#diocesisdecelaya @diocesis_celaya El Papa Francisco envía ayuda económica a los damnificados de Perú

VATICANO, 24 Mar. 17 (ACI).- El Papa Francisco, quien oró por el Perú en el Ángelus del pasado domingo en Roma, envió como expresión de cariño y cercanía a los damnificados de las lluvias e inundaciones una ayuda económica de 100.000 dólares.

El dinero, proveniente del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, será entregado en la brevedad a la Conferencia Episcopal Peruana (CEP), y ésta a su vez la destinará a Cáritas del Perú.

“Con este significativo gesto de preocupación paternal, el Papa Francisco acompaña el dolor de miles de hermanos que sufren a consecuencia de los embates de la naturaleza”, apuntó la CEP.

Asimismo, los obispos indicaron que “el compromiso de la Iglesia Católica en este difícil momento se está expresando con el servicio que brindan las parroquias de las diócesis afectadas y con la solidaridad de la Colecta Nacional que la Conferencia Episcopal ha pedido a todos los católicos del Perú”.

Finalmente, la CEC agradeció al Papa Francisco “por su oración y por su gesto de cercanía efectiva para con los que sufren y necesitan de nuestra solidaridad” a nombre de todos los peruanos y especialmente de los damnificados.

A la fecha, 84 personas han fallecido y otras 111.098 han quedado damnificadas según el último reporte del Centro de Operaciones de Emergencia Nacional (COEN).

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— ACI Prensa (@aciprensa) 24 de marzo de 2017

 

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La mansedumbre y la humildad que necesitas para escuchar de verdad

¡Qué difícil ser manso muchas veces! El corazón se rebela cuando alguien quiere imponerme su opinión, su decisión. El orgullo en el alma es fuerte. Es bueno ser orgulloso. Siempre lo valoro. Si no tengo orgullo no lucho por lo que quiero. Es importante saber lo que anhelo y caminar en esa dirección. Sin orgullo no hay lucha, no hay entrega, no hay futuro.

Pero quizás a veces tengo que dejar de lado mi orgullo enfermo. Ese orgullo que me hace pensar que siempre tengo razón. Y quiero imponerles a los demás mi forma de ver las cosas. Conozco alguna persona obsesiva que no cesa hasta que se hace lo que él desea. Al final lo que consigue es quedarse solo.

El orgullo enfermo me aísla. Hace que nadie quiera estar conmigo porque a mi lado no es posible pensar de forma diferente. No quiero caer en ese orgullo desequilibrado. Ese orgullo insano. Ese orgullo que esconde tal vez un sentimiento de inferioridad. No lo sé. Ese orgullo no me hace bien. Me vuelve intransigente. Me aleja de las personas.

Quiero suplicarle a Dios que no venza en mí el orgullo. Ese anhelo de independencia, de marcar yo los caminos, de dirigir yo mi vida y la vida de los otros. No quiero organizarle la vida a nadie. Quiero ser más humilde, más manso. Acoger en mi vida la voluntad diferente a la mía como una insinuación de Dios. No cerrarme en mi rigidez al vuelo del Espíritu.

Le pido a Dios que me haga manso. No es lo mismo ser manso que ser blando. El hombre manso es un hombre fuerte y firme. Comenta el padre José Kentenich: “El heroísmo de la mansedumbre no se aprende por nuestros propios medios. Hay personas que son blandas de nacimiento. Pero no confundamos blandura con mansedumbre. Ser mansos significa también ser valientes y asumir responsabilidades inherentes a la maternidad y la paternidad. El Espíritu nos ayudará a hallar el justo medio en la mansedumbre”[1].

Un hombre manso no se deja llevar por la corriente. Por eso quiero tener mi corazón anclado en lo alto. Y con hondas raíces en la tierra. Para no dejarme llevar por el viento como una hoja, de un lado a otro sin ningún control. La mansedumbre no es debilidad. Es fortaleza.

