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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Amar como Jesús





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

Celebramos el último Domingo de Pascua. Al tomar el texto del Evangelista Juan, entendemos que se trata de una parte del discurso de despedida de Jesús, al final de la Última Cena. Jesús está pleno de sentimientos de amor por los suyos y por su Padre Dios; está llegando al momento final de su misión, y quiere insistir en el tema del amor. Les entrega la síntesis de cuanto les ha enseñado, la esencia de la relación con Dios y con los demás. El amor al prójimo y el amor a Dios.

“Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”. ¿A qué tipo de amor se refiere Jesús? Al amor de amistad, o sea, al amor recíproco que iguala en la comunicación de vida, amor y alegría. Por eso dirá también: “Ya no los llamo siervos…, a ustedes los llamo amigos”.
Si nos fijamos bien, Jesús propone una relación inmediata con Dios: “…les he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre”, no una relación de sirvientes. Seríamos los más infelices creyentes si a estas alturas de nuestra relación con Dios en Cristo, tuviéramos un Dios dominador, al modo de los amos con sus siervos, con un pie sobre nuestro cuello. Jesús equipara nuestra relación con Dios en la experiencia del amor de amistad; nos introduce a la intimidad de su Padre y a la alegría del amor que vive con Él.

¡Qué importante ejercitarnos en esta experiencia del amor de amistad hoy! Especialmente cuando vivimos en un mundo de amores egoístas, estáticos, inestables, pobres o no completados. Podemos llegar a “la cima del amor”. Jesús querría que entendiéramos esto: que en el ejercicio del amor, alcanzamos la cima de nuestra relación con Él y con su Padre.

¿Cómo amar así, como Jesús nos ama? Intentemos estas tres ideas:

1- Amar sin distinción

  El amor con el que nos relacionamos tiene un destinatario, uno que podría no ser nuestro favorito. Es necesario no juzgar por las apariencias de quien tenemos enfrente. Pedro llega a esta conclusión: que Dios no hace distinción de personas, cuando descubre que el Espíritu Santo también había sido derramado sobre los paganos.
  Parece que en las personas que consideramos lejanas a nosotros, las que piensan diferente o son diferentes, Dios ha sembrado también el don de su vida. Podemos esforzarnos por encontrar el vestigio del Espíritu Santo en ellas. Implica entonces amar gratuitamente, sin que nos lo pidan y sin esperar respuesta; comunicar en lo general la riqueza de nuestro amor, a quien Dios quiere.

2- Completar el ciclo del amor

 Nosotros no somos el origen del amor; por tanto, tampoco los dueños, somos solo comunicadores del amor vital de Dios. Todo amor que hay en el mundo viene de Dios y regresa a Él, en este sentido es circular.

 Se completa el ciclo del amor si yo lo multiplico, si doy el paso a amar como un nacido de Dios y, por lo tanto, como alguien a quien el amor no le es extraño, sino familiar y vital.

Hemos de constatar en nuestros intentos de amor, que no existe amor a Jesús sin compromiso con los demás. El amor se completa si respondo a las necesidades de los demás. Esto significa cumplir el mandamiento: cubrir las necesidades de los demás. Cuando Jesús dice, como escuchamos en el Evangelio, que somos sus amigos si cumplimos su mandamiento, se siente como un amor de amistad condicionado. Pero en realidad no es así. El mandamiento se entiende aquí como causa común: si lo amamos a Él, amamos Su proyecto, Sus sentimientos y deseos, y en ese ejercicio de bondad llegamos a la alegría plena.

3- Amar con amor de amistad

Las relaciones muchas veces son complicadas; para amar como amigos al modo de Jesús, implica crear una comunidad de amor mutuo, y de ahí, hacer causa común. Es aquí donde tiene origen la misión.

Cicerón decía que el amigo es alter ego, mi otro yo. Aquel que ha guardado mi imagen, mi identidad, el que es tan parecido a mí que a veces es yo mismo. Por eso cuando un amigo está perdido, no sabe más quien es, ha perdido su identidad en la relación cotidiana con los demás, tiene necesidad de encontrar a su amigo, para que éste le refrende su imagen, su identidad.

