#diocesisdecelaya @diocesis_celaya ¿Qué piensan los niños sobre el aborto?

¿Qué te imaginas que piensan los niños sobre la práctica del aborto? En este video, algunos niños, de diferentes edades, responden a la pregunta si les gustaría tener hijos, si pretenden tener una familia y si tendrían el valor de lastimar o matar a un bebé aún dentro del vientre de su madre. Sus respuestas, que no están contaminadas por ninguna especie de ideología, nos llevan a pensar qué hace que un adulto cambie de idea respecto al tema.

El video fue realizado por la Online For Life, una organización norteamericana que lucha para abolir la práctica del aborto en Estados Unidos.

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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Evangelizar a los punkis

Una mañana temprano estaba en el confesonario de mi parroquia cuando de golpe entró un punki, con cresta, cadenas y todo el atuendo típico. Pero la mayor sorpresa fue cuando entró en mi confesonario. Casi me da un vuelco el corazón. Se sentó ante mí y me preguntó: «Cura, ¿esto de qué va?». Yo, mientras recuperaba el aliento, le respondí con una pregunta: «¿Tú a quién imitas?». Me dijo una serie de personas que yo desconocía. «Pues aquí queremos imitar a Jesucristo», le respondí y le cité una frase del Evangelio: «Amad a vuestros enemigos». Entablamos un rápido diálogo donde él me preguntaba muchas cosas. En esto, se oyó otro portazo en la entrada, y entró otro punki, más estrafalario que el anterior.

Las señoras que estaban rezando en el templo estaban muy asustadas. El nuevo, al ver al otro dentro del confesonario, empezó a reírse, mientras le sacaba fotos. Yo pensaba: «Lo que me faltaba, ahora me sacan en las redes sociales». Le dijo: «Anda tío, sal de ahí, que nos tenemos que ir». Salieron los dos. Yo salí detrás de ellos. Vestido con alba y estola, me encontré en la calle con al menos otros 20 punkis que daban pánico.

Me fui presentando uno a uno, como si nada, dándoles la mano. Algunos decían blasfemias, otros preguntaban cosas y la mayoría estaban más asombrados que yo. Yo les contaba, como podía, por qué me había hecho sacerdote. El jefe, que era el que había entrado en la Iglesia, se sinceró y me dijo que se iban a una manifestación: «Nos vamos a dar leña y meter miedo, y así ayudamos a la gente a salir de su mediocridad». Le respondí, mientras me temblaban las piernas, que a mí me gustaba más dar paz a la gente. Cuando se marcharon pude respirar.

Escrito por José Manuel Horcajo / Párroco de San Ramón Nonato en Alfa y Omega

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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya María: la verdadera confianza

La actitud de María ante la adversidad es un ejemplo del que podemos aprender mucho para crecer en un valor tan importante como la confianza.

La confianza está devaluada. Parece que vivimos con la única certeza de que alguien nos engaña constantemente. Desconfiamos en todos los niveles: desde quien se acerca a preguntarnos la hora en la calle hasta de las promesas políticas, pasando por la autoridad, el padre de familia, el maestro, los amigos, etc.

Mucha de esa suspicacia se nutre de las malas experiencias que hemos padecido. Sin embargo, en nuestra desconfianza a veces interviene también una gran falta de visión sobrenatural y un profundo pesimismo, incompatibles con los verdaderos cristianos.

No se trata de ser ingenuos ni optimistas gratuitos que van por la vida sin criterio alguno, fiándose de todo y de todos. La confianza de los hijos de Dios tiene su raíz en la fe que nace del amor a la voluntad divina. El mejor ejemplo de la confianza que debe privar en cualquiera de nosotros es María Santísima.

El Catecismo es muy claro al respecto: “Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf. Lc 2,35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el “cumplimiento” de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe”.

La Virgen toma la fuerza necesaria para cumplir su misión de esa confianza plena en el Señor y, por eso, la Iglesia puede llamarla: “la realización más pura de la fe”. Cuántas veces no tambaleamos ante la menor adversidad y nos dejamos llevar por la inquietud, propia del niño que no confía plenamente en su padre.