El hombre manso tiene raíces profundas, tiene su corazón bien asentado en tierra firme. Es roca el hogar en el que descansa. La mansedumbre y la docilidad son un don de Dios, una obra del Espíritu Santo en mi alma.

Muchas veces quiero crecer, sanarme, ser más de Dios. Pero solo no puedo. Necesito el Espíritu: “El Espíritu Santo viene a curar lo que esté enfermo en nosotros, a flexibilizar lo que se haya endurecido. Si tuviésemos que realizar nosotros solos esa tarea, no lo lograríamos; incluso desistiríamos de intentarlo”[2].

El Espíritu vence mi orgullo, mis durezas, mis corazas. Con el Espíritu aprendo a doblegarme al querer de Dios. ¡Cuánto me cuesta ser dócil ante Dios! Y es verdad que también me cuesta mucho serlo ante los hombres a los que veo. No soy dócil. Quiero imponer mi opinión siempre, que prevalezca mi criterio, que se haga realidad mi deseo. No acepto los cambios de planes. No me doblego fácilmente porque me pesa el orgullo.

Quisiera ser un hombre manso. Para poder seguir a Dios con alma de niño. Ser manso es verdaderamente heroico. Es un don de Dios porque mi reacción ante lo que no quiero suele ser fuerte. A veces mi voz se eleva. Mis gestos son elocuentes. Me lleno de rabia en mi corazón. Mi rostro habla por mí aunque yo calle. Expresa todo lo que siento.

Ser manso como Jesús llevado al Calvario es un ideal que anhelo. Manso cuando cargo con el madero de la cruz como Jesús, en silencio. Sin defensa en el juicio. Sin resistencias ni quejas. Quiero ser como Jesús, un cordero llevado al matadero.

El silencio manso de Jesús siempre me conmueve. Se me rompe el alma al verlo sufrir. También a Jesús se le rompía el alma cuando veía el sufrimiento de los hombres. Ahora camina hacia la cruz con mansedumbre. Su voz guarda silencio ante las acusaciones injustas. No hay defensa. No hay rebeldía en el corazón.

Quiero ser manso y humilde para escuchar la voluntad de Dios y hacerla mía. Necesito aprender a escuchar. El papa Francisco decía hace poco: “Una de las peores enfermedades de hoy es la poca capacidad de escuchar. Como si tuviéramos los oídos tapados. No hay diálogo. Se empieza a dialogar con el oído. Oídos abiertos para escuchar. La lengua en segundo lugar. El oído va primero”. Quiero guardar silencio para saber lo que tengo que hacer.

Una persona me decía que llegaba al santuario y no dejaba de hablarle a Dios. Oraciones hechas. Repetidas. No había silencio. No lograba escuchar. Quiero callar para obedecer. Entender los gritos del Espíritu en mi corazón. Menos palabras y más silencios. ¡Cuánto me cuesta dejar de hablar!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Inauguran Expovida, una muestra sobre la vida humana y el aborto en España

MADRID, 24 Mar. 17 (ACI/Actuall).- Expovida presenta este viernes 24 de marzo en la sede de la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir”, su exposición sobre el desarrollo de la vida humana dentro del vientre materno en la que el visitante podrá ver la realidad del aborto, sus técnicas y sus consecuencias.

Jaime Mayor Oreja, político y antes ministro y presidente de la fundación Valores y Sociedad, será el encargado de inaugurar el evento en el que hablará sobre la situación actual del derecho a la vida en España.

Los materiales de la exposición cuentan con el respaldo de un comité científico formado por prestigiosos expertos en Bioética, Medicina, Embriología, Genética, Microbiología, Antropología y Ciencias Jurídicas.

La exposición, que es gratuita, estará abierta hasta el próximo 7 de abril en horario de lunes a viernes de 10 a 13 horas y de 15 a 18 horas en la sede de Santa Úrsula de la Universidad Católica de Valencia.

Expovida es una exposición cuyo objetivo es mostrar el desarrollo de la vida humana desde el comienzo en el vientre materno y la verdad acerca de lo que ocurre durante el período de gestación.