El libro de la Sabiduría dice que quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro.

Jesús está diciendo que la amistad lleva a la plenitud de la alegría mutua. Esta alegría viene de compartir la intimidad de Dios y su proyecto de misión.

¿Cómo es tu amor de amistad con los tuyos? ¿Cómo es tu relación de amistad con Dios?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dios es amor



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

VI Domingo de Pascua

“Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida” (Benedicto XVI, Dios es amor, 1). Ahí radica la esencia de la fe cristiana. Sólo el amor puede colocar al hombre en los horizontes en que fue pensado por Dios. Fuera de esto, todo nos enferma, el corazón acumula odios, confusiones, egoísmos, rivalidades, etc.

Los griegos, teniendo cuenta sólo del amor meramente humano, el amor Eros, ya decían que el amor es una potencia divina, que le permite al hombre experimentar la dicha más alta. Así, ante el amor, decía Virgilio, todas las demás potencias entre cielo y tierra parecen de segunda importancia. De ese modo, decía: el amor todo lo vence, por tanto rindámonos también nosotros ante el amor (Cfr. Las Bucólicas, X, 69). Si esa visión se tenía del amor en su experiencia sólo humana, ahora imaginemos lo que encierra la infinitud del amor de Dios.

Creemos en Dios por el amor que nos ha mostrado en Cristo, sobre todo a partir del acto sublime de la Cruz. Ahí, en el hecho de la Cruz, “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo. Esto es el amor en su forma más radical” (Benedicto XVI, Dios es amor, 12). Por eso la afirmación del apóstol: “Dios es amor” (1 Jn. 4, 8). Verdad que sólo desde el misterio de la Cruz se puede comprender en su máxima profundidad. Dios sabe que su amor nos hace vivir, por eso nos amó hasta el extremo, porque quiere que el hombre viva.

Señala San Juan: “El que no ama, no conoce a Dios”, a lo que podemos añadir: y tampoco se conoce a sí mismo, pues sin amor, el ser humano permanece incomprensible para sí mismo (Juan Pablo II). En cambio, el que ama, amando al prójimo se reafirma a sí mismo. El ejemplo es Cristo, quien mostró de modo pleno su identidad cuando su amor llegó también a su plenitud. Desde la Cruz reafirmó al hombre en su dignidad más alta, pero también así logro reafirmarse Él mismo como el Mesías.

Si los griegos ya señalaban que el amor es una potencia divina presente en el hombre, la fe nos permite entender que el amor es el único camino válido. Pues el amor enlaza al hombre con su origen y con su fin máximo, es decir, con Dios. Pero además, la fe custodia el camino del amor. Los griegos admiraban la grandeza del amor eros, pero, en nombre de ese mismo amor, muchas veces cometían locuras inhumanas, como de hecho sucede a menudo en nuestro tiempo. En cambio, la fe permite que el amor no se contamine; al contrario, el amor iluminado desde la fe, siempre dignifica, fortalece y logra las más altas pertenencias interpersonales.

En el amor, guiado por la fe, viven una pertenencia de modo sustancial los miembros de una familia, los amigos, los vecinos. Y sobre todas las cosas, el creyente vive una pertenencia mutua con Dios. Por el amor, le pertenecemos a Dios como creaturas y le podemos pertenecer como hijos. Pero lo más sublime: por amor, Dios nos pertenece a nosotros. Se hace nuestro. Es nuestro Dios. Así lo vivimos en los sacramentos, especialmente en la comunión, donde Cristo amorosamente se hace nuestro y nos acompaña en la vida cotidiana.   

         Cuando el amor guidado por la fe no es el camino, entonces el corazón egoísta se satura en pretensiones que le ahogan y enferman.

