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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Abrir horizontes

Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

 Jesús aparece con fama en esta escena del Evangelio de Marcos. Es alguien que enseña de una manera distinta y que realiza acciones salvadoras. Muchos lo buscan, para erigirlo líder político y religioso de su población. Jesús rechaza esta visión reductiva. El Reino que Él ha venido a implantar es universal, no local.

Cuando el Evangelio menciona que al atardecer le llevaron a todos los enfermos y poseídos por el demonio y que todo el pueblo se apiñó: “junto a la puerta” de la ciudad, se entiende que lo quieren introducir para proponerlo como líder. Jesús realiza su misión, los cura y los libera, pero ellos no entienden el “todo” del horizonte abierto de Jesús. Ellos piensan en su pueblo, y en encerrar en esa jurisdicción a Jesús. Él piensa en cumplir una misión más trascendente y liberadora.

Al amanecer, fuera de la población a donde Jesús fue para salir de los condicionamientos de la casa y de la ciudad, para refrendar en su soledad apacible y orante su misión, fueron a buscarlo: “Todos te andan buscando”. Pero Jesús rehúsa tomar este puesto y los invita a anunciar el Evangelio a los otros pueblos. Dios no ha venido a salvar solo al pueblo de Israel.

Detrás de los enfermos y de los poseídos se encuentran los obstáculos para el anuncio del Reino. Especialmente los endemoniados, que son imagen de aquellos que se encuentran con el horizonte reducido de una ideología política o religiosa. A Jesús no le sirven discípulos así, cerrados de horizontes, enfrascados en una ideología que impide brillar la verdad de Dios. En este sentido parece que muchos pueblos deben ser exorcizados; o sea, liberados de tantas ideologías que empobrecen el horizonte del hombre.

En este Domingo podemos tomar esta idea: “abrir horizontes”, que es tan importante porque el mundo lo necesita. Todo podría asegurarnos que vivimos en un mundo abierto de horizontes, y en realidad no es así, sino todo lo contrario. Si lo pensamos bien, nuestro mundo está demasiado ideologizado, encerrado en esquemas de control que impiden a la persona ver más allá. Mismo en el horizonte de la fe, el mundo solo ve lo temporal, nosotros queremos ver lo eterno. En el horizonte del amor, el mundo ve solo una parte del amor, nosotros queremos hacer vida el amor de caridad; y así podríamos descubrir un mundo lleno de nuevos mitos urbanos incapaces de abrirse a un horizonte mayor.

Nosotros mismos, en este momento de nuestra vida, ¿hasta dónde vemos? ¿Hasta dónde llegan nuestros horizontes? Cuando teníamos 6 años de edad, no alcanzábamos a ver lo que había en la mesa, fuimos creciendo hasta que vimos lo que había sobre ella y más. ¿Nuestros horizontes son muy cerrados?

Hoy nos queremos abrir, sí. Pero no sin rumbo, sino para seguir a Jesús; y seguir significa también servir. La suegra de Simón es curada, y se pone a servir; es decir, a estar atenta a lo que sigue en Jesús, a seguirlo, para adherirse a su proyecto.

Pensemos tres ideas:

1- Abrirse desde la tensión
 Es bello descubrir a Job en tensión, como alguien que no está satisfecho con lo que vive. Sabe que hace falta algo más y la vida se le hace corta. Así podemos empezar a abrir nuestros horizontes en Dios; descubriendo que nuestros días corren aprisa. Apenas si tenemos tiempo de contemplar el acontecimiento por el que Dios salva.
 Job nos presenta una imagen bella, que puede ser la nuestra: no se duerme a gusto, ansiamos que amanezca, como el esclavo que ansía la sombra o el jornalero su salario; como quien no se ha completado y se abre a un horizonte mayor, porque el horizonte que le ofrece el mundo no logra saciar sus ansias de eternidad.
La tensión de nuestras vidas es buena, no le hace que trabajemos en estirar nuestro espíritu, no le hace que nuestro cuerpo lo resienta, que no se dé al descanso total; desde esa tensión se empieza a abrir nuestro horizonte.

