencia. Su bautismo exigía el arrepentimiento y el compromiso a un nuevo modo de vida. Y lo más importante, Juan vincula aquel rito con Alguien que ya viene y que es más grande que él. Por tanto, su misión es anunciar algo muy importante que está por suceder.

Venían al Jordán de Jerusalén y en general de Judea, confesaban sus pecados y eran bautizados; pero un día sucedió algo nuevo, llegó alguien de Galilea: Jesús. Como dice el evangelio: “Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado”. Para Juan era algo incomprensible e inadmisible. ¿Cómo que el esperado, el grande, estaba en la fila de los pecadores para ser bautizado?

Con este hecho, nos trasladamos del pesebre al Jordán. Cristo se formó en la fila de los pecadores para desde ahí, a los treinta años, que era la edad para poder participar de modo oficial en una actividad pública, cargar con los pecados de todos, iniciando así un proceso que culminaría en la Cruz y en la Resurrección. Jesús, carga con la culpa de la humanidad, entra con ella al Jordán e inicia la vida pública, poniéndose en el lugar de los pecadores (Cfr. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, p. 40).

Y sucedió que mientras oraba, del Cielo se oyó una voz que decía: “Esté es mi hijo muy amado”. Como dice el mismo Ratzinger, se trataba de un adelanto a la resurrección, y sólo a partir de ahí se puede entender el bautismo cristiano.

La fe judía, igual que los ritos de otras religiones, fueron perdiendo fuerza a partir de que se centraban en ritos vacíos que no comprometían la vida, ni hacían entrar en la dinámica de la vida de Dios. Pero desde el bautismo de Juan el Bautista y el inaugurado por Cristo, bautizarse es comprometerse a entrar en una dinámica nueva de vida. Es comprometer la existencia y permitir que Cristo cargue con lo que más nos pesa, nuestros pecados.

El proyecto de Dios, que parte del pesebre y se retoma ahora en el bautismo de Jesús, nos descubre el sentido de nuestro propio bautismo: que cada bautizado sea de verdad una persona nueva, arraigada en Dios y comprometida seriamente con el mundo; como de hecho lo hizo Jesús.

Las tremendas controversias y pobrezas humanas del mundo, como lo estamos viviendo en México, sólo tendrán solución en algo absolutamente nuevo: Jesús; que hace nuevo al ser humano.

¡Hagamos valer la grandeza de nuestro bautismo!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada Domingo: Vivir en Dios





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo
El día del bautismo de Jesús, el pueblo estaba en espera del Mesías. Por eso muchos habían salido de sus casas y habían aplazado sus compromisos habituales. En el fondo de esta actitud, descubrimos que deseaban un mundo diferente. Se acercan al bautismo de Juan: un bautismo de penitencia y conversión, con el deseo de ofrecerse a Dios para que obrara en ellos y en el mundo un cambio verdadero: el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una vida nueva. Nunca imaginaron que presenciarían la manifestación de Jesús como Hijo de Dios. A partir de ese momento, distinguieron un bautismo superior: el bautismo con fuego, es decir, con Espíritu Santo.

 Desde aquel día, todos los cristianos, a lo largo de los siglos, recibimos esta gratuidad de Dios; por el bautismo, nos hace sus hijos y nos dispone para vivir en Él.

 Pero el bautismo de Jesús, igual que sucedió con Él, nos compromete para la misión. Quienes hemos recibido este don, estamos llamados a comunicarlo a los demás. Pero no solo de manera verbal, sino acompañando a nuestras palabras el testimonio de nuestra vida. Esto significa vivir en Dios, que nuestra vida, permaneciendo perfectamente humana, se vuelve trascendente y plena por la fuerza del Espíritu Santo. La gente ha de descubrir en nosotros, lo mismo que los primeros cristianos encontraron en Jesús: que vivimos llenos de Espíritu Santo.

 Si nos decidimos a vivir así, entendemos que es tiempo de iniciar nuestra misión.
Vivir en Dios:

1-Nos hace Libres

El bautismo de fuego, marca el término de nuestra servidumbre. Como escuchamos en la primera lectura, al mensajero de buenas noticias. Él nos anuncia la llegada del pastor que nos hace crecer. Su presencia nos libera de toda esclavitud. Hoy podríamos preguntarnos: ¿Cuáles son mis esclavitudes, en dónde me descubro dependiente de una servidumbre enfermiza?