La propuesta de Jesús es: primero, “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor” (Jn. 15, 9). Segundo: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo les he amado” (Jn. 15, 12). ¿Para qué intentar otros caminos que nos han dado tan malos resultados?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Paz y Bien: Jesús es la vid

Fray Arturo Ríos Lara OFM

¡Buenos días, gente buena!

Domingo V de Pascua B

Juan  15, 1-8: Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes yaestán limpios por la palabra que Yo les anuncié. Permanezcan en mí, como Yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y Yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos. Palabra del Señor.

Jesús es la vid. Y nosotros los sarmientos, alimentados con la savia del amor. Una vid y un viñador. ¿Qué hay de más simple y más familiar? Una planta con las ramas cargadas de racimos; un labriego que la cuida con manos que conocen la tierra y la corteza: me encanta este retrato que Jesús hace de sí mismo, de nosotros y del Padre. Dice Dios con las palabras simples de la vida y del trabajo, palabras perfumadas de sol y de sudor. No puedo tener temor de un Dios así, que me trabaja con toda su dedicación, para que yo me llene de frutos sabrosos, frutos de fiesta y de alegría.

Un Dios que me está cercano, me toca, me lleva, me poda. Un Dios que me quiere, de lujo. No puedes tener temor de un Dios así, y solo sonríes. Yo soy la vid verdadera. Cristo vid, yo sarmiento. Él y yo, la misma cosa, la misma planta, la misma vida, única raíz, una sola savia… Novedad apasionada. Jesús afirma algo revolucionario: yo soy la vid, ustedes los sarmientos. Somos una pr0longación de esa cepa, estamos compuestos de la misma materia, como chispas de un brasero, como gotas del océano, como el respiro en el aire. Jesús-vid impulsa incesantemente la savia hasta mi última rama, hasta la última hoja, que yo duerma o vele, y no depende de mí, depende de él. Y yo recibo de él vida dulcísima y fuerte. Dios que me corre por dentro, que me quiere más vivo y más fecundo. ¿Qué rama desearía desprenderse de la planta? ¿Por qué habría de desear la muerte?

Y mi Padre es el viñador: un Dios campesino, que se pone a trabajar en torno a mí, no empuña el cetro sino el azadón, no se sienta en el trono sino en el cercado de mi viña. A contemplarme. Con ojos hermosos de esperanza. Cada rama que lleva fruto, la poda para que dé más frutos. Podar la vid no significa amputar, sino quitar lo superfluo y dar fuerza, tiene la finalidad de eliminar lo viejo y hacer nacer lo nuevo.

Todo campesino lo sabe: la podadura es un don para la planta. Así mi Dios campesino me trabaja, con un solo objetivo: el florecer de todo aquello más hermoso y prometedor que late en mí. Entre la cepa y los sarmientos de la vid, la comunión está dada por la savia que sube y se difunde hasta la punta de la última hoja.

Hay un amor que sube en el mundo, que circula a lo largo de todas las cepas de todas las viñas, en la fila de todas las existencias, un amor que se trepa y empapa cada fibra. Y lo he percibido tantas veces en las estaciones de mi invierno, en mis días descontentos; lo he visto abrir existencias que parecían terminadas, hacer recomenzar a familias que parecían destruidas…

Y hasta ha hecho florecer mis espinas. “Estamos inmersos en un océano de amor y no nos damos cuenta”. En una fuente inagotable, de la que siempre puedes beber y que nunca se agotará.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Comunicar vida

V Domingo De Pascua Ciclo B
Hch 9,26-31; Sal 21; 1 Jn 3,18-24; Jn 15,1-8

Comunicar vida
Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

  La semana pasada descubríamos a Jesús que se define como “El Buen pastor”. Hoy, de igual manera, nos encontramos con un texto pre-Pascual en el que Jesús se define y nos define: “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos”. Este episodio sucede en la última cena; cuando Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Define al verdadero discípulo, como alguien que vive por él, adherido a él, destinado a dar fruto, a ser un comunicador de vida.

