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#diocesisdecelaya @diocesis_celaya “Este es mi hijo muy amado”



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

El contexto social, político y religioso del pueblo de Israel, en el tiempo de Jesús, no era para nada favorable. Se vivía bajo el yugo del imperio romano, que además del control político, quitó a los sumos sacerdotes y puso a otros a su conveniencia, con el fin de tener también un control religioso. De ahí que cualquier movimiento religioso o político que no fuera con los intereses imperiales era imposible que prosperara. Con esto, el pueblo veía imposible ver cumplidas las promesas divinas hechas a Abraham y a los demás antepasados.

Por parte de los judíos, existían algunos grupos significativos, como los zelotes, provenientes del movimiento de Judas el Galileo, quienes consideraban que era necesaria la violencia para lograr un cambio. Estaban los fariseos, quienes tenían un apego escrupuloso a la ley; los saduceos que pertenecían a la clase aristocrática y sacerdotal y se consideraban gente ilustrada. Igualmente, existían los esenios. Cada grupo intentaba influir a su modo.

Todo al final, expresaba un clima de movimientos, esperanzas y visiones, muy contrastantes y nada favorables. El pueblo se sentía abandonado por Dios. Mas es, en ese clima, donde tiene cumplimiento la profecía de Isaías: “Una voz clama: Preparen el camino del Señor en el desierto. Construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios… Entonces se revelará la gloria de Dios”. Y en respuesta a ello aparece Juan el Bautista.

Juan el Bautista propone algo absolutamente nuevo: sus ritos no son uno más entre otros ritos judíos, ni buscan un fin en sí mismos. Su rito bautismal exige comprometer la existencia. Su bautismo exigía el arrepentimiento y el compromiso a un nuevo modo de vida. Y lo más importante, Juan vincula aquel rito con Alguien que ya viene y que es más grande que él. Por tanto, su misión es anunciar algo muy importante que está por suceder.

Venían al Jordán de Jerusalén y en general de Judea, confesaban sus pecados y eran bautizados; pero un día sucedió algo nuevo, llegó alguien de Galilea: Jesús. Como dice el evangelio: “Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado”. Para Juan era algo incomprensible e inadmisible. ¿Cómo que el esperado, el grande, estaba en la fila de los pecadores para ser bautizado?

Con este hecho, nos trasladamos del pesebre al Jordán. Cristo se formó en la fila de los pecadores para desde ahí, a los treinta años, que era la edad para poder participar de modo oficial en una actividad pública, cargar con los pecados de todos, iniciando así un proceso que culminaría en la Cruz y en la Resurrección. Jesús, carga con la culpa de la humanidad, entra con ella al Jordán e inicia la vida pública, poniéndose en el lugar de los pecadores (Cfr. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, p. 40).

Y sucedió que mientras oraba, del Cielo se oyó una voz que decía: “Esté es mi hijo muy amado”. Como dice el mismo Ratzinger, se trataba de un adelanto a la resurrección, y sólo a partir de ahí se puede entender el bautismo cristiano.

La fe judía, igual que los ritos de otras religiones, fueron perdiendo fuerza a partir de que se centraban en ritos vacíos que no comprometían la vida, ni hacían entrar en la dinámica de la vida de Dios. Pero desde el bautismo de Juan el Bautista y el inaugurado por Cristo, bautizarse es comprometerse a entrar en una dinámica nueva de vida. Es comprometer la existencia y permitir que Cristo cargue con lo que más nos pesa, nuestros pecados.

El proyecto de Dios, que parte del pesebre y se retoma ahora en el bautismo de Jesús, nos descubre el sentido de nuestro propio bautismo: que cada bautizado sea de verdad una persona nueva, arraigada en Dios y comprometida seriamente con el mundo; como de hecho lo hizo Jesús.

Las tremendas controversias y pobrezas humanas del mundo, como lo estamos viviendo en México, sólo tendrán solución en algo absolutamente nuevo: Jesús; que hace nuevo al ser humano.