La vida no es fácil, cierto, pero no la vivimos solos. Ese es exactamente el sentido de la filiación divina, vivir conscientes de que somos hijos de Dios y actuar en consecuencia: “todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

La mayoría de las veces, las cosas no saldrán como las habíamos planeado. A María le sucedió; sin embargo, no hubo reclamo, queja o atisbo alguno de pesimismo, sino confianza en que Dios estaba con ella. Y esta seguridad nace de la entrega a la voluntad divina, de la plena identificación con el querer de Nuestro Señor.

Porque quien mira el mundo con ojos cristianos no es un crédulo que supone que Dios lo arreglará todo, en caso de que las cosas salgan mal. El verdadero cristiano pone todo de su parte para que todo vaya de la mejor manera, pero si en ese proceso surge algún inconveniente, sabe también que Dios dispuso otra cosa y que, por eso, aquellas circunstancias también nos convienen.

Aquí aparece de nuevo el ejemplo de María, quien pone en juego su personalidad entera para el cumplimiento de la tarea recibida, una tarea que de ningún modo le resulta extraña porque la ha hecho suya con base en su amor a Dios, en su abandono a su voluntad.

Urge devolver la confianza a nuestro entorno. Para ello, lo primero es fortalecer nuestra fe, tratar intensamente a Nuestro Señor en la oración y pedir su ayuda con humildad y plena esperanza. Sólo así podremos confiar en nosotros mismos y, muy importante, confiar en los demás, que también son hijos de Dios.

Artículo originalmente publicado por encuentra.com

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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Francia: Pésame del Papa Francisco por grave accidente que dejó 42 muertos

VATICANO, 24 Oct. 15 (ACI).- El Papa Francisco expresó su pesar y cercanía espiritual por el grave accidente de tránsito ocurrido en Francia ayer en el que fallecieron al menos 42 personas, el más grave ocurrido en el país en los últimos 30 años.

El Santo Padre envió sus condolencias a través de un telegrama firmado por el Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Pietro Parolin; y enviado al Arzobispo de Burdeos (Francia), Mons. Jean-Pierre Ricard.

El texto indica que “al enterarse del trágico accidente ocurrido en Puisseguin, entre un autobús que transportaba a personas de la tercera edad y un camión, que ha dejado numerosas víctimas, Su Santidad el Papa Francisco acompaña con su oración la tristeza de las familias en duelo y confía a las víctimas a la misericordia de Dios para que sean acogidas en su luz”.

Questions raised over ‘accident-prone’ road where French bus crashed killing 42 pensioners https://t.co/wWeCeCEgDt pic.twitter.com/nmDs5Ll7WC

— Daily Express (@Daily_Express) octubre 23, 2015

El día de ayer 42 personas, en su mayoría ancianos, murieron luego que un autobús y un camión chocaran y se incendiaran en un camino rural cerca de Puisseguin, a unos 60 kilómetros al este de Burdeos.

El autobús transportaba a unos 50 jubilados desde el pueblo de Petit Palais y se dirigía a la costa atlántica francesa.

En el telegrama enviado al Arzobispo de Burdeos, el Papa también “expresa además su cercanía espiritual a las personas heridas y sus familias; así como a los rescatistas. Como expresión de consuelo, el Santo Padre envía una especial bendición apostólica a todas las personas tocadas por este drama”.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Siempre hay alguien amándote

En el corazón de María no hay defensas. Ella no tiene barreras. Allí puedo descansar como un niño en brazos de su madre. María tiene un alma inmensa libre, sin orillas. Un alma en la que mi barca puede navegar tranquila.