Parece que Jesús se inquieta, de si sus discípulos estarán en grado de expandir la vida que han recibido y qué recibirán de Él con su muerte y resurrección.
Nosotros hoy, podemos leer este texto a partir de nuestro encuentro con Jesús resucitado. Los que hemos gozado la Pascua del Señor, estamos llenos de la savia, de la vida del Resucitado que corre por nuestro ser, al igual que la savia de la vid corre por los sarmientos. Por eso nos descubrimos comunicadores de vida.

Esta es la idea que puede ayudarnos durante la semana. Avanzar en el ejercicio de la purificación de nuestra cristiandad. Podemos preguntarnos: ¿cuánta vida estoy comunicando a los demás? ¿Cuánta vida que viene de Cristo, estoy comunicando a los demás? Es un buen momento para recordar si las personas que vienen a mi encuentro en las diferentes facetas de mi vida cotidiana: desde mi profesión, mi trabajo, mis amistades, la familia, etc., se van con una comunicación vital o con una comunicación de muerte. ¿Cuánta vida estamos comunicando? Esta es una pregunta importante, porque nacimos como cristianos en esta dinámica de comunicar la vida y el amor del Resucitado.

Para ser comunicadores de vida, podemos intentar estas tres propuestas:

1- Atreverse a volver de la muerte
  Cómo San Pablo ––según escuchábamos en la primera lectura––, de ser un comunicador de muerte en la persecución a la Iglesia, se atreve a volver de esa muerte, vive su conversión con toda verdad, y se atreve ser un comunicador de vida. Semejante también al sarmiento de la vid, que hace un invierno de muerte, y cuando parece que nada podrá emerger de esa rama seca con apariencia de muerte… brota la vida.

San Pablo pasa de una vida de perseguidor solitario, a la vida comunitaria de la primitiva Iglesia de Jerusalén. Es protegido por los discípulos y despachado por cuenta de la Iglesia naciente a Tarso, porque su vida de convertido y comunicador de vida, corría peligro.

Muchos hoy puedan descubrir sus propias muertes: quienes se sienten indignos de la vida plena de Dios, quienes ya son avanzados de edad y no pocas veces están deprimidos, creyendo que es poco lo que pueden hacer… Cada uno puede descubrir hoy, en dónde están sus propias muertes o su invierno espiritual, y atreverse a volver de la muerte.

2- Amar de obra
Es decir, hay que hacer la caridad. Es casi seguro que todos hemos amado de obra. Pensemos las veces que hemos rescatado a alguien regalándole el don de nuestra persona, nuestra ayuda incluso material. ¿Puedes recordar la vez que has hecho un bien a otra persona? ¿Qué se experimenta cuando hemos servido para que alguien se rescate? ¿Recuerdas los signos de su gratitud? Cuando ha sucedido esto, lo primero que entendemos es que no ha sido mérito nuestro. Podemos contemplar a todo color el fruto del amor de Cristo que ha pasado a través de nosotros.
Hay que atreverse muchas veces a amar de obra, porque así estamos siendo comunicadores de la vida de Jesús. Nuestra conciencia estará atendida y creceremos en humildad.

3- Acostumbrarse a ser sarmiento
Porque si no lo hacemos, la soberbia nos llevará a ocupar el lugar de Dios, a creer que somos la vid. Y como hemos escuchado, Jesús es la vid y nosotros los sarmientos.
Ser sarmiento no es fácil pero es todo un proyecto espiritual. Implica constatar de cuando en cuando que la vida que estemos comunicando no sea la nuestra, sino la de Jesús. Constatar que permanecemos en Él y Él en nosotros; aquí se puede medir la pureza de nuestro ser de cristianos.
Ser sarmiento implica experimentar la vida de Jesús que pasa a través de nuestra vena espiritual y que es capaz de cambiar vidas y de producir mucho fruto.
Ser sarmiento implica “aceptar la poda” para dar más fruto. ¿Has sido podado últimamente? La poda espiritual nos duele, porque parece que algo de nosotros muere; pero es buena, porque lo que muere de nosotros, no lo necesitamos para salvarnos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Que nuestra vida sea muy fecunda

V Domingo de Pascua

Pbro. Carlos Sandoval Rangel 

“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, Él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto”. “Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanecen en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí” (Jn. 15, 1ss).