2- Abrirse desde el Evangelio
 Como Pablo, que entiende “los bienes del Evangelio” como su paga. Es mejor esta paga, que cualquier otra. Si dejamos que el Evangelio decodifique nuestra vida, si le permitirnos que nos lleve a realizar acciones liberadoras por nosotros y por los demás, entonces empezaremos a disfrutar la paga por hacerlo vida.

 Los bienes del Evangelio consisten en esto, en gozar de los hallazgos que alcanzo en Dios, aquella sabiduría que se convierte en obras liberadoras y que me lleva a descubrir un horizonte mayor al que yo tenía. El Evangelio en este sentido me exorciza, me libera de mis miras estrechas, y me permite completar la misión particular que se me ha confiado.

3- Abrirse desde la acción
Cuando uno permite las ideologías, aparece la violencia. Quien está sometido a una idea que quiere imponer a los demás, es como un endemoniado. Los endemoniados del tiempo de Jesús, los poseídos, eran sobre todo gente violenta, personas que con su violencia inhiben el mensaje y la liberación de Jesús.
 Hay que sacudirse lo violento, lo obsesivo, para dar libertad a los demás. Es solo si logramos este cambio que notaremos la diferencia entre estar cerrado o abierto en el horizonte de Jesús.
 Es probable que tengamos que salir de madrugada, salir de la casa y la ciudad para entrar en nuestra soledad apacible, orante; esa soledad que nos permite repensar cuál es nuestra misión más profunda en el mundo; cuál es el servicio liberador para el que fuimos llamados.
 Y, finalmente, hay que rechazar la popularidad o el prestigio, como Jesús lo hizo, porque en el momento que aceptamos vivir de esto, perdemos el rumbo de nuestra misión y nos hacemos pequeñitos. En las categorías del Reino, nunca se ha llegado a la cumbre, y si se llega… es en Jesús.
 ¿Cuántas personas cercanas a mí necesitan ser curadas o exorcizadas?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya El inicio de muchos males: la superficialidad





Por Hermanas Misioneras Servidoras de la Palabra

Vivimos tiempos de mucha confusión e inversión de valores tremenda, a las personas que defienden la vida y la institución matrimonial les llaman: retrogradas, dogmáticos en sentido despectivo y poco incluyentes.

Hoy se cree importante defender a los “animales” aunque en sentido estricto les estemos destruyendo su medio ambiente; se hace  importante difundir información sobre la salud  y el cuidado nutricional y se permite que en el mercado se vendan productos altos en conservadores, azúcares y químicos  energéticos.

Otro aspecto que revela nuestra superficialidad, en muchos casos, es el uso de las redes sociales como facebook, instagram, twitter… en donde se puede exhibir actividades cotidianas que, en muchos casos, está muy alejada de la realidad o bien ilustran situaciones meramente superficiales como: la chica bonita que no da una en la escuela; el joven guapo que es perezoso; la familia feliz que en realidad están al borde de la separación…

Este estilo de vida deja como resultado relaciones efímeras, que tienen como inicio el retrato falaz de quienes no tienen el valor de mostrarse tal cual son.

Lo que implica un verdadero problema en el momento de querer establecer sólidas relaciones. Además los medios publicitarios engrandecen la calidad de determinados productos o servicios que al adquirirse no dan los resultados que se esperan. Y podríamos seguir poniendo ejemplos.

La superficialidad nos hace caer en el engaño a la hora de comprar un producto o establecer relaciones con personas; en el primer caso se pierde dinero, pero en el segundo caso se pierde más pues muchas personas no muestras lo que realmente son por estos medios y ahí tenemos desde los noviazgos virtuales que al conocerse personalmente decepcionan; hasta el engaño para actividades de trata de personas e incluso asesinatos y otro tipo de situaciones extremas.