Me gusta el poema del P. Joaquín Allende: “Muro de hielo, torrente de montaña, bajando desbocado, sin remansos ni playas. Así era mi alma antes de que Tú llegaras, antes de tu vida sosteniendo la mía, antes de tu barca tomando posesión de mi historia. Desde cuando acepté que me alzaras como río en el hueco de tu mano, para hacerme el alma navegable con la temperatura de tu paz. Desde entonces pueden recorrerme los navíos y los débiles, sin peligro de encallar en mi dureza, pueden recorrerme a su velocidad mejor, pueden por merced tuya María, pueden dentro de mí, alcanzar el océano del Padre”.

María no tiene el alma dividida en compartimentos estancos. Su alma es navegable. Limpia, honda, pura. No hay cajones en su interior. Me conmueve. Tengo cabida en Ella. Todos tienen cabida.

No necesito pertenecer a ningún grupo para estar en Ella. No necesito ser especial, ni estar sano. Ni tener muchos talentos, ni llegar sin haber cometido ningún pecado. Basta con que quiera estar a su lado. Descansar en sus brazos.

Mi alma suele estar dividida en muchos compartimentos. En ellos voy colocando los distintos aspectos de mi vida. No se comunican. Uno al lado del otro. Mantengo cerradas las cajas en las que se encuentran los problemas y los miedos. Así todo parece más seguro.

Mi alma tantas veces es un muro de hielo, un torrente desbocado. No hay remansos ni playas. No hay paz en todas sus orillas. Caigo en el error de clasificar a las personas por sus talentos, por sus defectos. Las coloco en un cajón, las saco de otro. Y así clasifico y juzgo y condeno.

Me gusta el alma de María que no tiene cajones. No hay nombres que separen. Ni divisiones que excluyan. Todos caben dentro. En un mismo lugar común que vale para todos. Me conmueve. No hay carta de presentación, ni títulos que pueda presentar en mi defensa. En María todos caben.

Mi alma puede llegar a parecerse un poco a la de María. Algún día, si me dejo educar por Ella. Mi alma cabe como un río en el hueco de su mano. Y Ella la hace navegable. No sé cómo, pero lo logra.

Y entonces muchos podrán navegar por mí, como yo navego por María. Sin juicios. Aceptando al ciego y al mendigo. Al rico y al poderoso. Todos en el mismo lugar. Sin distinciones.

Me gustaría ser así. Siempre libre. Sin defensas. En la vida me gustan las defensas, los muros, las divisiones. Separo y divido. No me gusta hacerlo y lo hago. El mendigo a un lado, al borde del camino. El discípulo amado, en el mejor puesto.

No me gustan los compartimentos pero los tengo. Los grupos cerrados. Las clases que dividen.

A Jesús, como a su Madre, no le gustan los grupos. Para Él no había divisiones. Él no juzga por el nombre, por la apariencia. Tiene un alma grande y libre como la de María. Un alma sin divisiones, como la que yo suplico cada día. Un alma pobre.

Creo que a veces me falta la actitud de los niños para mirar bien a Dios. Su actitud libre, confiada y sencilla. Me cuesta orar con el corazón, con la inocencia de los niños que yo ya he perdido.

Mi fe se vuelve superficial muchas veces y me falta la confianza del abandono. Calculo, estudio, mido. Y no me abandono. Me cuesta rezar y descansar en Jesús como los niños en los brazos de su madre.

Dios no llega a mi subconsciente, porque no le dejo. No penetra en el fondo del alma, no llega al corazón, a lo más íntimo de mi ser. ¿Por qué no me dejo tocar por su mano? ¿Por qué pongo defensas a su amor infinito?

Quisiera ser confiado como los niños, libre como los niños. Me gustan los niños que disfrutan de la vida, aprovechan cada instante, saborean el presente.

Pero es verdad, lo sé, que ser niño no es sólo disfrutar. No es una actitud inmadura ante la vida. Todo lo contrario. Queremos ser esos niños maduros que confían y entregan con amor su corazón por entero.

Así lo explica el Padre José Kentenich: “La infancia espiritual no es ante todo disfrutar sino entregarse. Consiste en arriesgar un máximo de amor basándose en un mínimo de conocimiento puramente natural[1].