Pero ¿cuáles son esos frutos que nos pide Jesús? Se trata de los frutos que nos humanizan, los que nos permiten una convivencia más sana, que a la vez nos permiten crecer en santidad. El Papa Francisco nos pone algunos ejemplos muy simples: si una señora va al mercado y ahí se encuentra a su vecina “y comienzan a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: No, no hablaré mal de nadie”. Y si esa misma señora escucha con paciencia y afecto a su hijo que le cuenta acerca de sus fantasías. “Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Esos son los frutos que nos pide Jesús (Gaudate et exsultate, 16). A veces la oportunidad de dar fruto aparece en las cosas más cotidianas de la vida, otras veces las circunstancias nos pone exigencias más altas. Lo importante es, que mientras el mundo merece personas más amables, serviciales, emprendedoras, nobles y abiertas a los demás, nosotros, como dice el Papa, no nos instalemos en nuestro modo cómodo de vida.

No podemos dar frutos solo desde una interpretación pragmática y materialista, tan común del tiempo actual, donde se valora a las personas en la medida que produzcan bienes y servicios en bien del fortalecimiento socio-económico de una sociedad. Esta mentalidad el Papa Francisco la denomina la cultura del bienestar, que nos anestesia, lo cual nos lleva a excluir a los que no producen, viéndolos como un estorbo (E. G. 54). Por eso al progreso material hay que infundirle mucha esencia humana y cristiana.

Bajo la mentalidad meramente materialista, siempre habrá personas que estorban, que se ven mal, que se convierten en una seria carga, como pueden ser los enfermos, los ancianos, los discapacitados, entre otros. Cuesta trabajo sentirles parte de nuestra vida. Incluso a muchos que no producen pero sí consumen, sutilmente se les va quitando la categoría de personas. Cuando idolatramos lo material, perdemos la primacía del ser humano (E. G. 55), lo cual es el origen de tantos males en el mundo.

Los frutos que Jesús nos pide son algo mucho más sencillo y profundo. Él quiere que trabajemos por la consolidación de comunidades verdaderamente humanas, cimentadas en los valores del evangelio, como ocurría con los primeros cristianos: “En aquellos días, las comunidades cristianas gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria, con lo cual se iban consolidando” (He. 9, 26-31). Los buenos frutos del Evangelio favorecen la paz, fortalecen la fe, crean compromiso con la comunidad y, en consecuencia, tenemos sociedades sanas y fuertes. Una sociedad llena de exigencias externas, cada día nos dará más y más sorpresas lamentables como las que estamos viviendo en México y en muchas partes del mundo.

Daremos frutos en la medida que permanezcamos unidos a las propuestas de Jesús: “Permanezcan en mí y yo en ustedes”. Mientras sigamos absolutizando lo que son sólo herramientas, como sucede a menudo, por ejemplo, con las tecnologías, sobre todo las de la comunicación, al grado de darle más tiempo a ellas que a las personas que tenemos a nuestro lado; mientras sigamos idolatrando el dinero, el poder terrenal y otros factores, olvidando que son medios y no fines, la humanidad seguirá sufriendo los estragos de la maldad. Pero por desgracia, como decía Pablo VI, el hombre moderno está educado, por encima de todo, a la vida exterior; ahí radica el drama humano del tiempo actual, y no solo por el deterioro espiritual, sino también material y civil. El humanismo suscitado desde las propuestas del evangelio es garantía de vida verdadera. La propuesta de Jesús no nos excluye de lo externo, sólo nos permite darle orden. En cambio, la exigencia exterior tan común en el hombre de hoy sí limita muchas veces para apreciar la bondad, la belleza y la verdad, valores máximos de la vida.