La tarde del sábado 25  25 será especialmente intensa y variada. A las 18 horas, el arzobispo de Valencia, el cardenal Antonio Cañizares, celebrará una Misa en la catedral con bendición de embarazadas.

A las 19 horas, en la plaza de la Virgen, la plataforma organiza un “flashmob” y al acabar, tendrá lugar la entrega de premios del VII Concurso de dibujo infantil sobre la vida organizado por Torrent Sí a la Vida.

La plataforma participará en la manifestación que se celebra en Madrid, el domingo 26 de marzo, convocada por la plataforma nacional Sí a la Vida, formada por más de 500 asociaciones y entidades cívicas.

Publicado originalmente en Actuall.

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— ACI Prensa (@aciprensa) 22 de marzo de 2017

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Love – Temporada 2: Nuestra cálida trinchera

En el segundo episodio de la anterior temporada de Love, el gesto de Gus (Paul Rust) de lanzar por la ventana de su coche sus Blu-rays románticos no era sólo una forma de definir al personaje –y a sus expectativas personajes y románticas–, sino también una declaración de intenciones por parte de sus creadores, que querían evitar, precisamente, caer en los tópicos hollywoodienses del género.

De ahí que, en lugar de ello, construyeran algo así como una comedia screwball patológica, con una historia de amor alimentada por los miedos, los celos y las inseguridades de unos protagonistas que, a medida que iban avanzando los capítulos, desvelaban que, bajo su fachada de normalidad –o de excentricidad cool, en el caso de Mickey (Gillian Jacobs)–, escondían graves trastornos personales, y unas heridas interiores mucho más profundas de lo que, inicialmente, se nos daba a entender. Eso es, de hecho, lo que les permitía encontrarse y reconocerse en su necesidad de normalizarse sentimentalmente, de encontrar cierta calma íntima.

Por eso mismo era complicado continuar su historia a partir del beso con el que finalizaba el último capítulo de esa primera temporada, El final del principio, sin caer en la trampa de lo edulcorado que los creadores de Love, Judd Apatow, Paul Rust y Lesley Arfin, habían intentando eludir. Así que tomaron una decisión notablemente inteligente: estructurar la temporada en dos partes que representaran otros tantos estadios de una relación sentimental sostenida en el tiempo.

Una primera que proyectara la etapa de la idealización, adentrándose –al menos, en apariencia– en el cenagal de la comedia romántica convencional, hasta culminar en un episodio, “Un día”, de una calidez, una melancolía, inesperadas dentro de la serie. Y otra segunda que representara una primera crisis emocional grave, que destruye, poco a poco, lo que habíamos visto hasta entonces –no es casual que el noveno capítulo, Cuidando una casa, fundamental para ese volantazo de tono, lo escriban a cuatro manos Apatow y Rust–, adentrándose en una espiral de miserabilidad y de abandono emocional que, paradójicamente, hunde lo suficiente a Gus y Mickey como para vuelvan a descubrir el refugio psicológico en el que se han convertido para el otro.

Claro que, para llegar a ese convencimiento, los creadores de Love arrastran a los personajes de Rust y Jacobs a través de una serie de proyecciones de sí mismos en forma de personajes secundarios que, en cierta manera, les impelen a reconocerse por puro contraste.

Desde la inenarrable relación sentimental entre Bertie (Claudia O’Doherty) y Randy (Mike Mitchell) hasta la convencionalidad de los matrimonios de las viejas amigas de Mickey, pasando por la superficial huida hacia adelante de Steven (David Spade), el padre divorciado de la joven estrella, Arya (Iris Apatow), a la que Gus da clases…

Aunque quizás sea el episodio en el que se asoma el padre de la protagonista, Marty Dobbs –interpretado por Daniel Stern–, uno de los que más apela a la necesidad de Mickey de enfrentarse a sus propios demonios, en lugar de huir de ellos o, lo que es peor, asimilarlos como una parte idiosincrásica de su personalidad. No se trata de madurar sino, simplemente, de no herirse a sí misma a cada paso.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Terrorismo y cine: Cómo explicar el atentado de Londres (y los demás)

Cuando suceden tragedias como la de los atentados de Londres hay dos tipos de reacciones. Las que lamentan las muertes de los inocentes y demonizan el extremismo y hasta a religiones enteras, y los que aseguran que estas cosas pasan porque arrasamos sus pueblos y matamos a sus familias desde aviones no tripulados por el control del petróleo. ¿Es esto cierto?