¡Hagamos valer la grandeza de nuestro bautismo!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Un Dios para todos



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

Fiesta de la Epifanía

La imagen del pesebre sigue presente y, desde ahí, seguimos aprendiendo la grandeza del misterio del niño que nos ha nacido. La fe de María y de José ha sido contundente en todo este acontecimiento. Con el amor más puro, no sólo han acogido al salvador del mundo, sino que además lo han presentado para todos. Hemos aprendido la humildad y la alegría de los pastores que se regocijan, van a verlo y comparten esta inaudita noticia.

Ahora aparecen los magos: “Unos magos de oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: ¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo” (Mt. 2, 1.2).

Se pueden subrayar dos dimensiones de la salvación expresadas en la presencia de los magos en el pesebre:

Una, el hecho de los magos envuelve elementos científicos, culturales y religiosos propios de los pueblos del oriente antiguo para darles un significado más alto a partir de la identidad y misión de Jesús, revelado en el pesebre. La salvación no es una cuestión meramente sentimental ni espiritualoide, sino algo que debe calar en el entender del ser humano. Por eso, la misma ciencia y demás expresiones culturales y religiosas encuentran su máximo sentido en la medida que se conectan con las verdades reveladas en Jesús. La fe cristiana no discrimina ningún esfuerzo humano que busca entender, solo clarifica y redimensiona. Ya decía San Juan Pablo II que la fe y la razón son como dos alas que elevan el espíritu humano hacia la contemplación de la verdad (Fe y Razón). Y eso es exactamente lo que sucede con los magos, que para su tiempo eran los hombres de ciencia.

En los países del entorno a Palestina, era común la ciencia astrológica y a partir de sus estudios, se tenía la firme convicción de que todo niño nacía en una coyuntura astral, por lo que todo niño tenía su estrella. Pero cuando aparecía una nueva estrella o se daba la combinación de dos, significaba que algo nuevo estaba por suceder, un cambio significativo venía para la historia humana. Por su parte, en la constelación persa, 7 años antes de la era cristiana se habrían conjugado Júpiter y Saturno. Júpiter era considerado universalmente como el astro soberano del universo; mientras que Saturno, para los babilónicos, era el astro de Siria y para los astrólogos helenistas era el astro de los judíos. De ahí que ante la conjugación de estos dos astros (planetas), los astrólogos del tiempo estuvieran atentos a algo nuevo, por lo que no dudaron en dar seguimiento a la aparición de una nueva estrella, la que les llevaría al portal de Belén.

Y la otra dimensión, que se desprende de la presencia de los magos, es que el Dios que se ha hecho presente en un niño envuelto en pañales, no es exclusivo de nadie. “Es un Dios para todos”. Por tradición, estos personajes representan las diversas razas de la tierra, por lo que ya no será sólo el Dios de Israel, sino de todos los hombres. Estos personajes ilustres vienen al pesebre con un fin muy preciso: ratificar, en nombre de todas las razas, la dignidad única del niño que ha nacido. Y nos enseñan algo extraordinario: reconocen al nuevo Rey, sin escandalizarse de su pobreza. Diferente a los doctores y a los especialistas en las Escrituras que no lo reconocieron. Los magos nos enseñan que la humildad y obediencia religiosa son sensibles a los signos de los tiempos y a la manera sencilla de manifestarse de Dios. Diferente a los que, por soberbia, creen saber mucho y se pierden de lo más sagrado, sencillo y trascendente de la vida.

Los magos nos enseñan que cualquier pueblo, raza o cultura puede reconocer, en el niño que nos ha nacido, al nuevo Rey del universo. Al Rey que trae nuevas reglas: el amor, la benevolencia, la tolerancia, la generosidad y todo lo que provoca hermandad. Es el Rey que viene para liberar. Por eso, como Rey, le ofrecieron el oro. En el niño reconocen al Dios que perdona y merece ser amado por encima de todas las cosas, por eso le ofrecen el incienso. Y le ofrecen la mirra porque reconocen en el niño Jesús al hombre que enseña, que humildemente viene para servir, que con su sufrimiento pagará el rescate de todos y que se hace presente (hoy en el Pan y el Vino).