Ser niños nos exige aprender a confiar en el amor de Dios, en su misericordia. Creer que Él camina con nosotros. Pero a veces nos falta esa actitud confiada en la vida. Hacemos planes y nos apegamos a ellos.

Me falta esa mirada llena de asombro: “¡Cuán grande es la capacidad de asombro de un niño!”[2]. Y yo me cierro. Me falta unir mi vida cotidiana con Jesús que pasea por la ribera del mar de mi vida.

Pasea por mi playa, por mi arena y yo voy a lo mío. Se detiene ante mis dolores y no le veo. Se conmueve con mis lágrimas y ríe con mis torpezas.

A veces veo que mi fe se tiñe de protestantismo. Como si creyera en un Dios ausente y lejano, en un Dios que no interviene en mis obras y yo vivo sin notar su mano. Hago y deshago, sin escuchar lo que Él desea.

Quiero aprender a alabar a Dios por la belleza de mi vida. Sorprendido ante los milagros pequeños de cada día. Me falta ingenuidad para mirarme bien y mirarle a Él mejor de lo que lo miro.

Me falta mirar más con el corazón mi propia vida, a los hombres, a Dios. Sin caer continuamente en la condena y en el juicio, en la sospecha y el rechazo. Me gustaría abrir más mi alma para que Dios pudiera vivir en mis oscuridades y sembrar algo de luz allí donde yo no logro descifrar bien los caminos.

Quiero ver y no vivir ciego a su paso por mi vida. Quiero saberme amado por Él, cada día, haga lo que haga, pase lo que pase. Quiero aprender a sentirme amado siempre. Y poder servir así siempre desde el amor.

La vida es más para alabar que para llorar, más para dar que para recibir, más para disfrutar el momento que para lamentar las pérdidas. Más para agradecer que para lamentarme.

Nos quedamos tantas veces prendidos en el pasado. Llorando por las cosas que no tenemos, por los logros que no alcanzamos. Decía el Padre Kentenich: “Suelen atormentarnos preocupaciones relacionadas con nuestro pasado. Pero lo pasado, ¡pisado! Sólo debo preocuparme de vivir despreocupado; porque el Padre es el que empuña el timón de la barca de mi vida[3].

La misericordia de Dios en mi vida se manifiesta de muchas maneras. En el dolor y en las alegrías. En el fracaso y en el éxito. Dios está siempre, no se muda, no me abandona.

Siempre quisiera vivir con gratitud. Mirar agradecido. Dios me da la luz en la cruz y en el dolor. Ilumina mis pasos, sostiene mi cansancio. Es importante alabarle en todo momento y no dejar de sorprenderme por todo lo que hace por mí.

Sé que el demonio me tienta a menudo cuando no logro experimentar su amor y me creo abandonado, sólo, arrojado en medio de la vida. Y me hace creer que Dios se ha olvidado de mí para siempre.

Pero es mentira. Él me cobija en sus brazos. Me saca del abismo en el que me encuentro. Me cuida con amor de madre. Soy un privilegiado por saberme hijo de Dios. Dios me cuida. Me sorprendo siempre de nuevo.

Dios lo puede todo y hace lo que yo no puedo hacer. Dios está ahí. Siento su amor de tantas formas. Me gustaría recordar siempre cuánto me ama Dios. Me muestra su amor. Su cercanía.

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

[2] J. Kentenich, Niños ante Dios

[3] J. Kentenich, Niños ante Dios

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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya ¿Eres tú de los que siempre dice: “No me alcanza el tiempo”?

Qué fugaz esta existencia nuestra. Los días parecen correr más apurados que nosotros mismos. Entre las obligaciones, la movilización de un lugar a otro o los plazos que tenemos vamos recorriendo este camino humano. “No me alcanza el tiempo” es algo muy pronunciado por nosotros. Parece que estamos en lucha contra el tiempo.