2 -Nos regenera

Lo que motiva nuestra moralidad no es el solo impulso del Espíritu, sino el favor de Dios hecho visible en Jesús. Él es nuestro maestro de conducta moral. Con la esperanza de su venida, el apóstol Pablo nos llama a vivir una vida sobria, justa y fiel a Dios. Hay que distinguir un antes y un después en la vida de Dios.

 Los que somos conscientes de nuestro bautismo, experimentamos que Jesús nos salvó no por nuestros méritos, sino por su misericordia. Sentimos así, que vivir en Dios nos regenera y, al mismo tiempo, nos compromete a responder a su generosidad.

Y esta regeneración no es solo espiritual, implica también la materia. Quedamos regenerados en el cuerpo y el alma. Así lo diseñó Cristo al asumir nuestra naturaleza humana; por eso vivir en Dios es algo que ha de notarse incluso en nuestra expresión corporal.

3 -Nos hace trascendentes

Después de nuestra enmienda, que es el primer efecto del bautismo, recibimos una vida que no se agota en nuestro tiempo y espacio. Igual que cuando Jesús fue bautizado, también en nuestro bautismo se abrieron los cielos.

Jesús los abrió para nosotros, cuando “estaba en oración” (Lc 3,21). Hemos de entender que habló con su Padre, pero no solo habló por sí, sino por cada uno de nosotros.

Y así, en cada nuevo bautizado, vuelve a suceder el mismo misterio: el Padre celestial dice sobre cada uno de nosotros: “Tú eres mi hijo”.

En cierta manera el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre nosotros y nos revelan su amor que salva.

 Quedamos asociados a la muerte y resurrección de Cristo y, por lo mismo, participamos de su misión.

¿Qué tan trascendente te descubres hoy?
Vivamos en Dios.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Un Dios para todos



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

Fiesta de la Epifanía

La imagen del pesebre sigue presente y, desde ahí, seguimos aprendiendo la grandeza del misterio del niño que nos ha nacido. La fe de María y de José ha sido contundente en todo este acontecimiento. Con el amor más puro, no sólo han acogido al salvador del mundo, sino que además lo han presentado para todos. Hemos aprendido la humildad y la alegría de los pastores que se regocijan, van a verlo y comparten esta inaudita noticia.

Ahora aparecen los magos: “Unos magos de oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: ¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo” (Mt. 2, 1.2).

Se pueden subrayar dos dimensiones de la salvación expresadas en la presencia de los magos en el pesebre:

Una, el hecho de los magos envuelve elementos científicos, culturales y religiosos propios de los pueblos del oriente antiguo para darles un significado más alto a partir de la identidad y misión de Jesús, revelado en el pesebre. La salvación no es una cuestión meramente sentimental ni espiritualoide, sino algo que debe calar en el entender del ser humano. Por eso, la misma ciencia y demás expresiones culturales y religiosas encuentran su máximo sentido en la medida que se conectan con las verdades reveladas en Jesús. La fe cristiana no discrimina ningún esfuerzo humano que busca entender, solo clarifica y redimensiona. Ya decía San Juan Pablo II que la fe y la razón son como dos alas que elevan el espíritu humano hacia la contemplación de la verdad (Fe y Razón). Y eso es exactamente lo que sucede con los magos, que para su tiempo eran los hombres de ciencia.

En los países del entorno a Palestina, era común la ciencia astrológica y a partir de sus estudios, se tenía la firme convicción de que todo niño nacía en una coyuntura astral, por lo que todo niño tenía su estrella. Pero cuando aparecía una nueva estrella o se daba la combinación de dos, significaba que algo nuevo estaba por suceder, un cambio significativo venía para la historia humana. Por su parte, en la constelación persa, 7 años antes de la era cristiana se habrían conjugado Júpiter y Saturno. Júpiter era considerado universalmente como el astro soberano del universo; mientras que Saturno, para los babilónicos, era el astro de Siria y para los astrólogos helenistas era el astro de los judíos. De ahí que ante la conjugación de estos dos astros (planetas), los astrólogos del tiempo estuvieran atentos a algo nuevo, por lo que no dudaron en dar seguimiento a la aparición de una nueva estrella, la que les llevaría al portal de Belén.