Con este hecho, que exalta la identidad de Jesús, se dan por cumplidas las esperanzas judías, pero también las esperanzas de todos los hombres. Por eso, dice el profeta: “mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria” (Is. 60, 2).

¡Que te adoren, Señor, todos los pueblos!

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Señor, sacia nuestra hambre

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

XVII domingo del tiempo ordinario

¡Cuánto le duele a Dios que muchas personas sigan muriendo de hambre! Por cada persona que pasa hambre, Dios nos pregunta: ¿dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho con él? ¡Y pensar que más de 795 millones de personas en el mundo no tienen lo suficiente para comer! El hambre mata más personas que el sida. 66 millones de niños van con hambre a la escuela. En México, 70% de los municipios que concentran el 30% de la población, padecen serios problemas de hambre. 

Muchos, evadiendo la responsabilidad humana, se preguntan ¿Si Dios existe y si es bueno, entonces por qué en el mundo existe tanta miseria? Jesús que multiplicó los panes, ¿no debería de multiplicarlos todos los días y darle de comer a todos los que no tienen? Sin duda, Jesús puede y debe multiplicar los panes. Más aún, sí lo hace.

El problema no está en Dios, sino en que el egoísmo humano no permite a muchos voltear a ver al hermano. Dice el Papa Francisco: “no se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil” (EG 52). Como señalaba san Juan Pablo II, a pesar de la pobreza extrema en el mundo, “se ven a menudo manifestaciones de egoísmo y ostentación desconcertantes y escandalosas” (Sollicitudo Rei Socialis, 14).

Debemos convencernos de verdad que el Evangelio es la buena nueva que puede revolucionar el mundo, pero mientras el ser humano siga enfermo del corazón y no se abra a la verdad de Dios, la miseria seguirá creciendo más y más. La solución a la miseria humana no son las cruzadas contra el hambre, ni algún otro sistema asistencialista, pues eso sólo crea más pobreza, por la cultura del paternalismo. Los programas asistencialistas valen para casos concretos, pero no pueden adoptase como solución social. La solución debe ser algo más profundo que transforme el interior del ser humano, como lo propone Dios, de lo contrario no surgirán las verdaderas estructuras sociales que generen un desarrollo integral.

El Evangelio nos presenta a Jesús enseñando a la multitud, enseñándoles las verdades que hacen vivir. Y es ahí que le pregunta a Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” Le respuesta de Felipe: “Ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan”. Efectivamente, los cálculos humanos, por sí solos, siempre serán insuficientes para dar respuesta a las necesidades humanas.

Pero viene la siguiente parte del acontecimiento: Andrés le dice a Jesús: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados”. Para Jesús hay algo importante, aquel joven no solo trae cinco panes y dos pescados, sino que, sobre todo, está dispuesto a compartirlos. Igual pasa con Eliseo, quien recibe las primicias, y él en vez de guardarlas para sí mismo, pide que las repartan a la gente (Cfr. 2 Re. 4, 42).  Esto marca la gran diferencia.

Si pensamos, por ejemplo, en un empresario, existen los ambiciosos que quieren acaparar y adueñarse de todo, crean sistemas y estructuras de explotación, para captar riqueza y más riqueza. Pero igual, hay quienes, con gran responsabilidad hacen de su empresa no solo un medio de empleo que da sustento a más y más familias, sino que además se preocupan por hacer de sus empresas un espacio de crecimiento también humano, en bien de sus trabajadores.