¿Es algo propio de la modernidad? ¿El tiempo se acortó con la llegada de la sociedad industrial? Las veinticuatro horas son las mismas ayer y hoy. No sabemos si mañana también, pues el juicio puede llegar en cualquier momento. La sociedad industrial y sus derivados han introducido en nuestra vida muchas actividades y preocupaciones propias de un modelo donde el centro no va siendo la persona humana, sino la producción económica o el beneficio.

Sin embargo en la antigua Grecia también se padecía por la falta de tiempo. O, mejor dicho, por la impotencia ante el avance indefectible del tiempo. La mitología nos ha dejado el recuerdo de Cronos, devorador de sus hijos, insensible ante el dolor que esto pudiera ocasionar. Cronos era un tirano. Cronos era tan dueño del mundo que podía comer a sus propias criaturas y seguir viviendo. Es buena esa percepción del tiempo como consumidor voraz que no se detiene ni ante su propia obra. Algo de esa angustia padecemos hoy cuando vemos que el tiempo no nos alcanza, que parece ser el principal consumidor y a quien ni el mejor de los tributos satisface. Eso se ha contagiado hasta en los modelos de vida: se tiene como un valor parecer más joven, “jóvenes” de 60 quieren aparentar ser “criaturas” de 30… y así sucesivamente.

¿Cómo se ubica un cristiano ante el tiempo? No somos servidores de Cronos. Somos hechos en el tiempo, pero con vocación de eternidad. Debemos juzgar el hoy desde lo eterno. Tomar nuestras decisiones con peso de eternidad, no de la coyuntura. El cristiano sabe que Cristo ha asumido el tiempo y es llamado “Alfa y Omega”, principio y final. Cristo no nos consume. No nos apura. No devora nuestro sagrado tiempo: lo comparte con nosotros, lo santifica y nos lo llena de vida. Sin Cristo el tiempo es el desalmado Cronos. Con Cristo el tiempo es “kairós”: momento de salvación. Todo tiempo cristiano está lleno del amor de Dios y es invitación permanente a acoger su gracia y compartirla.

Un cristiano vive en permanente tiempo de salvación. Su vida cotidiana se desarrolla en medio del don de la salvación traída por Cristo: sea que haya pecado o esté en gracia. ¿Y qué decir de las “horas muertas”? Desde la perspectiva de la producción o eficiencia son muertas. Desde la perspectiva de la fe están llenas de sentido y no son muertas. Un tiempo en el metro, el bus, el auto o detenido en el tráfico es tiempo de salvación. Hacer una fila larga, estar con otra persona más tiempo del que hubiese querido son momentos en los que Cristo está presente. Debo aprender a advertir su presencia salvadora, así como a aprender a ver a la otra persona del mismo modo como la ve el Señor.

Afinemos un poco más: el tiempo no alcanza para todo lo que quisiera hacer: a muchos, creo, nos pasa. Pero ¿me tengo que pelear con el tiempo y volverme lo más eficiente posible para hacer todo lo que debo? No estaría tan seguro. Creo que debemos partir del principio de que el tiempo es un don de Dios, del que nosotros somos administradores. Si las cosas son así, entonces el tiempo será un don del que yo soy administrador. Y perder el tiempo será mal utilizar el don dado por Dios para mi salvación y la de los demás. Un tiempo sin amorizarme será tiempo perdido. Un tiempo sin poder llegar a realizar todo lo que hubiese querido porque tuve que distraer mi quehacer para vivir la caridad es tiempo ganado. El tiempo no es oro. El tiempo es eternidad de amor hecho carne en Cristo y compartido a nosotros, los hombres.

Rafael Ísmodes Cascón

Artículo originalmente publicado por Centro de Estudios Católicos

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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya El flash-mob franciscano que invita a los jóvenes a amar

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En la Piazza della Signoria, en Florencia, se reunieron un grupo de franciscanos junto a jóvenes de la diócesis para realizar una danza con el mensaje #Liberiperamare, una iniciativa de promoción de la libertad y el amor.

Evangelización y Formación Cristiana Católica

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