Y la otra dimensión, que se desprende de la presencia de los magos, es que el Dios que se ha hecho presente en un niño envuelto en pañales, no es exclusivo de nadie. “Es un Dios para todos”. Por tradición, estos personajes representan las diversas razas de la tierra, por lo que ya no será sólo el Dios de Israel, sino de todos los hombres. Estos personajes ilustres vienen al pesebre con un fin muy preciso: ratificar, en nombre de todas las razas, la dignidad única del niño que ha nacido. Y nos enseñan algo extraordinario: reconocen al nuevo Rey, sin escandalizarse de su pobreza. Diferente a los doctores y a los especialistas en las Escrituras que no lo reconocieron. Los magos nos enseñan que la humildad y obediencia religiosa son sensibles a los signos de los tiempos y a la manera sencilla de manifestarse de Dios. Diferente a los que, por soberbia, creen saber mucho y se pierden de lo más sagrado, sencillo y trascendente de la vida.

Los magos nos enseñan que cualquier pueblo, raza o cultura puede reconocer, en el niño que nos ha nacido, al nuevo Rey del universo. Al Rey que trae nuevas reglas: el amor, la benevolencia, la tolerancia, la generosidad y todo lo que provoca hermandad. Es el Rey que viene para liberar. Por eso, como Rey, le ofrecieron el oro. En el niño reconocen al Dios que perdona y merece ser amado por encima de todas las cosas, por eso le ofrecen el incienso. Y le ofrecen la mirra porque reconocen en el niño Jesús al hombre que enseña, que humildemente viene para servir, que con su sufrimiento pagará el rescate de todos y que se hace presente (hoy en el Pan y el Vino).

Con este hecho, que exalta la identidad de Jesús, se dan por cumplidas las esperanzas judías, pero también las esperanzas de todos los hombres. Por eso, dice el profeta: “mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria” (Is. 60, 2).

¡Que te adoren, Señor, todos los pueblos!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Hacer comunidad



Padre Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

En la multiplicación de los panes, Jesús lleva a sus discípulos a la experiencia de la comunión entre ellos y con Dios. Se hace comunidad si se piensa en los demás, en sus necesidades del cuerpo y del alma. Y si se mira el horizonte de liberación y de trascendencia que propone Jesús.

No es una casualidad que este episodio de la multiplicación dé inicio al gran discurso sobre el pan de vida. Ni que el evangelista nos informe que estaba cerca la Pascua judía. Que la multiplicación de los panes se desarrolle a la orilla del mar de Galilea, lugar que recuerda a quienes escuchan el Evangelio, el paso del mar rojo. O que Jesús suba al monte, como Moisés.

Para hacer comunidad, hay que mirar hacia el Éxodo, hacia la superación de los condicionamientos temporales, y encontrar a Dios que hace de nuestra vida ordinaria algo extraordinario.

Cuando todos ven en Jesús a un liberador, incluso después de la multiplicación quieren proclamarlo rey. Jesús quiere que vayan más lejos, junto con Él. Que entren en la comunidad de su Padre. Y una manera de hacérselos entender es la multiplicación de los panes.

¡Qué importante hacer comunidad hoy, cuando vivimos en un mundo que nos propone la ideología del dinero y del bienestar, nos propone una sociedad ciega, individualista y pragmática!
Experimentamos que con todos sus esfuerzos, este tipo de sociedad no logra saciar nuestras hambres del cuerpo y del alma. Tú, ¿con cuánto te sacias? Parece que nos hace falta liberarnos para hacer comunidad.

¿Cómo hacemos comunidad? Intentemos estas tres actitudes:

1- Hay que saber de primicias
 Solo si entendemos que todo don viene de Dios, sabremos compartir con los demás. Nos liberaremos de la esclavitud en la que nos mete el sentido de posesión.  Saber de primicias implica entender que cuando Dios da, da para todos y que lo primero que se recibe de la cosecha, tiene un destino: el don de Dios a alguien más. Es la manera en que Dios multiplica su acción salvadora. Eliseo sabía esto, como escuchamos en la primera lectura: comerán todos y sobrará.

2-Hay que llevar una vida digna
Para San Pablo, no hay vida si se vive en el aislamiento. La persona se dignifica cuando responde al llamamiento que ha recibido de Dios. El llamamiento es a vivir en comunidad entre nosotros y con Dios. Esto implica: la humildad, la amabilidad, la comprensión, la tolerancia, la unidad y la paz.La vida digna busca destruir los defectos que nos aíslan y trabaja por mantener la unidad. El solo Dios que está sobre todos, actúa a través de todos y vive en todos.  Es quien hace posible vivir como una gran comunidad, en clave de éxodo.