¡Cómo se le facilita a Dios ayudarnos en las diversas situaciones de la vida, cuando también nosotros estamos dispuestos a colaborar con lo poquito que somos y tenemos! Tanto el joven del Evangelio, como el profeta Eliseo podrían egoístamente asegurarse a sí mismos y olvidarse de los demás, pero no fue así. Este es uno de los puntos difíciles de vencer en el mundo. En realidad, ¿qué sería del mundo si nos atreviéramos a vencer tantos egoísmos, si venciéramos tantos intereses individualistas? Por eso, ante el desprendimiento de aquel joven, Jesús hace la indicación: “Díganle a la gente que se siente”. Comió toda la gente y todavía recogieron las sobras.

¿Señor, sin tu ayuda qué podrían valer las pequeñas cosas que a veces ciegan nuestro corazón? Tú eres nuestro alimento, pero ayúdanos a entender que desde lo poco, podemos colaborar para que la vida le sea mejor a muchos.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Dios es amor



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

VI Domingo de Pascua

“Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida” (Benedicto XVI, Dios es amor, 1). Ahí radica la esencia de la fe cristiana. Sólo el amor puede colocar al hombre en los horizontes en que fue pensado por Dios. Fuera de esto, todo nos enferma, el corazón acumula odios, confusiones, egoísmos, rivalidades, etc.

Los griegos, teniendo cuenta sólo del amor meramente humano, el amor Eros, ya decían que el amor es una potencia divina, que le permite al hombre experimentar la dicha más alta. Así, ante el amor, decía Virgilio, todas las demás potencias entre cielo y tierra parecen de segunda importancia. De ese modo, decía: el amor todo lo vence, por tanto rindámonos también nosotros ante el amor (Cfr. Las Bucólicas, X, 69). Si esa visión se tenía del amor en su experiencia sólo humana, ahora imaginemos lo que encierra la infinitud del amor de Dios.

Creemos en Dios por el amor que nos ha mostrado en Cristo, sobre todo a partir del acto sublime de la Cruz. Ahí, en el hecho de la Cruz, “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo. Esto es el amor en su forma más radical” (Benedicto XVI, Dios es amor, 12). Por eso la afirmación del apóstol: “Dios es amor” (1 Jn. 4, 8). Verdad que sólo desde el misterio de la Cruz se puede comprender en su máxima profundidad. Dios sabe que su amor nos hace vivir, por eso nos amó hasta el extremo, porque quiere que el hombre viva.

Señala San Juan: “El que no ama, no conoce a Dios”, a lo que podemos añadir: y tampoco se conoce a sí mismo, pues sin amor, el ser humano permanece incomprensible para sí mismo (Juan Pablo II). En cambio, el que ama, amando al prójimo se reafirma a sí mismo. El ejemplo es Cristo, quien mostró de modo pleno su identidad cuando su amor llegó también a su plenitud. Desde la Cruz reafirmó al hombre en su dignidad más alta, pero también así logro reafirmarse Él mismo como el Mesías.

Si los griegos ya señalaban que el amor es una potencia divina presente en el hombre, la fe nos permite entender que el amor es el único camino válido. Pues el amor enlaza al hombre con su origen y con su fin máximo, es decir, con Dios. Pero además, la fe custodia el camino del amor. Los griegos admiraban la grandeza del amor eros, pero, en nombre de ese mismo amor, muchas veces cometían locuras inhumanas, como de hecho sucede a menudo en nuestro tiempo. En cambio, la fe permite que el amor no se contamine; al contrario, el amor iluminado desde la fe, siempre dignifica, fortalece y logra las más altas pertenencias interpersonales.

En el amor, guiado por la fe, viven una pertenencia de modo sustancial los miembros de una familia, los amigos, los vecinos. Y sobre todas las cosas, el creyente vive una pertenencia mutua con Dios. Por el amor, le pertenecemos a Dios como creaturas y le podemos pertenecer como hijos. Pero lo más sublime: por amor, Dios nos pertenece a nosotros. Se hace nuestro. Es nuestro Dios. Así lo vivimos en los sacramentos, especialmente en la comunión, donde Cristo amorosamente se hace nuestro y nos acompaña en la vida cotidiana.   

         Cuando el amor guidado por la fe no es el camino, entonces el corazón egoísta se satura en pretensiones que le ahogan y enferman.