En la Biblia Jesús dice a quienes se quedan sólo con los actos externos: “Bien habló el profeta Isaías acerca de lo hipócritas que son ustedes, cuando escribió: ‘Este pueblo me honra con la boca, pero su corazón está lejos de mí.

De nada sirve que me rinda culto: sus enseñanzas son tradiciones de hombres” (Mc 7, 1-7). 
El que vive de apariencias, de entrada es hipócrita miente con palabras  y acciones; podrá engañar a otro en algún momento, y en el peor de los casos, terminará cayendo en los engaños de otros.
Tal como ha pasado en numerosos casos.

Muchos de nuestros fracasos tienen su raíz en la superficialidad que magnifica el valor de lo pasajero y esconde la grandeza de lo trascendente.

Vivir  en al verdad, requiere el valor  de decir:
no puedo, no está  en mis posibilidad, debo trabajar más para obtener algo más valioso.
Dado que las cosas VALIOSAS REQUIEREN  MAYOR  ESFUERZO Y TIEMPO.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Alabemos al Señor, nuestro Dios

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

V Domingo Tiempo Ordinario

Que en nuestra dinámica de la vida jamás falte la oración. San Marcos nos presenta un esquema de las típicas jornadas de trabajo de Jesús. Busca sus apóstoles, va a la casa de otros, cura a la suegra de Pedro, recibe y cura muchos enfermos, expulsa demonios, se aparta para orar y continúa con la predicación a otros pueblos (Mc. 1, 29-39). ¿Qué tiene de especial esta y otras jornadas de Jesús? Nunca pierde de vista sus objetivos. Para ello hay un secreto: la oración.

Todo proyecto enfrenta muchos riesgos que pueden ser de orden financiero, claridad de ideas, circunstancias sociales y de otra índole. Pero lo más peligroso de todo proyecto es cuando nosotros mismos nos desubicamos, cuando dejamos de poner los pies en la tierra. Pensemos por ejemplo en Jesús, cuántas veces quisieron proclamarlo Rey. Podría haber aceptado, lo hubiera logrado y, sin duda, lo hubiera hecho bien. En la misma Cruz, le pedían, bájate y creeremos en ti; lo podría haber hecho y efectivamente aquellos hubieran creído en Él. Más, la pregunta es: ¿Y con ello hubiera logrado lo fundamental que era mostrarnos la grandeza del reino de Dios, el camino del amor y merecer para todos la salvación? Claro que no. En cambio, cuántos líderes sociales, en el fondo, pueden tener un deseo sincero de sacar adelante tareas nobles en bien de su pueblo, pero luego pierden el piso, se confunden y terminan haciendo cosas equivocadas. Así sucede cuando falta la riqueza interior.

Un periodista, una vez, se preguntaba: ¿cómo le hace Juan Pablo II, para mover masas y seguir siendo humilde y no sentirse un dios? Y lo mismo podríamos decir del Papa Francisco. La respuesta es: ellos hacen oración. Pero eso, que valía para Jesús y que sacó adelante a Juan Pablo II y hoy a Francisco, vale también para todo ser humano. No podemos sacar de nuestras jornadas de vida los momentos sagrados de la oración. Dice el libro de Job: “Recuerda, Señor, que mi vida es un soplo” (Job, 7, 7); efectivamente, así nos volvemos cuando sacamos a Dios de nuestras vidas. Pero Él estará siempre presente cuando nos damos un espacio propio para nutrirnos de Él.

Aconsejaba San Alfonso María de Ligorio: “Trata con Dios tus asuntos, tus proyectos, tus trabajos, tus temores y todo lo que te interese”; no con el afán de que Él se adapte a lo que tú pretendes, sino con la finalidad de que Él te ilumine para hacer lo justo.  Decía: “hazlo sobre todo con confianza y con el corazón abierto”.