Mientras las inercias del mundo nos llevan a impresionarnos con lo exterior, Dios nos lleva a descubrir lo que más nos ennoblece y dignifica, de donde surgen los frutos más sagrados que nos pide Jesús en el evangelio.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La ley del Señor es perfecta





Pbro. Carlos Sandoval Rangel

III domingo de cuaresma

Los mandamientos son un cúmulo de sabiduría que Dios entregó al pueblo de Israel, pero en realidad son de utilidad para toda persona, creyente o no creyente (cfr. Ex. 20, 1-17). Dichos mandatos bien pueden asumirse como referencia para una ética universal, pues atienden perfectamente todas las dimensiones de la persona humana.  Se sustentan en una visión muy clara del significado y grandeza de la vida humana, por lo que hasta la fecha no pierden su valor.

Como sabemos, los tres primeros mandamientos ubican al ser humano en su relación con Dios. Esto, con la intención de que el ser humano nunca pierda el fundamento ni el sentido sagrado de su vida. De ahí el celo que Jesús muestra al entrar al templo y ver que lo han convertido en un mercado (Jn. 2, 13-25). Los otros siete marcan los criterios de convivencia entre los seres humanos y su sana relación con las cosas materiales.

Los mandamientos están tan bien pensados e integran sabiamente la dinámica de la vida humana que, faltar a ellos no es atentar contra Dios, su autor, sino atentar contra la misma persona; mientras que por el contrario, la vivencia de estos significa simplemente facilitar la vida y encontrar el camino de felicidad más seguro.

A Dios le había sido muy difícil sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, primero por la dureza del faraón que no le convenía que el pueblo se fuera, pero sobre todo por los israelitas mismos, que se habían acostumbrado a vivir como esclavos. Los obstáculos que el faraón ponía eran físicos, las resistencias que el pueblo de Israel vivía estaban arraigadas en lo profundo del corazón. De hecho, esta es la parte más difícil de la vida humana, acostumbrarse a vivir libres; a veces la mínima tentación envuelve y ciega el corazón. Pero los mandamientos se encaminan a eso, a ayudarnos a sacudir todo tipo de miedo, apego y de confusión.

Sin embargo, algo debe quedar claro, los mandamientos no lo son todo, pues estos son parte de un proceso, son un medio, no son el fin. El fin es cada persona, que construye su felicidad y que camina hacia Dios. El objetivo que Dios pretende en los mandamientos es que los humanos aprendamos a vivir bien.

Ahora, si los mandamientos, como dice el salmo 18, confortan, dan sabiduría y alegría al corazón; si son luz que alumbra el camino; si son verdaderos y enteramente justos, todo eso Jesús lo resume en “el Amor”. De ahí que los mandamientos tengan cumplimiento pleno en Cristo, que nos trazó el mejor de los caminos, el del amor a Dios y el amor al prójimo. La nueva fe, la que hace enteramente libre al hombre, se fundamenta precisamente, como dice el Papa Benedicto XVI, en que “hemos creído en el amor de Dios” (Dios es amor, n. 1). En ese sentido, el amor no es sólo un mandamiento divino, sino también la respuesta humana al don del amor.

En realidad, podemos decir que los mandamientos eran un preámbulo a ese amor divino y humano mostrado en Jesucristo. Y como dice Benedicto XVI: “Es ahí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad” (Dios es amor, n. 12). Sólo desde el misterio de la cruz el hombre podrá comprender plenamente el amor de Dios. Solo desde la mirada amorosa de Cristo en la cruz, “el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amor” (ibídem, n. 13). Ese es el misterio que celebraremos en Semana Santa y al cual nos estamos preparando en la cuaresma.

No dudemos en vivir los mandamientos que nos encaminan hacia el misterio más sagrado, el amor misericordioso de Dios.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Alcanzar la condición divina





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

En nuestro camino de desierto Cuaresmal, igual que Pedro, Santiago y Juan, nos sentimos “tomados aparte” por Jesús. Después de encontrar nuestra “fuerza interior”, parece necesario superar nuestra resistencia a aceptar la muerte. 