La propuesta de Jesús es: primero, “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor” (Jn. 15, 9). Segundo: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo les he amado” (Jn. 15, 12). ¿Para qué intentar otros caminos que nos han dado tan malos resultados?

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Que nuestra vida sea muy fecunda

V Domingo de Pascua

Pbro. Carlos Sandoval Rangel 

“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, Él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto”. “Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanecen en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí” (Jn. 15, 1ss).

Pero ¿cuáles son esos frutos que nos pide Jesús? Se trata de los frutos que nos humanizan, los que nos permiten una convivencia más sana, que a la vez nos permiten crecer en santidad. El Papa Francisco nos pone algunos ejemplos muy simples: si una señora va al mercado y ahí se encuentra a su vecina “y comienzan a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: No, no hablaré mal de nadie”. Y si esa misma señora escucha con paciencia y afecto a su hijo que le cuenta acerca de sus fantasías. “Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Esos son los frutos que nos pide Jesús (Gaudate et exsultate, 16). A veces la oportunidad de dar fruto aparece en las cosas más cotidianas de la vida, otras veces las circunstancias nos pone exigencias más altas. Lo importante es, que mientras el mundo merece personas más amables, serviciales, emprendedoras, nobles y abiertas a los demás, nosotros, como dice el Papa, no nos instalemos en nuestro modo cómodo de vida.

No podemos dar frutos solo desde una interpretación pragmática y materialista, tan común del tiempo actual, donde se valora a las personas en la medida que produzcan bienes y servicios en bien del fortalecimiento socio-económico de una sociedad. Esta mentalidad el Papa Francisco la denomina la cultura del bienestar, que nos anestesia, lo cual nos lleva a excluir a los que no producen, viéndolos como un estorbo (E. G. 54). Por eso al progreso material hay que infundirle mucha esencia humana y cristiana.

Bajo la mentalidad meramente materialista, siempre habrá personas que estorban, que se ven mal, que se convierten en una seria carga, como pueden ser los enfermos, los ancianos, los discapacitados, entre otros. Cuesta trabajo sentirles parte de nuestra vida. Incluso a muchos que no producen pero sí consumen, sutilmente se les va quitando la categoría de personas. Cuando idolatramos lo material, perdemos la primacía del ser humano (E. G. 55), lo cual es el origen de tantos males en el mundo.

Los frutos que Jesús nos pide son algo mucho más sencillo y profundo. Él quiere que trabajemos por la consolidación de comunidades verdaderamente humanas, cimentadas en los valores del evangelio, como ocurría con los primeros cristianos: “En aquellos días, las comunidades cristianas gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria, con lo cual se iban consolidando” (He. 9, 26-31). Los buenos frutos del Evangelio favorecen la paz, fortalecen la fe, crean compromiso con la comunidad y, en consecuencia, tenemos sociedades sanas y fuertes. Una sociedad llena de exigencias externas, cada día nos dará más y más sorpresas lamentables como las que estamos viviendo en México y en muchas partes del mundo.

Daremos frutos en la medida que permanezcamos unidos a las propuestas de Jesús: “Permanezcan en mí y yo en ustedes”. Mientras sigamos absolutizando lo que son sólo herramientas, como sucede a menudo, por ejemplo, con las tecnologías, sobre todo las de la comunicación, al grado de darle más tiempo a ellas que a las personas que tenemos a nuestro lado; mientras sigamos idolatrando el dinero, el poder terrenal y otros factores, olvidando que son medios y no fines, la humanidad seguirá sufriendo los estragos de la maldad. Pero por desgracia, como decía Pablo VI, el hombre moderno está educado, por encima de todo, a la vida exterior; ahí radica el drama humano del tiempo actual, y no solo por el deterioro espiritual, sino también material y civil. El humanismo suscitado desde las propuestas del evangelio es garantía de vida verdadera. La propuesta de Jesús no nos excluye de lo externo, sólo nos permite darle orden. En cambio, la exigencia exterior tan común en el hombre de hoy sí limita muchas veces para apreciar la bondad, la belleza y la verdad, valores máximos de la vida.