Comprender por qué pasan estas cosas es bastante más difícil de lo que uno pueda pensar. En principio, los atentados de Londres son obra del DAESH, una facción islamista que muchos consideraban el ala dura de Al-Qaeda, un grupo terrorista que se gestó en la guerra de Afganistán, cuando la URSS la invadió y cuyo líder, Osama Bin Laden, es un hombre que nacido en el seno de una adinerada familia saudí.

Aunque parezca mentira, el cine ha tocado todas estas cuestiones desde las ópticas más imprevistas. Por ejemplo, tan solo en los títulos de crédito de una película tan irrelevante como La sombra del reino se hace un análisis bastante detallado y acertado de la complicada relación entre Estados Unidos y Arabia Saudí. América representa “el mundo libre” pero los árabes tienen el petróleo. Además, por muy amigos que sean, hay una cuestión de la que mejor no hablar cuando se vean juntos…, Israel.

La creación del estado judío sigue estando en el meollo de todo lo concerniente con Oriente Medio aunque no se le mencione explícitamente. Éxodo sería un buen principio para entender por qué Israel es tan importante en la zona. Aunque también está Oh, Jerusalén, una propuesta un pelín insípida cuyo verdadero valor reside en el libro del mismo título en el que se inspira, obra de Dominique Lapierre y Larry Collins.

El Estado de Israel nació en las primeras fases de la Guerra Fría de hecho, si Estados Unidos intervino en la guerra de Afganistán fue porque no quería que los rusos se hicieran con el control de un país a medio camino entre dos estados tan inflamables como Irán y la India.

La guerra de Charlie Wilson nos recordó cómo nació el gran diablo americano. Estados Unidos financió y armó a los rebeldes afganos, pero una vez terminada la guerra, los abandonó a su suerte, que no fue otra que la guerra civil, la radicalización y Al-Qaeda. De hecho, los valientes afganos junto a los que lucha Silvester Stallone en Rambo III, son precisamente los mismos que años después atentarían en el World Trade Center.

Paralelamente, la primavera árabe encadenó revoluciones en países donde apenas se podía salir a la calle. La mayoría fracasaron, seguramente solo una triunfó, en Túnez, pero lo de Siria se fue de las manos. La revolución convirtió el país en un estado al borde del desahucio y esto fue aprovechado por el DAESH. Al menos, esto es lo que sabemos los mortales, porque luego llegan películas como Siryana (basada en hechos reales) que te desmontan los esquemas y que ponen en evidencia lo de siempre, la cochina avaricia del ser humano. El dinero, el verdadero diablo de todo esto. Como siempre.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya 25 muertos en Centroáfrica a manos de los yihadistas

La tarde del martes el grupo yihadista Seleka atacó una población en Bangassoy, República Centroafricana, donde hay una misión franciscana. Murieron al menos 25 personas. El obispo de la diócesis, el español Juan José Aguirre, confirma que «las religiosas y los dos sacerdotes están bien, pero han dejado un reguero de fallecidos. Esta madrugada los rebeldes también han entrado en otro pueblo de 15.000 habitantes y están tirando armas pesadas»

«Feliz Cuaresma, tiempo de cruz, tiempo de amor sepultado de cruces…». Así se despide monseñor Aguirre del email con el que la tarde del miércoles recordaba a esta redacción que muertos hay, diarios, en todas partes. Esta noche, los habitantes del pueblo en el que han entrado los guerrilleros de la Seleka, pasaron las horas en torno a los misioneros. «Me ha dicho uno de mis curas por teléfono satélite que tienen mucho miedo». Lógico. La zona donde se encuentra la misión franciscana sufrió la tarde del martes un ataque de los rebeldes, dejando a 25 muertos a sus espaldas.