Esta invitación a subir al monte donde Dios aparece y contemplar Su gloria, puede sostenernos en nuestra adhesión a Jesús y a Su proyecto.

Lo que ven los discípulos es un pedacito de cielo, el estado final del hombre que con su entrega ha superado la muerte. Así están Elías y Moisés.

Pedro está “a gusto” porque en aquella manifestación de Jesús, Dios glorioso, tiene todo. Pero no se da cuenta de la distancia que lo separa del misterio; para quedarse en la gloria de Dios, es preciso pasar por la muerte y la resurrección.

Para alcanzar la condición divina, ya sea en el asomo temporal, al modo de Pedro, Santiago y Juan; o de manera definitiva como Elías y Moisés, nos ayuda trabajar espiritualmente en estos tres pasos:

1- Escuchar la voz de Dios que configura

 Es la voz que me pide “lo que tanto amo”, al igual que a Abraham, a quien Dios pide le sacrifique a su hijo único a quien tanto ama. Es una voz de obediencia y de donación que me pide confiar en Dios, en su proyecto.

La enseñanza de un obispo misionero nos sirve ahora para entender cómo se escucha la voz de Dios: “Aquello que tanto amas y no es Dios, pronto te hará sufrir”. Parece incoherente o inhumano; pues así es para Abraham. Sin embargo, es la manera en que la voz de Dios nos da figura, nos da talla espiritual para alcanzar su condición.

Nos dejamos configurar, cuando somos capaces de ofrendar lo que tanto amamos o a quien tanto amamos, por el amor absoluto que es Dios. En este momento de tu vida, ¿qué amas tanto y no es Dios? Es más fácil ofrecer algo, como un vicio o un apego, pero, ¿a quién amas tanto y no es Dios? Cuesta más. Sin embargo, si no me configuro, no me transfiguro con Cristo.
Además, esa voz que configura, me deja conocer la Identidad de Jesús y mi propia y nueva identidad en el seguimiento de Él.

2- Confiar en la elección

 Hacer la vida de manera diferente cuando uno se sabe elegido, puede generar la contra, incluso la persecución. Pero Dios no escatima para quienes aceptan a Su Hijo.
 Dejarse tomar para subir la montaña, supone una elección que, al igual que la de Abraham, parece llevarnos a la prueba. El apóstol nos recuerda que: “Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra?”. O sea: si Dios, que es el ofendido, no nos acusa y ya nos perdonó, ¿qué más habrá que temer? Incluso si pasamos por una prueba,  hay que confortarse sabiendo que Dios no escatima con los que confiamos en su elección. Él sabe cómo saldremos adelante, para incluirnos en su misterio de salvación; y tanto no escatima, que el sacrificio que le pidió a Abraham y que luego suspendió, Dios mismo sí lo consumó, permitiendo el sacrificio de su propio Hijo. ¿Cuáles son nuestras pruebas? ¿Cómo entiendo mi elección? No siempre han de ser tan extremas como lo es el caso de Abraham; por eso, con mayor razón, hay que dejarse configurar.

3- Pagar el precio de la transfiguración

 No se llega a la condición divina, a nuestro estado final, si no es entregando la vida. Elías y Moisés no aparecen transfigurados con Jesús por haber pasado la vida como de vacaciones, sino por haber luchado por entender el proyecto de Dios sobre sus propios planes.
El precio de la Transfiguración se paga con la vida, una vida de entrega que le da sentido a nuestra existencia, y una vida de continua configuración con Jesús. El Evangelio siempre es alegría, incluso aquí, en nuestra configuración y transfiguración, por eso “alcanzar la condición divina”, desde nuestra entrega, por dolorosa que pudiera ser, es un camino de felicidad, o no es auténtica. Se entrega la vida porque comprobamos con toda certeza que es el valor superior que queremos alcanzar.