Mientras las inercias del mundo nos llevan a impresionarnos con lo exterior, Dios nos lleva a descubrir lo que más nos ennoblece y dignifica, de donde surgen los frutos más sagrados que nos pide Jesús en el evangelio.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya La ley del Señor es perfecta





Pbro. Carlos Sandoval Rangel

III domingo de cuaresma

Los mandamientos son un cúmulo de sabiduría que Dios entregó al pueblo de Israel, pero en realidad son de utilidad para toda persona, creyente o no creyente (cfr. Ex. 20, 1-17). Dichos mandatos bien pueden asumirse como referencia para una ética universal, pues atienden perfectamente todas las dimensiones de la persona humana.  Se sustentan en una visión muy clara del significado y grandeza de la vida humana, por lo que hasta la fecha no pierden su valor.

Como sabemos, los tres primeros mandamientos ubican al ser humano en su relación con Dios. Esto, con la intención de que el ser humano nunca pierda el fundamento ni el sentido sagrado de su vida. De ahí el celo que Jesús muestra al entrar al templo y ver que lo han convertido en un mercado (Jn. 2, 13-25). Los otros siete marcan los criterios de convivencia entre los seres humanos y su sana relación con las cosas materiales.

Los mandamientos están tan bien pensados e integran sabiamente la dinámica de la vida humana que, faltar a ellos no es atentar contra Dios, su autor, sino atentar contra la misma persona; mientras que por el contrario, la vivencia de estos significa simplemente facilitar la vida y encontrar el camino de felicidad más seguro.

A Dios le había sido muy difícil sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, primero por la dureza del faraón que no le convenía que el pueblo se fuera, pero sobre todo por los israelitas mismos, que se habían acostumbrado a vivir como esclavos. Los obstáculos que el faraón ponía eran físicos, las resistencias que el pueblo de Israel vivía estaban arraigadas en lo profundo del corazón. De hecho, esta es la parte más difícil de la vida humana, acostumbrarse a vivir libres; a veces la mínima tentación envuelve y ciega el corazón. Pero los mandamientos se encaminan a eso, a ayudarnos a sacudir todo tipo de miedo, apego y de confusión.

Sin embargo, algo debe quedar claro, los mandamientos no lo son todo, pues estos son parte de un proceso, son un medio, no son el fin. El fin es cada persona, que construye su felicidad y que camina hacia Dios. El objetivo que Dios pretende en los mandamientos es que los humanos aprendamos a vivir bien.

Ahora, si los mandamientos, como dice el salmo 18, confortan, dan sabiduría y alegría al corazón; si son luz que alumbra el camino; si son verdaderos y enteramente justos, todo eso Jesús lo resume en “el Amor”. De ahí que los mandamientos tengan cumplimiento pleno en Cristo, que nos trazó el mejor de los caminos, el del amor a Dios y el amor al prójimo. La nueva fe, la que hace enteramente libre al hombre, se fundamenta precisamente, como dice el Papa Benedicto XVI, en que “hemos creído en el amor de Dios” (Dios es amor, n. 1). En ese sentido, el amor no es sólo un mandamiento divino, sino también la respuesta humana al don del amor.

En realidad, podemos decir que los mandamientos eran un preámbulo a ese amor divino y humano mostrado en Jesucristo. Y como dice Benedicto XVI: “Es ahí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad” (Dios es amor, n. 12). Sólo desde el misterio de la cruz el hombre podrá comprender plenamente el amor de Dios. Solo desde la mirada amorosa de Cristo en la cruz, “el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amor” (ibídem, n. 13). Ese es el misterio que celebraremos en Semana Santa y al cual nos estamos preparando en la cuaresma.

No dudemos en vivir los mandamientos que nos encaminan hacia el misterio más sagrado, el amor misericordioso de Dios.