No encontraremos a nadie que nos escuche y atienda con tanto interés como Dios. Nadie tomará tan en serio nuestras palabras como Él. Ni tampoco encontraremos a alguien con palabras tan nutrientes como las de Dios. En ninguna parte, encontraremos tanta fortaleza y claridad de vida como sucede en un profundo y humilde acto de oración, porque la oración infunde una chispa especial al corazón.

   El amor de Jesús por los enfermos y su deseo de predicar la buena nueva a las multitudes nunca fue a menos, gracias a que siempre guardaba ese momento sagrado de encuentro con su Padre en la oración.

El mundo necesita de personas activas, dispuestas a trasformar y a servir, pero también necesita personas de alta interioridad. El que aprende a orar, no solo se fortalece y descansa, sino que aprende a vivir, pues es en el silencio del corazón donde a Dios más se le facilita aconsejarnos.

La oración transforma los corazones, los prepara para la lucha de la vida y les facilita el encuentro amable con los demás. El mundo se transformaría con oración.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Señor, que no seamos sordos a tu voz



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

IV domingo del tiempo ordinario

Nunca nos atrevamos a desechar el tesoro sagrado de la Palabra de Dios. Es una Palabra bella, fuerte y trasformadora. Se trata de la Palabra creadora, como lo patentiza el libro del Génesis y nos lo recuerda el prólogo del evangelio de San Juan. Es palabra que libera, por eso Moisés le habló al pueblo en nombre de Dios, anunciándoles su liberación de la esclavitud de Egipto. Es Palabra que da firmeza y esperanza, como sucedió con los profetas. Y así podemos señalar muchos otros aspectos. Por eso la sorpresa y molestia de Dios cuando el pueblo en Horeb dice: “No queremos volver a oír la voz del Señor, nuestro Dios” (Dt. 18, 16).

Pero más allá de la negatividad y la resistencia, Dios no deja de hacernos llegar su Palabra. De ahí que anuncia que hará surgir un profeta: “Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le mande yo. A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas” (Dt. 18, 19). Simplemente no podemos vivir sin la Palabra de Dios. Por eso, la exhortación del salmista: “Hagámosle caso al Señor que nos dice: No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras” (Ps. 94).

Esa Palabra divina se hace presente, de modo pleno, para nosotros, en Jesús. Si en el pasado Dios nos habló de muchos modos, especialmente a través de los profetas, ahora nos ha hablado a través de su Hijo (Heb.). Jesús es la Palabra de Dios. Por eso, marca diferencia con respecto a cualquier otro.  Como dice San Marcos: llegó a Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga, se puso a enseñar y “los oyentes quedaron asombrados de sus palabas, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los maestros de la ley” (Mc. 1, 22). Él es la Palabra creadora que salva, que da esperanza, que hace nuevas las cosas, por eso su autoridad. Con la autoridad de su Palabra expulsa a los demonios, por lo que la gente comenta: “Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen” (Mc. 1, 27).

Quien no quiera crecer y prefiera mantenerse en el conformismo, en la mediocridad, en la indiferencia o en sus propios caminos no le abra el corazón a esta palabra; porque aquel que le abre el corazón empieza a ser sacudido, empieza a ser cuestionado de su confort. De hecho, el demonio que poseía a aquel hombre de la sinagoga cuestiona a Jesús: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret?” Es decir, no te metas con nosotros, déjanos adormecer el corazón de este hombre. 

La vida del verdadero creyente no puede darse de modo pasivo, debe irse haciendo día a día entorno a la Palabra. Dice el Papa Francisco: Dios no nos pide “que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos” (E. G. 151). Necesitamos acercarnos a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo los pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una realidad nueva (Cfr. E. G. 149).