3- Hay que vivir las categorías de Jesús
La comunidad no se hace desde los asistencialismos. La solución para el hambre no se encuentra en las categorías de la economía del dinero, sino en la economía del compartir. Muchos de nosotros hoy somos puestos a prueba, igual que Felipe. Muchos otros, ya actuamos con más cercanía a Jesús. Igual que Andrés, ya entendemos la categoría del compartir, que es la categoría de la solidaridad y del amor.

La nueva comunidad que Jesús quiere es la comunidad de personas libres. Así vemos que manda que se recuesten para comer. Porque la nueva Pascua es la de los hombres libres. Jesús hace que la comunidad pase de ser un grupo gris al que hay que asistir; a personas individuales y dignas que van a compartir no solo el alimento, sino la vida.

 En grupos de cincuenta, que significa la comunidad del espíritu. Cuando Jesús hace la acción de gracias, nos lleva a la comprensión de que el origen de los panes está en Dios. Ha separado esos panes de su antiguo poseedor. Lo libera de esa posesión que pudo ser egoísta, para que se convierta en don de Dios para todos. Entendemos también, que hacer comunidad es compartir, para que se prolongue el amor de Dios hacia todos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Señor, sacia nuestra hambre

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

XVII domingo del tiempo ordinario

¡Cuánto le duele a Dios que muchas personas sigan muriendo de hambre! Por cada persona que pasa hambre, Dios nos pregunta: ¿dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho con él? ¡Y pensar que más de 795 millones de personas en el mundo no tienen lo suficiente para comer! El hambre mata más personas que el sida. 66 millones de niños van con hambre a la escuela. En México, 70% de los municipios que concentran el 30% de la población, padecen serios problemas de hambre. 

Muchos, evadiendo la responsabilidad humana, se preguntan ¿Si Dios existe y si es bueno, entonces por qué en el mundo existe tanta miseria? Jesús que multiplicó los panes, ¿no debería de multiplicarlos todos los días y darle de comer a todos los que no tienen? Sin duda, Jesús puede y debe multiplicar los panes. Más aún, sí lo hace.

El problema no está en Dios, sino en que el egoísmo humano no permite a muchos voltear a ver al hermano. Dice el Papa Francisco: “no se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil” (EG 52). Como señalaba san Juan Pablo II, a pesar de la pobreza extrema en el mundo, “se ven a menudo manifestaciones de egoísmo y ostentación desconcertantes y escandalosas” (Sollicitudo Rei Socialis, 14).

Debemos convencernos de verdad que el Evangelio es la buena nueva que puede revolucionar el mundo, pero mientras el ser humano siga enfermo del corazón y no se abra a la verdad de Dios, la miseria seguirá creciendo más y más. La solución a la miseria humana no son las cruzadas contra el hambre, ni algún otro sistema asistencialista, pues eso sólo crea más pobreza, por la cultura del paternalismo. Los programas asistencialistas valen para casos concretos, pero no pueden adoptase como solución social. La solución debe ser algo más profundo que transforme el interior del ser humano, como lo propone Dios, de lo contrario no surgirán las verdaderas estructuras sociales que generen un desarrollo integral.

El Evangelio nos presenta a Jesús enseñando a la multitud, enseñándoles las verdades que hacen vivir. Y es ahí que le pregunta a Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” Le respuesta de Felipe: “Ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan”. Efectivamente, los cálculos humanos, por sí solos, siempre serán insuficientes para dar respuesta a las necesidades humanas.

Pero viene la siguiente parte del acontecimiento: Andrés le dice a Jesús: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados”. Para Jesús hay algo importante, aquel joven no solo trae cinco panes y dos pescados, sino que, sobre todo, está dispuesto a compartirlos. Igual pasa con Eliseo, quien recibe las primicias, y él en vez de guardarlas para sí mismo, pide que las repartan a la gente (Cfr. 2 Re. 4, 42).  Esto marca la gran diferencia.

Si pensamos, por ejemplo, en un empresario, existen los ambiciosos que quieren acaparar y adueñarse de todo, crean sistemas y estructuras de explotación, para captar riqueza y más riqueza. Pero igual, hay quienes, con gran responsabilidad hacen de su empresa no solo un medio de empleo que da sustento a más y más familias, sino que además se preocupan por hacer de sus empresas un espacio de crecimiento también humano, en bien de sus trabajadores.