El padre Gaétan Kabasha, también desde República Centroafricana, añade que desde el lunes los enfrentamientos entre facciones de la Seleka y los Antibalaka se han recrudecido. «Los enfrentamientos se saldaron con una veintena de muertos», afirma. Los habitantes de las poblaciones «huyen a las parroquias, donde son acogidos por los sacerdotes locales». Aunque algunos son asesinados, como los tres que murieron el miércoles al grito de «traidores».

Esta localidad, añade Kabasha, «está muy poblada y hay una gran mezcla de musulmanes y cristianos, se teme un derramamiento de sangre». Mientras, asevera el sacerdote, «los cascos azules brillan por su ausencia».

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya El bar: Una película fallida, pero buen retrato de la sociedad actual

Desde el año 2011 Álex de la Iglesia no ha parado de trabajar. De hecho, desde sus inicios, se puede decir que es uno de los cineastas que han rodado de manera más constante.

Casi a título por año, ha mostrado una más que evidente creatividad a la hora de poner en marcha proyectos muy diversos, siempre con su más que particular forma de entender el cine. Sin embargo, todas sus películas, desde Balada triste de trompeta, pasando por La chispa de la vida y Las brujas de Zugarramurdi, hasta Mi gran noche, sin olvidar, claro está, producciones anteriores a esa fecha como Crimen ferpecto, La comunidad o 800 balas, muestran un punto en común: la capacidad de Álex de la Iglesia para concebir un buen punto de partida para sus películas, las cuales, según avanzan, van perdiendo fuerza hasta convertir su último acto en un eclosión de caos y sinsentido que tiran por la borda gran parte de los logros que han mostrado durante el resto de metraje.

Por supuesto, ha habido mejores y peores propuestas, pero en ocasiones se tiene la sensación de que De la Iglesia se mueve entre la convicción de tener buenas ideas y la funcionabilidad de ponerlas en marcha con un sello visual personal que hará que sus películas sean fácilmente reconocibles.

El bar presenta todo lo anterior de una manera, quizá, muy enfatizada. Es una de las películas de De la Iglesia, en apariencia, más manejables: pocos personajes y escenarios, El bar parece emular a un episodio de cualquier serie de ciencia ficción que, a su vez, presentaba un aspecto de cine de serie B, casi barato.

No es el caso de El bar, seguramente, pero el director intenta transmitir esa sensación para, así, poder desarrollar una historia que avanza con un ritmo muy preciso, con ciertas detenciones de la acción bien medidas y recapacitadas, pero que tiene el problema, desde el inicio, de dejar claro el misterio acerca de por qué no pueden salir los personajes del bar.

Desvelado demasiado pronto, queda una película basada en los actores y las explosiones de acción desenfrenada marca de la casa, que tiene, en su clímax final, además, una resolución visualmente convencional y francamente fea.

Pero lo realmente interesante es el intento por parte de De la Iglesia de llevar a cabo un retrato de la sociedad española actual –que suponemos puede extrapolarse- medianamente complejo y crítico, partiendo de un conjunto de personajes que, cada uno de ellos, representa de manera clara un arquetipo social para, así, poner en su sitio a cada uno, si bien queda la figura del mendigo, esencial para el sentido de la película, que presenta un lugar incierto en una narración en la que, al final, queda claro que vivimos en una sociedad egoísta, sin valores, falta de escrúpulos y deshumanizada en la que, una mujer casi sin ropas, deambula por las calles sin que nadie tenga la decencia de ayudarla.

Aunque muy fallida, El bar puede ser un serio intento de hablar de algunos peligros sociales y humanos en los que estamos inmersos, creando una sociedad en la, ante la necesidad de supervivencia, todo vale y quedamos reducidos, ante los demás, a la nada.

Evangelización y Formación Cristiana Católica

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