Detenernos en la Palabra, para meditar y orar, nos permite comprender y profundizar lo esencial, en vez de quedarnos simplemente en los aspectos circunstanciales o en las periferias de la fe. El Papa Francisco pone como ejemplo de esto al sacerdote que habla mucho sobre la templanza, pero poco sobre la caridad y la justicia; que habla más sobre la ley o el cumplimiento de las normas, pero no es capaz de enamorar a su pueblo en el amor de Dios. Dice el Papa: “se produce una desproporción” (E. G. 38). No podemos, por ejemplo, desgastar todo el tiempo y el potencial de la fe paseando imágenes de santos casi sin dedicarnos a enseñar al pueblo cómo los santos hicieron del Evangelio su camino.

Que por la lectura, el estudio y la meditación brille la palabra de Dios (cfr. D. V. 26). Que empiece a dar luz en cada corazón.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Jesús cada domingo: Enseñar con autoridad





Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo

El Evangelista Marcos nos presenta a un Jesús que le gusta enseñar: es parte importante de su ministerio. Lo presenta enseñando en el lago de Galilea, en la montaña, en las plazas y en las sinagogas, como en el texto de hoy.

Podemos imaginar a la gente en aquella sinagoga, acostumbrada a escuchar la repetición de una doctrina que ya les decía muy poco, especialmente porque sus maestros, los escribas, no tenían autoridad para enseñar, dado que decían una cosa y hacían otra.
Jesús es capaz de impresionar a los presentes y de sacudirlos en su conciencia adormilada. Es capaz de provocarlos en la confrontación de sus ideologías.

Jesús enseña como quien tiene autoridad, no solo porque es coherente con su vida: o sea, no solo porque tiene autoridad moral, que en esto rebasa con mucho a los maestros de su tiempo, sino porque es capaz de expulsar a los espíritus inmundos, como es el caso del hombre a quien liberó en esta escena del Evangelio.

Enseñar con autoridad, entonces tiene esta característica: el efecto de la liberación.
Nosotros queremos enseñar con autoridad, igual que Jesús hace dos mil años. Esto es posible porque el mismo Espíritu que impulsó a Jesús a enseñar así, lo hemos recibido desde el bautismo. Ejercer el poder del Espíritu que hemos recibido no es una alegoría, es una realidad constatable.

¡Qué importante pensar en vivir como nuevos pedagogos o educadores; enseñar con autoridad, cuando el mundo adolece de las dos cosas: de educadores y de autoridad! Actualmente es más fácil para las instituciones y para los medios de comunicación social y cibernética, entretener que educar. Muchos padres de familia hacen esto sin pensarlo siquiera. Y en cuanto a las autoridades educativas, las podemos descubrir rebasadas.

¿Cómo enseñas tú? ¿Con qué autoridad? Recordemos las enseñanzas que hemos tratado de transmitir a los demás y preguntémonos si fuimos auténticos y si nuestras enseñanzas actuaron como una liberación.

Parece que es necesario exorcizar el mundo, expulsarle los espíritus inmundos que marginan al ser humano con tantas ideologías contrarias al Espíritu y la Verdad de Dios.
Pero, ¿cómo hacernos enseñantes con autoridad? ¿Cómo ser buenos educadores? El Espíritu de Dios nos deja conocer lo propio, pero siguiendo su Palabra en este domingo, podemos avanzar con estas tres ideas:

1- Vivir sintonizando la voz profética

 Hay que escuchar lo que dice el Espíritu, no solo las voces que se escuchan en los medios o en la calle. A veces estamos tan enajenados con las voces del ser humano, que la voz de Dios parece ausente.
En la primera lectura escuchamos a un pueblo que desea una voz profética, una voz que le garantice que las decisiones que estamos tomando van de la mano de la voluntad de Dios. Podemos preguntarnos: “¿Dónde se encuentra la voz profética?”. Y entender que se encuentra en muchos lugares, pero los lugares privilegiados de la voz profética que necesitamos oír, se encuentran adheridos al amor: primero en la Palabra de Dios, que se proclama domingo a domingo, Dios habla con toda claridad y penetra en nuestro corazón llevándonos a entender una sabiduría que supera a la de los hombres.
En un segundo lugar, en las instituciones que Dios ha fundado: la Iglesia y la Familia. En la autoridad compartida de los padres de familia, por ejemplo. Hemos de creer esto, que detrás de la voz un paterfamilias o materfamilias, Dios habla, porque Él les ha dado la responsabilidad sobre la prole. ¡Qué tesoro cuando un hijo entiende esto y sintoniza con una comunicación que trasciende la voz de sus padres! Y, por último, la voz de la pareja o del amigo, que como son personas que se mueven en la línea de la comunicación de la vida y del amor, son capaces de sintonizar con la voz de lo que nuestro espíritu está pidiendo para nuestras vidas.
Sería bueno experimentar cada vez más que las decisiones que tomo en el diario vivir, vienen no de una enajenación o de una ideología; no de mis propias producciones aisladas, sino de mis convicciones que ya han pasado por la sintonía de la voz de Dios.

2- Servir con libertad

 Aunque San Pablo está entendiendo una vocación específica, de especial consagración, su propuesta es universal; solo quien es capaz de sacudirse el peso de las actividades diarias para dar lugar a la experiencia de Dios, puede servir con libertad a la familia, y a Dios.
Para enseñar con autoridad, como Jesús lo hacía, es preciso servir con libertad, cimentados en la experiencia fundacional de Dios, esta experiencia es incontestable y, por lo mismo, se reviste de autoridad.

3- Actuar con la fuerza del Espíritu

 La autoridad de Jesús para enseñar, no le viene de sus conocimientos. Él no es un repetidor de doctrinas como lo eran los escribas de su tiempo. Jesús es una persona que vive la dimensión espiritual de Dios en sí mismo. De su interior brotan convicciones que son capaces de contagiar a cualquiera. Con su manera de proponer las verdades, es capaz de modificar la mentalidad de los presentes, sobre todo de los que están sometidos por una ideología, o de los que se conducen con un espíritu inmundo, es decir: con un espíritu contrario al de Dios.
Aquí está lo fascinante: que la autoridad de Jesús viene cuando se confronta la ideología de las personas con La Verdad del Espíritu de Dios.
Nosotros, igual que Jesús, podemos actuar con la fuerza del Espíritu. No se trata solo de actuar con autoridad moral, que esto ya es buenísimo, sino actuar con coherencia y sostener nuestra propuesta de servicio y bondad a los demás. Es preciso lograr que el resultado de la enseñanza sea eficaz, operativo, que libere personas como el caso del poseído.
Creo que muchos podemos constatar los momentos en que hemos actuado así, desde dentro, desde una fuerza que no es solo nuestra, no es una fuerza violenta sino un poder que convence. Aquí se entiende lo incontestable de nuestra enseñanza, de nuestra autoridad, cuando con la fuerza del Espíritu somos capaces, incluso, de comprometer la vida misma.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Enseñar con el ejemplo



Por Hermanas Servidoras de la Palabra

En  este  tiempo muchos  nos quejamos de la falta  de valores en la  sociedad, del desenfreno  que viven los jóvenes, las fracturas matrimoniales, la deficiencia  en la  educación… y, ciertamente,  nuestro panorama  es  muy alarmante desde que vemos  el  aumento de  corrupción en todos  los  niveles.

Pero, no basta  con quejarnos, debemos  hacer  algo pronto: dar buen ejemplo.
El  buen ejemplo es la forma  más  eficaz  de educar  a las  nuevas  generaciones.

Es  necesario hacer conciencia de que la conducta se aprende, en mayor medida, por imitación, no al establecer  reglas; si bien las  reglas  delimitan la bondad o  maldad de las acciones, sólo el  buen ejemplo es capaz de infundir la medida de moralidad de una persona.