#diocesisdecelaya @diocesis_celaya Subamos al monte



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

II domingo de cuaresma

También nosotros podemos subir al monte con Jesús, Pedro, Santiago y Juan. Si en el común de las religiones el monte es considerado como el punto en que el cielo toca a la tierra, la tradición bíblica conservó también esta visión. De ahí que en lo alto del monte Sinaí Dios se le reveló a Moisés y le entregó las tablas de la ley (Ex. 24, 12-18). Los profetas, en general, siempre tuvieron la cima de la montaña como lugar predilecto para orar: Moisés (Ex. 17, 9ss), Elías y Eliseo (1 Re 18, 42).

También Cristo vio la montaña como un lugar especial, ahí sube a orar (Mt. 14, 23; Lc. 6, 12). En el monte había vencido a Satanás (Mt. 4, 8). Sobre la montaña enseña las bienaventuranzas y hace la multiplicación de los panes. En una montaña citó a los apóstoles para enviarlos por todo el mundo a bautizar y a predicar el evangelio y después de allí ascendió victorioso a la gloria del cielo (Mt. 28,16).

Pues bajo este significado tan rico del monte, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan. Ahí se transfiguró en su presencia (Mc. 9, 2-10). ¿Qué quiere provocar Jesús en sus apóstoles? No es una cuestión solo exterior, en el sentido de ubicarlos en el lugar donde han estado los grandes de la historia de la salvación. El efecto quiere ser ante todo interior. Es ayudarles a ver más allá de la vida cotidiana, más allá de las realidades transitorias. Es abrirse a la inmensidad de la grandeza de Dios. Es enseñarles a ver desde la mirada de Dios que se manifiesta en los grandes prodigios, tales como: la creación, la presencia de los profetas y su sabiduría expresada en los mandamientos.

Pero el monte expresa no sólo lo que Dios da, sino que expresa a la vez la oportunidad que nosotros tenemos de ofrecer la prueba más profunda de nuestro amor a Dios, por encima de todo. Así sucedió a Abraham, a quien Dios le dijo: “Toma a tu hijo único, Isaac, a quien tanto amas; vete a la región de Moria y ofrécemelo en sacrificio”. Abraham obedece a Dios, pero cuando está a punto de sacrificar a su hijo, viene la voz del ángel: “No descargues la mano sobre tu hijo, ni le hagas daño. Ya veo que temes a Dios…” (Gn. 22, 1-2. 9-18).

Pero la prueba de Abraham era solo un signo de la prueba de amor que Cristo tributaría después al Padre de parte de todos nosotros. Jesús, fiel y obediente al Padre, subió al Gólgota, donde morirá en lo alto de la Cruz. Desde ahí, mostró la confianza y obediencia más altas al Padre, pero también nos mostró que no hay ningún motivo válido para no poner nuestra entera confianza en Dios.

Nunca será fácil mostrar que efectivamente amamos a Dios sobre todas las cosas. No fue fácil para Abraham, no fue fácil para Jesús y ni era fácil para los apóstoles. Por eso los hizo subir a lo alto de la montaña para mostrarles una probadita de la gloria de Dios y así afianzarlos en la confianza infinita del camino del amor, que incluía la prueba de la Cruz.

Jesús subió con sus apóstoles a lo alto del monte, porque el monte permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza. Da altura interior y hace intuir al Creador. Pero también les recuerda que el creador se va personalizando. Por eso su cercanía al pueblo, primero, a través de los profetas y de la ley y, ahora, a través de su propio Hijo. “Moisés y Elías recibieron en el monte la revelación de Dios; ahora están en el coloquio con Aquel que es la revelación de Dios en persona” (J. Ratzinger, Jesús de Nazaret).

Cuando la vida se vuelve incomprensible, necesitamos pedirle a Dios con gran humildad: ayúdanos a subir a lo alto del monte, es decir, ayúdanos entender las pruebas de tu amor, ayúdanos a entender las pruebas de tu gloria que nos das cada día y, si es posible, permítenos mostrarte que también nosotros te amamos a ti.