¡Cómo se le facilita a Dios ayudarnos en las diversas situaciones de la vida, cuando también nosotros estamos dispuestos a colaborar con lo poquito que somos y tenemos! Tanto el joven del Evangelio, como el profeta Eliseo podrían egoístamente asegurarse a sí mismos y olvidarse de los demás, pero no fue así. Este es uno de los puntos difíciles de vencer en el mundo. En realidad, ¿qué sería del mundo si nos atreviéramos a vencer tantos egoísmos, si venciéramos tantos intereses individualistas? Por eso, ante el desprendimiento de aquel joven, Jesús hace la indicación: “Díganle a la gente que se siente”. Comió toda la gente y todavía recogieron las sobras.

¿Señor, sin tu ayuda qué podrían valer las pequeñas cosas que a veces ciegan nuestro corazón? Tú eres nuestro alimento, pero ayúdanos a entender que desde lo poco, podemos colaborar para que la vida le sea mejor a muchos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Amar como Jesús





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

Celebramos el último Domingo de Pascua. Al tomar el texto del Evangelista Juan, entendemos que se trata de una parte del discurso de despedida de Jesús, al final de la Última Cena. Jesús está pleno de sentimientos de amor por los suyos y por su Padre Dios; está llegando al momento final de su misión, y quiere insistir en el tema del amor. Les entrega la síntesis de cuanto les ha enseñado, la esencia de la relación con Dios y con los demás. El amor al prójimo y el amor a Dios.

“Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”. ¿A qué tipo de amor se refiere Jesús? Al amor de amistad, o sea, al amor recíproco que iguala en la comunicación de vida, amor y alegría. Por eso dirá también: “Ya no los llamo siervos…, a ustedes los llamo amigos”.
Si nos fijamos bien, Jesús propone una relación inmediata con Dios: “…les he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre”, no una relación de sirvientes. Seríamos los más infelices creyentes si a estas alturas de nuestra relación con Dios en Cristo, tuviéramos un Dios dominador, al modo de los amos con sus siervos, con un pie sobre nuestro cuello. Jesús equipara nuestra relación con Dios en la experiencia del amor de amistad; nos introduce a la intimidad de su Padre y a la alegría del amor que vive con Él.

¡Qué importante ejercitarnos en esta experiencia del amor de amistad hoy! Especialmente cuando vivimos en un mundo de amores egoístas, estáticos, inestables, pobres o no completados. Podemos llegar a “la cima del amor”. Jesús querría que entendiéramos esto: que en el ejercicio del amor, alcanzamos la cima de nuestra relación con Él y con su Padre.

¿Cómo amar así, como Jesús nos ama? Intentemos estas tres ideas:

1- Amar sin distinción

  El amor con el que nos relacionamos tiene un destinatario, uno que podría no ser nuestro favorito. Es necesario no juzgar por las apariencias de quien tenemos enfrente. Pedro llega a esta conclusión: que Dios no hace distinción de personas, cuando descubre que el Espíritu Santo también había sido derramado sobre los paganos.
  Parece que en las personas que consideramos lejanas a nosotros, las que piensan diferente o son diferentes, Dios ha sembrado también el don de su vida. Podemos esforzarnos por encontrar el vestigio del Espíritu Santo en ellas. Implica entonces amar gratuitamente, sin que nos lo pidan y sin esperar respuesta; comunicar en lo general la riqueza de nuestro amor, a quien Dios quiere.

2- Completar el ciclo del amor

 Nosotros no somos el origen del amor; por tanto, tampoco los dueños, somos solo comunicadores del amor vital de Dios. Todo amor que hay en el mundo viene de Dios y regresa a Él, en este sentido es circular.

 Se completa el ciclo del amor si yo lo multiplico, si doy el paso a amar como un nacido de Dios y, por lo tanto, como alguien a quien el amor no le es extraño, sino familiar y vital.

Hemos de constatar en nuestros intentos de amor, que no existe amor a Jesús sin compromiso con los demás. El amor se completa si respondo a las necesidades de los demás. Esto significa cumplir el mandamiento: cubrir las necesidades de los demás. Cuando Jesús dice, como escuchamos en el Evangelio, que somos sus amigos si cumplimos su mandamiento, se siente como un amor de amistad condicionado. Pero en realidad no es así. El mandamiento se entiende aquí como causa común: si lo amamos a Él, amamos Su proyecto, Sus sentimientos y deseos, y en ese ejercicio de bondad llegamos a la alegría plena.