De manera que  si alguien ve que  su padre miente y su madre oculta  situaciones  trascendentes para  su vida familiar, esta personita crecerá con la conciencia turbia al punto de ver bien la mentira.
Si  alguien crece  en una  familia de ladrones, puede  ser que su oficio de  adulto sea  el de  ladrón; sin conciencia  que  le reclame.

El valor del buen ejemplo no tiene medida; una persona que da buen ejemplo tiene calidad moral, presencia profética; claridad de  ideas; pues  el buen  ejemplo no es actuación o diplomacia; sino conciencia clara de lo que es bueno y justo.
No se trata de  algo ensayado y planeado previamente, sino de la exquisita  conciencia.
Si eres  mamá no pidas a tus hijos  algo que  tú no eres capaz de hacer.
Si eres padre de familia, no quieras hacerte  su  amigo, sino un padre al que  le  deben  tener  confianza.

Todos los  adultos  tenemos una  deuda  con los  jóvenes.

No se vale pedirles  aquello que somos capaces  de realizar en primera  persona.
Para que exista un verdadero ejemplo de parte de los padres, debe existir ante todo la coherencia de vida, hago lo que digo de manera libre y consiente.

Un ejemplo lo tenemos en Jesucristo que actuaba con obras y palabras como lo dice la Sagrada Escritura en Lc 22, 25-27 «Jesús  les dijo: “Entre los paganos, los reyes gobiernan con tiranía a sus súbditos, y a los jefes se les da el título de benefactores.

Pero ustedes no deben ser así.  Al contrario, el más importante entre ustedes tiene que hacerse como el más joven, y el que manda tiene que hacerse como el que sirve.
Pues ¿quién es más importante, el que se sienta a la mesa a comer o el que sirve? ¿Acaso no lo es el que se sienta a la mesa?

En cambio yo estoy entre ustedes como el que sirve », esto nos da a entender que mismo Dios se hace como uno de nosotros, y dándonos ejemplo de que vino a servir a salvarnos.
Nosotros debemos con el ejemplo de nuestra propia vida, mostrarla a los que nos rodean principalmente a los niños, no ocultar los valores y principios que hemos aprendido de nuestros abuelos, de esta manera seguirán transmitiéndose las buenas costumbres.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dejarse encontrar



Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo

En el anterior episodio, los discípulos que seguían a Jesús bordeando el río Jordán, Andrés y probablemente Juan, “encontraron al Maestro”, entraron en su intimidad y experimentaron una nueva orientación para su vida.

Hoy sucede al revés, es el Maestro el que busca a los discípulos y éstos se dejan encontrar. ¿Qué implica dejarse encontrar? Implica dejar que Jesús nos encuentre en nuestra situación vital, en nuestro entorno laboral y de relaciones, y en nuestros deseos de trascender.

Dejarse encontrar por el Maestro requiere estar dispuestos a un cambio profundo en la estructura de nuestro ser. No se puede ser un discípulo; es decir, estar siguiendo a un Maestro, estar haciendo escuela, y seguir conduciéndose con los mismos paradigmas. En el momento mismo de echarse a andar en el seguimiento del Maestro Jesús, es preciso, modificar nuestros criterios y permitir que la sabiduría y los criterios del Maestro, nos contengan.

Así ha sucedido con las dos parejas de hermanos que se dejaron encontrar por Jesús. Cambiaron radicalmente la estructura de sus personas y sus proyectos de vida: “Dejaron las redes y lo siguieron”, dejaron su actividad diaria para incursionar en una nueva, quizás la que habían esperado por mucho tiempo. Los otros dos hermanos: “se fueron con Jesús”, aceptaron su itinerario, prefirieron su ruta a la propia.

Cuando unos y otros escucharon las palabras de Jesús: “El tiempo se ha cumplido”, escucharon “tiempo, como kairòs” no como kronos, es decir: tiempo como momento de salvación, la hora para la que hasta entonces habían vivido; el tiempo en el que Dios interviene en la historia personal y comunitaria.