3- Amar con amor de amistad

Las relaciones muchas veces son complicadas; para amar como amigos al modo de Jesús, implica crear una comunidad de amor mutuo, y de ahí, hacer causa común. Es aquí donde tiene origen la misión.

Cicerón decía que el amigo es alter ego, mi otro yo. Aquel que ha guardado mi imagen, mi identidad, el que es tan parecido a mí que a veces es yo mismo. Por eso cuando un amigo está perdido, no sabe más quien es, ha perdido su identidad en la relación cotidiana con los demás, tiene necesidad de encontrar a su amigo, para que éste le refrende su imagen, su identidad.

El libro de la Sabiduría dice que quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro.

Jesús está diciendo que la amistad lleva a la plenitud de la alegría mutua. Esta alegría viene de compartir la intimidad de Dios y su proyecto de misión.

¿Cómo es tu amor de amistad con los tuyos? ¿Cómo es tu relación de amistad con Dios?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dios es amor



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

VI Domingo de Pascua

“Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida” (Benedicto XVI, Dios es amor, 1). Ahí radica la esencia de la fe cristiana. Sólo el amor puede colocar al hombre en los horizontes en que fue pensado por Dios. Fuera de esto, todo nos enferma, el corazón acumula odios, confusiones, egoísmos, rivalidades, etc.

Los griegos, teniendo cuenta sólo del amor meramente humano, el amor Eros, ya decían que el amor es una potencia divina, que le permite al hombre experimentar la dicha más alta. Así, ante el amor, decía Virgilio, todas las demás potencias entre cielo y tierra parecen de segunda importancia. De ese modo, decía: el amor todo lo vence, por tanto rindámonos también nosotros ante el amor (Cfr. Las Bucólicas, X, 69). Si esa visión se tenía del amor en su experiencia sólo humana, ahora imaginemos lo que encierra la infinitud del amor de Dios.

Creemos en Dios por el amor que nos ha mostrado en Cristo, sobre todo a partir del acto sublime de la Cruz. Ahí, en el hecho de la Cruz, “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo. Esto es el amor en su forma más radical” (Benedicto XVI, Dios es amor, 12). Por eso la afirmación del apóstol: “Dios es amor” (1 Jn. 4, 8). Verdad que sólo desde el misterio de la Cruz se puede comprender en su máxima profundidad. Dios sabe que su amor nos hace vivir, por eso nos amó hasta el extremo, porque quiere que el hombre viva.

Señala San Juan: “El que no ama, no conoce a Dios”, a lo que podemos añadir: y tampoco se conoce a sí mismo, pues sin amor, el ser humano permanece incomprensible para sí mismo (Juan Pablo II). En cambio, el que ama, amando al prójimo se reafirma a sí mismo. El ejemplo es Cristo, quien mostró de modo pleno su identidad cuando su amor llegó también a su plenitud. Desde la Cruz reafirmó al hombre en su dignidad más alta, pero también así logro reafirmarse Él mismo como el Mesías.

Si los griegos ya señalaban que el amor es una potencia divina presente en el hombre, la fe nos permite entender que el amor es el único camino válido. Pues el amor enlaza al hombre con su origen y con su fin máximo, es decir, con Dios. Pero además, la fe custodia el camino del amor. Los griegos admiraban la grandeza del amor eros, pero, en nombre de ese mismo amor, muchas veces cometían locuras inhumanas, como de hecho sucede a menudo en nuestro tiempo. En cambio, la fe permite que el amor no se contamine; al contrario, el amor iluminado desde la fe, siempre dignifica, fortalece y logra las más altas pertenencias interpersonales.

En el amor, guiado por la fe, viven una pertenencia de modo sustancial los miembros de una familia, los amigos, los vecinos. Y sobre todas las cosas, el creyente vive una pertenencia mutua con Dios. Por el amor, le pertenecemos a Dios como creaturas y le podemos pertenecer como hijos. Pero lo más sublime: por amor, Dios nos pertenece a nosotros. Se hace nuestro. Es nuestro Dios. Así lo vivimos en los sacramentos, especialmente en la comunión, donde Cristo amorosamente se hace nuestro y nos acompaña en la vida cotidiana.   

         Cuando el amor guidado por la fe no es el camino, entonces el corazón egoísta se satura en pretensiones que le ahogan y enferman.

La propuesta de Jesús es: primero, “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor” (Jn. 15, 9). Segundo: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo les he amado” (Jn. 15, 12). ¿Para qué intentar otros caminos que nos han dado tan malos resultados?