En sus mentes esa expresión los persuade para dejarse encontrar.
También escucharon: “Conviértanse y crean en el Evangelio”; es decir: cambien de mentalidad y crean en el Evangelio”.

La palabra que escucharon fue: “metanoèite”, que significa no solo “conviértanse”, sino que cambien de mentalidad, tengan otros criterios más allá de los propios, adquieran una manera diferente de pensar.

Dejarse encontrar por Jesús Maestro, implica cambiar y dejarse guiar por Él. ¿Cómo se hace un cambio consistente, para permitir que el Maestro nos desarrolle o nos rehaga?
Cada uno de nosotros ha realizado cambios importantes en su vida, algunos de esos cambios nos habrán liberado y abierto el horizonte.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos permite intentar tres niveles de cambio, para dejarnos encontrar por el Maestro:

1- Hay que cambiar de conducta

Los habitantes de Nínive lo hicieron; cambiaron su mala vida. Este cambio, al igual que el cambio de un vicio o una adicción no sucede solo por una buena intención, es preciso aceptar que se ha hecho un camino equivocado y que nuestra conducta equivocada desagrada a Dios y afecta a los demás.
Para cambiar de conducta, es necesaria la autodisciplina, la templanza, el ayuno, el arrepentimiento y la oración. Se cambia solo si se está convencido de la bondad del cambio.

2- Hay que cambiar de actitud

 San Pablo habla de vivir nuestras vidas y relaciones como si no contaran: “que los casados vivan como si no lo estuvieran…” claro que no entendemos desentenderse del gozo y la responsabilidad que implica el matrimonio, o el sufrimiento y la alegría, sino vivir las realidades de nuestro tiempo con una actitud más universal y trascendente. Abrirse a una realidad que está por venir, una realidad en la que seremos colmados, porque las realidades de este tiempo son caducas e imperfectas.
El cambio de actitud ante la vida, implica entender que aquí nada es definitivo, solo vamos de paso. Hacer lo propio en razón de lo que viene, vivir con una visión creyente.

3- Hay que cambiar de mentalidad

Permitir que el tiempo kairòs suceda, en una conversión-metanoèite que nos abre al reinado de Dios que está cerca, y cuyas leyes son distintas a las que estamos acostumbrados.

Jesús ya había realizado su metanóia, Él no miraba las leyes religiosas y políticas igual que los demás, por ello pudo hacer un camino distinto del de los demás. Como ejemplo podemos recordar la liberación de la pecadora arrepentida. Si Jesús la liberó fue en razón de este cambio de mentalidad, de criterios; lo más importante de la persona humana no está al descubierto, sino en el interior, que es desde donde se toman las grandes decisiones de la vida.

La verdadera metanóia de los discípulos que hoy encuentra Jesús Maestro está aquí, en salir de sus esquemas de vida: los primeros, Simón y Andrés, inquietos, estaban pescando, pero esa actividad no los satisfacía del todo.

Los segundos, Santiago y Juan, estaban retenidos por su padre, inactivos, solo arreglando las redes, estaban insatisfechos de su vida, por eso es que Jesús los atrae con su propuesta en un solo golpe. Podría decirse que para ese momento habían vivido para ser alcanzados por el Maestro, para ser encontrados.

Después viene el cambio principal; una vez que realiza el cambio de mentalidad, viene la nueva persona: “Haré de ustedes pescadores de hombres”; es decir, los llevaré al desarrollo más pleno de sus habilidades primarias, saciaré sus ansias de universalidad.

Si estos discípulos no se hubieran dejado encontrar por Jesús, habrían terminado sus vidas ahí, pescando, y no habrían llegado al magis, al plus.

Nosotros podemos preguntarnos hoy: “¿Cómo me dejo encontrar por el Maestro, cómo me dispongo para el cambio?”. O: “¿Qué es lo que me ata y me mantiene estático, inactivo, inacabado?”.